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Faulkner en el Río de la Plata

Andrés Rivera

Una conocidísima periodista uruguaya, María Esther Giglio, le preguntó a Juan Carlos Onetti, el 31 de diciembre de 1991, en su ya aceptada residencia en Madrid -la dictadura militar uruguaya, casi simultánea a la argentina y a la chilena, lo encarceló durante tres meses, y cuando se restableció eso que suele llamarse democracia, Onetti juró que no regresaría a la que se denominó, allá lejos y hace tiempo, la Suiza de América Latina- le preguntó -Giglio, claro- que escritores nuevos había leído. Y Onetti respondió: Cuando quiero leer cosas bellas, agarro a Proust. . .Qué maravilla, qué inteligencia. Claro que el otro es Faulkner.
Me permito otra cita. En el legendario periódico semanal Marcha, que llegaba de Montevideo a Buenos Aires los viernes por la noche, Onetti tituló El gran padre Faulkner una breve nota sobre el autor de El sonido y la Furia, Sin comentarios, el comentario crítico.
En La novia robada, una nouvelle que editó Siglo XXI, en julio de 1973, en su respuesta a un cuestionario que le presentó Ricardo Piglia, Onetti dijo: A mi juicio, Perogrullo tenía razón: todos los temas narrativos están condenados a ser cuentos, short stories, long short stories, nouvelles o novelas o cualquier otra dimensión que hayan inventado las revistas porteñas en las ultimas semanas. Con frecuencia, el escritor se equivoca. Pero, personalmente, no creo que busque ‘ventajas’. Hablo de los que tienen talento, que, por otra parte, son los únicos que cuentan.
Y Onetti tenía talento. Y éste se mostró, nítido, en El Pozo, cuando Onetti tenía, apenas, 30 años de edad (Onetti nació en 1909).
En su respuesta a Piglia, con frases dichas como al descuido, proclama su admiración por Raymond Chandler. Esta admiración que conservo al releerlo, fue puesta en ridículo -¡y en público!- por críticos diplomados que cometieron el error de publicar novelas, que hubieran sido menos malas con un previo estudio en serio de las andanzas de Philip Marlowe.
Y reconoce, sin tapujos, la influencia de William Faulkner sobre su obra, Sobre todo en Tierra de nadie, algunos capítulos o pedazos, y desde principio a fin, en Para esta noche.
Es indispensable añadir, para el público lector que se apasiona por la escritura de la narrativa argentina, estos conceptos: Roberto Arlt es un caso distinto: leí lo mejor suyo poco después de los veinte años y lo conocí personalmente. Es mejor que le recite un párrafo que escribí hace pocos días para una editorial italiana: «Seguimos profunda, definitivamente convencidos de que si algún habitante de estas humildes playas logró acercarse a la genialidad literaria, llevaba por nombre el de Roberto Arlt. No hemos podido nunca demostrarlo. Nos ha sido imposible abrir un libro suyo y dar a leer el capítulo o la página o la frase capaces de convencer al contradictor. Desarmados, hemos preferido creer que la suerte nos había provisto, por lo menos, de la facultad de la intuición literaria. Y este don no puede ser trasmitido. Hablo de arte y de un gran, extraño artista. En este terreno, poco pueden moverse los gramáticos, los estetas, los profesores, o mejor, pueden moverse mucho pero no avanzar».
En su edición del lunes 15 de enero de 2007, Página 12 publica un reportaje a Peye Quintana, periodista, del diario Crítica, que fue propiedad de la familia de Natalio Botana, su fundador. Quintana, según dice él mismo, trabajó con Rodolfo Puiggros, Arlt, Pedro Orgambide, y Onetti.
De Onetti, Quintana afirma que era un tipo muy difícil. En esos años cuando era más joven era más abierto. Lo traté muchas veces, tuve el privilegio de tratarlo. Era difícil porque era un tipo muy encerrado en sí mismo. Hay una famosa anécdota de Onetti cuando se encuentra con Juan Rulfo en París y estuvieron tres horas sentados en la mesa de un café sin hablar. Los dos vivían para adentro y ahí está el famoso dicho de Juan Rulfo. A las tres horas se levantan para irse y Rulfo dice: «Otra vez será».
Y Quintana describe, también, a Arlt, de quien Onetti dijo que si alguien se acercó la genialidad, ese alguien fue el autor de El juguete rabioso (la rotunda definición puede leerse, líneas más atrás, en esta desordenada nota).
