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Viaje al pozo de la noche

María Eugenia Ghio

Nació en Montevideo, Uruguay, el 1 de julio de 1909 y desde los 20 años vivió en Buenos Aires. Voló desde el sueño a la vigilia, mezcla gloriosa que repercutió en una maravillosa publicación que se llamó El Pozo y que fue su primera novela. Murió en Madrid en 1994.

Le gustaba caminar por la calle Corrientes, de noche, y palpitar alegremente el anonimato que le otorgaba la urbe, tan solitaria e individual. Pero al mismo tiempo le entristecía terriblemente esa misma sensación. Ese binarismo lo acompañaba desde hacia tiempo, con esa obsesiva indagación a la personalidad humana, no lograba él mismo cuajar en un adjetivo que lo definiese. Cuando le preguntaron con cuales adjetivos se identificaba, él dijo: “amargo, escéptico, burlón, solitario, evasivo, gótico y los seis antónimos respectivos también”

La noche y la soledad se unen en un entramado oscuro y pretencioso, ácido y absorbente; es que “fue ella la que me alzó entre sus aguas, como el cuerpo lívido de un muerto y me arrastra, inexorable, entre fríos y vagas espumas, noche abajo”. La mítica noche es arrasada y narrada desde un cúmulo de experiencias que la definen hasta en su mismísima organicidad. Y es la autenticidad, la necesidad de ser fiel y sincero a aquello que emana la pura vida en todas sus dimensiones. “Cuando yo me pongo a escribir es la hora de la verdad, y con la verdad no hay cuentos chinos. Cuando escribo no hay ningún dogma. Pienso que la vida es así, si hay ternura sale, si hay posición política, sale, quiera o no lo quiera el autor.”

Voló desde el sueño a la vigilia, mezcla gloriosa que repercutió en una maravillosa publicación que se llamó El Pozo y que fue su primera novela: “aquella noche nos habíamos acostado, sin hablarnos. Yo estuve leyendo, no sé qué, y a veces de reojo, veía dormirse a Cecilia. Ella tenia una expresión lenta, dulce, casi risueña, una expresión de antes, de cuando se llamaba Ceci, para la que yo había construido una imagen exacta que ya no podía ser recordada”.

La adolescente y la mujer despertaban en sus escritos dos periodos en la vida, muchas veces irreconciliables, en una telaraña de deseo, pureza, ternura y bronca. Esa modificación que ejerce el paso de la adolescencia a la adultez de las mujeres pareciera que le producía una inmensa tristeza, un anhelo perturbador, algo así se pudo descifrar en El Pozo: “y si uno se casa con una muchacha y un día se despierta al lado de una mujer, es posible que comprenda, sin asco, el alma de los violadores de niñas y el cariño baboso de los viejos que esperan con chocolatines en las esquinas de los liceos.”

Había nacido en Montevideo, Uruguay, el 1 de julio de 1909. A los 20 años se fue a vivir a Buenos Aires, donde trabajó de periodista y fue, paulatinamente consagrándose escritor. Hasta su radicación definitiva en España, en el año 1977, su vida la repartió entre Montevideo y Buenos Aires.

Murió en Madrid en 1994.

Datos sueltos se conocen de su infancia, es la sensación de privacidad y añoranza de intimidad y adoración que impiden un conocimiento casi exacto de lo que fue. Eso si, se sabe que tuvo una infancia feliz. ”Pero tal vez no exista un periodo de la vida tan profundamente personal, tan íntimo, tan mentiroso en el recuerdo como éste. Yo fui un niño conversador, lector y organizador de guerrillas a pedradas entre mi barrio y otros. Recuerdo que mis padres estaban enamorados. Él era un caballero esclavista y ella una dama del sur de Brasil. Y lo demás es secreto”.

Los sueños se mezclaron en el realismo de sus narraciones, la crudeza de sus escritos; el escepticismo reinante en ellos se entrelazaba sutilmente con los sueños: “el sueño conduce a un estado de embriagante felicidad. El deseo se hace realidad a través de un imaginario tejido.”

La mayoría de sus relatos encierran el universo nocturno en sus múltiples caracterizaciones, su realismo navegó en los sueños, la soledad, el desenfado y por sobre todo, en la autenticidad.

Ese hombre alto, y de anteojos, se llamaba Juan Carlos Onetti y siempre tenia algo para contarnos sobre la noche.

“Pero aquella noche no vino ninguna aventura para recompensarme el día. Debajo de mis párpados se repetía, una imagen ya lejana. Era precisamente, la rambla a la altura de Eduardo Acevedo, una noche de verano, antes de casarnos. Yo la estaba esperando apoyado en la baranda, metido en la sombra que olía intensamente a mar. Y ella bajaba en pendiente, con los pasos largos y ligeros que tenia entonces, con un vestido blanco y un pequeño sombrero caído contra una oreja. El viento la golpeaba en la pollera, trabándole los pasos, haciéndola inclinarse apenas, como un barco de vela que viniera hacia mí desde la noche. Trataba de pensar en otra cosa; pero, apenas me abandonaba, veía la calle desde la sombra de la muralla y la muchacha, Ceci, bajando con un vestido blanco. Entonces tuve aquella idea idiota como una obsesión. La desperté, le dije que tenía que vestirse de blanco y acompañarme. Había una esperanza, una posibilidad de tender redes y atrapar el pasado y la Ceci de entonces. Yo no podía explicarle nada; era necesario que ella fuera sin plan, no sabiendo para qué. Tampoco podía perder tiempo, la hora del milagro era aquella, enseguida. Todo esto era demasiado extraño y yo debía tener cara de loco. Se asustó y fuimos. Varias veces subió la calle y vino hacia mí con el vestido blanco donde el viento golpeaba haciéndola inclinarse. Pero allá arriba, en la calle empinada, su paso era distinto, reposado y cauteloso, y la cara que acercaba al atravesar la rambla debajo del farol era seria y amarga. No había nada que hacer y nos volvimos.”
El Pozo




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