El cuento del tío según Ontetti

Rogelio Demarchi

A casi 50 años de su primera edición, vuelve a aparecer "Para una tumba sin nombre", novela corta del autor uruguayo. La editorial Punto de Lectura está publicando la mayor parte de los títulos de la saga ambientada en la ficticia Santa María.

Santa María es una ciudad extraordinaria. Tiene funebreros para todos los gustos. Para los habitantes viejos, de la primera época, y para los recién llegados; para los hipócritas sentimentaloides, y para los que enfrentan la realidad sin remilgos porque saben que la muerte es tan sólo un negocio.

Santa María es la ciudad que fundó, en un paisaje rioplatense, Juan María Brausen, al imaginarla como parte de un guión cinematográfico que jamás llegó a filmarse. No importa. El arte, porque es invención, es todopoderoso. Así que allí está, en la plaza central, plaza vieja o circular, la particular estatua que lo recuerda.

Santa María define un antes y un después en la obra del uruguayo Juan Carlos Onetti (1909-1994) y en la literatura latinoamericana. Esa ciudad –esa sociedad– es el corazón de una saga construida con paciencia de obsesivo desde la década de 1940 hasta su muerte, que une con intrincados lazos intertextuales ocho cuentos, seis novelas y cuatro nouvelles. Para una tumba sin nombre, originalmente publicada en 1959 y ahora reeditada por Punto de Lectura, es una de esas narraciones.

Los enigmas de una farsa. Santa María, como toda ciudad o pueblo que se precie, tiene una elite, aquí designada como “los notables”. Son ellos –entre otros, el médico Díaz Grey, el joven Jorge Malabia– quienes normalmente narran las notables historias que allí acontecen. En Para una tumba sin nombre, sin ir más lejos, Malabia le cuenta el cuento a Díaz Grey, quien se lo cuenta a los lectores.

Y en el centro de ese cuento que se arma y se desarma una y otra vez hay una tal Rita, que se ha criado en casa de los Malabia pero que aquí es protagonista de una historia soez y marginal que transcurre en Buenos Aires: en los pasillos de la estación ferroviaria de Constitución, Rita, munida de un chivo, engrupe a ingenuos transeúntes que creen el cuento de la provinciana recién llegada a quien sus parientes de la capital no vinieron a buscar. En una palabra, Rita les hace el popularmente llamado “cuento del tío”.

Un sanmariano la descubre, cuenta la novedad en el club y la noticia llega a oídos de Jorge Malabia y su amigo Tito, que viven cerca de la estación mientras cursan su carrera universitaria. Saberlo y desear reingresar en la intimidad de la mujer son, para Malabia, dos pasos de una misma danza que tiene por objetivo desentrañar hasta el último secreto de la farsa y, llegado el caso, por qué no, formar parte de ella.

Sólo versiones. Narrada desde el punto de vista de Díaz Grey, la novela está organizada en seis segmentos que recogen las distintas versiones que Malabia y Tito le brindan del asunto al médico a lo largo del tiempo, así como el “lado oscuro” de la historia que el propio Díaz Grey imagina y escribe. En consecuencia, el relato se va tiñendo de incertidumbre y las afirmaciones del narrador son introducidas por enunciados que relativizan sus dichos: “es posible”, “tal vez”, “debe haber sentido”, “puede ser imaginado”.

Así, el secreto nunca termina de ser revelado y lo poco que se logra saber queda entre paréntesis, a mitad de camino entre la realidad y la invención; y es ésta, además, la única que puede saciar la curiosidad que despierta aquélla. Esa es, en última instancia, la versión sanmariana del “método científico”: quien quiera aproximarse a la verdad de cualquier cosa, debe tirarse en una cama e imaginar, inventar la mejor solución para el problema que lo acucia, a partir de los pocos datos inobjetables que tenga.

(A propósito: un “método” que tiene siempre notables cultores. Brausen inventó Santa María tirado en una cama. Onetti inventó a Brausen de la misma manera. Y en este relato más de uno seguirá sus pasos.)

¿Y cuál es el cuadro de la realidad que dispara esta historia? Ese absurdo, por patético, velorio que Malabia monta para una mujer cuya identidad pretende ocultar, donde él y un chivo son los únicos deudos que asisten, que desde un principio llama la atención de los funebreros contratados, y al que se asoma Díaz Grey por casualidad en su punto culminante: el momento del entierro.

De esta manera, se establece una cadena que finalmente cobra sentido: Rita, Malabia y Tito, Díaz Grey, todos asumen por igual el desafío de contarle un cuento a alguien. Es imposible no ver que allí se configura una metáfora de la escritura misma, que en última instancia ese es el desafío que sostiene el trabajo de un escritor. En el caso concreto de Onetti, como lo señaló en las pocas ocasiones en las que aceptó hablar del tema, vivió ese desafío como un vicio, una pasión y una desgracia.