Es un riesgo que él asume, porque yo no soy académico y no he estudiado formalmente literatura, aunque sea escritor. De modo que puede haber aquí mismo quien esté mejor calificado que yo para hablar del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti.
De modo que yo no voy siquiera a intentar hacer crítica literaria, porque además Onetti nunca dio importancia a la crítica literaria, como gran parte de los buenos escritores. Solía decir, con su peculiar sentido del humor, que los críticos son la muerte: a veces demoran, pero siempre llegan. Y además porque la literatura no se aprende, si es que es posible aprenderla de modo alguno, a través de la crítica. De la misma manera que uno no aprende los insondables secretos del sexo leyéndolos en revistas, sino experimentándolo. La literatura se aprecia leyendo, y leer es una actividad tan solitaria
como reflexionar, imposible de hacer con éxito si la sombra de un crítico intercepta la luz que da la obra misma. Para aprender literatura el único camino que existe es aprender primero a ser buen lector. Por eso quiero también agradecerle a ustedes estar aquí, y estar aprendiendo no sólo el castellano sino haciéndolo a través de la literatura en ese idioma, una senda que, inevitablemente conduce a que nos entendamos mejor. De eso, creo, se trata este seminario, a juzgar por su título. Y eso es precisamente lo que yo intentaré hoy: explicar, apoyándome en lo que conozco de los uruguayos y de Onetti, de dónde saca ese escritor un sentido estético, una ética literaria, un mundo propio que hoy son universales. E intentaré, ojalá que con éxito, el único propósito real que puede tener
una charla, una clase, una cátedra sobre literatura: despertar el interés sobre el tema
tratado de modo que, al final de la charla, los estudiantes sientan unas ganas
irresistibles de releer o de aventurarse a leer por vez primera todo lo escrito sobre el tema. En este caso todo lo que Onetti haya escrito.
Trataré de que por la puerta que abre este seminario a América Latina y el Caribe, entren no sólo su vida y su obra, sino ganas de atravesar por su literatura como por otra puerta abierta a conocer también su gente. En esto, puede ayudar y mucho contarles cómo era su país y cómo su generación. Esa importante generación uruguaya, porque marcó el espíritu nacional y sigue marcándolo hoy en día en muchos terrenos. Eternamente viejo, sarcástico, circumspecto, y sobrio. Estos son algunos de los calificativos que la crítica utiliza para intentar definirle.
Pero a sin saberlo, está definiendo con justicia, a gran parte de los
uruguayos de su generación. La que hoy conocemos, dentro de la literatura uruguaya, como la generación del 45. Vamos entonces a remontarnos en la historia y a ver los indicios que su vida da, de lo que luego sería su obra. Onetti no terminó el primer año de secundaria. Este escritor, que fue galardonado en 1980 con el Premio Cervantes, el más importante que se concede en nuestra lengua en todo el mundo, y que reconoce la rayectoria completa de un escritor, no concurrió nunca una universidad como esta para aprender literatura. Y sin embargo, fue nominado ese mismo año para recibir el Premio Nobel de Literatura. No lo recibiría, como tampoco lo haría otro grande de la literatura ioplatense, el argentino Jorge Luis Borges. Y sin haber terminado estudios que hoy consideramos universalmente básicos, fue destacado periodista, correponsal de la agencia de noticias Reuters, y llegó a ser Director de Bibliotecas Municipales de su país. Esto muestra a Onetti pero también al Uruguay. Un país donde aún hoy el derecho a enseñanza es libre por constitución, y por libre también se entiende que no se requiere un título de profesor para dictar clases, sino algo mucho más importante: se requiere saber.
