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La novela existencial de Juan Carlos OnettiJavier González La publicación de las obras completas de Juan Carlos Onettí en 1970 permitió ver con facilidad la parábola creadora de este pionero de la nueva novela. El pozo, se publicó en 1939, en esta novela el protagonista Linacero, cree haber alcanzado el “escepticismo casi absoluto” y un rechazo total de sus prójimos: una especie de ataraxia , una pseudoserenidad, pero en este desasimiento de todo hay una gran angustia. En El astillero (1961), la novela más importante de Onetti, el protagonista, Larsen, hace un descubrimiento semejante: Larsen y Linacero experimentan el mismo asco y cansancio ante el espectáculo de una vida sin sentido que están como obligados a contemplar. Sufren y son conscientes de ello: sufren por algo abstracto: en Linacero un desconcierto ante la vida y en Larsen el presentimiento de “el hueco voraz de una trampa indefinible” de la que no se puede escapar. La única salida es un retorno hacia algún tipo de fe (Linacero admite varias veces esta carencia). Sin fe solo queda la conciencia de la condenación al absurdo existencial y el recurso a tristes sucedáneos. El sucedáneo de Vinatero es la ensoñación: vive en un tugurio mugriento, pero se refugia en sueños de amor y de aventuras, estos sueños lo enajenan del mundo cotidiano y de los hombres; la incomprensión de estos le hiere en lo más íntimo de su ser, y le convence cada vez más de la radical incomunicación que aparta a cada individuo de todos los demás, estos cuentos al final los escribe refugiándose así en la creación literaria. Onetti crea obras de arte rigurosamente estructuradas y comprensibles cuya intención es, paradójicamente, revelar el caos existente. De las dos novelas de Onetti de los años cuarenta Tierra de nadie (1941) y Para esta noche (1943) la crítica prescinde casi por completo. En ellas empiezan a definirse algunos temas y técnicas de la “Saga de Santa María”, sus personajes centrales pertenecen a los que en obras posteriores parten ya desde una moderada desesperanza para llegar a la noche o a la nada. Sin energías, sin ideales, sin compromiso con cada ni con nadie, se siente condenados al fracaso y a al falsedad. Onetti manipula las situaciones de modo que el amor y el heroísmo se convierten en tristes farsas absurdas. En La vida breve (1950), el protagonista Brausen, elige otro camino el de la autodegradación consciente. Se rebela contra los valores morales de una sociedad burguesa absurda, para ir de este modo hacia el encuentro de sí mismo. En medio de su vida gris y mediocre de marido hastiado y de empleado mal pagado, y sobre todo de hombre espiritualmente frustrado, se dedica a la tarea de construir eternidades, es posible vivir sin memoria ni previsión. Su vida cambia dando lugar a dos sueños: en uno Branson es Arce, el amante cínico y borracho de una mujerzuela; en otro es Díaz Grey, el médico de una ciudad provinciana, Santa María, viejo y resignado a la inutilidad de todo. Son dos actitudes ante la vida: una activa y otra pasiva, son también dos tentativas de alcanzar lo que anhelan todos los personajes de Onetti: la salvación, la aceptación de la vida. Pero las dos actitudes son igualmente ficticias, el tipo de salvación representado por el doctor Díaz Grey, siendo espectador de la vida “absurda“ en medio de la decrepitud moral de los demás resulta mucho más ilusorio que las momentáneas irresponsabilidades de Arce. El mundo de Bransen/Arce, presentado como real después del asesinato de Queca y la huida del protagonista con el asesino, entra en contacto con el mundo de Díaz Grey (presentado como imaginario). Ninguno de los dos ha logrado más que un precario estado de “salvación”, pero en ambos casos su vida es más positiva que la rutina anterior. La vida breve nace tiene su lugar en la nueva novela, por la intención de autor de recordarnos que se trata de un sueño dentro de otro sueño y que incluso el despertar no es más que un despertar a otro nivel de sueño. Con la vida breve nace la “Saga de Santa María” con ella Onetti toma de Faulkner las técnicas narrativas. Santa María es un triste lugar provinciano, con habitantes “tímido y engreídos, obligados a juzgar para ayudarse, juzgando siempre por envidia o miedo”, gente desprovista de espontaneidad y alegría. A Santa María llega Larsen a realizar un sueño, a cumplir su íntima y humana “necesidad de luchar por un propósito” sin tener verdadera fe en él y sin considerarlo un “fin”. El propósito del protagonista es fundar y regentar un prostíbulo, símbolo paródico de los ensueños del hombre. Juntacadáveres (1964) y El astillero (1961) desarrollan el único tema de Onetti: el hombre que persigue una ilusión a sabiendas de que es una ilusión y además una ilusión absurda. Larsen es un amargo símbolo del hombre: un ente despreciable que pretende imponer una dirección a su vida inútil y sin finalidad, abrazando como un ideal condenado de antemano a un fracaso ridículo. Presenta la Larsen con su sueño de un burdel perfecto, como un hombre de auténtica