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JC

Eddy Roma

¿Por qué distanciarte de tus escritores favoritos llamándolos por los apellidos, como en un internado? ¿Por qué no sentirlos más cercanos y tratarlos por sus nombres? Supongo entonces que el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994) no se molestaría que me refiera a él como JC.

Caso aparte

Entre 1933 y 1993, JC creó un estilo tan propio que anula toda posible imitación. Escribió sobre la ciudad cuando sus contemporáneos sudaban en las plantaciones de caucho o caña o banano. El amor, la piedad y la ironía eran las constantes de sus relatos. Inventó su propio espacio, la ciudad de Santa María, que gobernó y pobló con personajes (Brausen, el doctor Díaz Grey, Larsen, Jeremías Petrus, Jorge Malabia) que regresaban de una novela a otra. Sin proponérselo, su obra y figura se difundieron por todo el continente.

No es una escritura de fácil acceso. Se los digo yo, que sucumbí tres veces ante los muros de ‘El astillero’ (su novela más difundida) y a la cuarta tuve que arrodillarme y pedir piedad. De ahí mi fascinación por JC: cada libro suyo debe cortejarse todas las veces que sean necesarias, retirarse para recuperar fuerzas y reanudar el sitio hasta comprobar, con más alivio que satisfacción, que por fin la doncella se ha dignado concedernos sus favores. Pero cuidado, que de pronto vuelve a portarse intransigente y a empezar de nuevo. Desde la primera página.

Los buenos autores imponen su personal sentido del ritmo desde el principio, y si el radar no está bien entrenado para detectarlo (me ocurre eso) se puede acudir a sus entrevistas, ahí donde cuentan cómo escribían. Y como escribían, así hay que leerlos. Cortázar se sentaba ante la máquina y escribía de un tirón. Asturias escribía con el oído, atendiendo al sonido de las palabras. JC escribía un día sí y tres meses no, con pausas y sin prisa. Así hay que leerlo, acostado en la cama, ‘con mucho tiempo por delante, con una absoluta predisposición de soledad y pereza’, como acertara el novelista español Antonio Muñoz Molina.

¿Y cómo encontrarlo?

Es difícil dar con un libro de JC. No exagero. Apenas se reeditan sus primeras novelas (‘El pozo’, ‘Tierra de nadie’, ‘Para esta noche’). Siempre doy con ‘El astillero’ y ‘Juntacadáveres’ y ‘Los adioses’ y ‘Cuando ya no importe’ y por ahí se asoman reediciones de ‘La vida breve’ y ‘Dejemos hablar al viento’. Hay que apostar al encuentro inesperado en una librería de viejo o que la gema brille entre tanta arena amontonada en los estantes. Y si se tiene suerte, y dinero, apresarlo.

Remate

Cuando estoy por finalizar cualquiera de sus novelas, novelas cortas o cuentos, ¿qué sucede? Pues quisiera retardar ese momento, leer despacio cada palabra, seguro que algo se me escapará si mis ojos no se detienen en cada letra impresa mientras llego al último párrafo. Apenas sobreviví a una lectura de JC y ya deseo regresar. Lo antes posible.

Mi encuentro con él ocurrió en 1994, poco después de su fallecimiento en Madrid, y desde entonces no he dejado de frecuentarlo. Por eso el atrevimiento de referirme a JC con sus iniciales. Con la confianza y cercanía que me dan sus libros.

(Texto aparecido en Monitor, suplemento juvenil-cultural del diario Siglo XXI, Ciudad de Guatemala, 18 de febrero de 2005.)




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