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Onetti, pestañas de humo

En el invierno de 1969, con motivo de un encuentro internacional de escritores, Juan Carlos Onetti estuvo de paso en Chile. Su permanencia en Santiago se sintetiza diciendo que estuvo gran parte del tiempo encerrado en la pieza del hotel, leyendo, tomando whisky y fumando. Allí, aparte de entrevistarse con los editores de la revista Cormorán, Germán Marín y Enrique Lihn (éste último, confeso, su poeta chileno “predilecto”), pocos gozaron de su enigmática compañía en las contadas veces que acudió al certamen. Lo de enigmático, sólo es para sostener el mito de Onetti como un escritor desesperanzado, melancólico y demasiado áspero como para alejarlo de los personajes e historias que perfilaron su obra. Tango, putas, jóvenes niñas, adúlteros, periodistas alcohólicos, gringos inmigrantes, medicuchos de pueblo y actores secundarios. Su primera novela El pozo (1939) tempranamente esbozó lo que sería su mundo narrativo, alternando sus covachas entre uno u otro lado del Río de la Plata, y prolongadas más tarde desde su autoexilio a mediados del setenta en Madrid.
“Hace un rato me estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez […] Me paseaba con medio cuerpo desnudo, aburrido de estar tirado, desde mediodía, soplando el maldito calor que junta el techo y que ahora, siempre en las tardes, derrama adentro de la pieza. Caminaba con las manos atrás, oyendo golpear las zapatillas en las baldosas, oliéndome alternativamente cada una de las axilas.”

Para quien lea estas líneas no resultará difícil imaginárselo así mismo. Según se sabe, Onetti siempre trataba de reconstruir “confortablemente” en los lugares que permanecía, un símil de su propia habitación, que era la misma o intentaba serlo, sin importar mucho en donde se encontrara.
Cuesta entender a Onetti lejos de esa dimensión de espacio.
Todo el tiempo que vivió en la península varias entrevistas lo describen de esa misma manera: echado, con un raído pijama, fumando, auscultando la cámara o grabadora con sus enormes ojos de pescado, o luego leyendo y releyendo folletines criminales, las novelas policiales que su mujer le compraba en el kiosco de la esquina. Eso hasta el invierno de 1994 cuando todo se fue al carajo… Sólo un mar de libros y cenizas desperdigadas en el piso, coronando sus dominios, bocetando su propio réquiem. Ya nunca más saldría.
El anecdotario cuenta que para ocasión del mentado encuentro de escritores tampoco acudió a un exclusivo almuerzo en Isla Negra. Prefirió quedarse donde estaba, mirándose el ombligo, acaso aburrido de las peleas de egos y arratonados, hastiado de la parafernalia criolla, de seguro hasta cansado de los padres o padrastros del boom y toda su pompa. Ése que él, sin quererlo, iniciara en los cincuenta del riverside porteño, lejos de las certificaciones. Inaugurando de esa manera la narrativa urbana, desarraigada de gauchos y caudillos. El hombre ingresando de la abismal pampa al enajenante páramo: La ciudad de la invención y la derrota.
Así, durante sesenta años no se movió de su pieza, ensayando la misma escena todos los días, tratando de capear el frío junto a un cigarrillo que encendía con el anterior, consciente de percibir, al igual que Eladio Linacero “una arruga justamente en el sitio en donde ha gritado una golondrina”.
Onetti los ojos
Onetti la calle recortada de dos por tres desde unas persianas, grises como sus pestañas.




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