Über Onetti: Autoren A – B

Juan Carlos Onetti: El desencanto de la madurez: Para una tumba sin nombre y “Bienvenido Bob”

Alejandra Amatto

Durante sus inicios, Juan Carlos Onetti gozó de un relativo anonimato: era prácticamente un paria en su tierra y en todo el continente. Sus obras se encontraban al alcance de un grupo selecto de lectores ansiosos por descubrir, en cada una de sus historias, los intrincados conflictos que atraviesa el alma humana. Sus cuentos y novelas estaban rodeados por un misticismo lejano y aparente.
Algunos le adjudicaron el difícil peso de la tristeza. Otros por el contrario vieron en él a un ser escéptico, alejado de los problemas cotidianos. Sin embargo, el tiempo y la sana distancia que de él se desprende, han permitido visualizar la obra de Onetti como una de las más importantes de Hispanoamérica.
Mi objetivo en este trabajo será delinear uno de los rasgos más significativos de la realidad onettiana: el difícil ingreso a la edad adulta y la decadencia y pérdida de los “sagrados” valores de la juventud. Para llevar a cabo esta tarea, es necesario despojarse de los preconceptos que señalan a esta transición como simple pesimismo e intentar comprenderla en su contexto histórico y social.
Por tal motivo, mi estudio se encaminará a analizar dos de los textos que más representan esta temática: la novela Para una tumba sin nombre (1959) y el cuento “Bienvenido Bob” (1944). Estableciendo similitudes y diferencias entre sus personajes centrales (Jorge Malabia y Bob) podemos extraer en concreto cuál es la idea de Onetti sobre el paso del tiempo; los estragos que éste causa y cómo los ideales juveniles desaparecen en el “sucio y corrupto” mundo de los adultos.
Acercarnos a la obra de este escritor uruguayo no resulta sencillo. En ella se encuentran delineados los trazos más duros de nuestra existencia. Onetti nos enfrenta a una realidad difícil que pocas veces queremos aceptar, pero que está ahí latente, esperando demandar nuestra atención y que tarde o temprano sale a la luz. Nos enfrenta a nosotros mismos. Por ese motivo, ambos personajes deberán encontrarse con sus propios temores, con sus “infiernos tan temidos”, ver y asumir con el paso del tiempo los modelos que tanto habían rechazado.
Después de La vida breve (1950), novela que abriga por vez primera su mítica ciudad Santa María, las obras de Onetti tienden en su mayoría a la recurrencia de lugares en donde se desarrolla la acción narrativa y en los personajes que las integran. Por esa razón, para llevar adelante un análisis completo de este tema, será necesario considerar determinados pasajes de una tercera obra que recoge a algunos de los protagonistas más importantes de las historias sanmarianas: La muerte y la niña (1973). Con esta novela se culmina el proceso de transformación de Jorge Malabia y su conversión en adulto está terminada. En cambio en “Bienvenido Bob”, esta transición se inicia y concluye en el mismo relato, proporcionándonos de un tirón todas las obsesiones que sobre este tema acechan al autor.
Para establecer un orden de inicio cronológico y temático, este estudio abordará en primera instancia el cuento antes mencionado por encontrar en el las semillas de toda la concepción onettiana sobre el tema, posteriormente me dedicaré al análisis de las novelas ya citadas.

