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Juan Carlos Onetti: Tan triste como ella y otros cuentos

Alberto Barrantes

Tenemos en nuestras manos un magnífico libro de relatos, una estupendísima antología que abarca cuentos y narraciones escritas a los largo de cuarenta años por la mano de un escritor al que, desde mi punto de vista, no se le ha hecho justicia. Junto a nombres como los de Julio Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa o Jorge Luis Borges, todos éstos ensalzados en múltiples ocasiones por los medios de comunicación y la crítica como figuras primordiales del llamado boom latinoamericano, debería figurar el de este uruguayo que es Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994).

Onetti no es un simple escritor. Onetti es un fundador. Es, posiblemente, el fundador por excelencia. No se limita a menudo injustamente olvidado a contarnos una historia. No se sirve sólo del lenguaje y de las palabras para narrarnos lo que se sucede a una serie de personajes más o menos grises, más o menos anodinos. Onetti se sirve del lenguaje y de la palabra para fundar todo un universo literario. Pocas obras tienen en ese aspecto (en lo que de fundación de un universo único, particular y personalísimo puede tener la obra de un autor) la coherencia que tiene la de Onetti. Lo señala adecuadamente Joaquín Marco en el espléndido prólogo que abre esta edición. "En Onetti”, afirma Marco, "su mundo narrativo se cierra, constituye una estructura orgánica y, como tal, permanece suficiente en sí misma, relacionada y coherente en cada una de sus partes”. Este universo del que habla el prologuista y en el que el lector puede introducirse atravesando el portón de cualquiera de los dieciocho excelentes cuentos que forman esta antología, es el que Onetti funda sobre el territorio urbano de un espacio mítico-simbólico: Santa María, la ciudad que crea utilizando referencias bonaerenses y montevideanas, la ciudad fantasmagórica y nostálgica sobre la que se moverán sus personajes, esos seres desesperanzados que transitan los míseros callejones del fracaso y la mediocridad. No hay en la narrativa de Onetti (no los hay, al menos, en estos cuentos) vencedores. No lo es el productor teatral perennemente arruinado de "Un sueño realizado”. No lo es ese hombre tranquilo e inofensivo que, teniendo un trabajo corriente y una novia corriente y una vida corriente, se inventa en "El posible Baldi” un pasado "peligroso” y aventurero ante la mirada extasiada de una desconocida.

Los personajes de Onetti anclan sus miradas en "la visión fantástica del territorio perdido”, arrastran la pringue de la vida, asumen que el absurdo se convierta en costumbre, se hartan de soledad y, cuando se mueven, lo hacen con desgana en un mundo en el que, en ocasiones, el odio y la capacidad de hacer sufrir alcanzan cotas inhumanas. Onetti funda ese universo y esos personajes utilizando la técnica perfectísima de un demiurgo. Él es dueño absoluto de la historia y del tiempo. Él va dando los datos y los va escondiendo. Él utiliza las tretas básicas de la novela policíaca. Pero su intención nunca es gratuita. No es sólo el misterio lo que pretende conseguir. Onetti intenta, en todo momento, trasladar al lector esa sensación de inseguridad y esa desazón que convierte a los personajes en esclavos de un tiempo que, enquistado en sí mismo, acaba pudriéndose en el estercolero hediondo de lo que se malgastó. Ese tiempo destroza los amores y lo deja todo encenegado de angustia. Cuentos como "La casa en la arena”, "Esbjerg, en la costa”, "La cara de la desgracia” o "El infierno tan temido” permanecerán por mucho tiempo en la memoria del lector.




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