Alfredo Bryce Echenique
Como Flaubert, se sintió atraído por el mal, por el sufrimiento, por lo despreciable y vil, en la medida en que ello le resultaba útil para la ternura o la devoradora pena de sus libros. Y tuvo el don de la empatía, del que está igual con la víctima y con el verdugo. Por eso fue todos y ninguno de sus personajes. Trató con el mismo cariño al personaje que más amó o más detestó. Sabía que en la novela es esencial que quede suspendido el juicio moral, aun a riesgo de quedar alejado de la moral pública.
Como Balzac, logró situarse al margen de la vida, de la sociedad, y sufrió en carne propia el drama de vivir entre los hombres con una actitud sesgada, oblicua, una actitud que lo predispuso siempre a salirse de lo inmediato, a huir de ello, para tender hacia lo intemporal. Si hablaba, no lo entendíamos; si escribía, hablaba no sólo de nosotros sino por nosotros. Como a Van Gogh, como a Rimbaud, la sociedad le suicidaba. A todos nos consta que pagó el precio de saber que una buena metáfora jamás puede hacer feliz a un hombre que vive y muere en literatura.
Y, como Juan Carlos Onetti, creo yo que fue uno de los más importantes tumbados de la literatura en lengua castellana. En efecto, Onetti vivió en cama, uno tras otro, los largos años que pasó en Madrid, y también antes, en Montevideo o Buenos Aires, pasó largos períodos en los que no salió de la cama.
En su cama leía, bebía, dormía, comía y escribía. Desde la cama atendió también a sus amigos, concedió entrevistas telefónicas o soportó el pesado asedio de quienes pretendían asaltar su intimidad con preguntas que él debió encontrar siempre pueriles.
Onetti, indudablemente, pensaba que para qué ocultarle a nadie todo aquello que salta a la vista y, en cambio, debió cuidarse mucho de aquellos sabuesos de grabadora en mano que buscan entre las sombras y los rincones todo aquello que no se ve.
A nadie le ocultó nunca su afición por el whisky y en más de una ocasión, cuando se le prohibía beber, aceptaba resignado, primero, le ofrecía enseguida un whisky al crítico o periodista o amigo que lo iba a interrogar y, finalmente, con un guiño de ojo le hacía saber a éste que aquel vaso de whisky habría que compartirlo o si no adiós preguntas.
De todos estos momentos de Onetti en cama, durante la larga década que vivió en Madrid, hay un nutrido anecdotario, sobre todo en lo que se refiere al lado donjuanesco de su carácter. A menudo decía que las mujeres le seguían encantando, por más que ya su cuerpo no pudiese acudir a las citas que su corazón y su mente le sugerían. Y hay momentos de tremendo humor como aquel en que se disculpaba ante una guapa universitaria porque ya no le quedaba casi ni un solo diente.
“Es que los tuve que prestar –le decía, socarronamente, agregando–: Y ya usted sabe, con los dientes sucede igual que con los libros: nunca se devuelven, créame usted, señorita...”.
La chica no sabía dónde meterse. ¿Será verdad? ¿Será mentira? En todo caso, como dicen los italianos: Se non e vero e ben trovato.