De modo que Onetti, el mejor narrador uruguayo de los últimos 50 años, y que según colegas suyos tan destacados como Mario Vargas Llosa, fue el creador de la novela latinoamericana tal como la conocemos hoy, tuvo que trabajar como camarero, portero, y vendedor de entradas del estadio Centenario, entre muchas otras cosas. Aún hoy la versatilidad y la capacidad de adaptación de los uruguayos es esencial para sobrevivir para crear. Además, en un país que tiene un instinto democrático tan arraigado, por lo menos hasta donde yo lo viví, siempre fue más importante quién es uno, o cómo es uno, que lo que uno hace para vivir. De la pobreza, los uruguayos, como muchos otros pueblos, saben extraer creatividad. No debe extrañar entonces, que la primer obra importante de Onetti sea la novela El Pozo, que escribió de un tirón en una noche, únicamente, como le gustaba decir, porque no tenía cigarrillos que fumar. Allí el escritor muestra sus temas, que le acompañarán durante toda su obra: la incomunicación, el aparente sinsentido de la vida, la decrepitud de la vejez, la pureza de la juventud. Onetti ya se había casado con su prima —aquel sería el primero de sus cuatro matrimonios—y se habían radicado en Buenos Aires, en la República Argentina. Pero ni siquiera Onetti tiene conciencia de la importancia de su propia novela, y el primer borrador de El Pozo, ecrito en 1930, se perdió en una mudanza. El Pozo fue finalmente reescrito y publicado en 1939 y tanto Mario Vargas Llosa, ya lo mencioné, como el escritor mexicano Carlos Fuentes, la consideran la primera novela latinoamericana contemporánea. Onetti se separa de su mujer, regresa a Montevideo donde termina casándose con su cuñada, y allí escribe La vida breve. En Monte, como él llama a su ciudad natal, empieza una exitosa trayectoria como secretario de la redacción de “Marcha”, sin duda la publicación de mayor jerarquía que ha tenido el país en este siglo. Fundada por Carlos Quijano, esa publicación será, muchos años después y cuando el Uruguay sea temporalmente otro por virtud de un regimen que durará 13 años, motivo de su alejamiento del país. Pero el mundo de Onetti se enriquecería en extremo al crear la mítica ciudad de Santa María, cuando aparece su novela La vida breve, allá por 1950. En esa ciudad los personajes, los habitantes, viven próximos a la frontera, cercados por la frustración y asediados por el miedo a la muerte.Esta sería una de las tres únicas obras que él mismo destacaría. La vida breve, porque fue la más rica; El astillero, por ser la más perfecta, y Los Adioses, por ser la más querida. Onetti vivió muchos años viajando entre Montevideo y Buenos Aires, pero no quedan dudas sobre cuál de las dos ciudades del Río de la Plata ha servido de molde para su mundo mítico. Aunque en lo físico, Santa María esté basada en la ciudad argentina de Paraná, como el mismo Onetti explica. “El móvil primo de Santa María —cuenta Onetti— es el gobierno del general Juan Domingo Perón en la Argentina, que en realidad fue una dictadura. A tal punto, agrega, que llegó un momento en que Perón decidió prohibir algo que se llamaba Montevideo-Uruguay. Imposibilitado por razones económicas de volver a Montevideo, y también de escribir sobre una ciudad que no puede recorrer, viaja a la provincia argentina de Entre Ríos, y en la ciudad de Paraná, con una rambla igual a la de Santa María, modela su mundo de ficción.Allí vivirán los personajes onettianos, como los de García Márquez viven en Macondo. Pero ya no puede caber ninguna duda, Santa María es Montevideo. Y Onetti mismo lo confirma cuando escribe.“Si Santa María existiera, es seguro que haría allí lo mismo que hago hoy, pero naturalmente, inventaría una ciudad llamada Montevideo.”Como Santa María, Montevideo tiene de sí misma, al menos en ese entonces,una concepción basada en mitos. La avanzada legislación uruguaya, que nos legó la jornada laboral de ocho horas mucho antes que este concepto prendiera en la mayoría de las naciones europeas, y que forjó un sistema de seguridad social que hoy sólo sería comparable al de Australia, uno de los países más avanzados en este tema, permitió la creación del más incongruente mito del Uruguay: ser la Suiza de América. Con ese calificativo solía describirnos el mundo y, por lo difícil que resulta rechazar lo que nos halaga, nos lo creímos. Al menos por un tiempo.