La crisis de los cuarenta años

Sin lugar a dudas, uno de los temas que más obsesionan a este autor es la crisis de la edad adulta que para Onetti está situada en los cuarenta años. Ésta es la edad crítica, lo mejor de la vida ha pasado y quedan adelante el escepticismo y la derrota, la sensación de fracaso que se gesta en proyectos no realizados e imposibles ya de emprender. Este concepto también va acompañado de la idea de la vejez. Pero no sólo de la vejez física (tal como lo manifiesta Jorge Malabia al observar a Godoy: “podíamos verlo, gordo, bigotudo [...] imbécil, de cuarenta años”[1]) sino de la ruina espiritual y moral que ésta lleva consigo. Misma situación que alarma a Bob ante la posibilidad de que su hermana se case con el narrador de la historia, ya que a su entender él es “un hombre hecho, es decir deshecho, como todos los hombres a su edad cuando no son extraordinarios”.[2]
Como ya mencioné, los cuarenta años son el punto clave que determina la existencia de estos personajes, tanto de los femeninos como de los masculinos. Por el contrario, los valores de la juventud, la ilusión y los proyectos de un nuevo futuro se ven representados en los veinte o más años que tienen sus otros protagonistas.
Este binomio temporal será un juego constante que aplicará el autor en sus textos, y es a través de Bob que lo plasma de manera directa y singular, cuando le plantea al novio de su hermana que no se va a casar con Inés porque él es viejo y ella es joven. Para el personaje esto se resume en no importarle si el pretendiente tiene “treinta o cuarenta años, no importa”,[3] es un adulto con todo lo sucio y corrupto que esto significa.
Aquí la determinación de la edad pasa a un segundo plano, ya se han ido los mejores años de la vida y nada queda por hacer. Da lo mismo tener treinta o cuarenta años cuando se está ante la decadencia, cuando creemos que se han “salvado muchas cosas del naufragio, pero no es cierto”.[4]
Ese naufragio del que habla Onetti es igual o más doloroso en el caso de la mujer, porque no sólo se deteriora de manera singular lo físico sino también lo anímico. Ésta es la situación de Rita en Para una tumba sin nombre, cuando Jorge la describe en sus últimos días como “una de esas mujeres que no pasarán de la madurez, que se detendrán para siempre en la asexualidad de los cuarenta años, como si éste fuera el mayor castigo que la vida se atreviera a darles”.[5] Las cuatro décadas implican la cancelación de todo deseo amoroso, de toda posibilidad de conquista y seducción, inspiran la lástima y la compasión de quien la observa. El deseo y la sensualidad se convierten en objetos morbosos que si antes le permitían a Rita formar parte de las fantasías eróticas de un Malabia adolescente, ser la amante temporal de Marcos Bergner y en determinado momento ganarse la vida a través de la prostitución, ahora no son más que vanos y deprimentes recuerdos.
La dureza e implacabilidad con que los jóvenes juzgan el mundo de los adultos llegan a niveles extremos. La fuerza del odio y el rechazo a todo lo que no se quiere ser, provoca en el narrador de “Bienvenido Bob” un desesperado llamado a la comprensión, un mínimo acto compasivo que sin justificar, al menos comprenda su situación, llevándolo al extremo de comportarse a veces callado y a veces triste para que Bob supiera que había algo más en él por lo que lo había juzgado.
De la misma forma, Jorge Malabia siente un gran desprecio por la sociedad que lo rodea, por esa Santa María hundida en la decadencia, que lo enferma porque en ella, afirma, “viven como si fueran eternos, y están orgullosos de que la mediocridad no termine”.[6] Llama “viejo sucio” al guardián del cementerio y no se contiene al demostrar su molestia a todo el que quiera conocerlo. Pero en el caso de este personaje se presentan algunas excepciones.
¿Por qué Jorge Malabia se acerca a Díaz Grey? Dejando a un lado toda posibilidad de técnica narrativa, que ayude a conducir la historia, el menor de los Malabia ve en Díaz Grey un pequeño atisbo de lo que él llama su “raza”. De esto es consiente el acabado doctor, quien sostiene que el joven siente por el “dos respetos: el que me tuvo siempre, a pesar de todo, de tantos pequeños todos” y el otro respeto el que “era deliberado y falso; lo usaba para defenderse, para conservar las distancias y la superioridad”.[7] Un acercamiento medido en gran parte por el interés y la necesidad de comunicar una historia al único hombre que cree capaz de poder entenderla, a pesar de su edad. Nada de esto sucede en “Bienvenido Bob”, la hostilidad que siente el joven hacia su futuro cuñado es incontenible, aquello que llamaba vejez le resultaba repugnante porque en ella no había ya experiencias, sólo quedaba “nada más que costumbres y repeticiones, nombres marchitos para ir poniendo a las cosas y un poco crearlas”.[8]
La gran mayoría de los personajes onettianos sufren esta crisis, Brausen en La vida Breve, Larsen en El astillero y en Juntacadáveres, pero pocos tienen la gran posibilidad de ver consumada una venganza, de alimentar quizá sus últimas ilusiones a través del sufrimiento ajeno, como lo hace el narrador del cuento.

