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"En realidad, lo que soy es un indiferente" – Juan Carlos Onetti (1909-1994)

José Luis Perdomo Orellana

 I

Que los infectados por virus inmortales esperen la llegada del 2004 para dedicarle conmemoraciones. Aquí, por lo menos aquí, se procede de inmediato.
Él, que se la pasó escribiendo acerca de infelices, tuvo el descuido de afirmar que había sido feliz (por lo menos en su infancia).
A sus padres les duró el amor toda la vida y fueron buenos lectores de poesía, sobre todo de Bécquer.
La madre fue "toda una dama esclavista del sur de Brasil" (cuyo apellido de soltera (Borges) él jamás usará).
Desde güiro (1) fue un Gran Rollero (2), que aterrorizaba a sus amigos endosándoles cuentos de casas embrujadas, cadejos (3) y otros delirios.
En la sana compañía de un gato y un libro acostumbraba aislarse dentro de un armario, para que nadie interrumpiera sus lecturas.
Le gustaba inventar chistes y parapetarse en disfraces.
Solía recorrer cinco kilómetros diariamente, con la única finalidad de que un pariente le prestara Las aventuras de Fantomas.
A los 12 años tuvo la aburrida pasión del fútbol, y también le dio por escribir poemas olvidables.
La maldición del examen para ingresar a la secundaria, la aprobó con la nota más baja: "regular deficiente".
Creció entre mudanzas y fieras batallas a pedradas entre sus barrios sucesivos y los demás.
Entre los 13 y los 14, le dio el Síndrome Noruego de Hamsun y escribió cuentos A La Knut Hansum.
Fue el Eclesiastés, sin embargo, la principal fuente literaria de su adolescencia.
El día que en la prevocacional le robaron su impermeable, mandó la escuela al diablo y decidió volverse autodidacta: a solas, nadie iba a robarle nada (por lo menos mientras se mantuviese a suficiente distancia de Guatemala, la única geografía que reconfirma, incluso de día, el aviso que amenaza: "El mundo es una bola de rateros (4) y enseguida anochece").
Siempre fue un as en redacción.
En su juventud soñó con que Gallimard le publicaría sus escritos; pero después, ya sabio, Gallimard y las demás posibilidades de traducción le importaban un carajo.
Le encantaba el chisme (y eso que no nació en Guatemala).
A los 21 años se casó con una prima. (Cuatro años después —en el colmo de la necedad— se casaría con otra prima, hermana de la misma prima. Hay que joderse).
Fue un buen deportista, especialmente en remo, básquetbol y atletismo, qué desperdicio.
Trabajó en el consultorio de un dentista. En un censo. En una distribuidora de llantas. En una venta de máquinas de sumar. Pero también fue mesero en un café, cantinero, vigilante, vendedor de automóviles. Y limpiador de paredes que le dejaban las manos goteando sangre.
Se divorció por segunda vez y volvió a casarse (ya se sabe que el número de imbéciles ha sido infinito en todas las épocas y en todos los lugares).
Los niños le simpatizaban de una manera especial.
A los 27 años, intentó llegar a España para combatir al lado de los republicanos. No llegó.
Fue director de bibliotecas municipales.
Cometió el pecado mortal de traer un hijo y una hija al chiquero planetario.
En el semanario Marcha —fundado por el legendario Carlos Quijano— llegó a trabajar "48 horas diarias".

II

Él también aseguraba que los porteños, en general, son dignos de un estudio psicológico: "tipos que cuando había plata se lustraban los zapatos dos veces al día, hablando de millones; tipos superficiales que, con su manía de grandeza, siempre se están interpretando a sí mismos"... (y eso que no conoció a esa larva cuarentona que aún deambula por aquí, hablando como chapín (5) cuando implora la caridad internacional, como mexicano cuando arriba al Distrito Federal y como porteño el resto de su ratero tiempo).
Se divorció por tercera vez y volvió a casarse. Carajo.
Tuvo la desagradable oportunidad de entrevistarse con el coronel Juan Domingo Perón.
En una perruna competencia organizada por la revista Life, entre más de 3 mil originales su cuento "Jacob y el otro" obtuvo una mención honorífica. Ya era algo.
De paso por Bolivia, una bala perdida le perforó el sombrero y aún vivió para contarlo desganadamente.
Fue encargado de una infame revista de publicidad.
Los, así llamados, expertos lo consideran uno de los padres fundadores de "la nueva novela latinoamericana" (y aún no especifican quiénes son o fueron las madres).
Creía que Para ser político, mujer, burrero, hincha de fútbol, escritor y artista, para serlo con éxito, hay que tener la imaginación difunta.
Creía que Amigos y mujeres siempre son útiles en el sentido noble de la palabra, y amistad y amor constituyen siempre una larga serie de incomprensiones.
Solamente la pereza le impidió escribir más o mejor.
En 1974, por haber premiado un cuento aburrido (que la dictadura adjetivó de "pornográfico), fue encarcelado tres meses y los primeros ocho días lo tuvieron incomunicado.
Durante varios años, sus libros desaparecieron de las librerías uruguayas y su nombre fue proscrito de los periódicos.
Siempre volvía a los libros de Faulkner, Balzac, Henry James, Melville. (Algunas páginas de Faulkner, sobre todo, le dejaron la sensación de que era inútil seguir escribiendo: ¿Para qué? Si él ya lo hizo todo. Es tan magnífico, perfecto...).
Muchas veces, casi todas, eligió la soledad de un cuarto para que nadie lo jodiera. (Cuartos alejados del perímetro guatemalteco, hay que reiterarlo, porque aquí la mala sangre de los mismos hijos de la peor plaga invade incluso los cuartos solitarios, Bogo los confunda).
Escribió a partir de recuerdos, imágenes, melodías, un recorte de periódico, un chisme.
En idioma español prefirió a Cervantes, Quevedo, Valle-Inclán, Baroja.
Nunca se cansó de automdedicarse la tediosa cámara lenta de la película Casablanca.
Le gustaban los ayes de Gardel y la música de Tchaicowski.
Calificó de felices a los que poseen una religión.
Odiaba hacer literatura pero seguía haciéndola.
Le sucedieron todo tipo de percances. El más fuerte: el hambre que sufrió en Buenos Aires, pese a lo cual en su espíritu no guardó ningún rencor.
Partidario de la eutanasia, no tuvo tiempo de practicarla.

