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La vida breve: Brausen se lanza hacia un porvenir

Reyes E. Flores

Al repasar la producción crítica de La vida breve llama la atención que Juan María Brausen, personaje central de esta novela de Onetti, es presentado, casi invariablemente, como un individuo que huye de la realidad. Un buen número de críticos coincide en que, debido al conflicto existencial que le causan la insatisfacción de su vida diaria y su incapacidad para superar ciertas circunstancias que le impone el mundo en que vive, Brausen intenta evadir la realidad. Y esta actitud de huida –aseguran y reiteran– es su rasgo distintivo.

La invención de otro espacio geográfico (la ciudad de Santa María), la vuelta al pasado (la añoranza de su juventud) y la asunción de otra personalidad (el "desdoblamiento") son los caminos por los cuales estos críticos lo han visto tratar de fugarse. Para dar una mejor idea de este Brausen huidizo que tanto han señalado transcribimos a continuación algunas de sus afirmaciones: "Juan Ma. Brausen … experimenta un profundo disgusto con su existencia actual, no tiene fe en el porvenir ni ha podido consolarse con el recuerdo de ayer … La vida breve nos ofrece el esfuerzo máximo por escaparse de la realidad por medio de la imaginación" (Baker 160); "La vida breve es todo un mecanismo de escape en su mejor forma expresiva e intuitiva ... La salida para Brausen sólo reside en el desdoblamiento de personalidades" (Zapata 179-80); "Santa María corporeizada ya en forma de ciudad es el lugar adonde se escapan Brausen y Ernesto. Forma parte del sinnúmero de evasiones de esta realidad en busca de otra ... Además de crear a Santa María Juan María Brausen se sirve de otra forma de escape al intentar ser otro" (Frankenthaler 120); y, para resumir, Fernando Aínsa, en uno de los pocos estudios de alguna extensión que se han escrito sobre la obra de Onetti, hace una clasificación de los mecanismos de defensa empleados por sus personajes para sobrellevar su desajuste con el mundo. Entre ellos destaca la evasión espacial mediante la proyección de "viajes a escenarios reales, pero siempre leanos ... o a crear una geografía propia, totalmente inventada"; la evasión temporal, a través del recuerdo o de "vagos e irrealizables planes", y la evasión psicológica que se manifiesta cuando "el per sonaje tiene una actitud, una postura que lo impulsa a la huida" (72-73). Para ilustrar esos mecanismos, Aínsa apunta: "el Brausen que quiere huir, sonríe, asombrado y agradecido por lo fácil que le ha resultado imaginar un escenario [la ciudad de Santa María] al que puede irse a refugiar sin resolver su situación en la realidad" (82).

Sin embargo, a nosotros nos parece observar que Brausen, en determinado momento, se detiene a reflexionar seriamente sobre sí mismo y se encuentra siendo un hombre extraviado y vergonzosamente disminuido; pero no titubea en reconocerse como tal. Luego de admitir su condición humana degradada comprende que ha estado llevando una forma de vida equivocada y que debe imprimir un cambio radical en sus días; toma esa determinación y la lleva a cabo. Estas observaciones hacen pensar en un enfrentamiento con la realidad, no en una evasión, y es por eso que hemos escrito estas líneas.

Sin afán de refutar categóricamente la opinión de los críticos citados estimamos importante poner en relieve esta actitud de enfrentamiento, pues propone una reconsideración del perfil humano del protagonista de La vida breve que ha sido presentado a través de los años. Se trata, pues, de una modesta "mise au point" que podría contribuir a la cabal comprensión del personaje en cuestión, y, por extensión –pero más importante aun–, del personaje onettiano en general.

Empezamos por poner al descubierto los pensamientos que tiene Brausen al momento de reflexionar sobre sí mismo. Hacia el final de una noche de conversación y copas en compañía de Julio Stein, mientras viaja a bordo de un taxímetro Brausen piensa en su vida actual sin poder evitar un sentimiento de malestar consigo mismo. Escuchamos entonces el siguiente monólogo interior, teñido de insatisfacción y desencanto, que marca el primer momento de franco enfrentamiento con su realidad:

"Entretanto soy este hombre pequeño y tímido, incambiable. ... El hom brecito que disgusta en la medida en que impone la lástima, hombrecito confundido en la legión de hombrecitos a los que fue prometido el reino de los cielos ... Este, yo en el taxímetro, inexistente, mera encarnación de la idea de Juan María Brausen ... nadie, en realidad ... (Vida 62)

Y enseguida cae en la cuenta de que su vida ha estado "hecha, desde años atrás, de malentendidos. Gertrudis, [tiene que admitir con decepción] mi trabajo, mi amistad con Stein, la sensación que tengo de mí mismo, malentendidos." (62)

Horas antes, durante su conversación con Stein, ya había estado lamentando el fracaso de su vida presente. Reconocía entonces que éste se debía a su indolencia y desatención a la llamada interior que lo cuestionaba: "¡ Qué me importa!, decía yo", le confesaba a Stein, "Nunca hice nada y se presume que voy a morir. Había, sí, naturalmente, cierto remordimiento impersonal; pero yo no dejaba de estar contento" (61).

