Jorge Cornejo Polar
La escritura del uruguayo Juan Carlos Onetti es clave para entender los procesos literarios de América Latina después de la década de 1950. Aparte de innovar en el uso de las técnicas, su obra desarrolla un filón temático poco explorado entre los escritores del llamado boom, pero presente en la existencia común de cualquier persona: la soledad, la angustia del fracaso, la sobrevivencia en escenarios de pobreza.
I
Descubrí a Juan Carlos Onetti a mediados de la década de 1960. Leer Juntacadáveres y algunos de sus cuentos, me dejó a la vez deslumbrado y turbado. Y es que no había tenido ocasión de recorrer una prosa como ésta que sin aspavientos iba presentando el mundo interior de seres humanos hundidos en la desesperanza o afrontando situaciones límite. Desde entonces, no he dejado de leer y releer los textos de Onetti con un fervor que no sólo no ha disminuido con los años, sino que se ha hecho cada vez más exigente.
En 1969 tuve la ocasión de conocerlo. Fue en Santiago en un encuentro latinoamericano organizado por la Sociedad de Escritores de Chile, en el que el novelista era uno de los invitados principales. Onetti a primera vista era como lo pintaba la leyenda que ya entonces circulaba: hosco, taciturno, con cara de pocos amigos. Pero cuando uno conversaba con él, esa apariencia se desvanecía en parte porque no rehuía el diálogo, aunque a veces sus respuestas eran monosílabos. También conocí a su esposa Dolly (Dorotea), a quien Onetti le había dedicado La cara de la desgracia con una frase extraña: “Para Dorotea Muhr, ignorado perro de la dicha”. Misteriosa dedicatoria sobre cuyo sentido no me atreví a preguntar. Dolly no se separaba de Onetti un solo instante. Pero ni ella ni nadie pudieron lograr que el escritor que sentía un rechazo casi visceral por los actos públicos, interviniera en alguna de las sesiones.
En esta misma reunión fui testigo de un momento excepcional: el encuentro de Onetti con otro gran escritor, Juan Rulfo. Ambos se conocían por sus obras desde luego y seguramente por correspondencia y se estimaban mucho, pero no se habían visto nunca. De modo tal que este primer encuentro fue emocionante para ellos y para quienes fuimos testigos, que presenciamos mudos los abrazos largos y cariñosos de dos personas para quienes no era fácil exteriorizar sus sentimientos y luego el inicio de una animada conversación.
En esa época enseñaba en la Universidad de San Agustín de Arequipa y mi principal misión en Chile era invitar escritores a mi universidad. Pensé desde luego en Onetti y aunque todos me aconsejaban que no lo hiciese, previendo –dado su mal humor constante– una reacción descompuesta, lo abordé y le hice la invitación. No hubo respuesta destemplada y sí en cambio, para mi sorpresa, inmediata aceptación. Pero mi admirado Juan Carlos no llegó jamás a Arequipa, nunca supe los motivos. Sólo varios años después me hizo llegar sus disculpas, pero ninguna explicación, a través de mi hermano Antonio, con quien coincidieron en un congreso.
Es el momento de decir que pertenezco a esa dispersa pero nutrida secta de onettianos militantes que andamos por el mundo de la mano de Brausen, Larsen y el doctor Díaz Grey. Parafraseando a Onetti, diría que leer sus libros es mi vicio y mi pasión. Muchas veces y en distintos lugares del mundo me ha ocurrido descubrir iniciados en el culto onettiano. Basta mencionar a Santa María o a Larsen para encontrar alguna mirada cómplice, que es el punto de partida de interminables y sabrosas conversaciones. Por eso la noticia de la muerte de Onetti en Madrid, en mayo de 1994, me impresionó tanto como la de un amigo lejano pero muy querido y admirado.
