Con Dorothea Muhr, Dolly. La vida junto a Onetti

“Voy a extrañar estas conversaciones con los uruguayos, tan espontáneas. En España se perdió un poco eso”, reconoce Dorotea Muhr, la mujer que compartió 40 años de su vida con Juan Carlos Onetti.
Dolly, de hablar locuaz y sonrisa permanente, llegó a Montevideo para presentar el premio de novela Embajada de España, una iniciativa del consulado y Ediciones Alfaguara que llevará el nombre del autor de “El astillero”. “A Juan le hubiera encantado un premio literario con su nombre”, admite Dolly.
—¿Cómo vivió el coloquio sobre Onetti que se realizó en la sede de Unesco en París?
—Con muchísima emoción. Fue organizado por Juan Carlos Mondragón y había muchos uruguayos. La introducción al congreso, a cargo del escritor argentino Juan José Saer, fue muy emocionante. Sobre la obra de Juan se hizo referencia a sus manuscritos y al libro que están haciendo con base en ellos. Y están furiosos porque dicen que casi no tienen correcciones. Esto es porque Juan escribía muy lento y letra a letra. Escribía tan lento que tenía tiempo para pensar.
—¿Siempre escribía a mano?
—Siempre. Cuando hacía periodismo usaba la máquina de escribir, pero sus relatos los escribía a mano. El decía que escribir era una cosa sensual y tenía una letra preciosa...
—De la etapa periodística de Onetti, ¿cuál período cree que le gustó más?
—Lo que más le gustó periodísticamente fue cuando trabajó en la agencia Reuters en Buenos Aires. Era en plena Segunda Guerra Mundial y las noticias llegaban por cable. El sentía como que ellos eran los primeros en saber esas noticias tan importantes. Era una ambiente bárbaro, le gustaba mucho. Ahí fue donde aprendió un poco de inglés. Creo que informar sobre actos de esa naturaleza debe ser el periodismo más exciting que existe.
—¿Cómo vivió y cuánto lo afectó a Onetti su detención durante la dictadura?
—Fue una historia más bien terrible; primero porque no teníamos ni idea de lo que había pasado. Carlos Quijano, como tenía en ese número de Marcha una tapa muy fuerte sobre Allende, les dijo a los periodistas: “Pongan algo bien livianito en la contratapa. Algo literario como el relato premiado en el concurso”. Era el cuento “El guardaespaldas”, de Nelson Marra que, para mejor, Juan no lo había leído. Sonamos, de los dos lados: la tapa y la contratapa. Ahí estalló todo. Yo estaba en casa y llamé a una amiga mía que me dijo que estaban buscando a Juan. Entonces jugamos un poco a las escondidas. No le quise decir a Juan que los militares lo estaban buscando, pero él ya lo sabía por Enrique Estrázulas. Los militares fueron a buscarlo a la casa de Gonzalo Ramírez justo cuando nosotros nos mudábamos a la calle Bonpland. Siempre digo que esa mudanza le salvó la vida a Juan, porque si lo hubieran sacado de la cama a la seis de la mañana, yo no sé si le hubiera resistido el corazón. Recuerdo que ese día fui al Sodre e interpreté a Brahms. Siempre digo que la sinfonía de Brahms me trae mala suerte, porque cuando estaba muy enfermo Juan también yo estaba haciendo Brahms.
—Y finalmente fue detenido...
—Cuando lo fueron a buscar a la seis de la mañana a Gonzalo Ramírez era sábado. El domingo vino Estrázulas, estuvimos toda la tarde charlando y el lunes, por la mañana, vinieron a buscarlo unos hombres vestidos de civil. Quise ir con él pero no me lo permitieron. Juan estaba convencido que iba a declarar y salía enseguida. No tenía idea que iba a quedar detenido. Lo llevaron al Cilindro y se puso muy mal: no comía, no dormía, estaba muy flaco... Finalmente conseguí un siquiatra muy amigo nuestro, lo pudimos sacar de ahí y lo llevaron para el Etchepare. Ahí la cosa cambió un poco. Estaba encerrado, con dos guardias todo el tiempo, pero estaba un poco mejor. El no tenía idea de la dimensión de todo lo que ocurrió. Recuerdo cuando vi a Hugo Alfaro en Cárcel Central. Quedé impresionada. Le habían pegado. Estaba como asustado, pobrecito. Tan frágil era...