Más prudente y tal vez más ajustado a la realidad fue otro mito: Montevideo, la Atenas del Río de la Plata.Mitos a los que dio un falso asidero el papel destacado que Uruguay jugó, y que todavía no tiene una explicación convincente, en las canchas de fútbol internacional durante la mayor parte del siglo.Santa María no es sino un mito más que encaja perfectamente en esa ciudad poblada de mitos y que por lo tanto tiene una vocación natural para la ficción. Onetti no hace sin oreflejar fielmente ese entorno. Onetti es sobrio, por ejemplo, porque los uruguayos lo somos.Cualquiera encuentra la belleza donde esta es obvia. Pero se requiere más profundidad para hallarla donde las circunstancias son sórdidas, agobiantes casi, como en su legendaria Santa María. Y más difícil es encontrarla aún a través de la síntesis. Se me ocurre como ejemplo el primer párrafo de su última novela, publicada un año antes de morir, «Cuando ya no importe».“Hace una quincena o un mes que mi mujer de ahora eligió vivir en otro país. No hubo reproches ni quejas. Ella es dueña de su estómago y de su vagina. Cómo no comprenderla si ambos compartimos, casi exclusivamente, el hambre.” En un breve párrafo nos habla de su vida matrimonial con una síntesis que llega a dar vértigo por su profundidad. Los jirones de esa relación se asoman desde ese párrafo que despierta la imaginación, brinda el telón de fondo, pinta la atmósfera, da el tono y la credibilidad al personaje.La economía, la sobriedad y la crudeza dan belleza a ese párrafo, sin ningún intento de seducción. Si acaso, con una arista ligeramente antipática. Algo así como la digna belleza que tendrían las últimas palabras de un condenado a muerte sin en ellas renunciara a protestar su inocencia y, a cambio, decidiera sólo hacer una brevísima
reflexión sobre los avatares de la vida.
Los uruguayos amamos la sobriedad. En el vestido, en las costumbres, hasta en los elogios. Y nos disgusta lo fácil, porque intuimos que no tiene verdadero valor. Y porque la belleza se encuentra, las más veces, escondida entre las piedras de la senda más difícil. El reto, para tocar el corazón del lector, es evitar las triquiñuelas de la plumadirigidas a conquistarlo. Onetti satisface su propia necesidad porque sabe, como lo ha dicho en las entrevistas que ha concedido con cuenta gotas durante su vida, que un buen escritor escribe para sí mismo. “Yo escribo para un tipo llamado Onetti”, le dirá a una periodista alemana en un reportaje ya famoso.Nos conquista con esa singular modalidad de la arrogancia rioplatense, porel camino más difícil. Cualquier otra cosa significaría abaratar lo que escribe, quedar desconforme con sí mismo y con la ética conque los mejores escritores de su generación buscan la belleza. Pero no desprecia la seducción por casualidad. Onetti está obsesionado con la vejez, con la decrepitud que acompaña a ese proceso, y sabe que un viejo no puede competir en el juego de las apariencias. Ni lo intenta. Se val del peso de su honestidad y el mérito de sus observaciones para establecer una relación duradera consigo mismo, y con el lector. Su literatura desemboca, sin pretenderlo quizá, en que se le ame sin que él trate de ser simpático o seductor y sin que sus personajes lo intenten. Como el resto de los uruguayos, es reticente al elogio, con una modestia que yo calificaría de levemente arrogante porque va apoyada en varios mitos que tienen algún asidero, aunque tangencial, con la realidad. Y también es reticente porque los uruguayos tenemos pánico al ridículo. Un uruguayo de esa generación, tal vez aún hoy, prefiere comerse la servilleta húmeda y caliente que le sirven