Elvio Gandolfo
Durante años sus libros fueron difíciles de hallar, pero ahora una nueva colección de bolsillo vuelve a acercarlos a las librerías argentinas. En impecable pierna de ases ya aparecieron “El pozo”, “Los adioses” y “La vida breve”, su obra mayor. Y en agosto se publicarán “Tierra de nadie” y “Para esta noche”. Al mismo tiempo, la edición en curso de sus obras completas en España perfecciona su conocimiento, tantas veces deformado por mitos y leyendas. La historia de un escritor único.
Obsesiones.
El universo de Onetti, de ascendencia faulkneriana, tenía su propio temario: el poder de la imaginación, las niñas adolescentes como cifra de lo inalcanzable, la manía de reproducir la felicidad cuando ha quedado atrás. En su momento, Gustave Flaubert inventó un Diccionario de lugares comunes donde acumuló las tonterías automáticas que se suelen apilar en una conversación, al estilo de “Rubias: más fogosas que las morochas” (la contrapartida para las morochas repetía la frase, invertida). Si uno quisiera comprar, sin abrir el paquete, el “mito Onetti”, su ficha diría: “Onetti, Juan Carlos: vivía tirado en la cama, inventó la ciudad de Santa María (basada en otra de Faulkner), donde ocurrieron todos sus relatos; para él, el mundo era una mierda, y las mujeres sólo servían mientras fueran muchachas, después perdían la virginidad y parían. Fue un adelantado del ‘boom’ latinoamericano de los 60”.
Los años, como siempre, han pasado y esos lugares comunes se han ido derruyendo, modificando, llenando de otros sentidos. En realidad, vivió refugiado en una cama (cumplimiento de una de sus plegarias atendidas) recién cuando recaló en España, y debido a la dolencia en una pierna. Si bien inventó la ciudad de Santa María, no todos sus relatos se desarrollan allí, y muchas veces lo hacen con un desgano cercano a la inexistencia. Es cierto que algunos de sus libros son las versiones de un fiel absoluto de su admirado Faulkner, pero otros (El astillero, por ejemplo) parecen ir aún más allá que el maestro en el ejercicio muy personal de algunas de sus herramientas: la demora, el carácter inexplicable de las conductas humanas, la hermosura esencial de cualquier empresa grande que se desmorona milímetro a milímetro.
Ahora que el ruido del “boom” es historia, las cosas se han reacomodado y los mejores logros de Onetti siguen adelante en el tiempo, esperando a buena parte de la literatura latinoamericana. A esta altura, ya imposible no leer La vida breve como la novela que hubiera querido escribir Cortázar en Rayuela.
Una mitad de tres.
La obra de Onetti, abundante y compleja, cambia como una joya multiforme sus facetas en el tiempo. Libros o relatos que parecían cumbres en otras épocas han reducido su poder de sugerencia e impacto narrativo. Otros que estaban en la penumbra pasaron a un primer plano. Cuanto más se aleje quien la lea de la leyenda y el mito, más libre estará de acercarse a ella sin llevar una cómoda cartilla canónica de peores y mejores. En ese sentido, habría que felicitar a quien eligió los tres primeros títulos de esta nueva serie de reediciones de bolsillo. Después de años sin encontrarlos con facilidad, el lector cuenta ahora a precio económico con casi la mitad de su mejor producción.
No es necesario ser onettiano para disfrutar a fondo con El pozo. En pocas páginas planta sus obsesiones básicas: el poder de la imaginación, las frases de filosofía cruda y feroz disparadas como una ametralladora, la figura de la adolescente o casi niña que es una cifra de lo inalcanzable, la manía de querer reproducir literalmente el momento de la felicidad cuando ya ha quedado atrás. Es prosa que tiene la síntesis y el latido de la poesía por un lado, y la ferocidad de la filosofía a martillazos de un Nietzsche o un panfleto por el otro. Más la sombra inconfundible de su admirado Céline en su himno a los poderes de la noche: “Quien no pudo sentirla así no la conoce”. Escrito por primera vez a comienzos de los años 30, lo reescribió con la potencia hoy intacta en 1939, cuando un par de amigos imprenteros lo invitaron a estrenar una máquina Minerva recién comprada.
