Crónica de un país desafinado

Hugo Fontana

Llego tarde. Me suele suceder. Tarde o después o, si llego, cuando lo hago me descubro parado en la vereda de enfrente. Me ha pasado varias veces, y debo decir que ya no me arrepiento, porque siempre he decidido hacerlo así. En 1989, cuando Tabaré Vázquez ganó la Intendencia de Montevideo, yo me había ido del Frente Amplio unos meses antes con el PGP (99), con la esperanza de poder cambiar estrategia, discurso y estética de la izquierda uruguaya. En 1994, cuando el PGP "ganó" el Ministerio de Educación y Cultura, yo me había ido para mi casa en desacuerdo con el rumbo político y electoral que el partido y la mayoría de sus conductores habían tomado. En 2004, cuando todo el mundo asevera que el Frente Amplio ganará las próximas elecciones y auguran esperanzados que por fin nos libraremos de blancos y colorados, yo me he dedicado a leer a Mijail Bakunin, a Pedro Kropotkin, a Errico Malatesta, a Luigi y Luce Fabbri, y encima se me ha ocurrido escribir y publicar un libro, Historias robadas, que trata de la vida de dos anarquistas uruguayos y de la historia de su movimiento durante el siglo XX.

Tarde o después o del otro lado. Siempre me pasa.

A veces tanto me pasa que, por ejemplo, recién esta semana pude leer el número de fin de año de BRECHA en el que una treintena de hombres y mujeres fantasean acerca de cómo será el gobierno de la izquierda, ese que -todos dan casi por descontado- asumirá en marzo del año que viene. Y entonces sí, después de leer detalladamente a cada uno de los articulistas, debo confesarme con el rumbo absolutamente perdido, porque ya no sé si llegué tarde o demasiado temprano, o antes o después, o estoy parado en la vereda de enfrente o en mitad de la calzada arriesgando me pase por encima uno de esos enormes vehículos que suelen adquirir vida propia, como en las historias de Stephen King y de Eleuterio Fernández Huidobro.

Las dos primeras sensaciones que tuve -desde mi más ingenua y legítima subjetividad- fueron que quienes no pertenecen al Frente no tienen nada para decir, y los que sí están mucho máspreocupados en saber cómo será y quiénes integrarán la nueva burocracia estatal que en confesar que no tienen la menor idea -a no ser la de pedir mayores presupuestos para todo- de cómo empezará a ser el país y las áreas de influencia de los cronistas convocados después de marzo de 2005.

Pero, y lo que es peor aun, unos y otros siguen relativizando la problemática del país en términos de la excluyente antinomia Estado-mercado, sin permitirse siquiera la menor imaginación en materia de vías alternativas de desarrollo, por ejemplo aquellas que potencien las estructuras de autogestión de la sociedad civil -a modo de ejemplo comunidades y cooperativas de producción, trabajo y consumo- a saludable distancia del Estado y del mercado.

Desde hace tiempo vengo sosteniendo que en Uruguay la sociedad civil ha sido desactivada y desarticulada tras décadas de ingentes esfuerzos, que ese proceso tuvo su epicentro durante la dictadura y que, después de haber salido de ella, ningún integrante de la clase política se ha ocupado ni mostrado interés en revertir ese largo, extraño y tumultuoso viaje. Todo esto me ha implicado también sostener que la anulación de la identidad y de las capacidades de una sociedad permiten y/o obligan al desarrollo de un corporativismo que atraviesa hoy todos los espacios de convivencia y de producción material y simbólica con que cuenta nuestro país.

Un breve diccionario con el que suelo manejarme en situaciones como ésta acerca una definición de "corporación" exacta pero pobre. Dice: "Asociación de personas que ejercen la misma profesión". Así planteado, se trataría de un grupo de individuos cuyos encuentros serían por lo general bastante aburridos, pero el camino emprendido por estas asociaciones les ha dado un significado mucho más peligroso: corporación es aquella reunión de individuos cuyo "cuerpo" o institucionalización pasa a ser más importante que cada uno de los individuos que la conforman. Hay en esta concepción, obvia decirlo, un fundamentalismo. Hay en todo fundamentalismo, también obvia decirlo, un preámbulo al fascismo.

Corporativismo hay cuando el Ejército da cobertura al Pajarito Silveira, obviamente no por sus cualidades humanas sino porque es o fue integrante del cuerpo. Pero también hay corporativismo cuando, tras la crisis bancaria de 2002 y luego de constituida una bolsa de trabajo, AEBU negocia con las patronales que sólo sean restituidos los afiliados al sindicato, y también lo hay cuando algún portavoz del gremio docente sostiene que todo aquel individuo que haya trabajado en la reforma de la enseñanza no podrá acceder a cargos directivos en la futura burocracia izquierdista.

La lista sería grosera y demasiado larga para castigar al lector con ejemplos que ya conoce de sobra aunque quizá no haya estimado lo suficiente. Pero todo es cuestión de orden. Hay que tener un orden incluso para llegar tarde, o después, o antes, como suele pasarme.

Hay un ordenamiento simbólico que toda sociedad determina o padece, según sean los tiempos que corran. Realista absoluto, me ha seducido siempre conciliar, al menos en el terreno de la fantasía -para eso escribo cuentos y novelas-, con el idealismo, y mucho más si éste es deliciosamente excesivo, deliciosamente absurdo. Hace muchos años Jorge Luis Borges escribió un cuento formidable, "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", en el que imagina un mundo donde las cosas sólo existen en cuanto haya alguien que piense en ellas, desapareciendo de la faz de ese universo en el momento mismo en que se haya agotado el último pensamiento a su propósito. El cuento termina con una frase preciosa: "A veces algunos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro".

Cuando el 1 de junio de 1994 Juan Carlos Onetti falleció en Madrid, escribí una extensa necrológica en el diario La República, donde por aquel entonces trabajaba. Se me había antojado jugar con aquella idea borgeana y terminaba preguntándome cómo sería Uruguay de allí en adelante, desde el momento en que el hombre que mejor nos había pensado -y sin querer nos había dado un orden como sociedad en el que los valores del amor y del perdón eran superlativos- acababa de morir. Era una pregunta de alguna manera poética, pero creo que ni tonta ni caprichosa, y desde entonces he tratado de aproximarme a la convicción de que alguien, claro que ya sin la justicia y la piedad de Onetti, nos piensa para que existamos, nos ordena para que convivamos.

Durante los últimos días un canal de televisión hizo una encuesta callejera sobre Juan Ramón Carrasco y su estrepitosa selección sub 23. Un vecino dijo algo así: imagínense ustedes a un director de orquesta que ponga al pianista a tocar el violín, al violinista a tocar la flauta, al flautista a tocar los timbales, al de los timbales a tocar el contrabajo... Pues bien, sonamos como arpa vieja, con perdón del vulgarismo.

Es claro que Uruguay necesita un nuevo orden vinculante, que quizás esa tarea dé comienzo con un gobierno del Frente, y que necesita del pensamiento de todos sus habitantes para que sigamos existiendo, ya no como un ruinoso y desierto anfiteatro.

Pero yo, y a pesar de que casi siempre llego tarde o antes o después o por la otra vereda, sigo prefiriendo que nos piense Onetti y no J R. Para desafinados, mire, ya basta con los últimos 50 años.