Mi vocación onettiana encontró un nuevo estímulo cuando en 1991 conocí a Idea Vilariño, la gran poeta uruguaya, con quien me une ahora una buena amistad. Idea y Onetti habían vivido años antes una apasionada relación amorosa de la que quedan como pálidos recuerdos dos dedicatorias. Onetti dedica a Idea la novela Los adioses e Idea dedica a Onetti su mejor libro, Poemas de amor. Hemos conversado con Idea de muchas cosas y también por cierto de Onetti, pero naturalmente no he de referirme a ello en esta ocasión.
II
Hoy, diez años después de su partida, el número de lectores de Onetti sigue creciendo, a la par que siguen apareciendo estudios –algunos excelentes como los de Josefina Ludmer, José Pedro Díaz, Fernando Aínsa y Hugo Verani– acerca de su obra. En todo caso, así como no se discute hoy que Onetti es uno de los mayores narradores del siglo veinte, tampoco existe ninguna duda acerca de su calidad de fundador de la moderna novela urbana latinoamericana. Sin embargo, no siempre ha sido así. Al comienzo sólo algunos críticos como los uruguayos Ángel Rama, Jorge Ruffinelli y Emir Rodríguez Monegal reconocían su genio. Pero a medida que su obra fue alcanzando mayor difusión (lo que ocurre sobre todo a partir de 1974, cuando se instala en España y sus textos fundamentales comienzan a ser reeditados por las grandes editoras españolas) su calidad de narrador sin par fue siendo admitida sin reticencias por lectores y críticos. El Premio Cervantes, que recibe en 1980, no hizo sino reconocer lo que se sabía ya en España y América Latina: Onetti era un maestro en el arte de narrar historias, crear personajes, describir atmósferas.
¿Cuáles son las lecciones principales de Onetti? Son tantas que no bastan los límites de un artículo para comentarlas. La fundación de Santa María, la ciudad imaginaria en que se desarrollan la mayoría de sus ficciones, resulta a no dudarlo un aporte mayor. Se dice y es verdad que Santa María antecede incluso a la Comala de Rulfo (1955) y a Macondo de García Márquez (1967), pero eso no importa tanto como las circunstancias de su fundación. Santa María, se sabe, aparece en La vida breve (1950) como creación de Juan María Brausen, el atribulado protagonista. Brausen, empleado de una agencia de publicidad, deviene escritor y va contando paso a paso cómo brotan de su imaginación y de su pluma la ciudad de Santa María, las gentes que la habitan, sus historias. De este modo al lector le es permitido apreciar directamente el funcionamiento de la mente de un escritor en el trance creativo y se convierte en testigo de excepción y a ratos hasta copartícipe del acto creador. Que la escritura de un relato sea a la vez materia narrativa y que se vea surgir una novela dentro de otra son logros, en verdad, admirables.
Pero La vida breve es interesante también por otros motivos. Por ejemplo, por contar precursoramente tres historias, en vez de una como era habitual en el género novelesco. Y hacerlo no sucesiva sino simultáneamente, alternando los episodios de una y otra. Y además por el manejo del tema del doble o de la máscara: Brausen toma el nombre de Arce y asume otra personalidad en una de las líneas narrativas. Y, desde luego, por los personajes inolvidables que pueblan sus páginas: Juan María Brausen, el doctor Díaz Grey, Elena Sala, Stein, Mamie, la Queca, Gertrudis, Raquel. Inclusive, en un juego raro en él, Onetti se retrata con su nombre como personaje secundario, describiéndose: “El hombre que me había alquilado la oficina se llamaba Onetti, no sonreía, usaba anteojos, dejaba adivinar que sólo podía ser simpático a mujeres fantasiosas o a amigos íntimos”.
En cuanto a la caracterización se refiere, aparte de los que citamos, Onetti crea otra serie de personajes memorables: Eladio Linacero, (El Pozo) Jorge Malabia, Lanza, Julita, el Padre Bergner (Juntacadáveres), Jeremías Petrus, Angélica Inés (El astillero), Rita (Para una tumba sin nombre), por citar unos cuantos. No debe olvidarse además la maestría con que Onetti maneja un procedimiento hoy muy en boga, pero apenas utilizado décadas atrás. Me refiero a la intertextualidad: hay personajes que pasan de libro a libro, el más característico es el doctor Díaz Grey (en quien muchos ven un alter ego del escritor), que a partir de su aparición en La vida breve está presente en todas las demás novelas de Onetti. De manera semejante, Larsen es protagonista de Juntacadáveres y El astillero. Y Santa María después de su fundación en La vida breve, se convierte en escenario de varias de sus obras.