“Bienvenido Bob”: el doloroso ingreso al mundo de los adultos

El autor nos presenta dos historias que se entrecruzan en un final unitario y que conocemos a través de un narrador homodiegético, es decir, que participa en el relato testimoniando la vida de Bob y la suya, con toda la posible subjetividad que esto implica.
Una de las características más destacadas de este cuento es su forma de ser narrado. La acción varía, inicia en el presente, se transporta inmediatamente al pasado y regresa nuevamente a la actualidad. De esta manera se logra el suspenso, la sensación de espera y la confrontación de una realidad que tarde o temprano llega.
Todo comienza con una especulación que más adelante formará parte del ambiente narrativo. Durante todo el relato, Onetti va marcando las pautas de un contexto desolador que sumerge al narrador en una terrible visión de sí mismo. Bob es utilizado como el instrumento primario para transmitir con sus palabras la decadencia que azota al ser humano y que, con mayor tristeza, él deberá asumir.
En “Bienvenido Bob”, se desarrolla colosalmente la eterna batalla entre viejos y jóvenes, de proyectos futuros e ilusiones pasadas, de un mañana que promete contra un entorno que aplasta. Los años de espera, de silenciosa rabia y odio contenido tienen por fin un cauce, una vía por la cual escapar y desarrollarse al máximo. El punto climático se ubica en la discusión que sostienen ambos protagonistas sobre el tema de la vejez. El planteo que realiza el joven va más allá de un aborrecimiento explícito a la senectud. Onetti coloca en sus palabras claras críticas y cuestionamientos filosóficos sobre la aceptación de un destino vacío, mecánico y desesperanzador.
La implacable y rabiosa juventud de Bob lo lleva a confrontar a su futuro cuñado diciéndole que “es egoísta, sensual de una sucia manera”, que está “atado a cosas miserables y son las cosas lo que lo arrastran” y, sobre todo, que “no va a ninguna parte” porque “no lo desea realmente”.[9] La particularización con que el joven va desgranando cada una de las nefastas facetas de su oponente, acentúa el odio y el enfrentamiento de dos formas de vida, dos pensamientos que son antagónicos en esencia, pero que el tiempo se encargará de unir.
Ésta es una de las enseñanzas más importantes del relato. Para Onetti, el tiempo y el paso de la vida por nosotros (y no de nosotros por ella), genera la pérdida de expectativas e ilusiones que se ven consumadas por la apatía y resignación de un Roberto transformado en todo lo que odiaba, en un verdadero adulto.
El manejo del tiempo y del espacio por parte del autor, nos muestra su temprana destreza en la utilización de recursos como la retrospección o analépsis, que sirven de manera útil para la narración de los acontecimientos, en un orden cronológico inverso. La recurrencia al pasado nos permite observar con terrible perplejidad los cambios que el tiempo ha impuesto al joven lleno de ambición, que todos conocían por Bob, pero que ahora se nos presenta como un acabado Roberto.
El reencuentro de ambos personajes tiene como consecuencia la victoria de una venganza, que lejos de enaltecer a quien la consuma, nos muestra la difícil situación de aceptar la miseria humana, que en este caso se basa en el sufrimiento del otro. En este proceso el narrador se hunde estrepitosamente junto con Roberto. Él, que ya no era el joven puro, que amaba la música, él que “planeaba ennoblecer la vida de los hombres construyendo una ciudad de enceguecedora belleza para cinco millones de habitantes [...], el Bob que proclamaba la lucha de jóvenes contra viejos, el Bob dueño del futuro y del mundo”.[10] El Bob que había llegado para quedarse en el difícil mundo de los adultos.
El texto culmina con una reflexión por parte del narrador que nos aclara el título del mismo y que además sintetiza la terrible crueldad de una realidad a la cual Onetti quiere que hagamos frente:

Nadie amó a mujer alguna con la fuerza con que yo amo su ruindad, su definitiva manera de estar hundido en la sucia vida de los hombres. [...] No sé si nunca en el pasado he dado la bienvenida a Inés con tanta alegría y amor, como diariamente doy la bienvenida a Bob al tenebroso y maloliente mundo de los adultos. Es todavía aun recién llegado y de vez en cuando sufre sus crisis de nostalgia.[11]