vocación, que es capaz de sacrificarse para vivir de acuerdo con sus convicciones. En torno a él gravitan varios personajes, todos ellos habitantes de ese mundo tenebroso y maloliente que es, según Onetti, nuestra existencia, y que se resiste furiosamente a verse reflejado en el simbólico burdel de Larsen. En nombre de ideales igualmente mezquinos, por cobardía o por resentmiento, desbaratan el pobre ideal de este y lo expulsa de Santa María. En El Astillero Larsen intenta un último absurdo “regreso a la fe” y comete el error de creer que él mismo pueda inventarle un sentido a la vida. Al asumir la gerencia del astillero de Petrus y al cortejar a la hija semiloca de este, Larden remeda tristemente el papel de los que todavía creen en la acción social o en el amor. Dentro de él operan dos fuerzas contradictorias: “el espanto de la lucidez” y la creencia desesperada de que no nació para morir, sino para ganar e imponerse. La primera de estas fuerzas gana la partida, Larsen se reconoce tal y como era en su juventud: acanallado, pero confiado en las posibilidades que ofrece la vida. Enloquece y muere no tanto de pulmonía cuanto de miedo y de asco. La vida de los hombres continúa siendo absurda e inútil. Onetti dota a Larsen de tres cualidades: la dureza, el coraje y el humor, pero le condena inexorablemente al descubrimiento de que no sirven contra la inutiliada de todo, contra la soledad y contra la muerte. No hay esperanza sino para el escritor, quien encuentra en su tarea creadora “algo de deber, algo de salvación”. El tema de la paternidad se hace explícito en Dejemos hablar al viento (1979). El protagonista esta vez es Medina, el comisario de policía de Santa María, si bien con un pasado criminal, pintor a ratos, y amante de una tal Frieda, cantante y lesbiana. El argumento de la novela tiene que ver con la seducción del hijo putativo de Medina, Seoane, por Frieda y la muerte de esta a manos del joven, que luego se mata. Nos revela el tema auténtico de la obra, el símbolo más importante: la ola que Medina quiso siempre pintar, y que al final aparece en un cuadro que guarda bajo llave en su casa. Onetti insiste en el horror y la repugnancia que inspira la vida comenta el viaje de la gran masa de los hombres “seguros, comunes, callados, recitadores, imbéciles” hacia la muerte que les espera “sin verdadera esperanza ni interés”. Son unos ilusos. Medina y Seoane buscan un estado de indiferencia cínica que la vida se empeña en negarles. Encarnan una desolación espiritual tan intensa que sólo puede expresarse en términos de inmundicia, de podredumbre y de abominación. En 1974 la revista Marcha, en la que colabora Onetti, es clausurada y el escritor sufrió varios años de cárcel acusado de “pornógrafo”. Al salir se exilió en Madrid donde recibirá en 1981 el Premio Cervantes. En Madrid escribió la novela breve, basada en algo que le ocurrió, Cuando entonces (1987). El narrador, un periodista, describe una historia de amor con una prostituta de cabaret que a su vez está enamorada de un agregado militar rico y misterioso, en el exilio dorado de su país. Cuando este se muere en un accidente de avión, la mujer se suicida, dejando al narrador el “duro trabajo del olvido”. Otra vez son su tono habitual de resignación, Onetti nos indica cómo la vida se burla de las esperanzas e ilusiones de individuos condenados de antemano al fracaso y a la soledad. Al visión del mundo de Onetti, según Frankenthaler, excluye la posibilidad de la existencia auténtica. El personaje vive necesariamente en la soledad, soledad necesaria para hallar un sentido de la vida, aunque se vea última instancia imposibilitado por una carencia de libertad o convicción que le conduzca al ser auténtico. De ahí que todos los personajes de Onetti se hunden inevitable e irremediablemente. Con Cuando ya no importe (1993) Onetti se despide de la Saga de Santa María. Al final de su vida, el narrador escribe en forma de diario los detalles de una visita larga a la ciudad, ostensiblemente como ingeniero, pero en realidad para tomar parte en una operación de contrabando de droga. Se trata de un individuo que cree que ya nada le importa, dispuesto como está de aceptar incluso la portería de un prostíbulo de campaña. La novela refleja la desilusión total de Onetti con su propio país, el que la gente quiere emigarar a toda costa. La novela nos ofrece un cuadro de un lugar donde a los campesinos trabajadores los estafan las multinacionales, mientas una tanda de criminales siguen con sus actividades con la colusión activa de las autoridades nacionales y locales. En este mundo el narrador se encuentra con Elvirita, que trae consigo el encanto inocente de la niñez y le ofrece ciertos momentos de felicidad. Intenta buscar cierta armonía que se romperá: Elvirita se convierte con el tiempo en una Lolita cínica y pervertida, Díaz Grey se suicida y al narrador no le queda sino la espera de la muerte. Una frase de la novela:” Todo el mundo era gris, invariable, y sin dar esperanza” parece sintetizar la cosmovisión de Onetti. 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