en su primer viaje en avión, antes que reconocer que ignora para qué se utiliza. Un uruguayo de esa estirpe pasa frente a un hipopótamo rosado con lunares verdes que echa fuego por la boca como un dragón y ni lo mira. La actitud es equivalente a decir: “¡Ah, uno de esos!. Lo conozco, lo tengo visto. No me impresiona. Además, debe ser caro. Se protege así de una vaga sensación de inferioridad que se intuye como falsa, pero que, sin embargo, es omnipresente. Evitamos el ridículo de no saber, de que se nos note que no hemos sacado aún pasaporte de cuidadanos del mundo, de que le falte un cantón a nuestra imaginaria Suiza de América, que se haya venido abajo el Partenón de nuestra Atenas del Plata, que haya venido ese borrón de dictadura a manchar lo que imaginamos que han sido años de ininterrumpida democracia. Aunque no haya sido tan ininterrumpida ni por tantos años. Esta actitud no es más que una coraza para protegernos contra la vulnerabilidad en que nos pone un mundo que ignora a algunos países del mismo modo que algunos ciudadanos prefieren ignorar ciertas partes, las más feas, de su ciudad. Onetti es consciente de esa situación. Otro destacado uruguayo de las
letras, al escritor Eduardo Galeano le llevará sus primeros escritos, muchos años antes de que su ensayo Las venas abiertas de América Latina se haga un éxito mundial de ventas, para pedirle su opinión. Onetti quedará mudo por largo rato luego de leerlo y le sintetizará las probabilidades que tiene de alcanzar fama mundial, según el propio Galeano narra: “Mirá botija, si Beethoven hubiese nacido en el Uruguay, habría llegado sólo a ser director de la banda municipal”. Sin embargo, hermosa paradoja, lo que la pluma de Onetti nos recuerda es que aún en las zonas marginales, fronterizas y desesperanzadas del mundo, como Santa María, hay lugar para bellezas dignas de ser compartidas. Como en el ejemplo anterior hace el pretendido conocedor de hipopótamos rosados, Onetti peca de inseguridad, y esto lo hace inmediatamente tierno, humano, accesible. Le puede resultar útil para ser invulnerable a la crítica, pero no al cariño. Eternamente moribundo, ahuyenta la lástima y el sentimentalismo con lo que tenga a mano. Un gesto de desdén, una grosería, un sarcasmo. La actitud parece decir: aquí no hay lugar para la coquetería. Somos pocos, escasos tres millones, y nos conocemos bien. Pero a la vez, necesita del cariño que no sabe aceptar de buenas a primeras. Coincidentemente, igual que los padres de esa generación, y no sólo en el Uruguay, hicieron con sus propios hijos. Padres a quienes les parece que las demostraciones de amor se han de parecer a los gestos del respeto. Hay algo roto en el mecanismo de la espontaneidad. Todo es medido, por el placer de la mesura misma. Las palabras tienen fuerza porque no se abusa de ellas. Afortunadamente eso está ya cambiado en el Uruguay actual. Pero así fue para su generación, y eso se trasluce en sus páginas. Esa mesura contadice nuestra bulliciocidad futbolística, y nos encanta. Nos devuelve el inglés al que alguna vez nos hubiétamos parecido en los gestos, de no ser tan emocionalmente italianos. En Onetti, aunque a regañadientes y desconsolada, hay muchísima bondad. En la tolerancia, en la aceptación lúcida de la decadencia, sin adornarse de una pose pesimista, genuinamente desinteresado de todo. Onetti no cree en nada, salvo en que el amor se acaba. Se separará de su segunda esposa para contraer nupcias con su tercera, una compañera de trabajo de la agencia Reuter, y posteriormente con la que le acompañaría hasta su muerte, la joven argentina de ascendencia alemana Dorothea Muhr, Dolly.
