Onetti

Jorge Enrique Adoum

Cuando lo conocí en el Congreso de 1969, en Santiago de Chile, Juan Carlos Onetti era el novelista latinoamericano que más admiraba –por El pozo, La vida breve, El astillero...— junto a Rulfo. Curiosamente, ambos eran fundadores de ciudades: Santa María, el uno, Comala, el otro. Como Faulkner. (Algún periodista, casi ruborizándose, se atrevió a preguntar a Onetti si en su juventud no había sufrido una influencia suya. “¿Yo? ¿Influencia de Faulkner? No, señor: yo lo imitaba, lo copiaba”, dijo). El deslumbramiento mayor me lo habían causado sus cuentos más sombríos: El infierno tan temido, Jacob y el otro... Y me contaron, quienes lo conocían, que jamás iba a reuniones de escritores, fueran académicas o sociales, y que cuando asistía a un congreso, como en ese caso, no concurría a las sesiones. De ahí que fuera admirable que en la sesión de clausura hubiera permanecido junto a nosotros de nueve de la mañana a dos de la mañana, durante la aprobación de la “Declaración final”. (...) Al señalar que, con excepción de Cuba, nuestros países se hallaban bajo la influencia directa del gobierno de Estados Unidos, Onetti dijo: “¡Qué influencia ni qué influencia! Mi país es una colonia y nuestros ejércitos nacionales son verdaderos ejércitos de ocupación, entrenados en Panamá”. Desde el punto de vista humano, es decir de la decencia, y como razón para el afecto, aquellas palabras contaban tanto como sus libros (...)

Nunca pude explicarme por qué América Latina tardó tanto en conocer a su más grande novelista, cuando ya en Uruguay y Argentina se sabía –pero ¿lo sabía él?—que había renovado la literatura latinoamericana en lengua española. Europa iba a descubrirlo, en cierto modo gracias al boom, a partir de 1975, fecha en que Onetti se exilió en España después de que los militares de su país lo encarcelaron, supuestamente por haber premiado, como miembro del jurado, un cuento que se publicó en Marcha. Cuando, tras sus novelas, apareció en francés un volumen con sus cuentos, todos impecables, perfectos, Le Monde, tan avaro en elogios, publicó un artículo con el título de “Un livre genial”. Obras tan sombrías, cuyos “héroes (o antihéroes) son seres marginales y fracasados, outsiders que beben y escuchan jazz, cuyas vidas han llegado a un punto muerto” (1), cuya degradación moral es patente hasta en sus escombros, corresponden a la existencia sombría de uno de los escritores de mayor honestidad intelectual que hayamos tenido, tanta que no hubo en su vida espacio para nada que no fuera la literatura. (Símbolo, acaso, de esa entrega sin concesiones a la profesión de escritor es el puñetazo que, tras haber leído El perseguidor, de Cortázar, dio en el espejo en que había escrito con lápiz de labios: “Debió terminar con la muerte de Bee”). Como sus personajes, Onetti también parecía haber huido del mundo, de sí mismo, de sus sentimientos: “Es el último hombre de quien debía enamorarme”, dijo Idea Vilariño, poeta, quien, en un documental del cineasta Mario Jacob, le deja un papel escrito: “Onetti / sos un camello / sos un burro / sos un perro”. Sus últimos años los pasó en una cama –reinventando con su escritura difícil el mundo a que aspiraban sus protagonistas y cuya ambigüedad va del paraíso perdido al infierno—, rodeado de montañas de libros, ceniceros llenos de colillas, vasos, botellas –y largos insomnios cuando escribía—, fiel a un viejo modo de ser que aconsejaba a Juan Rulfo, “hacer un esfuerzo para no contestar cartas, huir de reportajes y de cualquier otra forma de publicidad. Haz un silencio aunque mucho te cueste y permanece quieto en tu rinconcito...”. (2) (De ahí que, cuando alguien se enorgullecía, tenazmente, de tener “una carta de Onetti”, al ver el escepticismo de quienes lo escuchaban, la mostró un día con orgullo. La carta decía: “¡No me jodás más! ¡No quiero entrevistas!”).

