Antonio Cervantes
Parecería (ciertamente lo es) una grosera pretensión intentar un decir sobre Juan Carlos Onetti a no mas que tres encuentros con su obra. “El pozo”, al que arriesgo sin duda será lo mejor que siempre podrá ofrecernos -juego a ello un revés de boca con la alegría de saber que de perder la apuesta encontraría regocijo en lo mejor de la narrativa latinoamericana-, “Cuando ya no importe” al que siempre se le hará una lectura desbocada tras leer su primer párrafo (una hermosa extensión de la palabra desarraigo), y “Juntacadaveres” ultimo grato encuentro del que ya de su final han pasado dos días y ha dejado tal motivación que ahora intento estas líneas. Siguiendo con mi grosera pretensión intentare excusarla en una conversación que me ha obligado a lanzarme (puede ser un salto al vació y sin paracaidas, pero a esto lo mueven a uno los pequeños afectos construidos) a decir algo sobre Juan Carlos. Compartiendo líneas de “Juntacadaveres”, se vino sin mas ni mas mediando una nocturna conversación un comentario de este tipo:
-Sus personajes son unos conformistas, y su literatura, una literatura del decaimiento, de una calidad narrativa excelente, evidentemente, pero de unos efectos catastróficos.
Recibí este comentario como una bomba que te estalla a tres pasos y a la que no sabes con que argumentos responder frente al aturdimiento. Esto me ocurre de manera general simple que me hacen el comentario de un autor por el cual siento gran aprecio (que aun no he sabido como hacer para que no termine en devoción). No soy un ilustrado por lo cual no tengo recursos literarios de donde echar mano, pero hacer una defensa para argumentar el criterio y la calidad de un escritor desde la emotividad y el gusto que me genera me parece una vulgaridad. Así que intentando conciliar la ignorancia con el raciocinio intente la respuesta:
-Puedo aceptar, como se acepta a la gravedad, es decir de manera innegable, la afirmación de los efectos catastróficos, y comparto como es evidente la afirmación del merito de su escritura; pero la palabra conformista, con la cual tildas sus personajes, me afecta los güevos.
-Observa simplemente a Larsen; en sus múltiples apariciones es como si quisiera espabilar cualquier intento de afecto que llegara a su lado.
- Los personajes de Onetti saben reconocer su estado; saben responder frente al desasosiego. No toman tal estado como un paso transitorio a la sonrisa siguiente, al cual haya que darle prisa y no entregarle reconocimiento. La tristeza y el abandono no se eligen, por lo cual el conformismo no cabe por no haber alternativa hacia la cual dar el paso. Solo se es conformista cuando teniéndose alternativa, se permanece en un estado indeseable… No me siento cómodo para hacer alguna defensa (no la necesita) porque te estoy hablando desde la predilección de ese estado de felicidad, desde ese punto del que Onetti supo desprenderse (por el cual no se niega a pasar pero se rehúsa a pretender permanecer), con lo cual pudo lograr su literatura. Fuera de eso nadie sabe reconocer y ser tan sensible al afecto cuando este se presenta, para no pensarlo ni requisarlo a su llegada, como Juan Carlos a través de sus personajes; o no recordas aquellas líneas de “El Pozo”:
“El amor es algo demasiado maravilloso como para que uno pueda andar preocupándose por el destino de dos personas que no hicieron mas que tenerlo de manera inexplicable.”
Esas líneas como otras, me habían conmovido desde su primera lectura (y amarrado en mi memoria de tanto recitar), y sirvieron sino para encontrar una empatía en las opiniones, para motivar algún buen recuerdo, con cual lo cual me dio entre su sonrisa y silencio, tiempo para preparar mi ultima arremetida.
-Lo que tiene Onetti por delante es la vida completa, esa, la de inodoro y mantel con velas, que no se corta ni se edita, a la cual sabe agradecerle el beso y el bofetón, y a cada cual componerle a gracia de moverle el sentir, sus necesarios párrafos.
Recordando ella que esta conversación había surgido animada al término de mi, nuestro, tercer encuentro con Onetti, Juntacadaveres, decidió cerrar:
-Tres cartas no son suficientes para jugar al poker, así que espero encontres los dos volúmenes de sus cuentos completos y podas volver a pasar por aquí, que ya creo, animando otra noche, sabremos compartir.
Yo por mi parte después de que se fuera quede con algo más por decir. En Juntacadaveres reincidió Díaz Grey, emblemático personaje Onnetiano (y aquel que lleva mi favoritismo absoluto por su desinteresada y contundente opinión), esta vez intermediando por momentos como mensajero en una disputa movida por intereses de dar vida o no a un prostíbulo en la no menos enigmática ciudad onettiana de Santa María. Tras una discusión en el propio prostíbulo entre Hensen y Marcos, promotores ambos del pro y contra, en la que buscaron ambos la aprobación Díaz Grey para sus opiniones debido al respeto que le tenían, este decide salir y mientras camina bajo la noche sanmariana divaga:
“Saber quien soy. Nada, cero, una compañía irrevocable, una presencia para los demás. Para mi, nada. Cuarenta años, vida perdida; una forma de decir porque no puedo imaginarla ganada. Algunos recuerdos que no es forzoso que sean míos. Ninguna ambición colocada fuera del día siguiente. Hay sentimientos de amor, solidaridades con paisajes, luces, cielos, bestias, vegetales, niños, gente que sufre, actos de bondad, mujeres jóvenes y graciosas. Tal vez convenga no hablar de sentimientos, sino de impulsos de ternura, breves, satisfechos por si mismos. Este que está sentado en este banco: nadie, para mí.”
Mientras la pluma tambalee y no alcance a ser lo suficientemente parca para no embadurnar terriblemente las líneas, tomare a préstamo (como no estar tentado) tus líneas Juan Carlos, para intentar decirme. Finalmente la palabra propio es la mas extraña a su esencial naturaleza.