El astillero de Juan Carlos Onetti: Análisis literario

Omar Delgado

La anécdota
Onetti nos relata en “El astillero”, la decadencia y muerte de Junta Larsen, apodado “Junta cadáveres”. La historia comienza cinco años después de que este individuo fuera expulsado de Santa María por el gobernador. Él es un hombre en sus cuarenta, de elegancia forzada y un pasado turbio que se irá dibujando en el transcurso de la novela. Larsen llega con ambición, a radicar a Puerto Astillero, ubicado a una hora de Santa María, y pide trabajo como gerente general en el astillero del lugar, propiedad de Jeremías Petrus. Al mismo tiempo, el taimado Larsen corteja a la hija de su patrón, una mujer hermosa, en la treintena, con retraso mental.
Interés hay detrás de la actitud de Larsen, pues espera heredar, al casarse con la única hija de Petrus, la fortuna del dueño del astillero; sin embargo, los hechos desmienten las pretensiones del hombre, pues encuentra la empresa naval arruinada, apenas habitada por dos empleados más, aparte del dueño mismo: Gálvez, el director administrativo, y Kunz, el director técnico. Gálvez, un hombre de edad indefinida, cínico y desparpajado, tiene en su poder una prueba que puede hundir a Jeremías Petrus: una acción de la compañía, falsificada, que en su momento mandó hacer el anciano dueño para capitalizar a la empresa.
Larsen comienza a intimar, y a ganarse la condescendencia (nunca la confianza), de sus dos compañeros, y de la esposa de Gálvez, una mujer encinta con la que el director administrativo vive en una covacha miserable. Este revela a Junta cadáveres, paulatinamente, algunos de sus secretos, como las ventas de activos (máquinas viejas, deshechos metálicos) que él y Kunz realizan para sobrevivir —ninguno ha cobrado sueldo, aunque la nómina lo registra, desde mucho tiempo atrás— y la existencia del certificado falso, que Gálvez guarda celosamente, esperando el momento de usarla para destruir a Petrus.
En un viaje de negocios, el anciano y Larsen se encuentran en Santa María, y el segundo le revela la existencia de la prueba inculpatoria. Petrus, un viejo senil, que vive de fantasías y promesas de futuras glorias para el negocio, le da a su prospecto a yerno la consigna de conseguir el certificado. Larsen, antiguo explotador de mujeres y dueño de un encanto persuasivo y patético, intenta conquistar a la mujer de Gálvez para conseguir el certificado. Cuando lo logra, la esposa del segundo le revela que esa misma tarde el director administrativo salió con rumbo a Santa María con la intención de hacer la denuncia. Petrus es encarcelado, y Larsen lo visita en la cárcel, donde escucha por última vez los desvaríos y esperanzas del viejo, quien le pinta un futuro próspero para el astillero y para ellos. Junta cadáveres regresa solo para seducir a la gobernata de Angélica Inés, y regresa a Santa Rosa. El final plantea la muerte de Larsen en Rosario, una semana después de su huída, víctima de la pulmonía, consecuencia de estar expuesto al frío del invierno Argentino.

Lo destacable. La narrativa
Onetti es artífice de una prosa densa y desesperanzadora, que se acciona por medio de algunos trucos de redacción, tales como el uso de frases largas y complejas, o la descripción de figuras poéticas que requieren elaboración lógica por parte del lector. Estos artificios crean una narrativa difícil, nunca aburrida, en la cual el lector tiene que ir a tientas, como si caminara a través de un pantano, dando a su lectura una velocidad media: una velocidad muy rápida lo haría incomprensible, mientras que una detallada en exceso haría que el lector se perdiera entre los pliegues de la novela. Este tipo de narrativa crea una sensación de cansancio, muy acorde con la situación narrada, y con la decadencia de los personajes.
Desde la redacción, algunas características de Onetti en su obra, “El astillero, son:
a) El uso de frases largas, con muchos incisos, frases subordinadas y coordinadas, que le exigen al lector una atención absoluta en la obra. Ejemplo: “...Dos días después de su regreso, según se supo, Larsen salió temprano de la pensión y fue caminando lentamente —acentuados, para quien pudiera reconocerlo, el balanceo, el taconear, la gordura, aquella expresión de condescendencia, de hacer favores y rechazar el agradecimiento— por la rambla desierta.
b) Descripción a través de acciones. Ejemplo “... Petrus sonrió de improviso entre las largas patillas chatas...”
“... Larsen esperaba inmóvil en el cajón, el cigarrillo colgándole con indolencia de la cara... “
c) Personalización de los objetos y las características de los mismos: “... rodeado de las camisas a cuadros de los camioneros...”
Otro ejemplo: “...El silencio se hizo un poco más que grave, como si se hubiera liberado de los murmullos que le habían estado mordiendo los bordes...”
Otro más: “... Los perros se acercaron a olerle el frío...”
d) Uso de frases complejas, perfectamente manejadas y delimitadas por medio de la puntuación. “...Saludó tocándose el sombrero y revisó todos sus cálculos acerca de la edad de la mujer. Estaban en el centro de una nube, concluidos e incrédulos, y ningún rumor llegaba para ayudarlos...” (Aquí Onetti corta la ambigüedad con el punto y seguido. El lector se percata de que el “estaban” y la frase siguiente, se refiere a los personajes y no a los cálculos de Larsen).
e) Las frases largas, profundamente descriptivas, también retratan, además de la escena, el estado de ánimo de los personajes. Ejemplo: “ ...Solitario en el mostrador, volviendo la cabeza hacia la tormenta y el río, hacia el origen impreciso del olor de podredumbre, a profundidades excavadas, a recuerdos muertos que se habían filtrado en el salón del Belgrano, Larsen pensó en la vida...”
f) Pleonasmos utilizados dentro de los diálogos internos de los personajes, que acentúan reflexiones y emociones de los mismos. Ejemplo: “... No hubo mujeres, sino una sola mujer que se repetía, que se repetía siempre de la misma manera...”
g) Uso de figuras poéticas complejas. Onetti huye los facilismos, y nos entrega imágenes que requieren una elaboración racional por parte del lector, lo que le da el ritmo a la prosa. Ejemplo: “ (Hablando de Angélica Inés)... Y como ella no era nadie, como solo podía dar en respuesta un sonido ronco y la boca entreabierta, embellecida por el resplandor de la salida, Larsen prescindió pronto de auditorio...”