La vida breve apareció en Editorial Sudamericana en 1950. Fue uno de los dos títulos del autor uruguayo de ese sello (el otro era Nadie encendía las lámparas, de Felisberto Hernández) que habitaron primero las mesas de saldos de la calle Corrientes y después las de la avenida 18 de Julio de Montevideo, durante muchos años. Novela larga, compleja, juega como casi nunca se ha hecho antes o después con la estructura, con las relaciones autor/personaje/invención, a partir de una situación existencial de carencia: la ablación de un seno de su esposa lleva al protagonista a una inmóvil desesperación. La necesidad de escape lo empuja por una parte a relacionarse con Queca, la prostituta charlatana que vive pared de por medio y, sobre todo, a transformar el encargo de un guión para el cine en la fundación minuciosa, progresiva, de Santa María, una ciudad del Litoral con sus personajes nacidos al mismo tiempo (el famoso doctor Díaz Grey nunca recordará qué le pasó antes de los treinta años). En las últimas páginas los personajes reales o ficticios recorren el Carnaval de Santa María disfrazados, recordando por adelantado el clima también pueblerino y final de Los inútiles, de Federico Fellini.
Después de dar vueltas por otras editoriales, Los adioses fue editada al fin por Sur en 1954. Encarna la medida exacta y todas las virtudes de la nouvelle o novela corta. Basada en la figura de un famoso basquetbolista real, en la primera línea el almacenero del pueblo de las sierras de Córdoba (no Santa María), donde se refugia para curarse la tuberculosis, lo recibe con mirada de experto. Dos mujeres sucesivas (una madura, la otra joven) lo visitan alternadamente. Las carambolas de la realidad, siempre tapada por una pared, por cartas cruzadas o por la mirada colectiva y juzgadora de otros integrantes del pueblo, tejen una madeja que puede equipararse por su ambigüedad con Otra vuelta de tuerca, de Henry James. El propio Onetti se ha entretenido en alentar a medias las versiones sobre la “clave” del misterio (el incesto, por ejemplo). Es más funcional al texto mismo la tesis de Analía Capdevila, que ve en él “la experiencia de la lectura del secreto”, no de su develación.
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Hombre de suerte.
Después de oficios diversos, Onetti aparece en 1939 en otra fundación: la del semanario Marcha, de Carlos Quijano, del que sería secretario de redacción con cama adentro. Discutió con Quijano (a quien El pozo no le había gustado nada) en 1941, e ingresó casi en seguida a la agencia de noticias Reuters, que poco después lo trasladaría a Buenos Aires, donde viviría hasta 1955. Allí publicó libros sucesivos dedicados a algunos de los mejores nombres de la cultura argentina de ese momento: Oliverio Girondo, Norah Lange, Eduardo Mallea, el crítico Julio E. Payró (muy amigo también de Quiroga). Cuando aparece la historia de amor de Los adioses, la dedica a Idea Vilariño, primera de la serie uruguaya: Una tumba sin nombre la dedicó a su hija Litty; La cara de la desgracia (1960), a la compañera del resto de su vida, Dorotea Muhr (Dolly); El astillero (1961) al político y amigo Luis Batlle Berres.
Desde el ’55 terminaría por hacerse famoso su pequeño y frío departamento de la calle Gonzalo Ramírez, donde Dolly tenía que aflojarse los dedos con un calentador Primus para practicar con el violín. Pero ya se trataba de un rigor espartano más que de una realidad ineludible. La pareja haría de la tolerancia una pasión mutua más duradera que la pasión amorosa misma. A esa altura, Onetti había ido publicando en los sellos más prestigiosos y exigentes de las dos orillas de entonces (Sudamericana, Sur, Número, Alfa, Fabril, Arca). En 1962 recibía el Premio Nacional de Literatura. Desde 1957 fue director de Bibliotecas Municipales de Montevideo.
Algunas fotos de la época lo muestran alto, bien trajeado, incluso con un sombrero digno de las mejores películas de la “serie negra”, en pose impecable. Pero los ojos sensibles, y los grandes anteojos, develaban al hombre que ya había convertido la literatura en su pasión más honda. Con el paso de los años, su cara se iría desnudando de otras superficies, comida por esa mirada, ahora como de asombro, incluso de divertido asombro. El gran corte biográfico y geográfico lo produjo su participación como jurado en un concurso de Marcha. Nunca había tenido suerte con los concursos: por lo general, salía segundo como participante, y como jurado lo irritó cuando le pidieron una vez que explicara por escrito su juicio (concurso de La Opinión/Sudamericana, donde premió a Juan Carlos Martelli). En Marcha pidió, en cambio, que figurara en el acta su crítica a los aspectos sexuales –a su juicio innecesarios– del relato premiado de Nelson Marra. Contra todo sentido común, el cuento, áspero y explícito sobre el clima represivo imperante, se publicó con rapidez y sin que lo leyera Quijano. El resultado fue el cierre del semanario y el encarcelamiento de Quijano, Onetti y Mercedes Rein (también jurado). Su visión del mundo se corporizaba de pronto de modo incomprensible. Quedó en un estado cercano a la catatonia, y sólo el apoyo continuo de Dolly, las presiones internacionales y los amigos le permitieron sobrevivir con la máquina sensible intacta. Pudo descubrirlo cuando un viaje a Madrid hizo que finalmente se quedaran allí con Dolly. Primero, convencido de que había perdido el “otro mundo” de la literatura, iba a descubrir que no sólo aún podía, sino que podía hacerlo a la vez igual y distinto: escribió tres libros memorables. Ganó el Cervantes en 1980, y en su discurso de aceptación desbordó de agradecimiento a los españoles y al Quijote.
