Cardenio
"Un remolcador silbó a lo lejos: su llamamiento atravesó el puente, la esclusa, un trecho más y el otro puente, lejos, más lejos. Llamaba a todas las barcas del río, llamaba a la ciudad entera, al cielo y al campo, nos llamaba a nosotros también, a todo lo que el Sena conducía, a todo... Y que no se diga más."
Viaje al fin de la noche
Louis Ferdinand Céline.
"Después que todo pasó tranquilamente por mi cabeza me invadió una gran paz. Aquí donde el río se desliza suavemente a través de un cinturón de colinas, yace un suelo tan saturado del pasado, que por más lejos que la mente vaya, no se puede jamás separarlo de su fondo humano. ¡Señor! Delante de mis ojos palpita una faz dorada tan grande que sólo un neurótico podría soñar en volver la cabeza. Tan tranquilamente corre el Sena que uno apenas advierte su presencia. Siempre está allí, calmoso y modesto, como una gran arteria que corre a través del cuerpo humano. En la maravillosa paz que caía sobre mí, parecía como si hubiera escalado la cumbre de una gran montaña; durante algunos instantes podría contemplar el panorama a mi alrededor, para comprender el sentido del paisaje.
Los seres humanos forman una extraña fauna y flora. De lejos parecen insignificantes; de cerca son capaces de parecer feos y malignos. Más que otra cosa, necesitan estar rodeados de suficiente espacio; más espacio aún que tiempo.
El sol se está poniendo. Siento que este río corre a través de mí, su pasado, su antiguo suelo, el clima cambiante. Las colinas lo bordean dulcemente, su curso está determinado."
Trópico de Cáncer,
Henry Miller
"Sentado en el muelle, vio un pájaro blanco que planeaba bajando. A sus pies flotaba una masa amarillenta, rodeada de un círculo de grasa. Encendió un cigarrillo y montó una pierna, echando alegremente el humo hacia la luz confusa del atardecer en el río.
Ya no había isla para dormir en toda la vieja tierra, ni amigos ni mujeres para acompañarse.
Oyó una música de acordeón que llegaba desde los barcos negros junto al trasbordador, o de los cafetines de la orilla. Fin de jornada. Invisible, a sus espaldas, estaba la ciudad con su aire sucio y las altas casas, con el ir y venir de las gentes, saludos, muertes, manos y rostros, juegos. Ya era la noche y la ciudad zumbaba bajo las luces, con sus hombres, sus sombreros, niños, pañuelos, escaparates, pasos, pasos como la sangre, como granizo, pasos como una corriente sin destino.
Aquí estaba él sentado en la piedra, con la última mancha de la gaviota en el aire y la mancha de grasa en el río sucio, quieto, endurecido."
Tierra de nadie,
Juan Carlos Onetti.
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Si algo de bueno tiene esta vida es la posibilidad de leer o releer cualquiera de las tres novelas citadas al comienzo. Cada fragmento, conviene aclarar, se corres-ponde con el exacto final de la novela respectiva. ¿Cómo explicar al futuro lector la profundidad que condensa uno u otro fragmento? ¿Cómo seducir al lector aventajado para que considere, al menos provisoriamente, las tres obras en con-junto?
Menuda tarea se impone para jugarla en solitario... Onetti, nuestro vecino más próximo, apisona el camino.
"Fue en vísperas de la guerra, de la segunda, que logramos atrapar este libro. O él estaba destinado a atraparme a mí. Viaje al fin de la noche era feroz y fue escrito para mostrarme y confirmar la ferocidad del mundo. Puede ser que se trate de una gran mentira, armada con talento. La gente no es egoísta ni miserable, no envejece, no se muere de golpe ni aullando, no engendra hijos que padezcan lo mismo. Los objetos, los amores, los días, los simples entusiasmos, no están destinados a la mugre y la carcoma. Céline miente, entonces; vivió en el paraíso y fue incapaz de comprenderlo. Pero existe algo llamado literatura, un oficio, una manía, un arte. Y Viaje es, en este terreno, una de las mejores cosas hechas en este siglo."
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No importa por donde se empiece en el oficio de la lectura, si se tiene algo de suerte e intuición, se accede tarde o tem-prano a una red donde ciertos libros convocan y envían a otros. Personalmente, antes que a Onetti, el uruguayo, me fue dado conocer a Miller. Antes que a Miller tuve el pasmoso placer de conocer a Céline.
Viaje al fin de la noche se desarrolla en numerosos espacios: París, frentes de guerra, África, Nueva York, etc. Su protagonista –Ferdinand– pasa de un poco meditado entusiasmo patriótico y juvenil a una amarga lucidez y repulsión frente al hombre, durante y después de la Primera Guerra Mundial.
