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Sin compasión para las lágrimas pero con esperanza

Francisco J. Satue

Juan Carlos Onetti recreó el infierno de vivir y confirmó que el artífice de un sueño es esclavo de un mundo.

Con la publicación de Juntacadáveres asistimos a un acto de justicia poética. Y a su amparo Onetti incorporó a las letras universales una de sus paradojas más elocuentes. Simplificando: el orden de los factores sí altera el producto, incluso en literatura. Y esto supone, por el coraje de Onetti, una forma de entender el mundo.

En el principio fue... Juntacadáveres pero resultó una novela marginada por el impacto que años atrás había producido El astillero, obra surgida mientras componía Juntacadáveres como para perturbar el mandamiento freudiano. No se trataba aquí de «matar al padre», sino de arrancarle la vida a la novelamadre, tras haberla violado repetidamente y sin piedad. Al hacer balance sobre los hechos, pues temía que un texto hubiera devorado al otro, Onetti se reconocía arrollado por su propia experiencia. Había que contar aquellos sucesos, por otro lado. Lo hizo.

Su confesión, sin pedantería, trataba acerca del arte literario. Pero ese estremecimiento ante sus propios monstruos -el médico amigo de las agujas de morfina, el dolorido Díaz-Grey, el sinuoso y promiscuo Larsen, el parachutista e incendiario padre Bergner, el señorito Malabia, la volátil y tan quebradiza y platónica Angélica Inés, el divinizado paquidermo llamado Brausen, más conocido por el vulgo como Dios; el inexpugnable Petrus...- sí resultó un hallazgo valioso. Al caligrafiar Temor y temblor, Sören Kierkegaard pretendió conjurar un miedo llamado matrimonio. Con Juntacadáveres, en la distancia pero en una línea análoga, como la de Franz Kafka cuando escribía sus Cartas a Felice, Onetti recreó el infierno de un gran error: vivir. Porque las autoridades no consienten semejante ultraje. Y tampoco un simple peatón tolera lo obvio y tonto de tamaño reto. Contra lo que indican los pasos de cebra, vivir es acracia, sin ayuda.

Como desalado, al referirse a Juntacadáveres, Onetti venía a confirmar que el artífice de un sueño es asimismo esclavo de un mundo. ¿Escribir sobre un mundo que te pertenece y al que perteneces, representa y puede representar una esclavitud, una condena, un estigma? Es lo más probable, pues jamás consiguió escapar a la fascinación que produce el destino trágico de los hombres.

A mediados y finales de los 60 Onetti consiguió reconocimiento internacional por novelas que había ambientado, en imposible diálogo con Faulkner, en la ciudad mítica de Santa María -en un interminable viaje de exiliado sin recursos que en la memoria le trasladaba a tumbos de Montevideo a Buenos Aires y viceversa-, y de pronto comenzó a recibir premios, en particular por La vida breve (1950) y El astillero (1961). Llevaba escribiendo desde los años 30. E inquieta pensar que, exaltado pero no engullido por el boom, cuyos autores le trataban como a un precursor (en 1939 había publicado El pozo anticipando la náusea de Jean-Paul Sartre), en España apenas era leído por aquellas fechas. Inquieta, pero no sorprende.

La denominada posteridad, en cambio, parece decidida a presentar a este autor de origen uruguayo, cautivo del anquilosamiento absoluto. Postrado, en la cama, rendido, indiferente y alucinado de sí mismo...

Tal visión es injusta, a costa de un discutible realismo gráfico. ¿Qué coños piden las masas del sufrimiento de un escritor al que se trata igual que a un muerto en vida? Baste decir ahora que Onetti, víctima de una dictadura fascista en su país, llegó a nacionalizarse español coincidiendo apenas con la muerte de Franco. Las casualidades no desempeñaban ningún papel en este juego. Quisieron matarlo, y estuvieron a punto de conseguirlo.

Subrayo un rápido repaso sobre lo que ocurrió acto seguido, que me implica con un semillero de emociones dolorosas: Dejemos hablar al viento, Cuando entonces, Cuando ya no importe... aunque en el ínterin Onetti se convirtiera en el eterno habitante de una quietud fósil consagrada por un camastro portátil de clínica, en un apartamento de la madrileña Avenida de América, sumido en la mazmorra de su propia conciencia de enfermo conflictivo y terminal. Un emblema manipulable.

Juan Carlos Onetti había conocido en persona al protagonista de la hipotética ficción (y esto no se supera). Se trataba del proxeneta Junta Larsen, alias Junta o Juntacadáveres, el macroporteño, «dueño de dos mujeres» que trabajaban para él. Onetti lo había visto llorar en un dancing entre calle Rincón y 25 de Mayo en tinieblas de burdel y vacíos de boliches sin sabor.

Para el estudio cronológico o sistemático de la obra de Onetti, Juntacadáveres fue anterior y en gran medida origen del título que mayor renombre alcanzó entre los de su producción, El astillero. Claudicación de Onetti -y nuestra- ante la dictadura más espantosa, que es la de los hechos consumados.

En la práctica El astillero fue el libro concluido en primer lugar y por este motivo vio la luz en 1961, con una antelación de tres años a Juntacadáveres, empresa a la que Onetti no quiso renunciar a ningún precio.

Las cansadas prostitutas que en Juntacadáveres bajaron de ese tren, con Larsen a la cabeza, para animar -y subvertir- una ciudad de hombres solos, traían una buena nueva. Dios ha muerto, no así el ser humano, que aún puede gozar del instinto.

Ya viejo, el desengañado Larsen había renunciado a toda esperanza. Pero Onetti, el gran genio de nuestra literatura en este siglo, le desdice. Y como sin soltar prenda, desde el silencio. En Santa María no hay compasión para las lágrimas. Y para pasmo de los menos avisados, Larsen renace (o resucita) entonces en cada línea de las gacetillas y novelas que confirmaron su fallecimiento en un episodio de violencia. Revive, con Onetti, como cualquier individuo que no ha renunciado a su dignidad, incluida la del remoto esclavo. Y deja de llorar ante la lejanía de las mujeres que tampoco le amaban.




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