Roberto Arlt. Yo era muy chico y ya iba a Crítica. Él trabajó hasta 1924 en Crítica y se peleó con Botana porque no admitía su personalismo. Siempre estuvo enamorado de mi tía Salvadora (Salvadora Onrubia, una mujer bellísima en opinión de quienes la conocieron. A.R.). Se peleó con Botana, porque en los años ’30 los hombres comenzaron a desacartonarse en su vestimenta de cuello duro, el sombrero, Vino una moda de sinsombrerismo. La gente comenzó a salir sin sombrero y Roberto Arlt saludó esa costumbre como sana. Botana lo llamó y le dijo: «Me estás sacando los sombreros y los mejores avisadores de Crítica son los fabricantes de sombreros». Arlt se ofendió y se fue. Había un café al lado de Crítica sobre Avenida de Mayo que se llamaba La Alameda y era de un jugador de fútbol español. Yo tenía 16 años y andaba agitando, era activista de la FORA y me tenía subyugado Rafael Barret, un español, militaba con los anarquistas y a mí, como era sobrino de su amada imposible que era mi tía Salvadora, Arlt me entró a querer. Yo iba al bar a escuchar cosas maravillosas que decía y que no entendía. Un día me llevó al estudio que tenía en Once porque él tenía muchas veleidades industriales. Le gustaban los inventos. Era un conventillo en la calle Bartolomé Mitre, detrás de la estación Once, era un barrio aislado del progreso de Buenos Aires y me llevó, recuerdo un pasillo largo y ahí hacía sus experiencias con rosa eterna, la rosa de cobre. Había una pileta metálica. Me impresionaron el lugar y la falta de elementos pero él hablaba como un científico.
Tengo que agregar que Roberto Arlt adjudica a Remo Erdosaín, uno de los personajes centrales de sus novelas Los siete locos y Los lanzallamas, el invento, la creación de la rosa de cobre.
Juan Carlos Onetti escribió, en 1978, para la contratapa de Los siete locos, de la editorial Losada, unas líneas que enriquecen, si eso es posible, las que remitió a una editorial italiana, y de las que se hace mención al comienzo de esta nota Arlt había nacido para escribir sus desdichas infantiles, adolescentes, adultas. Lo hizo con rabia y con genio, cosas que le sobraban. Todo Buenos Aires, por lo menos, leyó este libro. Los intelectuales interrumpieron los dry martinis para encoger los hombros y rezongar piadosamente que Arlt no sabía escribir. No sabía, es cierto, y desdeñaba el idioma de los mandarines; pero sí dominaba la lengua y los problemas de millones de argentinos, incapaces de comentarlo en artículos literarios, capaces de comprenderlo y sentirlo como amigo que acude -hosco, silencioso o cínico- en la hora de la angustia… Hablo de arte y de un gran, extraño artista.
Los sellos Calicanto y Arca reeditan, en el Buenos Aires de 1977, dos novelas cortas de Onetti: El pozo y Para una tumba sin nombre. Un crítico uruguayo dueño de una notable cultura, Ángel Rama, escribió, en 1965, doce años antes de su aparición en la capital argentina, que… el absolutismo de los valores y la negativa a todo relativismo, que nacen de una operación consumada en el mundo de los imaginarios, sin apoyatura en la circunstancia real. En este sentido conviene recordar que Onetti, como otro antepasado rioplatense, Roberto Arlt, pertenecen a la línea dostoievskiana en la actitud agnóstica y rebelde de quienes están interiormente heridos…
Rama apunta que por los años 1938 a 1940 se registra una fractura en la cultura uruguaya, la cual abre, por el sesgo de una nueva interpretación de los valores tanto éticos como artísticos, un período creador que luego de ahincada pelea ha de regir, poderosamente, la vida intelectual del país. Esta fractura coincide con el acceso de una generación de escritores o cuyas edades oscilan entre los veinte y treinta años, quienes en parte la provocan, y cuya acción se proyecta sobre el fondo particularmente revuelto de la vida nacional e internacional de esos años. Políticamente esa circunstancia se tipifica en la lucha mundial contra el fascismo que parece el gran triunfador de la hora: derrota de la España republicana, ocupación de Austria y de los cadetes checoeslovacos , transacciones de Munich, pacto germano-soviético que rompe la unidad de la izquierda antifascista, iniciación de la guerra y victoria del nazismo, crisis económicas y dictaduras derechistas en América Latina -el «terrismo» en Uruguay-, general intento de agrupaciones de las fuerzas «progresistas» que en nuestro país se expresa por la acción del Ateneo Por Una Nueva Constitución Y Leyes Democráticas, y la debilidad de esos movimientos. ¿Rama escribió estas líneas en 1965 o en los primeros meses de 1976 con Jorge Rafael Videla, Eimilio Eduardo Massera y Orlando Agosti en la Casa Rosada; Juan Carlos Bordaberry y los milicos uruguayos en el palacio gubernamental de Montevideo; y Augusto Pinochet, con la sangre de Salvador Allende en las manos, paseando su soberbia homicida por Santiago de Chile?