En esta visión de conjunto resulta indispensable referirse a una de las más caras convicciones de Onetti, su idea de la “salvación por la literatura”, como la he definido en otra ocasión. El tema recorre su obra entera, pero donde se ejemplifica mejor es, otra vez, en La vida breve. Cuando Brausen se decide a escribir nos confiesa: “Pero yo tenía, entera, para salvarme esta noche de sábado; estaría salvado si empezaba a escribir el argumento para Stein, si terminaba dos páginas o una, siquiera, si lograba que la mujer entrara en el consultorio de Díaz Grey y se escondiera detrás del biombo; si escribía una sola frase tal vez. Acababa de empezar la noche y el viento caliente hacía remolinos sobre los techos. Cualquier cosa repentina y simple iba a suceder y yo podría salvarme escribiendo”.
Esa fe absoluta en la literatura, esa confianza en que la escritura literaria puede justificar y dar sentido a una vida es la misma que tiene Eladio Linacero en El Pozo, la primera novela del autor (1939). Linacero quiere escribir la historia de su vida, pero no tiene con qué. Por ello cuando encuentra lápiz y papel se siente feliz y ya no le importan “la mugre, el calor y los infelices del patio”. Es la misma seguridad de Jorge Malabia en Para una tumba sin nombre. Al concluir de redactar la historia, dice: “Lo único que cuenta es que al terminar de escribirla me sentí en paz, seguro de haber logrado lo más importante que puede esperarse de esta clase de tarea: había aceptado un desafío, había convertido en victoria por lo menos una de las derrotas cotidianas”. Y el narrador de Cuando ya no importe (1993), la última novela, cree en lo mismo: “Ahora, definitivamente, para siempre en Monte, persisto en redactar apuntes porque absurdamente siento que debo hacerlo como cumpliendo un juramento sagrado que nunca hice pero que lo siento impuesto”.
En un texto sobre su admirado Faulkner, Onetti expresa la misma idea: “Tal vez nos convirtamos en sirvientes de la cibernética. Pero sentiremos que siempre sobrevivirá en algún lugar de la tierra, un hombre distraído que dedique más horas al ensueño que al sueño o el trabajo y que no tenga otro remedio para no perecer como ser humano que el de inventar y contar historias”.
Apenas es necesario manifestar que lo que Onetti pone en boca de sus personajes es lo que él mismo creía y lo que hizo sin descanso desde 1933, año del primer cuento –“Avenida de Mayo-Diagonal Norte-Avenida de Mayo”– hasta las vísperas mismas de su muerte: escribir, escribir y escribir, aferrarse a la escritura como única vía de salvación.
Quisiera decir, para terminar, que con su vasta obra narrativa que comprende novelas, nouvelles o novelas cortas y cuentos, Juan Carlos Onetti ha logrado fundar un universo propio, un territorio literario único, inconfundible e irrepetible que se puede denominar con propiedad el mundo onettiano. Lo que da unidad a esta compleja realidad a pesar del número y de la variedad de personajes, historias, situaciones, escenarios que la constituyen, es que toda ella se halla escrita con la misma prosa lenta, filosa, que en círculos concéntricos va desnudando el alma de sus personajes y que este vasto conjunto textual está construido en torno a una sola visión del hombre y de la existencia. Es una visión desencantada, escéptica, atrozmente pesimista, pero iluminada, sin embargo, por la comprensión y la solidaridad con los pequeños seres y por la convicción de que sólo el amor cuando es verdadero (para el novelista ello sólo es posible en la juventud) y la imaginación creadora pueden salvar al hombre en el sentido de justificar su existencia, colmar de sentido su vida.