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El desconocido

Marco Antonio Flores

No recuerdo cuándo conocí a Juan Carlos Onetti, pero la primera vez que vi su fotografía lo relacioné con ese personaje inmortal, comosu creador, que se llama, y se llamará para siempre, Larsen o Juntacadáveres. También siempre imaginé que Onetti hablaba como su personaje: cuidadoso, evasivo, y a veces hipócrita. O al revés, cuando me imaginaba a Larsen "siempre gris, siempre abotonado, anudada con fuerza la corbata que sostenía una perla” estaba seguro de que así se vestía Onetti: atildado, y protegido siempre por una mirada huidiza y un rictus burlón. Es decir, para mí Larcen es Onetti y viceversa. (Según Carlos Puchet, su amigo, Onetti es más Díaz Grey).
Hace cinco días comencé a leer por sexta vez esa desgarrante y magnífica novela que se titula El astillero. Anoche, sin saber que sólo algunas horas antes había muerto J.C. Onetti en España, leí, a la una de la madrugada, el séptimo capítulo de esa bomba de tiempo en la conciencia. En él, Larsen vende su última riqueza: un broche de diamantes. Con su producto compra dos polveras para poder mantener a flote un sueño de amor y de sobrevivencia, para pagar dos meses de pensión y para emborracharse. Juntacadáveres está viviendo sus últimos sueños. Onetti, unas horas antes, había vivido sus últimos minutos.
Hace mucho tiempo, por 1965, leí Juntacadáveres, así conocí Santa María, una ciudad imaginaria que Onetti fue convirtiendo en real, al punto que ahora es parte de la historia de Latinoamérica. Desde entonces, el estilo extraño, aparentemente dubitativo, encallejonado, pero finalmente dibujado con precisión y maestría, de este autor, me cautivó. Su novelística fue, es, un sendereo gris, brumoso, parco, que finalmente se consolidó como la crónica de la rebelión y la derrota. Larsen, a través de esta obra onettiana es derrotado varias veces, pero siempre aparece en Santa María dispuesto a iniciar una nueva rebelión que lo salve como hombre. Así como finalmente, se salvó de su creador.
Para Onetti no fue fácil la existencia. Desconocido durante casi toda su vida, fue "descubierto” tardíamente por el mercado editorial cuando casi toda su obra había sido publicada. Fue un relegado. Y cuando participó en algún concurso literario de alguna importancia aparecía otro que obtenía el primer lugar. Fue el escritor de los segundos lugares. Todos los que obtuvieron los primeros son ahora unos premiados desconocidos.
Juan Carlos, o J.C., como se le solía llamar, o El Flaco, como le llamaban sus amigos, murió ayer en España, en el exilio; al que llegó porque la dictadura militar uruguaya lo encarceló porque como miembro de un certamen literario premió una obra que a los milicos les pareció subversiva y obscena. Luego de aquello, Onetti se exilió en España, donde habría de morir ayer. Como Larsen, fue un derrotado que siempre se rebeló a la adversidad. Jamás quiso volver al Uruguay, en donde había sobrevivido, como Larsen, de míseros trabajos, y sin que sus coterráneos reconocieran su alta calidad de escritor y su insobornable dignidad.
El astillero, según Carlos Puchet, uruguayo, poeta, que alguna vez fue premiado por Onetti, es Uruguay, es Montevideo, una sociedad de burócratas que hacen la parodia de trabajar para un mundo que está destruido, en el que ya no tiene sentido la vida, y en la que medran los farsantes.
Juan Carlos Onetti, aquel tipo seco, medio borracho, serio e irónico, reconcentrado, que se dio a bucear en las pensiones más oscuras del hombre y que escribió una monumental obra narrativa, que a su pesa y contra su derrota se impuso y fue reconocida por sus contemporáneos más lúcidos, descansa, definitivamente, por voluntad propia, en el exilio, en el que de alguna manera, siempre vivió.
Chiau, Flaco.

(Revista Magazine 21, del diario Siglo XXI, uatemala, el 5 de junio de 1994)




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