En diciembre de 1939, añade Rama, se publica El pozo, y Juan Carlos Onetti, su autor, tenía entonces 30 años y hacía tiempo que escribía con rabia y furor mientras leía de modo convencido a Proust, Céline, Huxley, Faulkner, y, junto con la literatura universal, descubría el provincialismo de la nacional.
El protagonista de El pozo, Eladio Linacero, no le ahorra definiciones al lector. Sobre la sociedad norteamericana en su conjunto: No hay pueblo más imbécil que ése sobre la tierra, Onetti juzgó, alguna vez, que la vehemente afirmación de su personaje era disparatada, según anota Rama.
Onetti sobre la clase media: ...todos los vicios de que pueden despojarse las demás clases son recogidos por ella.
A poco de aparecido El pozo, Onetti dirá, en una de las páginas de Marcha, que el escritor escribirá porque sí, porque no tendrá más remedio que hacerlo porque es su vicio, su pasión y su desgracia.
Creo necesario poner fin a esta nota, porque sobre o acerca de Onetti se ha escrito como es posible imaginar. Y más.
Construcción de la noche es un libro de notas y reportajes a Onetti, y cuyos autores fueron (son) Carlos María Domínguez, argentino residente en el Uruguay, y María Esther Giglio, y qué suscito la ira de Dolly, la ultima esposa de Onetti. Y he aquí, la dedicatoria que mereció Dolly en La cara de la desgracia, uno de los cuentos del autor de Juntacadáveres: Para Dorotea Muhr- ignorado perro de la dicha.
Dije que Onetti no escatimó su admiración por Faulkner. Éste creo el poblado o la ciudad de Yoknapatawpha, en el sur de USA. Onetti, la ciudad de Santa María.
Debo decir, ahora, que fui muy amigo de Jorge Onetti, hijo de Juan Carlos Onetti. Fui su amigo desde mediados de la década del ’50. Fue, Jorge, corresponsal de Prensa Latina, la agencia de noticias de los revolucionarios cubanos que derribaron al siniestro gobierno de Fulgencio Batista.
Jorge Onetti publica con el sello editorial Arca, de Montevideo, en noviembre de 1967, Cualquiercosario, cuentos que son premiados por Casa de las Américas, Cuba. Reproduzco unas líneas de la contratapa: Dentro de una generación en que el onettismo (pero el correspondiente a la influencia de su padre, el novelista Juan Carlos Onetti) ha hecho estragos, Jorge Onetti salió indemne de la prueba ofreciendo una literatura original y moderna, de aguda impronta subjetiva y a la vez de perspicaz entendimiento del mundo nuevo de las grandes ciudades del Río de la Plata. En 1969, Seix Barral lanza al mundo de la narrativa Contramutis, novela finalista en el premio Biblioteca Breve de 1968. Y editada, en Italia, por Milano Libri.
Antes de que adviniera al poder la dictadura militar uruguaya, yo visitaba a Jorge Onetti, una vez por mes, en su casa de Pocitos, donde vivía con su esposa, Andrea. En una de esas noches, Jorge recibió un llamado telefónico de Juan Carlos Onetti o de Dolly. Jorge me pidió que lo acompañara.
Montamos en su motocicleta, y a una velocidad criminal atravesamos las desoladas calles de una Montevideo nocturna.
Llegamos a la casa de Juan Carlos Onetti, y Dolly nos hizo pasar a un amplio comedor. Allí estaba Juan Carlos Onetti -pantalón negro, medias negras, camisa blanca, cigarrillo en los labios-, tumbado sobre un colchón y una sábana sobre el colchón, en el piso del comedor. Juan Carlos Onetti le extendió un trozo de papel a Jorge, e intercambiaron un par de palabras, probablemente innecesarias. Jorge y yo regresamos a Pocitos, sanos y salvos, cosa que pude comprobar cuando la motocicleta de Jorge dejó de trepidar.
Instalada la dictadura militar en el Uruguay, Jorge y su esposa vivieron tres años en Cuba. Luego ambos se trasladaron a España. Allí ya vivía Juan Carlos Onetti, que obtiene, en 1980, el reconocimiento tardío del Premio Cervantes de Literatura.
¿Quiénes, salvo los antólogos, y unos pocos lectores y amigos y amigas cultísimas -Teresita Mauro, en caso de ambos Onetti- , se acuerdan de William Faulkner y Juan Carlos Onetti?




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