Trópico de Cáncer, por su parte, narra el devenir de un escritor norteamericano en ciernes –Henry–, el cual, expatriado, habrá de sumar penuria tras penuria a los efectos de sobrevivir en el París de entreguerras.
Tierra de nadie conjuga varios personajes, entre ellos Aránzuru. Se desenvuelve en Buenos Aires y sus héroes desarraigados proyectan un viaje hacia una exótica isla de la Polinesia. El plan no llega a concretarse, desemboca en el ridículo, pero subyace en el texto un sentimiento de descolocación y la condición de espectador que el rioplatense asume frente a la acción bélica e ideológica europea.
Propongo ahora explorar los finales y sus correspondencias.
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A simple vista, el corpus de fragmentos comparte y contrasta elementos, impresiones. La sugestiva presencia del río es lo que parece aportar mayor cohesión al conjunto: Ferdinand frente al Sena, sintiéndose arrastrado por una corriente abrazadora; Henry frente al Sena, intentando cifrar el sentido del paisaje; Aránzuru en el muelle, contem-plando la mancha de grasa en el río sucio. Sin embargo, se trata y no se trata del mismo río... El Sena de Céline no es el Sena de Miller ni es el Río de la Plata de Onetti.
El vertiginoso final del Viaje (la sensación de precipitación) contrasta con la armoniosa confianza y tranquilidad en que el personaje de Trópico de Cáncer se halla sumido. Tanto Ferdinand como Henry, no obstante, perciben el flujo del Sena, el movimiento de su corriente. El narrador del Viaje, claro, no hace alusión a ningún "suelo saturado de pasado" (Ferdinand es un francés hastiado de Francia, de Europa, aterrorizado por el poder destructivo de los Estados; Henry, norteamericano, desprecia muchos aspectos de la civilización pero encuentra igualmente una manera de vincularse a ella, a su cultura). Diferente, aunque no distinta, es la posición de Aránzuru en Tierra de nadie. Su río es un río muerto, sin movimiento ("sucio, quieto, endurecido"). El suelo que pisa está despojado de historia, pertenece al nuevo mundo americano. No hay compromisos po-sibles, sólo indiferencia. La corriente es una "corriente sin destino".
Pero lo que verdaderamente importa es la aversión que los tres libros (y los tres autores) comparten a toda forma de sujeción, a todo cercenamiento de la libertad y soledad primordial del hombre. Como se anticipó, los fragmentos comentados condensan la profundidad de cada obra. El furioso e individual viaje de Ferdinand está allí, en ese final, más allá de la primera persona del plural ( "nos llamaba a nosotros"). La profunda independencia de Henry, el alcance de su mirada, en su lúcido juicio sobre la fauna y flora humanas, en la demanda de "espacio". El rechazo a la cultura masificada, en la invisible ciudad a las espaldas de Aránzuru.
Los tres textos y los tres autores se llaman.
Onetti vuelve a referirse a Céline y cita un pasaje del Viaje que resume el periplo de Ferdinand: "Y esto es quizá lo que se busca a través de la vida; nada más que esto: el más grande sufrimiento posible a fin de llegar a ser uno mismo antes de morir".
Miller, hablando de sí mismo y de su Trópico, sostiene: "La publicación de esta obra [...] me abrió las puertas del mundo. Todavía estoy sin dinero y aún no sé cómo ganarme la vida, pero tengo muchos amigos y muchas personas que me desean bien, y he perdido el miedo a la miseria, que estaba convirtiéndose en obsesión. Ahora estoy unificado absolutamente con mi destino y me he reconciliado con lo que pueda ocurrir. No temo en lo más mínimo el futuro, porque he aprendido a vivir en el presente."
Por mi parte, espero haber tentado a que se lea y/o relea alguna –si no el conjunto– de las grandes novelas comentadas. Aunque parezca insólito, creo perfectamente válido empezar por sus finales y malograr el mito de la intriga, sobre todo cuando se juega en los textos mucho más que una simple y sencilla anécdota. Se juega, parafraseando a Onetti, "la verdad, cosa por entero distinta".
Bibliografía:
*"Nota autobiográfica.", El ojo cosmológico. Miller Henry. Ediciones Siglo Veinte, Buenos Aires, 1965.
*"Para Destouches, para Céline.", Onetti / Cuadernos de Crisis, N° 6. Editorial del Noroeste, Buenos Aires, 1974.
*"Sobre fugas, destierros y nostalgias en la obra de Onetti." Aínsa, Fernando. Juan Carlos Onetti / Premio Miguel de Cervantes. Anthropos, Barcelona, 1990.