Los niños en el bosque

Juan Carlos Onetti

Una canción sin palabras, sin más que los juegos de la boca reidora. Había una música rápida y sencilla, trenza de cantos, rondas y carreras que fueron abandonadas otra tarde —otra, aún, más allá del sueño y su país—, cuando los chicos vieron espantados cómo se hacía fijo el ojo bilioso de la iglesia. Guiñó sonriente y maternal la gran esfera del reloj, sobre la fuga chillona de los delantales y las grandes moñas que se iban acariciando el aire. Otra tarde, cuando se extraviaron como perritos friolentos aquellas músicas de niños que hacían ahora el canto sin palabras. Canción.
Cantaba la chica de la casa con pájaros en la verja negra. Enmarcada en la puerta de esta habitación desnuda donde cerraba la noche, cantaba guiñando los grandes ojos verdes, acompasándose con los requiebros del vestido cálido y rojo. Aleteaban en el repique las anchas cintas de las botas.
Aunque atristada de aquella tarde del extravío de sus tres músicas —la que daba vueltas; aquella otra que saltaba como una pelota en el chorro de agua de un salón de tiro, yendo y viniendo la tercera: péndulo, cuna, caballo, el cepillo, oloroso a la palabra "bosque”, de las carpinterías— aunque, triste, era bailarina la canción. Sin palabras, hablaba del anzuelo de plata en el mar; la niña hija del clavel y la rosa; la caja de cristal y oro donde viaja muerto Mambrú entre sus cuatro oficiales, frío y blanco, sordo al pío pío, pío pío pá del pajarillo sobre la tapa. Hija de la tristeza; pero va en rápidos giros, la canción.
Cantaba y le reía, alzando los finos dedos en garabato hacia el bajo dintel color guindo. Él estaba contra la pared, crucificándose en el sueño empapelado para tomar impulso, una mano en el crepúsculo de la ventana, abierta la otra sobre el yeso roto. Se apoyaba midiendo la distancia entre él y ella, las anchas tablas del piso donde estaba hundido un gran reflejo de luz. Y todo el cuarto que los separaba, el aire encerrado que la ponía a ella meneándose en el umbral y lo recostaba a él contra el empapelado velloso del muro, se espesaba con algo que atravesaba los vidrios y que no podía saber de dónde venía ni qué era. Algo sosegado y recóndito, algo para siempre perdido y recluso, como el secreto y la boca de un muerto.
La canción trepando lenta, aire con sueño; cayendo en vértigo, crepitando en la granizada de las botas.
La chica que él veía recostarse y sonreírle en el balcón de la casa de la otra cuadra —la casa que tenía un gran pájaro negro tendido y ensartado en los hierros de la puerta. Hería el piso luciente con las extrañas botas de terciopelo y le sonreía entre las palabras sin voz del canto, guiñando los ojos pesados, ofreciéndose y burlándose con el viboreo de la cintura.
Se apoyó en las manos y saltó, llevándose, con el ostensible deseo, la seguridad del nuevo fracaso. Y otra vez, como en las tres intentonas anteriores, estuvo junto a ella, la rodeó, la dobló hasta el suelo y tuvo que levantarse, jadeante y rabioso, porque estaba encima de Coco.
Siempre con el vestido rojo y bailando en el aire las botas, el muchachito lo miraba desde el piso, le sonreía aleteando las largas pestañas, se daba pintarrajeado y cínico entre el canto.
Con un acompasado chisporroteo de grillos, la canción; y otra vez enmarcada en la puerta rojiza, los brazos de la niña retomaban las mallas huidas de su red y —contoneo, oferta y burla— continuaba el baile.