Los dos Jorge Malabia: idea de la juventud en Para una tumba sin nombre

En Para una tumba sin nombre, se nos presenta una doble configuración en la personalidad de Jorge Malabia. Por un lado reúne todas las características que lo emparentan con la visión de la juventud desarrollada en toda la obra de Onetti. Tiene entre veinte y veinticinco años, rechaza los valores mezquinos y provincianos que manejan la gran mayoría de los adultos, y sus acciones parecen estar movidas por la compasión hacia un prójimo medianamente desconocido. Su figura se introduce de manera especial en el relato, y la primera imagen que de él nos llega con fuerza es su peregrinar hacia el cementerio junto al chivo.
Pero la estructura narrativa de esta novela, tan señalada por la crítica, nos proporciona otra visión del joven. En Para una tumba sin nombre, el acto de la creación y la superposición de diferentes historias que narran una misma realidad, nos entregan también una faceta diferente de Jorge Malabia, y es la que concretamente relata Tito Perroti. Por esa razón hablamos de dos personas que en primera instancia perecerían ser totalmente diferentes.
Por un lado tenemos a un muchacho que como lo describe Díaz Grey era “todavía desafiante, pero con un principio de apaciguamiento, joven, regresando a la cínica, enternecida seguridad de donde había sido desplazado”.[12] Un adolescente que agradecía no ser tuteado, y que comenzaba a demostrar la imperiosa necesidad de desprenderse de un lugar que a pesar de ser suyo le era hostil. Jorge Malabia no se sentía cómodo ni en Buenos Aires ni en Santa María. Ambas ciudades estaban impregnadas de una mediocridad que para su sentido de la justicia y la juventud eran intolerables.
Siempre cuidadoso en su relación con el médico, Malabia va entretejiendo junto con el resto de los narradores, una historia que consta de muchas partes, de sucesos poco claros, de licencias poética tomadas de manera gradual por el resto de los personajes involucrados en ella. Pero de la misma manera en que la historia va sufriendo transformaciones estructurales, la personalidad de Jorge Malabia y sus constantes cambios de lugar y de tiempo, van modificándose también.
Es Diáz Grey quien lo percibe desde el inicio. Su observación detallada de cada uno de los movimientos, gestos y actitudes del muchacho, son una referente claro para el lector. A través de él podemos observar el impenetrable y aún no corrompido espíritu de la juventud.
Después de un año sin verse y con la historia inconclusa, el mítico doctor de Santa María encuentra a un joven que “estuvo aprendiendo a jugar, a no querer a nadie, y éste es un duro aprendizaje. Pero no había llegado aún a quererse a sí mismo, a aceptarse; era a la vez sujeto y objeto”.[13] Aún quedaban los vestigios más poderosos de esa identidad que se basaba en un modelo idealista, en cierta forma esperanzador.
Este Malabia que pregonaba su descontento con la conformidad y la aceptación, el que estaba dispuesto a decir “no quiero esto o aquello de la vida, lo quiero todo, pero de manera perfecta y definitiva”.[14] El que permanecía resuelto a negarse a lo que los adultos “aceptan y hasta desean”, el que no quería volver a empezar nunca, es en la narración de Tito Perroti un joven mezquino que no sólo disfruta con la humillación y desamparo de Rita, sino que la explota y vive a costa de su prostituido cuerpo enfermo.
Optar por uno u otro es tan difícil como adjudicar la autenticidad de cada una de las historias que se narran en Para una tumba sin nombre. Sin embargo, la personalidad de Jorge seguirá cambiando, como nos dice Hugo Verani: “la adolescencia es un período de inseguridad, de búsqueda, de transición. Entrar en el mundo de los adultos, significa siempre, en Onetti, convertirse en un hombre acabado y humillado, caer en una progresiva corrupción moral”.[15] Y Jorge Malabia como veremos no será la excepción.

