Alicia Migdal
Yo releo los cuentos de Onetti en la primera edición popular de sus cuentos completos, una publicación de Cedal de 1967. Me gusta, es tan manejable que ya está deshojada y marca un punto fundamental en su obra. En ella no están cuentos como "Matías el telegrafista", que no había sido escrito todavía, o por lo menos no había sido leído (fue en Marcha 1970 donde se publicó por primera vez), pero está el cuerpo integral de sus cuentos o nouvelles inolvidables, aquellos por los que una vida tiene sentido. Además de ser, en el 67, un necesario operativo editorial, esos cuentos completos incompletos (pero no a la manera lúdica de los de Augusto Monterroso), siguen siendo completos en su enfrentamiento con el tiempo, es decir, siguen probándose como únicos y clásicos, y a mí me permiten leer mis propias y sesgadas lecturas de Onetti, el decurso de mis subrayados y de mis omisiones, las preferencias momentáneas y emocionales. Hacer la lectura en la edición Alfaguara tiene ya un carácter tan definitivo que asusta, porque esos sí son los cuentos completísimos (los que testimonian el final en todos los sentidos, los que aseguran que ya no habrá más), los del pre y el post Onetti, algunos de los que no deberían haberse publicado nunca (los últimos apuntes inéditos) y los que Arca recogió por primera vez en 1974 en Tiempo de abrazar (que se iba a llamar Onetti antes de Onetti y que sólo quedó así como título del prólogo de Ruffinelli) y después Editorial Corregidor reunió en una edición de tapa verde y formal. Ahí está entonces, en Alfaguara desde 1998, extendida ante nosotros, la historia de una escritura y de unos cuantos pocos temas. La espléndida monotonía. La tozuda fidelidad al deseo adolescente, su esplendor y su decadencia. La historia de una escritura que incluye la historia del lector y de sus lecturas.
Lo que fue en mí costumbre hedonista sin finalidad profesional preparaba, sin saberlo, una argumentación en el tiempo, con el tiempo, con cada edición completa de cada Onetti cuentista completo e imperfecto. El verdadero, el perfecto estilista, el soñador que resguarda todavía sus fantasías de la sordidez, es el de la edición de Cedal, aunque ya en la coda de "Justo el treintiuno" había, para mis veinte años, una inesperada traición. Y la coda siguió en Madrid, desde donde nos llegaban de tanto en tanto relatos que auscultábamos con temor de que Onetti estuviera cansado ya de su entresueño, de que el mundo que seguía en su cabeza no tuviera suficiente alimento en la cama de la Avda. América, alejada de Montevideo. Apareció entonces la certeza de que no era verdad que a Onetti le daba lo mismo estar echado en cualquier cuarto de cualquier ciudad . Comprobábamos, así, que la inicial complejidad de "Los niños en el bosque" (1940), con su indagación del deseo adolescente y la sinceridad con que examinaba la turbación sexual de Raucho, que soñaba que la muchacha "escamoteada debajo suyo era Coco sonriéndole como una mujer pintada y barata", se simplificaba tantos años después en aquel "ello" de "Jabón", ni hombre ni mujer, y antes en el niño-niña de "El perro tendrá su día" (escrito en Montevideo, en cuaderno escolar, yo lo vi, me lo mostró desde lejos como una tentación). No se trataba solamente de que lo que llegaba desde Madrid fueran breves esbozos, apuntes cansados; era la derrota del deseo la que atravesaba el océano antes de internet. La fatiga estilística y la sordidez del deseo se habían compenetrado, y de Cedal a Alfaguara hay una línea tendida que da cuenta de ello.
¿Eramos justos esperando siempre lo mejor, más de lo mejor?. ¿No teníamos que sentirnos satisfechos con por lo menos ocho cuentos perfectos, que no paso a enumerar porque son apenas los míos (hablo sólo de los cuentos y no de las novelas)? En distintas ocasiones escribí insistentemente que en 1964, con la publicación de Juntacadáveres, la obra de Onetti había alcanzado su culminación, y que todo lo que siguió publicando nos proporcionó belleza fragmentaria, en un operativo de degradación por el cual escribir era destruir el pasado y la escritura del pasado, cediendo a la fácil sensualidad de las niñas emputecidas. (Elvirita lo sabe). También, que no hay que seguir lamentándolo, que el post Onetti ofrece un interesante material de análisis, por contraste, de lo que hace con su obra un escritor tirado en la cama cuando los sueños son el vector de su escritura pero no alcanzan sin la realidad, sin suficiente realidad externa. El lector que ignore las características del hombre Onetti (le pasó al juvenil Muñoz Molina) podría igual, frente a las 490 páginas de Alfaguara, seguir el mapa del sueño de la muchacha en el tiempo, el tranquilo paroxismo poético y la subsiguiente declinación de la poesía de su prosa, y comprobar que si hay hojarasca literaria a partir de lo escrito en los años 70, la maravilla anterior no sólo se mantiene sino que crece intacta y preservada. Que el posible Baldi y Raucho y el transeúnte de la Avenida de Mayo, y Risso y el hombre que amó a la muchacha de la bicicleta, pueden ser todos versiones en el tiempo de Jorge Malabia, a su vez versiones, quién sabe, del Onetti de los años 30, del que creía y con esa fe tuvo energía suficiente como para cubrir las dos décadas siguientes de escritura, moldeando el perfil de las muchachas.
Hay que hacer como si no supiéramos que Onetti se ensañó con Malabia (y con Díaz Grey, pero esa es otra historia, otra nota) y lo convirtió en un renunciante a la imaginación, a partir de La muerte y la niña, aunque tuvo que recurrir a él en 1978, cuando en "Presencia" un hombre se encierra a soñar con el reencuentro de una desaparecida. Quién sino Malabia podía presentarse en la intermitente cabeza del Zeus acostado en Madrid, y salir de ella frágil y sediento de amor acosado por la realidad de una muchacha en tiempos de dictadura, ese imprevisto que no integraba los tiempos entreverados ni los muertos resucitados en el damero de la ciudad de Santa María, de la que ese dios era su secretario balzaciano, su Bovary. Es.