Luego de ese momento de reflexión y de reconocer que ha estado
llevando una vida equivocada, Brausen toma una determinación completamente racional y deliberada: romper con su vida actual a fin de embarcarse en una nueva forma de vida. Para llevar a cabo esa determinación comprende que le será preciso deshacer los vínculos que lo atan a su vida presente: concluir su relación conyugal con Gertrudis, renunciar a la compañía publicitaria donde ha trabajado desde que contrajo matrimonio, y poner punto final a su amistad con Julio Stein, camarada de la juventud y representante de su pasado.

El primer paso que da Brausen en su ruptura con el pasado es dar por terminada su vida conyugal. Gertrudis, luego de la intervención quirúrgica en que se le había amputado el seno izquierdo, fue a pasar un par de semanas a casa de su madre. Durante su ausencia, Brausen ha reflexionado sobre su vida conyugal y llegado a la conclusión de que "el mutuo amor estaba, sin dudas, tibio, encanallado, tan lejos de su origen como un emigrante al que hubiera arrastrado furiosamente la vida; protegido y alterándose en el refugio de las sábanas, de la alimentación en común, del hábito" (81). El amor habíase desvanecido en la repetición de los días y la costumbre; no había, por tanto, razón para continuar viviendo juntos.

He aquí la ocasión que prefigura la separación: una noche Gertrudis le confiesa a su esposo que quisiera seducirlo, pero que su indiferencia la hace retraerse. Con su confesión pretende inducirlo a que la posea. Brausen frustra de golpe sus intenciones al decirle:
"Es imposible la seducción; no importa ahora por qué, puede ser que por todo eso" (136 énfasis nuestro). Con estas últimas palabras alude a la vida sexual desgastada de la pareja que Gertrudis misma había sugerido como causa de la imposibilidad declarada por él. A continuación le dice sucinta y crudamente la verdad de su realidad conyugal: "Fundamentalmente, me parece, porque ya no podemos jugar" (136).

Sintiéndose ya liberado del lazo conyugal, va a visitarla a Temperley y le hace la siguiente confesión: "El hombre llamado Juanicho te quiso, fue feliz y sufrió. Pero está muerto" (195). De esta forma da por terminada toda relación personal con Gertrudis, el más fuerte vínculo con su pasado. Aquellas palabras fueron –luego
declarará– "el rápido adiós a Gertrudis, como el saludo a una bandera, símbolo del país que me expatriaba" (89), que le había reservado el día que decidió transformar su existencia.

El otro vínculo con el pasado que Brausen ha determinado romper es su empleo de publicista en la Compañía MacLeod y la obligada tarea diaria al servicio de intereses del todo ajenos a su nuevo imperativo existencial. En este caso el rompimiento –es decir la renuncia de Brausen– se vuelve innecesaria, ya que MacLeod, su jefe inmediato, lo despide, deshaciendo efectivamente este vínculo. Pero la decisión suya ya había sido tomada, y es la que cuenta.

El momento de ruptura definitivo con su viejo amigo Julio Stein tiene lugar días después en el cabaret "Empire". Los porme nores de aquella entrevista exponen de manera conspicua la actitud de enfrentamiento con la realidad del protagonista de La vida breve. Conviene aquí citar este antecedente: en la reunión de los amigos precedente a ese encuentro final, Stein, con su acostumbrado cinismo burlón, le había referido a Brausen su reserva en cuanto a su nueva actitud: "No sé qué te pasa. ... Estabas joven y nervioso", le había dicho, "pensé que tenías excelentes noticias. ... Volví a verte y estabas cambiado" (199) (en aquel momento Brausen ya había tomado la decisión de darle nueva dirección a su vida y había dado el primer paso en esa dirección poniendo fin a su relación con Gertrudis; eso explica que ahora emane de él ese nuevo aire que intriga a Stein). En aquella misma ocasión Stein le había dado a conocer el plan que tenía en mente para solucionar su pro-pia problemática existencial, que en mucho se parecía a la de Brausen: "Pero sea lo que sea", le había informado, "hay algo que tengo reservado para mí mismo desde hace años. La verdadera vía de salvación y el crimen perfecto" (199). La solución, que consistía en darle simplemente la espalda a su vida presente, la expresó con las siguientes palabras:

"Es así: el penitente alquila una pieza en un hotel, envía a alguien a comprar ropa. ... Hay que hacer una fogata con la ropa vieja, hay que destruirla, ... es necesario, con perdón de vuestros oídos y la ocasión, darse un baño muy caliente y beberse un vaso de sal inglesa. ... El penitente duerme, despierta con una sonrisa, se engalana y se hecha a vivir, tan nuevo como un recién nacido, tan ajeno a su pasado como al montón de cenizas que deja tras de sí." (199-200)

La salvación consistía pues, en escapar, en "mandar todo al diablo" –como el mismo Stein lo entendía–, dejando atrás, intacta, la acongojante realidad, pero permaneciendo él el mismo hombre. En el caso de Stein sí se podría, claro está, hablar de evasión.