Lo destacable. La atmósfera y los personajes
La prosa de Onetti remite al lector a una atmósfera oscura, decadente, tan corroída como los restos del astillero de Petrus. Sus trucos narrativos no hacen sino acentuar esta pesadez, la desesperanza de un lugar extinto, muerto, y de unos personajes que caminan pesadamente hacia su debacle.
Sus personajes son pesados (en el sentido de falta de ligereza, como muestra de vida), sin esperanza. Incluso, el único personaje que ríe lo hace por locura: Angélica Inés, la hija idiota de Jeremías Petrus, la risa de ella, más que iluminar, estremece. Es de carcajada agorera, tétrica, que proviene del caos, y no de la alegría. Onetti nos da, una y otra vez, muestras de esta atmósfera:
“... Me asusté por que era la primera vez en mucho tiempo que tenía aire de sentirse feliz...”
“... Señora —murmuró y quedaron mirándose fatigados, con una leve alegría, con un pequeño odio cálido, como si fueran de veras un hombre y una mujer...”
“... Había tenido una esperanza de interés, de salvación, y la había perdido: odiar a Gálvez, encontrar un fin en el odio, en la resolución d venganza, en el cumplimiento de la serie de actos necesarios para el desquite...”
Acerca de los personajes, Onetti nos retrata un ejército de fantasmas, tan decadentes como el mismo astillero, aferrados a su locura o a su odio como un medio de supervivencia: Larsen, tratando de ganar un futuro luminoso e inexistente; Gálvez, con su certificado falso, su promesa de venganza. El viejo Petrus y sus desvaríos. Las mujeres con Onetti están muy difuminadas, siendo las más relevantes Angélica Inés y su no-ser de la locura, la mujer de Gálvez, con su preñez sin esperanza y Josefina, la gobernata, con su cinismo agrio. El autor va dibujando los personajes poco a poco, mostrando cada una de sus facetas, todas opacas, conforme corren los acontecimientos. A los principales (Larsen, y en menor medida, Angélica Inés), los define tanto con descripción como por diálogos internos. En tanto, a los secundarios, los relega a dibujarse por medio de los actos. Incluso, llega a utilizar la descripción, tipo “Ficha policial”, para algunos de los menos importantes. Ejemplo “ (Hablando del doctor)... Pero él, Díaz Grey, este médico de Santa María, solterón, de casi cincuenta años de edad, casi calvo, pobre, acostumbrado ya al aburrimiento y a la vergüenza de ser feliz...”
En los diálogos internos, los más intensos son los de Larsen, siempre interpretados por l narrador. Ejemplo: “...estuvo analizando a las mujeres con una especie de aterrorizada fascinación, y acaso pensó que un Dios probablemente tendría que sustituir el imaginario infierno general y llameante por pequeños infiernos individuales. A cada uno el suyo, según una divina justicia y los méritos hechos...”.

Lo destacable. El narrador
Quizá uno de los rasgos más distintivos dentro de “El astillero”, de Onetti sea el uso del narrador. Este, según definición académica, sería un narrador en tercera persona, profundamente emparentado con uno de los personajes. (Larsen), y en menor medida con otros (Angélica Inés). Este narrador se proclama, a veces, conciencia colectiva de Santa María, testigo de los hechos, que oculta a veces los mismos en bien de la historia, y otras veces induce al lector. Ejemplo: “El escándalo debe haberse producido más adelante. Pero tal vez convenga aludir a él sin demora para no olvidarlo. De todos modos, debe haber sucedido antes de que Larsen mirara nuevamente la cara de la miseria, antes de que Poetters, dueño de lo de Belgrano, suprimiera las sonrisas y casi los saludos, antes de que terminara el crédito por las comidas y los lavados...”
A pesar de estas intromisiones, nunca llega a ser molesto, pues Onetti lo maneja con la suficiente ambigüedad como para impedir que el lector tenga la sensación de estar guiado, forzadamente, por una dirección dentro de la prosa. Algunas veces induce, pero no obliga.

Por qué leer a Onetti
El autor nos adentra en un pequeño universo frío, con personajes muertos por dentro, que aún caminan y respiran —a comparación de la Comala de Rulfo, este es un espacio lleno de muertos en vida, y no de muertos vivaces—. Onetti maneja las emociones del lector con maestría, alejándose de los facilismos y de las fórmulas hechas. Si bien, su prosa es difícil, nunca suelta el interés del leyente. Podría abusar del símil y compararlo con caminar en un pantano, en donde no se debe andar lento, pero tampoco muy rápido, pues ambas traerían como consecuencia el hundimiento del andante; a pesar de la espesura en los pasos, y de que el aire se enrarece a cada paso, el viajante quiere seguir, obsesionado por llegar al fondo.