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¿Escritor, escritor!

Ricardo Menéndez Salmón

A los amantes de la gran literatura, 2006 nos tenía reservado un regalo excepcional. Apenas doce años después de su muerte, la obra completa de Juan Carlos Onetti aparece reunida en una edición que se adivina canónica.El primer volumen, que recoge sus novelas escritas entre 1939 y 1954, ya está en las librerías.

Mentiría si dijera que ha existido un autor más influyente que Onetti en mi formación como escritor y, ¿por qué no decirlo?, en una parte nada desdeñable de mi adopción de cierta actitud ante el mundo. Ningún otro autor en lengua española me ha hablado durante tanto tiempo y con tanta intensidad como él lo ha hecho desde que allá por 1988, durante mi último año de bachillerato, leí 'El pozo'.

En la magnífica senda que la literatura hispanoamericana fue abriendo a lo largo del pasado siglo, hay una serie de autores que, aunque indiscutibles, no han gozado del favor de un público mayoritario. Sin duda Cortázar, García Márquez y Vargas Llosa tienen un número de lectores mucho más amplio que esos gigantes llamados Carpentier y Rulfo. Algo parecido sucede con Onetti. En ello habrá influido no sólo la dificultad de su escritura, de una rara belleza y de un genio sin igual en el empleo del adjetivo y en la caracterización de los personajes, sino también su cosmovisión, su filosofía, ese triple elogio del desencanto, de la derrota y de lo que en 'El astillero', acaso su obra maestra, Onetti definió como «el espanto de la lucidez».

Tengo un puñado de amigos, todos ellos extraordinarios lectores, que comparten mi convicción de que Onetti ha sido el mayor escritor en español del siglo XX. La hermandad de santamarianos, fuera y dentro del papel, conforma una comunidad escéptica, un tanto dipsomaníaca, amante de las causas perdidas y enamorada del derecho al fracaso como una forma de rebeldía y como una bandera existencial.

De ese fracaso perpetuo que es la literatura, condenada a no alcanzar nunca aquello que quiere expresar, Onetti se remontó hasta recoger en páginas inolvidables la comunión irrenunciable de ética y estética. Ahora, al fin, un editor sensato reúne su legado para que la posteridad lo goce y estudie.

Queda dicho: hagan hueco en sus librerías. El maestro ha vuelto.




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