Sobre Onetti y “La vida breve”

Beltrán Morales

I. Vida de Onetti

De un estudioso de Juan Carlos Onetti tomo estos datos: de niño, este mayúsculo escéptico uruguayo, nacido en 1909, leía las aventuras de Rocambole y las novelas de Alejandro Dumas. (Rara coincidencia, he pensado, pues alguna vez éstas fueron las escasas lecturas de mi madre.) A los catorce años se fuga de su casa; a los dieciocho se amanceba con una prostituta que le da de comer, lo viste y le compra libros. Juega, con notable resultado, en un equipo de fútbol. Siguiendo una recomendación de su maestro Faulkner, consejo que seguramente desconocía por esos días, trabaja en burdeles para ganarse la vida; escribe novelas policiales bajo seudónimos de origen inglés, ejerce el contrabando y compone letras de tango que más adelante cantará Carlos Gardel. Su lazo con el cantante no termina allí: lo conoce, se echan a la tercia y pierde una apuesta. (Qué término de comparación con el petulante Borges, cuyo elitismo llegó a tanto que afirmó detestar a Perón, porque se parecía tanto a Gardel.) En 1938, muy modestamente, se embarca hacia París. Dos amigos lo acompañan: un músico inédito y un vendedor de estampas. Durante la travesía escribe ‘El pozo’, su primera novela; el vendedor de estampas extravía los originales. En un café se topa con el doctor Picasso. Mientras Onetti recita a Bécquer y a Darío, mecánicamente Picasso garrapatea un retrato del uruguayo. El músico inédito hurta el dibujo, que ha de servir de portada para la primera edición de ‘El pozo’ —quinientos ejemplares firmados—; la edición se pierde o se confunde y ahora de esta obra sólo se conservan tres ejemplares valiosísimos. Es deportado, en el ’41, a Buenos Aires. Pasa el resto de la guerra como redactor-jefe de la Agencia Reuter en la Argentina. Sufre una pulmonía. Convaleciente aún, lo encarcelan por “extranjero indeseable” y por vínculos, reales o supuestos, con grupos anarquistas. Escapa de la cárcel, regresa a Buenos Aires y de ahí al Uruguay. Ha vivido exiliado en Madrid.

II. La vida breve

Esta es la cuarta novela de Onetti, publicada en 1950, y una de las once que ha dado a conocer en una ininterrumpida carrera que va de 1939 a 1973. Él mismo declara preferir ‘La vida breve’ sobre todas las demás: es “la de mayores pretensiones” y la que le ha rendido mayores derechos de autor.

Los personajes centrales son Juan María Brausen, publicista, pobre, fracasado; y el doctor Díaz Grey, médico, cuarentón, pobre, fracasado. Algo medular es que el doctor Díaz Grey es una invención, un producto de Brausen, a quien se le ha pedido escribir un argumento de cine ‘que interese a los idiotas y a los inteligentes, pero no a los demasiado inteligentes’. Brausen no se contenta con fabricar, como Dios, a Díaz Grey; fabrica también —papel y lápiz— el contorno en que éste se moverá: la célebre ciudad fluvial de Santa María. Onetti inserta una ficción dentro de otra ficción, desarrollando historias paralelas. Cada personaje inaugura un círculo narrativo, círculos encadenados por un común cordón umbilical. Alrededor de Brausen está su esposa Gertrudis, “gran animal blanco” al que han extirpado un pecho canceroso en una operación; está Raquel, hermana de Gertrudis, que se acostaba con Brausen (‘El misterio eleusino fundamental es aquel que plantea lo sucedido entre el asceta y su cuñada niña. En mis momentos de desánimo creo que moriremos sin resolverlo); está Julio Stein, compañero de trabajo de Brausen, que en determinado momento menciona, como un personaje de Buñuel, la educación jesuítica; está la Queca, prostituta que vive en un cuarto vecino al de Brausen en una casa de apartamentos de un Buenos Aires tristón y sin alicientes; por último, está el mismo Juan María Brausen bajo el nombre de Arce, identidad que se ha creado (artífice a fin de cuentas) para entrar en una relación sádico-alcohólica con la Queca. En cuanto a Díaz Grey, concentra a su alrededor a Elena Sala y a Horacio Lagos: ambos morfinómanos, el doctor les despacha recetas para conseguir la droga. Elena y Horacio forman una especie de triángulo con Óscar Owen, “El Inglés”; triángulo que, deshecho, se rehace con el propio médico.

Han dicho que ‘La vida breve’ se deja leer como una parodia de la novela policial y de la novela de aventuras. Tal vez. Brausen acaba por verse comprometido, junto con el enigmático Ernesto, en el asesinato de la Queca; Elena Sala muere en extrañas circunstancias; y Díaz Grey, en complicidad con Lagos, Owen y una violinista rubia, se ve envuelto en una estafa relacionada con la morfina.

