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Juan Carlos Onetti – Diez años de exilio sanmarianoCarlos Pineda La obra de este escritor uruguayo (nacionalizado español) no tiene aún los lectores que merece, a pesar de que han pasado más de cincuenta años desde la aparición de su novela maestra La vida breve. A Mariana Pineda Treinta de mayo de 1994, 15:00 horas, Juan Carlos Onetti cumple una promesa hecha tiempo atrás. Llega al puerto de Santa María. Viene de Madrid. Cansado, harto de tanta agua sin sentido que se revuelca sobre sí misma, espera con el cigarrillo en la mano. Paciente como nunca, tiene tiempo, todo el tiempo. A lo lejos se deja ver la figura calma pero segura del doctor Díaz Grey. Se saludan y, sin decir nada, se enfilan hacia el centro de la ciudad. Con la mirada obtusa, flanqueada por el grueso armazón negro de sus anteojos y su eterno silencio de demiurgo, el fabulador dirige los ojos sobre su creación, y no la reconoce, nada es como había sido escrito... Onetti, poeta que quiso ser novelista y abrevó generosamente en la narrativa de Faulkner, es el hacedor de uno de los lugares legendarios más entrañables que se hayan creado en la literatura latinoamericana: Santa María, ciudad equívoca que se encuentra unos cuantos kilómetros hacia el sur de Macondo y a escasos días a píe por el camino real que lleva a Comala. Santa María, ciudad mítica que es matriz y síntesis de la que podríamos llamar “poética del fracaso” que envuelve toda la obra onettiana. Sin embargo, esto no indica que el autor le apueste a la mediocridad, sino que a través de evidenciarla como parte del hecho cotidiano, pareciera querer dar por sentada la posibilidad de la esperanza. Esta mirada pesimista de Onetti, y su posterior fijación narrativa, se muestran al lector a través de una prosa alucinante, en la cual éste se siente atrapado en una suerte de limbo entre la realidad literaria y la metaficción. Si bien el lenguaje utilizado en sus obras está tomado de la calle, de todos los días, la manera en que se desenvuelve al interior de los enunciados y posteriormente en la construcción del párrafo, del capítulo y del libro, recuerda a la neblina que abraza al amanecer al puerto de Santa María: velo inasible que sólo permite entrever, suponer, que enuncia sin decir, que ofrece la posibilidad, pero nunca la certeza. Es así que la prosa onettiana se abre sígnicamente más allá de lo común, desbordándose a sí misma hacia lugares insospechados incluso por su propio creador. La obra de este escritor uruguayo (nacionalizado español) no tiene aún los lectores que merece, a pesar de que han pasado más de cincuenta años desde la aparición de su novela maestra La vida breve, y poco más de setenta desde la publicación de su primer cuento “Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo”. Largo ha sido el camino recorrido para alejarse del mortal silencio, y el sádico olvido. Los frutos son un puñado de lectores que le rinden sana pleitesía y algunos críticos que han querido sondear en los bajos fondos de su prosa. ...ahora, y aunque ya no importe y la lluvia caiga eternamente sobre las tumbas, Onetti bebe su consabido whisky en algún rincón del bar Berna del brazo de su entrañable hermano de armas, Juan Rulfo; el tercero en la mesa es el doctor Díaz Grey quien los mira de soslayo intentando interpretar el diálogo de silencios de sus dos acompañantes huraños. Lejos de ellos, cerca de la barra, los parroquianos charlan y miran al terceto de reojo, desconfiados, mientras el gran Piazzola ofrece su Adiós Nonino. Afuera, Santa María la mítica, reinventándose una vez más; ciudad etérea que habita en todas las ciudades latinoamericanas. Hasta aquí estas palabras que quieren ser agradecido homenaje. Salud por el sanmariano más celebre: Juan Carlos Onetti. Inicie sesión o regístrese para comentar | Enviar página | Fuente | Versión para imprimir | 131 lecturas
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