El país de la cola de paja

Ibsen Martínez

Y o, que hoy apenas soporto lo que hay de sensiblero y facilón en la obra reciente de Mario Benedetti, no puedo sino recordar con gratitud y ternura sus ensayos y artículos vertidos en un libro cuyo título usurpa esta columna.
Con gratitud, porque leí El país de la cola de paja mucho tiempo después de su publicación en 1960: corría 1968 y los 'tupamaros' de Raúl Sendic hacía tiempo andaban cortejando, con fiereza guevarista y urbana, la mala hora de una dictadura militar.
Y yo quería saberlo todo sobre el Uruguay contemporáneo y comencé por los discos de Alfredo Zitarrosa. Alguien puso entonces en mis manos El país de la cola de paja .
En sus páginas aprendí para siempre que puede hacerse la crónica de la decadencia de un país y de una civilización sin echar mano a otra cosa que no sea la propia palpitante y personal memoria citadina, sin recurrir a cada rato al cajón de la teoría política y los sociologismos.
Con ternura, porque gracias a El país de la cola de paja , por obra de una especie de magia empática, me hice adepto de Felisberto Hernández y paré en adicto a Juan Carlos Onetti.
En la novela mejor de Onetti El astillero , 1961 un antihéroe llamado Larsen regresa a la apócrifa ciudad de Santa María, infiernillo ribereño de un río sin nombre, e intenta echar a andar un astillero abandonado. Su vida termina fútilmente, en una faulkneriana derrota sin heroicidad.
El astillero ha sido leído ¡ah, los profesores de Literatura! como irónica alegoría de la decadencia y colapso de la sociedad uruguaya, otrora orgullosa de sí misma. Ello es parcialmente cierto, aunque no es su atributo exclusivo de Onetti.
También Montevideanos , de Benedetti, y sus primigenios Poemas de la oficina , transmutan en materia literaria los esplendores y miserias de un país de jubilados, comensales del fisco nacional; los falsos pudores del burócrata pobre y no del todo honrado.
Estas divagaciones uruguayas han querido visitarme mientras leía las declaraciones de Henrique Ball Zuloaga, formuladas al compañero Luis Manuel Escalante, en nuestra edición del pasado lunes 11 de mayo.
Defendiendo su parecer de que es preciso hacer contributivos los sistemas de jubilación, el presidente de Conindustria pone de bulto el hecho de que en el sector público, incluyendo la administración central del Estado, los institutos autónomos, las gobernaciones estadales, las alcaldías y las universidades operan ¡mil trescientos!, sistemas de pensiones que disfuncionan con aportes del fisco nacional.
Ball Zuloaga extrapola la situación actual trescientos cincuenta mil pensionados de un Seguro Social deficitario y corrupto y calcular que en diez años hablaremos de un millón quinientos mil jubilados si no cambiamos con radical urgencia los sistemas actuales. No creo Ball Zuloaga exagere al afirmar que, si a ello se suma la nómina activa estatal, el Estado venezolano se tornará 'financieramente inviable'.
Añade que 'solamente los gastos por concepto de jubilación a futuro serán mayores que el pago del servicio de la deuda externa'. Sus cifras lucen cotundentes y entre ellas destaca una que atañe directamente a la créme de nuestra clase media: el 40% del presupuesto de nuestras universidades se destina al pago de pensiones de jubilados cuyos beneficiarios no han hecho aporte alguno.
Ball Zuloaga evoca la suerte corrida por Uruguay, cuyo sistema de jubilación sostenido exclusivamente por el fisco condujo a una hiperinflación, a la radicalización de un proceso político que dio al traste con lo que por entonces era la democracia más antigua y 'estable' del continente.
Sin proponérselo, la advertencia de Ball Zuloaga ha rozado un tema de antropología cultural; acaso haya dado con la cifra de esa quimera tan perseguida, de ese santo grial de nuestros utopistas telúricos: la escapadiza identidad nacional .
Hasta ahora se nos había dicho que éramos los venezolanos unos dispendiosos sauditas caribeños venidos a menos. 'Panameños con ínfulas argentinas', dicen de nosotros en Colombia. Herederos de las glorias de la generación emancipadora, eso sí. Precursores de cinco repúblicas bolivarianas y todo ese tralalá de Venezuela Heroica que hoy se prolonga en los jonrones de Andrés Galarraga y el Miss Venezuela.
Las cifras de Ball Zuloaga indican más bien que todo lo que ambicionamos es jubilarnos a los 45 años.
Esto explicaría en buena medida nuestra universal mediocridad en todos los órdenes del quehacer humano: un aspirante a jubilado precoz no aspira a la excelencia, se limita a 'gesticular' de cara a la hoja de servicios.
La gesticulación es nuestro fuerte: su emblema mejor es el profesor universitario que agita la bandera de la autonomía universitaria y la gratuidad de la enseñanza pensando en jubilarse a los veinticinco años de servicio y poner una licorería en Puerto Píritu.
¡Si por lo menos el tonel sin fondo del Seguro Social nos deparara de vez en cuando un Juan Carlos Onetti!