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La soledad sin fin de J. C. Onetti

Augusto Roa Bastos

Siempre me obsesionó la idea de buscarle alguna utilidad a las efemérides. Si se refieren a un escritor, deberían incitarnos a leer su obra. A diez años de la muerte de mi gran amigo Juan Carlos Onetti quiero invitar a los lectores a recorrer la biografía de Onetti, que es también su obra. Creo honestamente que un hombre que se emplea como vendedor de máquinas de escribir y no consigue vender una sola, que escribe una novela con una tirada modesta de 500 ejemplares que terminan de venderse después de veinte años, que se define a sí mismo como un fracasado, que se casa con su prima en primeras nupcias y con su cuñada en las segundas, que es detenido y sufre la cárcel por formar parte de un jurado ya nos está diciendo con su biografía que es un hombre inquietante.
Juan Carlos Onetti nació en Montevideo el 1 de julio de 1909. Como casi todos los escritores de esta sufrida Sudamérica vivió gran parte de su vida exiliado en Buenos Aires. Estuvo ligado a semanarios que nunca condescendieron al aval de las políticas castrenses tan de moda después de los terribles años 40 del siglo que pasó. Marcha y después Acción siempre contaron con Onetti como redactor, colaborador, director y lo que fuere necesario. En 1932, según leo en la reseña que hiciera el Instituto Cervantes al otorgarle el Premio Cervantes 1980, el diario porteño La Prensa organiza un concurso de cuentos para autores sudamericanos y Onetti está entre los primeros diez seleccionados publicándose el cuento "Avenida de Mayo-Diagonal" en el Suplemento Literario. En el mismo periódico aparecerán después otros cuentos igualmente enigmáticos: El obstáculo y El posible Baldi. En 1939 aparece la primera edición (que tardó 20 años en agotarse) de la novela El pozo. Después irán apareciendo Tierra de nadie, novela 1941; Para esta noche, novela, 1943; La vida breve, novela, 1950; Un sueño realizado y otros cuentos, de 1951; El astillero, novela de 1961; la colección de cuentos El infierno tan temido, de 1962; Juntacadáveres, novela de 1963; Tiempo de abrazar, novela, 1974; Cuando entonces, novela, 1987 y Cuando ya no importe, novela, 1993.
Tratar de reseñar en dos páginas un solo cuento de Onetti sería blasfemo. Baste decir que cuando publicó La vida breve, en 1950, decidió fundar una ciudad mítica-imaginaria llamada Santa María adelantándose varios años a otros autores-fundadores de ese subgénero de la topología fantástica que se requiere para alejar el espacio real por medio de un espejismo. En Santa María nacen y mueren personajes que nunca olvidaremos aunque la usura del tiempo vaya destiñendo otras figuras; el Larsen de Juan Carlos Onetti nos perseguirá hasta los pasillos del infierno como una pesadilla. El mundo opaco de El astillero, la morosa sordidez de las viejas prostitutas reclutadas por Juntacadáveres para instalar un burdel, la implacable obsesión del infortunio que persigue fatalmente a todos los personajes sacando a luz las miserias más desgarradas, todo se combina magistralmente en la obra de Juan Carlos Onetti.
Por alguna extraña coincidencia los dos, sin habernos comunicado el tema, tratamos un mismo asunto: el de la lucha de Jacob y el ángel, tomada del Génesis bíblico, tema caro a los desdobladotes y falsificadores profesionales.
En Jacob y el otro con más felicidad, Juan Carlos Onetti despliega un fascinante relato que por momentos agobia, exaspera o zambulle al lector sin dejarlo indiferente jamás. De algún modo casi ritual y sin que percibamos muy bien cuándo, nos vemos implicados en el cruce del río, la gigantomaquia de la lucha humana contra el "otro" innombrable, que inevitablemente vence, tatúa en el muslo de Jacob la ignominia de haber querido ser libre, le cambia de nombre como hizo Jesús con Simón y lo unge fundador del pueblo elegido.
Este relato transcurre, como era de esperar, en los lindes de Santa María. Allí nos esperan el médico Rius, el narrador, Jacob van Oppen, el gallego Herminio, el Comendador Orsini y frases tan brillantes que pintan un cuadro íntegro con cinco pinceladas: La muchacha era demasiado pequeña para el sillón movedizo de paja; las agujas resplandecientes con que tejía, demasiado largas. Podía ser buena o mala; ahora había elegido ser implacable, tomarse una revancha.

Juan Carlos Onetti falleció en Madrid, su patria definitiva, el 30 de mayo de 1994.




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