Pero si el argumento de ‘La vida breve’ es efectivo, lo es, porque se ve apuntalado por sus personajes; y en especial, por lo que ellos piensan o dicen. Ya vimos que hay dos protagonistas centrales. Sin embargo, la gran cantidad de figuras secundarias son casi tan determinantes como Brausen o Díaz Grey para ir creando una atmósfera inequívocamente onettiana: piénsese en la estrafalaria violinista nalgona; o piénsese en el Obispo que habla, en medio de una majestad y un refinamiento verdaderamente renacentista, de las diversas clases de desesperados: el desesperado puro y el impuro, el desesperado fuerte y el débil. Para el caso, es notoria la existencia de Mami (una prostituta más), amiga y amante de Julio Stein, a la que Onetti dedica por lo menos dos capítulos. Si recordamos a la Queca, ya son dos las prostitutas —para no mencionar a la Gorda, la tercera, y a un sinnúmero de colegas—. La experiencia acumulada por Onetti en “la vida” rinde frutos espléndidos. Ahora debemos oír las opiniones de los personajes. Operada Gertrudis, Gertrudis trunca, Gertrudis sin un seno, Brausen medita:

‘Y va a llegar el momento de la mano derecha, del labio de todo el cuerpo; el momento del deber, de la piedad, del terror, de humillar’.

No es simple clima novelesco. Es un intenso clima moral lo que se desprende de muchos párrafos de Onetti. O un profundo conocimiento de la naturaleza humana. Un ensayo de Montaigne o de Emerson no diría más sobre la amistad, que esto:

‘Algo te pasa —dijo Stein—. Supe enseguida que estabas triste y con el género sucio de la tristeza, el género que puede aliviarse con la compañía’.

La pobreza y el fracaso, constantes en la obra de Onetti, asignan también su cuota de Díaz Grey:

‘…pensó en su propia pobreza, se reconoció abandonado por la vida en aquella ciudad de provincia, hombre sin recuerdos’.

El tiempo, la memoria, asaltan a Díaz Grey como aquella frase musical que aparece, desaparece, reaparece en la novela de Proust:

‘Ya no tengo nariz para oler la primavera —pensó bostezando—; sólo alcanzo el recuerdo, la inútil sensación de las viejas primaveras en las que acaso estuve olfateando otras ya pasadas, prometiéndome alcanzar la intimidad con un octubre futuro’.

Por último una frase refleja el desengaño de raíz frente a la existencia:

‘Lo malo no está en que la vida prometa cosas que nunca nos dará; lo malo es que siempre las da y deja de darlas’.

A uno de sus nietos, Onetti le daba un vaso y le decía: vaya a sacarle un litro de sangre a su tío Fulano y me lo trae. Entonces fingía que se lo bebía. Este sentido del humor negro nunca abandonó a Onetti. Ejemplar en esta dirección es el capítulo dedicado al señor Macleod, patrón de Brausen, al ser despedido de la publicidad. Es imposible ilustrar cuánta burla, cuánta corrosión encierra el capítulo. Acaso esto sirva:

‘Nadie podría, por ejemplo, decir que no a una campaña inteligente acerca del deber social, higiénico y patriótico de abrirse el escroto cada primavera con los famosos bisturíes ‘Unforgettable’ adoptados mundialmente, preferidos por el ejército norteamericano, viejos conocidos de la Clínica Mayo. Cuando florezcan las lilas. Corte limpiamente su escroto y deje que la brisa primaveral…’

III. Breve ideario de Onetti.

De artículos y entrevistas Jorge Ruffinelli ha entresacado una selección bastante amplia de opiniones de Onetti. De tal selección, a mi vez, he seleccionado un ideario que ofrezco al lector casi sin ningún comentario adicional: para ser claro, específico, cortante, ¿quién como Onetti?

1. Entendemos como un artista: un hombre capaz de soportar que la gente —y para la definición— cuanto más próximo mejor, se vaya al infierno, siempre que el olor a carne quemada no le impida continuar su obra. Y un hombre que, en el fondo, en la última profundidad, no le dé importancia a su obra.
2. Hay tres cosas que a mí me han sucedido, me suceden, que tienen similitud: una dulce borrachera bien graduada, hacer el amor, ponerme a escribir.
3. Escribir bien no es algo que el auténtico escritor se propone. Le es tan inevitable como su cara o su conducta. Además, si la literatura es un arte, ‘En busca del tiempo perdido’ importa más que todo lo que se ha escrito en Hispanoamérica desde hace un siglo y medio.
4. Por el camino de la exageración técnica se llega a la incomunicación y pienso que el escritor debe fundamentalmente comunicarse con el resto de los hombres. De lo contrario su obra pierde el verdadero sentido.
5. Creo que existe una profunda desolación a partir de la ausencia de Dios. El hombre debe crearse ficciones religiosas. (…) La vida religiosa, en el sentido más amplio, es la forma que uno quiere darle a la vida. La pérdida del sentido a causa del alcohol, o a causa de estar escribiendo casi obsesivamente, o al momento en que se hace el amor, son hechos religiosos.
6. Hay sólo un camino, el que hubo siempre. Que el creador de verdad tenga fuerza de vivir solitario y mire dentro suyo.
7. El destino del artista es vivir una vida imperfecta: el triunfo, como un episodio; el fracaso, como verdadero y supremo bien.

Mayo de 1977

(Beltrán Morales (1945-1986). Poeta nicaragüense. Este escrito sobre Juan Carlos Onetti fue tomado de su libro de ensayos y crítica "Sin páginas amarillas. Malas notas" (Managua, Editorial Vanguardia, 1989). Gracias a Eddy Roma.