Existen varias similitudes entre los personajes de ambos textos. El lenguaje empleado por Onetti para sintetizar alguna de sus ideas más acabadas sobre la juventud, está presente en los dos protagonistas que comparten un mismo destino: envejecer.
Tanto en el cuento como en la novela, conviven pasajes de una asombrosa similitud que reflejan una constante obsesión del autor por las características más fuertes de la juventud: “Bob, el del pelo rubio colgado en la sien, la sonrisa y los lustroso ojos”[16] y En para una tumba... se realiza una clara alusión a este pasaje cuando Díaz Grey se pregunta: “en qué cara había visto yo una vez aquella mirada azul, un poco atónita, aquel rabioso brillo de juventud, un mechón cobrizo colgando hacia la sien”.[17] Ambos comparten los deseos y proyectos que la juventud impulsa, crea y alimenta. Pero al igual que Bob, Jorge Malabia sufre la profunda transformación que la adultez trae consigo.
Como ya mencioné en la introducción, gran parte de las obras de este escritor uruguayo, se entrelazan en un mismo plano ficcional. Por ese motivo no es de extrañar que Jorge Malabia aparezca en La muerte y la niña como todo un adulto. La transición ya se había iniciado en Para una tumba..., Malabia se visualizaba tal vez “casado con la hermana del Tito”[18] y asociado a la ferretería de su familia.
Es nuevamente Díaz Grey en La muerte...quien nos descubre la nueva personalidad de este hombre que ahora estaba “aprendiendo a ser imbécil [...] tenía dos automóviles pero insistía en usar el caballo [...] había cambiado. Ya no sufría por cuñadas suicidas ni por poemas imposibles”. Ahora es un terrateniente que compra y vende tierras, lee el periódico, toma mate, y ha perdido “la necesidad de atrapar la belleza con un poema o un libro”.[19]
También sus facciones como las de Bob se habían diluido en una cara y vientre engordados y “nadie podría saber con qué destino, qué significarían dos o tres años después. Nadie apostaría sobre seguro respecto al futuro casi inmediato de Jorge Malabia”.[20]
Aunque no se resuelve en la misma historia, el destino de Jorge, es similar al de Roberto. Los dos que representaban los valores y grandezas de la juventud, sirven en la obra de Onetti como ejemplo cabal, de una realidad a la que nadie escapa. Ellos encarnan el duro y difícil proceso por el cual, el alma humana va perdiendo sus expectativas, sus ilusiones y se va transformando paulatinamente en esa especie tan extraña y compleja que son los adultos.

Bibliografía

BENEDETTI, Mario,
“La literatura actual del Uruguay”, en Panorama de la actual literatura hispanoamericana. La Habana, Casa de las Américas, 1959.
CURIEL, Fernando,
Onetti: obra y calculado infortunio. México, UNAM, 1980.
IRBY, James,
La literatura de William Faulkner en cuatro narradores hispanoamericanos. México, UNAM, 1970.
ONETTI, Juan Carlos,
Cuentos completos (1933-1993). Madrid, Alfaguara, 1994.
------------,
Un sueño realizado y otros cuentos. Montevideo, La Banda Oriental, 1999.
PAVÓN, Alfredo,
Los cuentos de Onetti (1933-1950) como antecedente de La vida breve. Veracruz, Universidad Veracruzana, 1976.
RAMA, Ángel,
“Origen de un novelista y de una generación literaria”, apéndice de El pozo. 2ª ed. Montevideo, Arca, 1965.
RODRÍGUEZ MONEGAL, Emir,
“La fortuna de Onetti”, en Literatura uruguaya del medio siglo. Montevideo, Arca, 1966.
VERANI, Hugo,
Onetti: el ritual de la impostura. Caracas, Monte Ávila, 1981.
[1] Juan Carlos Onetti, Para una tumba sin nombre, p. 211-212.[]
2 Onetti, “Bienvenido Bob”, p. 30.[]
3 Idem.[]
4 Idem.[]
5 Op. cit., p. 219.[]
6 Ibid., p. 230.[]
7 Ibid., p. 217.[]
8 Op. cit., p. 31.[]
9 Ibid., p. 30.[]
10 Ibid., p. 33.[]
11 Ibid., p. 34.[]
12 Op. cit., p. 207.[]
13 Ibid., p. 230.[]
14 Idem.[]
15 Hugo Verani, Onetti: el ritual de la impostura, p. 49.[]
16 Op. cit., p. 26.[]
17 Op. cit., p. 229.[]
18 Ibid., p. 217.[]
19 Op. cit., pp. 406-407.[]
20 Ibid., p. 407.