Naturalmente, la vía de salvación que sugiere Stein era una opción inaceptable para Brausen, que no pretendía huir de su realidad, sino rectificar el rumbo de su existencia. Su sinceridad consigo mismo, prueba fehaciente de su actitud de enfrentamiento, se manifiesta en toda su autenticidad cuando, habiendo terminado Stein de exponer su "genial" plan, escuchamos la voz de su pensamiento decir: "Pero yo no quería fregarme ni quitarme manchas ni ocultar lo sucio con una lechada. No quería disimularme, buscaba mantenerme despierto y tenso" (200).

En el "Empire", durante su último encuentro, Stein alude de nuevo al cambio de actitud que nota en su amigo: "algo hay que no es tu estilo", comenta:

"…algo agresivo, algo seguro, algo definitivamente antibrausen" (263). E insiste, como para lograr que los presentes pongan atención en Brausen: "Este no es Brausen. ¿Con quién tengo el honor de beber? ... Yo digo: mi amigo me sorprende, repentinamente veo a mi amigo al ataque, animado por un absurdo deseo de revancha." (265)

Estos comentarios de Stein le dan pie a Brausen para empezar a hablar de sí mismo. Su propósito es decirle a Stein la verdad sobre aquel Brausen a quien llamaba "asceta" y creía un hipócrita, y que en realidad nunca conoció, para luego llevar su discurso hasta el punto de hacerle saber su decisión de sepultar el pasado y despe dirse de él definitivamente. Habla primero sobre el Brausen construido por los demás, el Brausen de los "malentendidos", que se había casado cinco años atrás y estaba empleado en la compañía MacLeod. Lanza la pregunta retórica: "¿Quién es Brausen? El hombre que se casó con Gertrudis", se responde, "y todo lo que conocieron de mí tenía que encajar, era necesario conformarlo hasta que encajara, con la idea básica, con la definición anterior" (265).
Luego confiesa su despreocupación, su indolencia hacia la vida:

"[Yo] era el que no buscaba caminos ni cosas, el habitante del desierto, al costado de la vida. Era el testigo; era, además, el que había hecho un pacto con el tiempo, el compromiso de no urgirnos. Ni él a mí, ni yo a él. Siempre supe que todo lo que me convenía estaba aguardándome sobre el lomo de un día de una semana de un año cuya fecha no me interesaba averiguar." (267)

Es importante subrayar que este testigo, presumiblemente insen sible e indiferente, se compadecía de los hombres que se conformaban con ser lo que otros determinaban, pues él mismo más adelante habrá de hallarse entre esos conformistas:

"me llenaba de lástima [le dice a Stein] viendo a los demás contentarse, necesitar la miseria de los partos provocados. Porque cada uno acepta lo que va descubriendo de sí mismo en las miradas de los demás, se va formando en la convivencia, se confunde con el que suponen los otros y actúa de acuerdo con lo que se espera de ese supuesto inexistente." (267)

Lo más significativo de la conversación se desprende de la teoría contenida en esa última afirmación. Stein se siente aludido y viendo en la teoría de Brausen la confirmación de la inautenticidad de su vida hace el intento de negarla. "No entiendo –dijo Stein.
Quiero decir que no creo en eso" (267). Entonces Brausen se empeña en ser más claro aún y, para ilustrar la idea básica de su teoría, se remite a su ex-jefe:

"Ejemplo para niños. MacLeod ya no era él, desde hacía muchos años; era el puesto que ocupaba. Estaba determinado por lo que le habían hecho creer que era; antes de pensar, pensaba qué le correspondía pensar a un norteamericano trasplantado, con tal empleo, tal edad, tal sueldo. Antes de desear, pensaba... ¿Se entiende mejor?" (268)