III

Dictaminó que El que pretende dirigirse a la humanidad o es un tramposo o está equivocado. El que quiera enviar un mensaje que encargue esta tarea a una mensajería.
El insomnio —su más fiel compañía permanente— le hacía mascullar insultos en todas direcciones.
Se consideraba marginal por voluntad propia.
Cuando, a veces, conseguía dormir le quedaba una sensación de felicidad muy grande, como si hubiese partido en un barco que se separa de la tierra y se adentra en el mar.
El país donde nació ya no existe. Ni la ciudad donde se enamoró a los 15 años.
Sólo aceptaba un deber poderoso: escribir bien, y confesaba sin modestias que no podía hacerlo de otro modo.
Tuvo la vaga ambición de escribir la obra perfecta, la novela que acabara con todas las novelas. No lo consiguió.
Lo único que le importaba era leer, sentarse a escribir o acostarse a escribir. Ésa fue su vida.
Le asqueaban los llamados convencionalismos sociales.
No supo lo que es tener remordimientos.
Era capaz de conversar y leer una novela al mismo tiempo.
Casi nunca salía de su apartamento y muchas veces no salía ni siquiera de su habitación.
Sólo en contadas ocasiones, y a regañadientes, aceptó entrevistas.
Lo reetiquetaron de
– irónico y solitario
– desconfiado y duro
– sarcástico y hosco
– huraño y sombrío
– triste y cansado
– ogro hermético y desdeñoso
– escritor taciturno para quien dos personas eran una multitud
– arisco y ensimismado
Lo retrataron como alto, enjuto, labios torcidos en una mueca dolorosa, alta frente profesoral.
Él se veía de otro modo: En realidad, lo que soy es un indiferente. Yo no puedo, por ejemplo, hacerle daño a alguien, porque no me interesa. No puedo trepar con los codos, porque no me interesa.
Para seguir escribiendo, no le hicieron falta Montevideo ni el Río de la Plata.
Le provocaban nostalgias las personas, no las calles.
Hubo un tiempo en que dejó de sentirse apasionado, capaz de conversar y discutir horas y horas acerca de un libro ajeno.
Aseveraba que los "milicos" uruguayos son muy brutos.

IV

No me creo autorizado para aconsejar a nadie. Todos sabemos que los consejos se olvidan en cinco minutos o se aceptan y se siguen para desgracia del aconsejado. Me limito a desearles que la vida les permita larga juventud del espíritu para actuar como yo: defender a la democracia apoyando a las izquierdas —dijo una vez que le pidieron un consejo para la juventud uruguaya.
La pérdida del sentido a causa del alcohol o a causa de estar escribiendo casi obsesivamente, y también el viscoso intercambio de soledades genitalizadas, le parecían hechos religiosos.
La muerte le indignaba.
La esperanza de un cambio en el Uruguay, no le servía.
Le enfermaba que le dijeran "maestro".
No escribía para las multitudes: Siempre escribí para mí, dulce vicio que no castiga el Código Penal. En mi caso el lector no es imprescindible.
Tuvo la sensación de que jamás se estafó a sí mismo ni timó a nadie.
No le tembló la voz a la hora de asegurar que Si la literatura es un arte, En busca del tiempo perdido importa más que todo lo que se ha escrito en Hispanoamérica desde hace un siglo y medio.
Tuvo la asombrada certeza de que no hay respuestas.
Creyéndose un solipsista, dictaminó que Lo que sucede a los hijos de los hombres y lo que sucede a las bestias un mismo suceso es: como mueren unos, así mueren los otros. Independientemente de que pertenezcan a una generación literaria u otra.
No renegaba de su cara, pero aprendió el arte de afeitarse al tacto para evitar la opinión del espejo y esquivar la resequedad de otra depresión.
No conoció conferencias, deliberaciones, polémicas, congresos o mesas más o menas circulares que hayan servido para nada. Ni revolución ni —Dios mediante— mejorías literarias. Por otra parte, los invitados a esos impudores siempre superan los treinta años de edad. Los héroes están cansados.
Sabía que los escritores no desempeñan ninguna tarea de importancia social.
Ante el estupor de los reyes de España, no asistió a la cena programada en honor suyo para darle los diez millones de pesetas del Premio Cervantes.
Entre libros, atascado de café, humo y whisky, en un modesto departamento madrileño, por fin cesó, menos mal, su infructuosa búsqueda de Las Aventuras de las Hijas de Fantomas.

Notas
(1) Güiro: modismo guatemalteco por "niño".
(2) Rollero: "cuentero", mentiroso.
(3) Cadejo: criatura fantástica del imaginario guatemalteco, con forma de perro lanudo con ojos de fuego y cascos de cabra en las patas.
(4) Bola de rateros: grupo de ladrones.
(5) Chapín: Mote con el que se conoce a los guatemaltecos.
 




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