Nosotros, los onettianos

Nelson Gonzáles Leal

Nosotros, los onettianos, los comedores de salchicha y papas al vapor, que solemos entrar despacio en la noche, cubiertos por una larga chaqueta oscura que nos gusta confundir con un gabán, estamos aquí hoy para no olvidar nunca a Santa María, ni al prodigioso Junta Larsen que siempre marcha a nuestro lado, como un celoso e impasible custodio de la memoria y el desconsuelo.
Nosotros, los onettianos, señores de una larga y penosa digestión, poco dados al consumo matutino de un vaso de agua, y sí a la degustación vespertina de unas dos o tres cervezas, y que además adoramos el vino, acompañado por boloña y queso holandés a la una de la madrugada, es así como apreciamos la ciudad: larga, extensa y femenina, cargada de aditivos para su belleza, faroles y luces con colores de feria, música diversa, diversa entonación del aliento a madrugada y del aroma a sexo reciente que se evade de la piel de sus mujeres.
Nosotros, los onettianos, cultores de los paseos en Metro bajo la elitesca figura del multiabono, rondamos las aceras con pasos decididos a retar el misterio que se acurruca en ellas bajo la noche, y como sabuesos bien entrenados, dejamos que nuestro olfato husmee el olor del orín que dejan los borrachos tras las esquinas y el rancio olor a semen que en la madrugada emanan todos los estacionamientos.
Nosotros, los onettianos, que proclamamos una era invencible con el surgimiento de Santa María madre de Dios llena eres de gracia el Señor es contigo y bendita tú eres entre todas las mujeres que cabalgan sobre altos tacones y rítmicos taconeos entre la oficina y el bar, donde nosotros, los onettianos, morimos cada tanto de tanto dolor perdido entre las tetas recontramanoseadas y el trago bien resabido, debemos considerar nuestra moderna existencia como un canto inútil, como un delirio frívolo, como una estampa añeja, dejada por azar a la mitad de un libro, pese al esfuerzo de nuestro Padre, dueño de la ironía y de la lucidez propia de quien no cree más en el asombro.
Por ello nosotros, los onettianos, andamos la ciudad a grandes trancos, para evitar herirnos con su destino de sombra, de mácula nocturna, de oscuridad y tiniebla devenida a menos, hecha hoy, desde los rápidos canales de sus autopistas, un río seco bordeado por duras piedras, por donde sólo trafica un impasible barco fantasma, ocupado por sombras que ya no asustan y a la deriva.
Nosotros, los onettianos, amamos sin embargo a la ciudad, llámese Caracas, o Santa María.