Pero, como en su vida real, en su ficción hay ternura en cada abandono, nunca resentimiento. Cuando el protagonista de «Cuando ya no importe» aclara que la separación de su mujer “de ahora” se ha hecho sin reproches ni quejas, el abandono se hace menos doloroso porque está impregando de ternura y compasión hacia la condición
humana. Hurgando en lo desagradable, también existe la posibilidad de encontrar belleza. Aunque para disfrutar su literatura baste un toque de malicia, para apreciar la
belleza contenida en el mundo que él creó es necesario un resto de bondad. La crítica habla de que Onetti tiene un estilo fronterizo. Que sus cuentos se desarrollan entre lo real y lo soñado, la verdad y la ficción. También entre la fantasía y el realismo, o entre la novela que le precede y la que él ayuda a fundar. Nada más apropiado para el hijo de un país que se originó como poco más que una ancha frontera entre Brasil y Argentina. Una frontera que se hace más patente contrastando la sobriedad de sus 3 millones de habnitantes ante la exhuberancia de Buenos Aires, una ciudad con cinco veces más habitantes que todo el Uruguay.Compartimos, Montevideo y Buenos Aires una similar manera de sentir que se expres en cada compás de La Cumparsita, y en cada disparatada hipótesis sobre Gardel. No en vano ambas ciudades se disputan tanto el más famoso tango como el tanguero más famoso. El Uruguay existe, como me dijo en una entrevista el más popular cantor nuestro, Alfredo Zitarrosa, porque existimos los uruguayos, y porque sentimos diferente al resto de nuestros vecinos. Pero no es fácil reconocerse sin tener un espejo donde mirarse. El espejo, en este caso los argentinos o los brasileños, nos ayuda a definir los propios bordes. Ni la exhuberancia del espíritu brasileño, ni la desbordante imaginación porteña. El país que está en el medio, busca también a través de la sobriedad del término medio su identidad. El mérito de Onetti está en encontrar el medio justo por la sobriedad, sin contentarse con la mediocridad. Y el de redirigir la atención de los escritores de su generación sobre la ciudad, abandonando el tema rural, la vida del hombre de campo, del gaucho, que ya en su época era una especie en extinción.
Onetti propone así un cambio radical, sin el cual no llegaríamos a la literatura uruguaya actual. Pero no cambia la manera de pensar de sus personajes y el hilo de
credibilidad de su mundo se asienta en las semejanzas de sus personajes con los habitantes reales de la ciudad que le ha servido de molde. Esto también está en el alma de los uruguayos. No en vano Eduardo Galeano, califica a sus compatriotas como anarquistas conservadores. ¿Qué cosas ocurren en el mundo que Onetti crea a través de obras como Juntacadáveres, Para una tumba sin nombre, o La casa de la desgracia , la novela que luego haría película el director argentino Pedro Stocky? Aquí es necesario recurrir a la resputa que da otro escritor de su generación, Carlos Maggi: “Si se preguntara qué pasa en El astillero —tal vez su mejor obra— habría que decir antes que nada: pasa algo que se pudre y se deshace, un gran desgano, una deseperanza, “el aire oloroso a humedad, papeles, invierno, letrina, lejanía, ruina y engaño —como se define al pasar la propia novela.” También el Uruguay se pudre y se deshace, por esos años. Los militares han tomado el poder y la única sonrisa que asoma en boca de los uruguayos llega gracias al fútbol o a los bofetones cívicos que la gente osó darle a los gobernantes, civiles y militares, de ese período. Por algo somos hoy tan amantes del fútbol como de la democracia. En 1974, Onetti integra el jurado de un concurso literario que organiza la revista “Marcha”. En él resulta ganador un cuento antimilitarista, El
