Luis Mateo Diez
Hay lugares que sólo existen en las palabras y que sólo en ellas pueden habitarse. Lugares de la imaginación que las palabras procrean o edifican. Son sin remedio espacios, territorios de la irrealidad, pero su existencia obtiene, a veces, tal poder y fascinación que están más cerca de la eternidad que cualesquiera otros territorios de la realidad y la vida.
Recuerdo algunos y, al nombrarlos, no me es posible orillar cierta sensación de deslumbramiento y extrañeza: Yoknapatawpha, el más confuso, profundo y complejo de todos, Macondo que tiene el brillo de una secreta exuberancia, Comala que, por el contrario, tiene el fulgor de la muerte, o Santa María, una ciudad invadida por las propias sombras de sus pensiones y tabernas.
En la ficción contemporánea, el Condado de Faulkner tiene algo de fundacional, yo creo que nadie llegó tan lejos a la hora de acotar algo parecido a un sello de correos, como el propio autor confesaba, en el mapa de los Estados Unidos. Un sello irreal, por supuesto: una huella digital que abarcaba la totalidad de un mundo o, acaso diríamos mejor, de un universo.
La Yoknapatawpha faulkneriana, allá donde el Sur profundo pierde cualquier sentido de la realidad para asumir no sólo el sentido sino también el destino de la fábula, marca un hito inaugural e irremediable. Ese mundo, ese universo, asume también la condición de paraíso oscuro, y de esa condición se impregnan, también sin remedio, la Comala de Rulfo, el Macondo de García Márquez, la Santa María de Onetti o la mismísima Región de Juan Benet.
Crear una geografía de la imaginación sigue siendo un reto al que es difícil sustraerse. A fin de cuentas, toda novela conlleva la ambición de procrear la vida, de conquistar ámbitos imaginarios que contienen la vida que sólo es posible en la sustancia de las palabras que la edifican, y la vida siempre tiene un paisaje, un espacio, un territorio.
Es un reto denodado y fascinante porque, además, en los escritores que han hecho esa conquista, la densidad y significación de sus fábulas tiene una peculiar expresividad.
Esas geografías nunca son inocuas, jamás se quedan en el adorno o en la plasticidad de su apariencia, contienen todo el aliento metafórico de lo que pulula en su interior. Es bastante habitual en ellas una dimensión simbólica y un resplandor oscuro que envuelve a sus habitantes, como si la atmósfera en que los personajes viven fluyera de la tierra que pisan, del espacio que los encierra.
Las geografías imaginarias se establecen como cápsulas que albergan la totalidad de sus mundos, grandes o pequeños, ceñidos a las dimensiones psicológicas, mentales o morales y, a la vez, a esas determinaciones exteriores de su escenografía, nada ajenas unas de otras.
La Santa María de Onetti es un admirable ejemplo de imaginación y ruina. Una oscura ciudad, de extraños relieves, donde los interiores de las tabernas y las pensiones exhalan las sombras asfixiantes de las que se nutre su propio paisaje, las mismas de las sombrías almas de quienes a ella arriban o en ella encuentran su destino.
A los grandes creadores de estos territorios casi siempre se les recuerda por ellos, por el reto extremo de haberlos creado. La metáfora global de sus mundos se sostiene misteriosamente en la huella imaginaria donde radican. Esa huella es su más profundo espejo.