Dejemos hablar al viento

Alfonso López Corral

¿De dónde han surgido más fantasmas? ¿Yoknapatawpha de Faulkner? ¿Comala de Rulfo? ¿Macondo de García Márquez? ¿Santa María de Onetti? Difícil saberlo. Ahora bien, ¿qué hubiera pasado si alguno de los tres primeros le prende fuego a su respectiva Roma? Onetti lo hizo, y cada día me convenzo más de que nosotros somos ésos seres, que escapamos cuando el embate de las llamas, para invadir, como la miseria o la desgracia, cualquier asentamiento humano digno de llevar el membrete de ciudad.
Hablemos de una de sus novelas. Dejemos hablar al viento. Con capítulos breves disfrazados, como la vida, en primera y tercera persona, que van dibujando, como la ola que sueña con pintar Medina (hondo fantasma), el acto de no pretender asirse a ninguna tabla de salvación que terminará, de una u otra manera, convertida en espuma. Personajes reales, que aparecen con el único motivo de dejar de hacer, de dejar de ser, que no celebran, que no viven, que sólo están, y es ya bastante el esfuerzo de evadir esa responsabilidad, la de simplemente estar.
Son suficientes tres o cuatro personas para poblar una ciudad. Medina, Frieda y Seoane lo demuestran pasando de Lavanda a Santamaría una y otra vez, a veces oscuros quizás por la sombra que han dejado olvidada Larsen y Brausen. Y cuando la luz se hace presente, la luz que nace caminando, viene acompañada del viento, y en conjunción terminan iluminando (sorprenden como el faro al reo evadido) una sombra total, que sería el destino de cualquier fantasma negado a moverse. Como nos dice el protagonista de la novela “no era la felicidad pero era el menor esfuerzo”.
Onetti ya había prefigurado a Medina, incluso le asignó una breve participación en El Astillero. En una entrevista concedida a Emir Rodríguez Monegal, en 1970, le decía, como susurrándole al oído al mismo personaje, que lo potenciaría para ser el dichoso portador de la llave que nos permitiera escapar a todos. Sospecho que Onetti era un bromista, y que una de sus últimas carcajadas se la provocó el hecho de aumentar, él solo, las cifras de los censos poblacionales. Hoy su simiente sigue multiplicándose. Me atrevería a decir que su Santa María también lleva el nombre de Nueva York, Buenos Aires, Madrid, Dublín, etc.