guardaespaldas, de Nelson Marra. Los militares deciden clausurar el semanario Marcha y ni la fama ni el reconocimiento internacional que sus obras han merecido impiden que también encarcelen a Onetti por haber sido miembro de ese jurado. Onetti pasa cuatro meses preso en el hospital siquiátrico Etchepare, de Montevideo. Paradójicamente, la notoriedad que su encarcelamiento le otorga acrecienta su fama internacional colocándole a la cabeza de los escritores más leídos. El New York Times, en los Estados Unidos, publicará un editorial atacando con dureza la actitud del gobierno uruguayo. Tras ser liberado Onetti dejará el país para radicarse en Madrid, en 1975, donde adoptará >la ciudadanía española. En 1977 una revista lieraria española publicará el cuento Presencia , con la variante de que una férrea dictadura se ha impuesto en Santa María, una abierta alusión a lo que está ocurriendo en su país. Y Onetti rehusará retornar a él aun cuando la dictadura haya ya cesado de gobernar. Tanto es así que en 1985, el presidente electo del país, que ya ha retomado su senda natural, Julio María Sanguinetti, le invita a la ceremonia de asunción delmando.Onetti agradece la invitación pero decide quedarse en Madrid. Sanguinetti se verá obligado a viajar a Madrid para otorgarle el Gran Premio Nacional de Literatura.Pero como a Zitarrosa, y a muchos creadores de esa generación, el exilio no le sienta bien a Onetti. Esos últimos 19 años de su vida los pasa enclaustrado, con su habitación oliendo a whisky y a tabaco, en un octavo piso de la Avenida de América de Madrid echado la mayor parte del tiempo en su cama. Tal vez en un acto simbólico, en su novela Dejemos hablar al viento , de
1979, el escritor incendia y destruye Santa María, como un dios desencantado con su propia creación. Aún así inventará una ciudad sospechosamente similar, Lavanda. Y, nueva coincidencia, La Banda Oriental era el nombre que Uruguay tenía en la época en que la region estaba unida a lo que es hoy Argentina. Se le otorgarán varios premios más, incluyendo el Premio de la Unión Latinoamericana de Literaturas Romances, en su primera edición, en 1990, por su “espíritu universal”. En 1994 ingresa al hospital de Cirugías Especiales de la capital española aquejado de una dolencia hepática, donde fallece 4 días después. Según su última voluntad, sus restos fueron incinerados sin ningún acto de homenaje y sin velatorio. Una última dignidad digna de aquella generación. También de acuerdo a su voluntad, sus cenizas fueron depositadas en el
cementerio de la Almudena, a pesar de la oferta del gobierno uruguayo para que fueran repatriadas a su país de origen. Pero Onetti había ya incendiado a Santa María en su mundo, el mundo literario, el único mundo en que aquel viejo entrañable y hosco a la vez podía sentirse cómodo como en su casa. ¿Qué sentido podría tener mudar sus cenizas a un mundo mítico que, para colmo de males, había ya destruído en la ficción? Nadie quiere ser enterrado donde no ha sido respetado. Después de todo, y como bien se ha dicho, los soñadores levantan castillos en el aire, pero sólo los locos se mudan a vivir en ellos.
Pero en el Uruguay real, aquel que de a ratos se parece al que él conoció, los jóvenes como ustedes rescatan su literatura y admiran, a través de esa puerta, su reticencia y sobriedad, en estos tiempos de tanto exceso y tantas ansias de impactar. Y a través de ese rescate entreveen, en ese viejo con miedo a la vejez, a uno más de los suyos, que ha pasado las suyas. Onetti murió en España, y Santa María fue destruída en el incendio que él narró en Dejemos hablar al viento. Sin embargo su sobriedad todavía está ahí, marcando un sentido uruguayo de la belleza, a esta generación actual, como a la suya. Nadie sintetizado mejor la presencia de Onetti que Carlos Maggi. “El está ahí, jadea. Se oye un sonido grave, amarillo y ancho como el pito de un barco dentro de la niebla; una ballena enferma —diría O’Neill— quejándose en el patio del fondo; un gran curstáceo desmantelado, un caballo abatido, de ojos lentos, intimidado; algo tierno derrumbado en el tragalúz de una sucia casa de apartamentos, naufragado bajo el polvo triste que llovizna sobre las ciudades.” Muchas gracias.