No son muchos los que han advertido la ironía, a veces feroz, con que retrata y mueve a algunos personajes, pero abundan las historias sobre su humor en el trato diario con el que, seguramente, se definía y se defendía de sí mismo. Ejemplo, esa carta a Juan Rulfo, en la que escribe: “Querido Juan: Por vía secreta y apresurada te envío estas líneas con el amistoso propósito de ponerte en guardia. El tortuoso fabricante de poemas y seductor diplomado que lleva, con vanidad incomprensible, el nombre de Félix Grande, sujeto que hace años destrozó, creo que para siempre, mi dichosa tranquilidad, tan apartada del mundo literario, se propone hoy hacer lo mismo contigo. Por infidencias muy bien pagadas he podido enterarme que los Cuadernos Hispanoamericanos están preparando sigilosa y traicioneramente un número monográfico dedicado a tu persona y a ese silencio que mantienes misterioso. Todos los corruptos colaboradores que logre sobornar Félix Grande para cumplir su incalificable propósito, no solo se preguntarán por qué Juan Rulfo no ha escrito más que Pedro Páramo y El llano en llamas y mucho me temo que abunden seudosagaces investigadores que den respuesta a tal fenómeno...”. Tras un largo párrafo sobre el peligro y consecuencias de los números monográficos de las revistas, que hacen que el lector acabe por odiar al así homenajeado, y después de los consejos citados más arriba, añade en otro rasgo de humor: “Yo, por mi parte, dando satisfacción al legítimo deseo de molestar, molestias que fortifican la amistad, te abrazo y te pregunto por enésima vez: –‘Querido Juan, ¿hay Cordillera?’...” (3). (Iba yo poco a Madrid y no siempre Onetti estaba visible. Supe de dos periodistas uruguayos que fueron a visitarlo. Hallándose en su departamento solo, él abrió la puerta, y mientras ellos se excusaban por presentarse así, sin haber acordado antes una cita, Onetti, quien estaba haciéndose arreglar la dentadura, se disculpó de recibirlos “con solo dos dientes”, explicando: “Los demás se los presté a Vargas Llosa para una foto”. Le había reprochado tener con la literatura “relaciones conyugales” mientras que las de él, Onetti, con ella eran las de un amante).

Son raros los autores como Onetti cuyos libros uno se lanza en cuanto aparecen: son como un regalo súbito e inmerecido que nos hacen la literatura y la vida. Y eso sucedió con Dejemos hablar al viento y Cuando entonces, escritos en España, en los que el prostíbulo vuelve a ser una metáfora del mundo asfixiante del autor. Pero al publicarse, en 1993, Cuando ya no importe, tuve la impresión de encontrarme ante una obra genial, adjetivo que no suelo emplear: por primera vez la nota publicitaria del libro era justa al hablar de “uno de los mayores escritores en lengua española de este siglo”. En esa obra superaba su propia excelencia de poeta realizado en la novela, retomaba, quizás envejecidos en su fracaso y su amargura, a los personajes que lo acompañaron a lo largo de su vida en la ciudad por él fundada, a la que volvía, por última vez, para morir. Al decir que Onetti cerraba así el ciclo iniciado cincuenta y cuatro años atrás con El pozo, no veía, después de esa obra, qué más podía escribir su autor y esperaba que no cerrara con ello el ciclo vital, que había comenzado, en Montevideo, hacía ochenta y cinco años. Cuando dejó de vivir, pocos meses después, hice esfuerzos por no sentirme anunciador ni cómplice de la muerte.

(1) José Miguel Oviedo: Antología del cuento hispanoamericano del siglo XX (1920-1980). Alianza Editorial, Madrid, 1992, p. 452.

(2) Juan C. Onetti: “De Juan a Juan”, Cuadernos Hispanoamericanos, 421-423, Madrid, julio-septiembre de 1985.

(3) Se refiere a La Cordillera, novela largamente anunciada de Juan Rulfo.

Tomado del libro “De cerca y de memoria. Lecturas, autores, lugares”, del poeta ecuatoriano Jorge Enrique Adoum. Editorial Arte y Literatura, La Habana, Cuba, 2002.