Über Onetti: Autoren S – T

Juan Carlos Onetti: La rebeldía del derrotado

Juan Jose Saer

Humor amargo y ascetismo

Cuando, en noviembre de 1950, apareció la primera edición de la novela de Juan Carlos Onetti, hasta su propio editor, conciente de la originalidad extrema del libro, creyó necesario tranquilizar a sus posibles compradores en la presentación de la solapa: "No se tema que se trate de un experimento literario, como suele calificarse despectivamente a todo abandono de los moldes notorios. Es, pura y simplemente, una novela con todas las de ley: un relato fluido, coherente y ameno, que el lector ha de seguir con la misma intensa curiosidad, desde la primera hasta la última página". Aparentemente no los convenció, porque pasaron muchos años antes de que la pequeña edición se agotara y una nueva hiciese su aparición por las librerías, aunque no era raro encontrar la original de vez en cuando, quince años después de su publicación, en las mesas de saldos. Ahí, hacia mil novecientos cincuenta y cinco, la compraban, lo mismo que la edición de Los adioses hecha por Sur con su hermosa tapa amarilla, los pocos que conocían el nombre y la existencia del autor que, aunque casi nadie lo había leído, o tal vez por eso mismo, se había vuelto una leyenda.

Más alla de las modas: Coloquio sobre Juan Carlos Onetti

Juan José Saer

En París, en la sede de la UNESCO, organizado por el CELCIRP (Centro de Estudios de Literaturas del Río de la Plata), tuvo lugar el 13 y el 14 de diciembre del 2001, un coloquio internacional sobre la Obra de Juan Carlos Onetti en el cual estuvo presente Dorotea Muhr, "Dolly", la viuda del gran escritor uruguayo. Estudiosos venidos de Uruguay y de Argentina, pero también de Francia, de Holanda, de España, de Italia, de Inglaterra y de los Estados Unidos, debatieron durante dos días algunos puntos cruciales de su obra, como sus primeras y sus últimas novelas, puesto que la crítica principalmente se venía ocupando hasta ahora del período 1950 -1970, esas dos décadas decisivas de su producción narrativa en la que salieron a luz sus tres grandes textos novelísticos (grandes por su valor literario sobre todo) que son La vida breve (1950), Los adioses (1954) y El astillero (1961), sin contar algunos cuentos y novelas cortas excepcionales y célebres tales como El infierno tan temido (1957) La cara de la desgracia (1960), Jacob y el otro (1961), Tan triste como ella (1963) o la curiosísima Para una tumba sin nombre, de 1959.

El soñador discreto

Juan José Saer

Supongo que los críticos de Onetti ya han admitido como indiscutible el hecho de que, a partir de 1950, con la aparición de La vida breve, una verdadera ruptura se produce en su narrativa, a causa de la intercalación,en el decurso de la novela, por parte de uno de los personajes, de lo que podríamos llamar un espacio imaginario a la segunda potencia, que, de mera invención pragmática del personaje (no olvidemos que se ha puesto a imaginar un lugar y una historia porque le han encargado un guión de cine discretamente comercial) se transforma poco a poco no solamente en el ambiguo espejo imaginario de lo que transcurre en la representación realista de la novela, sino también en una nueva dimensión narrativa que termina por decir así devorando a su propio referente, y que constituirá el punto de partida de muchos importantes textos ulteriores. Me refiero a Santa María, que por ahora nombro así nomás,prescindiendo de atributos o de descripciones, porque justamente su geografía, su demografía, su configuración urbana y, sobre todo, su esencia de creación imaginaria son más que problemáticas, de modo que constituyen un aspecto importante de mi intervención.

Un cuadro apasionado y viviente

Juan José Saer

La perfección formal que Juan Carlos Onetti alcanzó en sus novelas breves es el eje de este artículo en el que Juan José Saer analiza la fina arquitectura con que construía sus relatos el escritor uruguayo, de cuya muerte se cumplen diez años. El texto ilumina también los temas predilectos de la ficción onettiana: la desgracia y la crueldad, la resignación y el fracaso, la autodestrucción, pero también el amor, la culpa, la nostalgia y, sobre todo, la compasión.

Alrededor de 1960, entre los narradores jóvenes que se lanzaban al trabajo literario, la forma que encarnaba la máxima aspiración estética, el modelo de toda perfección narrativa, no era ni la novela ni el cuento, sino la novela breve. Equidistante de la transcripción súbita del cuento, semejante a la del poema, y de la elaboración lenta de la novela, que parecía valerse de una serie de mediaciones consideradas un poco indignas a causa del carácter técnico y vagamente innecesario que se les atribuía, la novela breve tenía la atrayente singularidad de permitir cierto desarrollo narrativo al mismo tiempo que parecía surgir de una concepción intuitiva y repentina, e incluso, en cuanto al tiempo material de ejecución, ofrecer la posibilidad de una rapidez relativa, capaz de preservar la frescura exaltante de la inspiración. Y si bien la dificultad de realizar tan exorbitantes perspectivas resultaba evidente, la fascinación que ejercía la novela breve sólo decayó cuando, a mediados de los años sesenta, el género "gran novela de América", patética superposición de estereotipos latinoamericanos destinada a conquistar el mercado anglosajón, plegándose en el contenido y en el formato a sus normas comerciales, desalojó de las librerías a los discretos y admirados volúmenes de alrededor de cien páginas que perpetuaban tantas obras maestras.

Onetti y la novela breve

Juan José Saer

Alrededor de 1960, entre los narradores jóvenes que se lanzaban al trabajo literario, la forma que encarnaba la máxima aspiración estética, el modelo de toda perfección narrativa, no era ni la novela ni el cuento, sino la novela breve.