Adentro y afuera.
El latido más auténtico y profundo de Onetti surge cuando está en esa especie de crisol donde la visión desesperada y cruel de la condición humana se mezcla con la piedad y el amor, por una parte, y donde el lenguaje fluye por otra con un fraseo entre opaco y lírico, tan inconfundible como los músicos esenciales de cualquier corriente (clásica, jazz, tango), cercano a la poesía, fundiéndose con la filosofía tanguera o existencial, salvándola de su carácter de juez tajante.
Es lo que ocurre en el último párrafo de Tan triste como ella, una contrapartida exacta (y a la altura) de La dama del perrito, de Chéjov: en uno el amor avanza a pesar de todo, en el otro el amor se destruye con el mismo carácter implacable. Pocas veces Onetti llegó a tal lucidez respecto a las trampas de los hombres y las mujeres cuando conviven.
Uno puede ser onettiano fanático, o estar escribiendo una tesis sobre él, y leer todo, o descubrir (puede ocurrir) que es un autor que no le interesa. Pero si quiere quedarse con lo mejor e intransferible hoy, aparte de los tres textos ya aparecidos, conviene poner en fila El astillero, donde el personaje del macró Larsen alcanza su estatura máxima; Dejemos hablar al viento, pareja ineludible de La vida breve, donde Larsen vuelve agusanado de la tumba, y donde a Santa María la arrasa un incendio.
Entre los relatos no hay que perderse Un sueño realizado, la mejor expresión de la relación vida/sueño/muerte; La cara de la desgracia, tan ambigua a su manera como Los adioses; o Ejsberg, en la costa, donde la expresión de la nostalgia y la esperanza pueden brillar sin traicionar la tensión interna del lenguaje onettiano.
Leídos hoy, suenan menos originales y más cerebrales, más dependientes de Faulkner, algunos de los textos que se apoyan en la anécdota. Es lo que pasa con el laborioso montaje de testimonios de Para una tumba sin nombre, con buena parte de Juntacadáveres (tal vez porque la interrumpió a medio camino para escribir El astillero, y porque el ambiente prostibulario y el tono de “serie negra” no son el fuerte de Onetti); con el clima “americano” á la Steinbeck de Jacob y el otro (tal vez el único texto ideal para una película); y con las forzadas peripecias de Historia del Caballero de la Rosa y de la virgen que vino de Liliput, La novia robada, Justo el treintaiuno (que ocupa su verdadero lugar como capítulo de Dejemos hablar al viento) y Matías el telegrafista. El infierno tan temido y Bienvenido, Bob son un caso especial: considerados clásicos en otros tiempos, hoy no escapan del todo de ser ilustraciones (muy bien escritas) de ideas convencionales: la juventud se pudre, la venganza cruel es otra forma del amor femenino.
Como placer lateral, vale la pena leer El posible Baldi (con mucho de Arlt), y tanto Cuando entonces (otra vez la anécdota, esta vez casi pura, de noticia policial) como Cuando ya no importe, una despedida magistral. Desordenada y vital, con tiradas de ambiente “latinoamericano” (a tal punto que Santa María ha subido en el mapa), incluye también algunas de sus mejores páginas (o párrafos) confesionales. Supuesta suma desprolija (y mezclada por accidente) de papeles, termina aceptando allí la presencia cercana de la muerte e imaginando su destino final en un cementerio de Montevideo. Las dos últimas palabras son el título de un libro de Denis Molina, un amigo de los viejos tiempos: “Hay o había o hubo allí, entre verdores y el agua, una tumba en cuya lápida se grabó el apellido de mi familia. Luego, en algún día repugnante del mes de agosto, lluvia, frío y viento, iré a ocuparlo con no sé qué vecinos. La losa no protege totalmente de la lluvia y, además, como ya fue escrito, lloverá siempre”.