Stein, cuya inautenticidad lo hermanaba obligadamente con el difunto MacLeod, tras escuchar a Brausen, trata ahora de abogar en defensa de MacLeod insinuando, luego de afirmar que tal teoría era inoperante, que todos estamos predestinados a ser lo que somos, y que ser mediocre, en todo caso, es una cuestión personal que en nada debe importar a los demás: "Ya veo –dijo Stein. Pero no funciona. ¿Por qué MacLeod fue eso y no director de orquesta o buscador de oro? ¿Por qué los demás deben cargar con nuestra mediocridad?" (268). Con tales argumentos Stein no pretendía otra cosa que darle la espalda a la acusadora verdad. Pero Brausen, que lo había estado buscando con la intención de "situarlo en la primera tentativa" (255), se limita a negar el último de los argumentos de su viejo camarada para dar cabida a la expresión de otra verdad, más cruda y lacerante aun, y que pone al descubierto la razón de fondo de la inautenticidad de MacLeod y del mismo Stein: "No es fundamentalmente cuestión de mediocridad, sino de cobardía", le responde. "También es cuestión de ceguera y olvido; no tener despierta en cada célula de los huesos la conciencia de nuestra muerte" (268). La cobardía que le echa en cara a Stein nos revela, una vez más, que la actitud de Brausen hacia la vida está fundamentada en la convicción de que el hombre debe enfrentar la realidad y responsabilizarse de su propio destino.

Habiéndole dicho a Stein lo que quería decirle, Brausen piensa satisfecho: "Ya nada tengo que hablar con Stein" (269). La idea de haber terminado con esa vieja amistad, símbolo de su vida equivo cada, le hace experimentar una leve "excitación sobre un intermi nable fondo de paz e indiferencia" (269): ha roto el último vínculo sustancial con su pasado inmediato. Está claro, pues, que el comportamiento de Brausen no es el de alguien que teme o pretende evadir la realidad. En ningún momento se le ve mintiéndose a sí mismo, o tratando de restarle importancia a su problemática existencial. Lo que es innegable es su determinación de abandonar la senda equivocada, para ir en busca de un nuevo horizonte donde darle un sentido propio a su existencia. "El existente", ha dicho Sartre, "empieza por ser algo que se lanza hacia un porvenir [y] es conciente de proyectarse hacia el porvenir" (34); tal es la premisa existencialista que encarna Juan María Brausen.

Bien, pero ¿en qué dirección ha concebido Brausen el cambio radical que quiere imprimir a su vida? ¿Cuál es el porvenir a que aspira? Ya nos había anticipado en su última conversación con Gertrudis que no había perspectiva alguna hacia su futuro: "En cuanto al hombre llamado Brausen", le había dicho, "podemos afirmar que su vida está perdida" (195). Hace esta última afirmación porque, sabiéndose ya al margen de todo lo comprendido dentro del marco de su pasado inmediato, mira detras de sí una vida concluida, a la vez que se ve ante una nueva, indefinida aún en sus componentes y en su circunstancia particular. La respuesta concreta a nuestra pregunta la da enseguida, durante ese mismo diálogo con Gertrudis: "Nada ... Voy a vivir, simplemente" (196).

Como ha dicho Sartre al definir al hombre, Brausen "es ante todo un proyecto que se vive subjetivamente" (34). Su ruptura con el pasado es el mejor indicador de ese proyecto. ¿En qué consiste ese proyecto? En adueñarse de sí mismo y responsabilizarse de su destino. Es por eso que no le preocupa sentirse a la deriva, o entregarse a lo que el futuro le tenga reservado. No es esa la cuestión. Lo que le importa es que va a echarse a vivir simplemente porque tiene la certeza de que sus días, sin importar el rumbo que tomen, implicarán una forma de vivir determinada por él mismo. "Sea cual fuere el hombre que aparece", ha dicho el filósofo, "hay un porvenir por hacer, un porvenir virgen que lo espera" (41); eso es lo que le importa.

El paso que Brausen da en La vida breve no es, pues, de retro-ceso, ni en plan de huida. Es hacia adelante, al encuentro de ese porvenir intacto que lo espera.

BIBLIOGRAFIA
Aínsa, Fernando. Las trampas de Onetti. Montevideo: Editorial Alfa, 1970.
Baker, Armand F. "Las vidas breves de Juan Carlos Onetti". Cuadernos Hispanoamericanos: Revista mensual de Cultura Hispánica. 292-294 (1974): 151-70.
Frankenthaler, Marilyn R. J. C. Onetti: La salvación por la forma. Madrid: Ediciones Abra, 1977.
Onetti, Juan Carlos. La vida breve. Ed. Sonia Mattalía. Madrid: Anaya & Mario Muchnik, 1994.
Sartre, Jean-Paul. El existencialismo es un humanismo. México D. F.: Ediciones Quinto Sol, 1983.
Zapata, Celia de. "El impasse amoroso en la obra de Juan Carlos Onetti". Cuadernos Hispanoamericanos: Revista mensual de Cultura Hispánica. 292-294 (1974): 171-89




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