"Los adioses" de Juan Carlos Onetti

M. Dávalos

Hay una distancia que separa dos mundos: el del almacén y el del hotel, en la sierra. Dos puntos que unen la recta. En la sierra, cuesta arriba, hay un hotel con enfermos sentenciados, mientras abajo, en el almacén, caverna del pueblo, dominan los sanos, especuladores, rastrillos de la mirada. La voz narrativa de esta breve novela es la de uno de estos, el dueño del almacén.

El narrador, observador, inquisidor, luego de perder su indiferencia, comienza a sentir lástima sobre uno de estos enfermos, un ex basquetbolista taciturno, en notoria decadencia física, con unas manos llamativas que detonan (de una vez y para siempre) la atención del relator. Este enfermo parece sentirse ajeno a su realidad, a encerrarse en el sanatorio en busca de una posible salida. En cambio el narrador es displicente, de inmediato se encuentra en otro plano, sabe que las historias vienen a él, se posan sobre su mostrador, colocan sus labios sobre sus vasos, pero ésta en particular comienza a obsesionarlo y el detonante quizá son los cambios bruscos de modismos que ve en este enfermo. Comienza a desconocer, a sospechar, a sufrir por su propia mirada, su propia miseria. Comienza a sospechar de todo y, al notar la presencia de una serie de cartas y luego de dos mujeres (la de aire de matrona, ancha, de gafas oscuras junto a un botija de cabeza rapada, y la otra, de menor edad, inocente e intocable) que aparecen en la vida del enfermo, la incredulidad lo abruma. Le duele cuando el enfermo baja a esperar al tren, su pose acompañada con su mejor traje y sombrero, y verlo irse junto a la joven visitante, juntos hacia la sierra, a ese otro mundo, inalcanzable para él.

Cada una de estas dos mujeres es tan distinta de la otra como lo es el almacén de la retirada sierra, como lo son los sobres que envían: los de “letra de mujer, azul, ancha, redonda, con la mayúscula semejante a un signo musical, las zetas gemelas como números tres”, y los otros, color madera (“casi siempre con un marcado doblez en la mitad, escritos con una máquina vieja de tipos sucios y desnivelados").

Hay personajes que deambulan en ese almacén de piso de tierra: el enfermero, la mucama, el doctor Gunz, Andrade, permiten a la trama moverse en esa interpretación desleal, tiznada por una inconsciente envidia. Tocan de oído, entienden poco. Asimismo, la culpa se reparte en otros personajes menores, quizá hasta en los sosegados movimientos del botija que escolta a la mujer de gafas oscuras.

Como en el conjunto de su obra, Onetti maniobra, pero no tanto a sus personajes, ya que estos no sufren de excesivos manoseos, sino que el compromiso se encuentra en los movimientos y en la quietud; ahí, en esa estridencia que radica en el silencio de estos como en los espacios donde se ven atrapados. El gran acierto del escritor uruguayo en esta novela es confiar en su voz narrativa que deviene sugestiva al lector, que debe ver más allá de las confidencias del almacén y meterse en la sierra (el hotel, la casa de las portuguesas), en lo que poco se describe, que en gran parte se desconoce. Hasta ahí no llega el narrador y de cierta manera lo vuelve un entrometido más.

Los adioses es una historia de amor. Asimismo, es un particular obsequio de Onetti a uno de sus amores, Idea Vilariño. Se ha dicho por ahí que fue “lo que le salió” en el momento. Según como se desarrolla la narración, es baladí para el lector buscar ciegamente a la poetisa en estas páginas. Pero parece que en varios párrafos se vislumbra y de manera más que aceptable, en pasos, manos tomadas y separadas. Luego, el resto: la lucha de la literatura, que se desarrolla entre la muerte y la vida; y el adiós final, concebido en esa última mirada (que de inocente frescura deviene tempestuosa conciencia) de la joven frente a lo ineludible, para convertirse de inmediato en un esclarecimiento, crudo, fiel, para jamás olvidar.