—¿Cree que el exilio contribuyó, de cierta manera y con el tiempo, para que su obra literaria fuera conocida en Europa?
—Sí, es lógico. El Cervantes, la publicidad y los amigos que lo ayudaron mucho en Europa contribuyeron en forma decisiva para el conocimiento de su obra.
—¿Qué hay de cierto en la anécdota del dinero que se otorga con el premio Cervantes?
—Le dijeron que se lo iban a dar cuando estaba en cinco millones de pesetas. Esperamos y esperamos y al final no apareció. Al próximo año, como fue compartido entre Borges y Gerardo Diego, doblaron la cantidad de dinero. Por eso al año siguiente Juan recibió diez millones de pesetas.
—¿Cómo era Onetti? El daba una imagen si se quiere hasta hosca.
—Y dale con lo de hosco (risas). Eran dos personas. El y la figura pública que lo obligaba a ser hosco como persona para defenderse. Su tiempo era muy importante y a veces eran tanto los periodistas que venían que yo los filtraba un poco. Los periodistas venían con miedo y salían felices. Juan terminaba haciéndole la entrevista a ellos. Era una manera de conocer y charlar con alguien.
—Antonio Muñoz Molina comenzará a trabajar en una biografía sobre Onetti y, suponemos, que usted será parte del proyecto.
—Me está esperando. Cuando vuelva a Madrid voy a comenzar a trabajar con Antonio. Para mí va a ser angustiante, pero es como sacar antes de morirme todo esto que tengo. El trabajo va a estar basado en las cartas que tengo de Juan, las de Uruguay y las de España. Muñoz Molina adora a Juan. Una vez le pregunté si le gustaría tener el Nóbel y me contestó: “Ya lo tuve”. ¿Cómo que ya lo tuviste?, le pregunté. Me contestó que “su Nóbel” era la crítica que Juan escribió para El País de Madrid sobre su libro El jinete polaco. El artículo lo tiene encuadrado y colgado en la pared de su lugar de trabajo, en su casa. Ellos son tan faulkerianos que se admiraban mutuamente.
—¿Y cómo es su vida ahora repartida entre Madrid y Buenos Aires?
—Es muy buena. No hay problemas de tiempo y cuando se llega a los setenta y pico uno sabe que le queda poco. Entonces lo importante es alargar el tiempo. Viajar, cambiar de ambiente, alarga muchísimo el tiempo. Hacer cosas distintas es bueno. Igual siempre estoy con la música como base. Además, estoy de verano en verano, como hace Mario (Benedetti).
—¿Cómo era la relación de Onetti con Benedetti y Galeano?
—En Madrid, de pura casualidad, vivíamos a seis, siete cuadras de la casa de Mario. Juan siempre lo llamaba cuando llegaba para saber noticias de Uruguay. Nos veíamos poco porque siempre estaba firmando autógrafos (risas). Una vez se quedó hasta las dos de la mañana firmando libros, iban con cajas repletas y los chicos madrileños estaban enloquecidos. Acá tenía más contacto con Galeano aunque en Europa también se veían mucho.
—Con el recientemente fallecido José Camilo Cela la relación no fue nada buena.
—Nadie lo quería a Cela. Las anécdotas de Cela son disgustantes. Juan tenía la fotocopia de cuando Cela estaba en la universidad y se ofreció por escrito a ser delator para Franco. Por suerte no se lo aceptaron. Era una persona grosera, que despreciaba a la gente. No entiendo cómo le dieron el Nóbel...