Onetti y la aventura del hombre

Orlando Gómez Gil

El 30 de mayo murió en Madrid Juan Carlos Onetti, (1909 - 1994), novelista que desde la oscuridad llegó a convertirse en uno de los narradores hispanoamericanos que han logrado interés universal.
El célebre narrador había nacido en Montevideo el 1ro de julio de 1909. Al morir había obtenido el Premio Nacional de Literatura (1963) y el José Enrique Rodo (1991) del Uruguay. El gran reconocimiento a los valores de su obra vino en 1980 al otorgársele el Premio Cervantes, aquí llamado el “Nobel Español”.
Onetti nació con el instinto y la vocación de escritor. En Buenos Aires se inició en el periodismo, siendo jefe de la oficina de Informaciones Reuter y luego Jefe de Redacción de la importante Revista Vea y Lea. En 1954 regresó a Montevideo al ganar la Presidencia Luis Batlle Berea. En Montevideo fue director de Acción, el periódico oficial del partido de dicho presidente y uno de los semanarios más prestigiosos de la América Latina. Tomó asilo político en Madrid en 1976 por la persecución del régimen militar que tomó el poder en Uruguay en 1973.
Su verdadera biografía interna está, sin embargo, en sus excelentes novelas y cuentos. Sufrió la mala suerte, tanto en los cursos a los que envió sus obras como respecto a cierta incomprensión de la crítica y el público a sus obras. Pero “descubierto” hacia los años sesenta, fue colocándose al lado de los grandes narradores hispanoamericanos. El mismo ha dicho en 1961: “Yo quiero expresar nada más que la aventura del hombre”. En su obra, terriblemente pesimista, se notan las influencias del existencialismo y de la literatura del absurdo, y las personales de John Dos Pasos, Pío Baroja, Kafka,
Sartre, Celine, Roberto Artl, Henry James y, especialmente la del norteamericano William Faulkner.
El narrador uruguayo ha escrito unas nueve novelas (largas y breves) y alrededor de veinte cuentos. Ambas formas de narración son de una excelencia extraordinaria. Su primera novela, Tiempo de Abrazar (1933) está todavía inédita. En su primera obra publicada, El pozo (1939), encontramos ya algunos elementos constantes de la narrativa de Onetti. Eladio Linacero, el protagonista, un escritor novel, es un escéptico que huye del compromiso personal, de la acción y que confiesa su absoluta falta de conciencia social.
Pertenece este gran narrador a una generación de escritores uruguayos que han tratado de orientar la literatura nacional según los reclamos de la literatura universal contemporánea. Se le ha llamado la “generación perdida” que alcanzó la madurez hacia 1940, época de la revaluación intelectual del país.
Aquí encontramos algo que aparecerá en casi todas sus obras: sus personajes son más bien seres grises que ya están condenados desde que comienzan a vivir, que consideran la vida como algo absurdo e inútil y que viven atados a circunstancias que no desean y de las que no pueden deshacerse, aunque lo intenten. El primer libro suyo que atrajo la atención crítica y que obtuvo un premio en un concurso organizado por la Editorial Losada, fue en Tierra de Nadie (1941), cuya acción transcurre en el Buenos Aires de 1940. El mismo Onetti ha dicho: “Pinto un grupo de gentes que, aunque puedan parecer eróticas en Buenos Aires, son, en realidad, representativas de una generación. En el país más importante de Sudamérica, de la joven América, crece el tipo de indiferente moral, del hombre sin fe ni interés por su destino”.
Onetti incorpora su intimidad y la deja ver a través de sus personajes. Este recurso es más visible que nunca en La vida breve (1950), considerada por algunos como su obra maestra hasta el momento. Aquí el autor presenta su filosofía de que una persona puede vivir varias vidas breves, compartírselas, transferírselas mutuamente. El protagonista Juan Macía Brausen, un empleado insignificante de una firma publicitaria, se sueña múltiples personas a fin de huir de la lobreguez de su vida. Se le considera entre las grandes novelas de Hispanoamérica en el siglo XX.
Otro ejemplo de la madurez artística de Onetti lo encontramos en El Astillero (1961), verdadero acierto narrativo, con un penetrante poder psicológico. Forma parte de las novelas que tienen a la ciudad de Santa María —invención de Onetti— como escenario. Aquí el protagonista Larsen quiere revivir un astillero que fue en un tiempo un negocio floreciente, pero ahora está quebrado. La obra bien puede representar una alegoría de la decadencia política de su país y también el poder de redención de los males hechos en el pasado y el proceso de espiritualización de un individuo. Por sus grandes méritos, se le debe considerar una de las creaciones realmente grandes de Hispanoamérica.
Su próxima novela Juntacadáveres (1964), es realmente de redacción anterior a El Astillero y en este orden deben leerse para comprenderlas mejor. En esta novela vuelve a demostrar una maestría absoluta. Larsen —en acción anterior a la de El Astillero— dirige un prostíbulo para darle rienda suelta a su inconformismo y lograr el gran sueño de su vida. El libro pinta la reacción del pueblo, los intereses políticos, la oposición de la Iglesia, de las asociaciones cívicas y las damas benéficas. La obra tiene puntos de contacto con La Casa Verde (1966) de Vargas Llosa. Enviadas ambas, cuyos méritos están parejos, a un concurso de novelas celebrado en Venezuela, ganó la del peruano, a pesar de estar a la misma altura de valores.
Ya residiendo en España, publicó la novela Cuando entonces (1987). El asunto se centra en la historia de una mujer que vive y se va destruyendo en un mundo de prostíbulos. Sin alcanzar el valor de sus grandes aciertos, la obra interesa como relato de amor y sacrificios que vive la protagonista principal.
La última novela de Onetti fue escrita en Madrid desde su cama de enfermo y lleva por título Cuando ya no importa (I994), en la cual vuelve a sobresalir el extraordinario genio del novelista para recrear los ambientes y estados anímicos más variados e increíbles a través del lenguaje. La novela trata de la vida de un contrabandista y está construida más que en forma de diario, en los apuntes inconexos, sin cronología ni fechas de una bitácora de navegante. El ambiente es tenso, sombrío, salpicado aquí y allá con los rasgos de ternura y el típico humor del autor.
Nada más adecuado para terminar este ensayo que transcribir las palabras de Ernesto Sábato —otro de los grandes de la novela hispanoamericana contemporánea— cuando al enterarse del fallecimiento de Onetti en Madrid, escribió: “Onetti fue uno de los grandes escritores de la lengua castellana que alcanzó a convertirse en un autor universal. El gran narrador uruguayo —continúa Sábato fue un hombre muy introvertido e individualista, casi recluido en sí mismo. Ninguno de los dos fuimos personas de capillas literarias. Éramos independientes ... A ninguno de los dos nos gustaba la vida literaria, esas especies de logias a las que son tan propensos algunos escritores”.