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Burro, perro, bestia ‘Todavía me pregunto por qué aguanté tanto, por qué volví tantas veces. Nos peleábamos y volvíamos a juntarnos, lo echaba, regresaba. Una noche me llamó desesperado para que fuera a verlo. Yo estaba con alguien que me amaba y lo dejé por ir a pasar una noche con él. Y recuerdo que lo único que hicimos fue ponernos de espalda, leyendo un libro él, y yo otro. A la mañana siguiente le agarré la cara y le dije: sos un burro Onetti, sos un perro, sos una bestia. Y me fui’. Se conocieron en el fulgor intelectual de los 50, en los tiempos de la Revista Número. Tiempo magnífico de tertulia y roce: Borges, Bioy, Arlt, Benedetti, las hermanas Ocampo, Emir Rodríguez Monegal yendo de un lado a otro del Río de la Plata. Se tiraba una semilla al aire y germinaba antes de caer. Fue pura pasión. Días y noches de sexo, vino y encierro. Días y noches sin salir a la calle. Los pómulos altos de Idea, la mirada gélida y orgullosa, la sonrisa de Mona Lisa de Idea. Los celos de Onetti, su abrazo posesivo, su incapacidad de expresar ternura. ‘Si te vas, no volvás’ vociferaba él. Ella, que quería vecinato, vínculo de palabra y a lo sumo cama ocasionalmente compartida, soledad suficiente para escribir, fuego cercado por un límite, le volvía loco negándosele. Se iba y al regresar le encontraba bebido, babeado, vomitado y todos sus poemas rotos por los suelos. Profesora de liceo, hija de poeta anarquista y lectora compulsiva, le amaba con saña, pero reconociéndole una amenaza para su vocación. Él, guerrillero de piedras en las calles de la infancia e hijo de un caballero y una dama esclavista del Brasil, quería la clase de amor que había visto entre sus padres. Eran aceite y agua. Nada en común salvo la sed de literatura y el carácter fatalista. No es difícil imaginarles desnudos sobre una cama, mordiéndose, arrancándose la piel a tiras, la bella y la bestia, intentando que un liviano pájaro de luz se liberase en un gemido. Idea era demasiado liberal para el gusto de Onetti, demasiado autónoma, demasiado suelta. ‘Cuando se acepta un tipo de relaciones hay que saber que no será sencillo’ comenta ella todavía cuando le preguntan por el affair, entre una dosis y otra de Ventolín. Poco antes de la muerte de Onetti, náufrago en esa cama de Madrid que decidió no abandonar nunca y acabó devorándole, Idea fue a verle. En palabras de la que nunca miente, ‘el encuentro fue fácil y hermoso’, no como el de aquella noche en la cárcel. Le habían detenido poco después de una de sus rupturas tumultuosas. Tampoco es difícil imaginar la escena. La bestia detenida, la bella Morticia despojándose de su capa. ‘Nos moriremos sin aprender a hablarnos’, dijo ella. Siempre nos costó’, dijo él. ‘Te acordás de aquella vez que llegaste, después de tanto tiempo y estuvimos veinte, treinta minutos sin hablar, sentados, yo en la cama y vos en la silla. Me inhibiste siempre en todo’. ‘Sí’, dice la Bestia. ‘Vos también’, dice la Bella. ‘Una vez me dijiste que no podías comer ni hacer el amor ni… conmigo’. Sí’, comenta la Bestia, mirándola por momentos; por momentos ladeando la cabeza, mordiéndose el labio superior, con una expresión desesperada. ‘Así que yo no sé lo que es el amor. Vos sufrías de amnesia, evidentemente. La primera vez que entré a tu sala del Museo quedé loco por vos. Nunca entendí lo que me pasaba; pero estaba loco por vos’. ‘Nunca me lo dijiste’ comenta la Bella. ‘Nunca entendí aquel deseo de posesión, aquel afán dominador’. ‘No te dejaba ir a clase, es cierto. No podía soportarlo. Y no se trataba de deseo; si no, no sentiría esta horrible ternura que siento por vos’. Hubo zonas en ella que al ser tocadas se pusieron a vivir, zonas a las que la experiencia se fue adhiriendo como una pesada costra. La madurez. La coherencia de un poema como un salvaje acto sexual, el más íntimo de los actos de íntimos. Hubo zonas en él que se pusieron a morir voluntariamente hasta que al final lo obligaron a instalar un alambique en la mesilla de noche, entre los libros de Chandler y Hammett y los cuadernos sucios. Recibía en la cama. Y no. Idea no vivió con Juan Carlos. No crió a sus hijos. No cosió su ropa, no le tuvo en el abrazo tranquilo según fue oscureciendo, nunca llegó a saber por qué ni cómo, ni si era verdad todo lo que él dijo que era, ni qué fue para él, ni cómo hubiera sido vivir juntos, quererse, esperarse, estar. No fue abrazada nunca como esa noche, nunca. Ni volvió a tocarle hasta la muerte. No le vio morir, pero pudo despedirse, ante la mirada de la que mujer que gobernó el mar alrededor de esa cama, que también escuchó, entre el silbido pulmonar de los últimos días, cómo La Bestia le contaba a Idea un sueño erótico que había tenido con ella. Fue fácil y hermoso. Inútil decir más, escribe la Bella. Nombrar alcanza. Inicie sesión o regístrese para comentar | Enviar página | Fuente | Versión para imprimir | 208 lecturas
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