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Juan Carlos Onetti debuta en periodismo

Andrés Alsina

A Juan Carlos Onetti, que la hizo, le hubiese gustado tenerla. Se la pidió a Milton Fornaro cuando éste lo entrevistó en Madrid en 1979 y le preguntó sobre La Tijera de Colón, la revista barrial en la que Onetti (1909-94) se inició en el periodismo, según reconoció él mismo. En literatura se había iniciado ya en la infancia, puntualizó el novelista, fabulando historias que lo tenían como protagonista y escribiendo un diario íntimo que poco tenía que ver con los hechos cotidianos.
El caso es que Fornaro, con sensato egoísmo, no le dio esa colección que le había llegado vía familiar, a través de uno de los cofrades de Onetti en esa empresa periodística, y hoy el mundo y los muchos especialistas en Onetti, demasiados tal vez, pueden ver los límpidos trazos de su primera prosa.
Fornaro unió sus ímpetus a los del librero y editor Roberto Cataldo, el de El Galeón, y editaron una edición facsimilar numerada de esa mítica revista, de la que los más ostentosos especialistas en Onetti hablan con error hasta del título, pues hasta ahora no había emergido un ejemplar al alcance de sus críticas manos, en el papel de envolver de almacén del original.

La revista es más que "el Onetti antes de Onetti", y también mucho menos, en la límpida y amena intención con que fue hecha en 1928. Era la revista de Villa Colón, en la que muchos vivían y otros iban a veranear, y la segunda publicación barrial en editarse en Montevideo luego de la La voz de Pocitos, "colega y hermano mayor" al que se dedica el primer número.

Sin proponérselo, La Tijera refleja una forma de vida, valores, cultura e inteligencia propios de una clase media que echaba a andar suelta de cuerpo con el batllismo, en una hermosa zona de Montevideo con algunos residentes y muchos veraneantes que empezaba a sentir —así consta en algún texto el estertor de los celos ante el desarrollo de las ramblas costaneras.
También está allí el mundo de Juan Carlos Onetti, que para sorpresa de muchos es un mundo de bondad personal y sociabilidad que pocos supieron entrever después en el universo premeditadamente abyecto de su prosa conocida.
Pocos (pero los críticos dirán) podrían atribuirle, por ejemplo, preocupación por la suerte de los árboles: "los pobres eucaliptus que bordean nuestras hermosas avenidas sufren las consecuencias de muchos conflictos sentimentales que se plantean al fresco perfumado de sus sombras. En ellos se graban con cortaplumas el recuerdo de unas horas felices o de unos minutos desgraciados".
El periódico lo sacó con dos amigos veraneantes, Luis Antonio Urta y Juan Andrés Carril Urta, pero según la leyenda intervenía activamente el amplio círculos de las familias, recolectando chismes propiamente dichos y hasta colaboraciones. Tuvo muchos avisos, sorprendentemente muchos, y no sólo de Villa Colón sino de firmas del Centro; y algunas siguen en plaza.
La historia del periodismo nacional, cuando se escriba, deberá recoger el ejemplo señero de La Tijera, pues desarrollaba sendas del periodismo local en el que hoy se incursiona con negligencia, sin percibir que es un hermoso género. Bajo el título Nos contó el Fantasma está el original de la sección que hoy caracteriza al colega El País, el Se dice, y se puede asegurar que es mucho más divertida, aun a 70 años de distancia y desconociendo circunstancias y personajes. Las crónicas sociales son, muchas de ellas, notas periodísticas amenas, muy lejos de las actuales fotos acartonadas, vaso en mano y sonrisa sostenida para el flash con un pie de texto ahora más suelto de cuerpo. La pequeña anécdota a veces daba para mucho a través de una buena pluma, y muchas veces daba para regocijarse bastante y sin maldad con los avatares de los conocidos. Estaba allí, entonces, algo fundamental para el periodismo, que es el diálogo con el lector. Y eso vale también para la literatura.




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