Angel Rama
Junio 10, 1980
Una semana en Xalapa, México, para el homenaje a Juan Carlos Onetti que, a iniciativa de Ruffinelli, organizó la Universidad de Veracruz. Poco interesante en sí, pretexto para encontrarme con amigos, empezando con el propio Onetti, a quien no veía desde 1972.
Físicamente mal, no sólo por sus setenta, sino por la hinchazón, la dificultad para moverse, los malestares varios que no creo puedan atribuirse todos al alcohol. Sigue tomando, preferentemente vino, quizás en dosis mayores de las que puede soportar, pero su decaimiento físico parece responder a más causas que Dolly no llega a enumerar ni conocer. Ella lucha día a día contra la dosis de vino, pero también para llevarlo a los médicos y curarlo. Ve mal, se le inyectan los ojos repentinamente y le lloran; se fatiga muy pronto, incluso la mera conversación. Pero espiritualmente está muy bien, feliz en su encuentro con amigos en la intimidad, aterrado con el público como siempre, parloteador y bromista incluso, menos áspero y defensivo que antes. Lee sin cesar novelas, preferentemente policiales, tendido en la cama, bebiendo y fumando, pero agradece que lo visiten y acompañen. Carlos Martínez [Moreno] y yo hicimos de acompañantes e improvisados enfermeros, ayudando a Dolly, y él dejaba hacer con placidez. Ruffinelli nos puso a todos en un hotel separado, junto con Fernando Alegría, de modo que pasamos la mayor parte del tiempo libre con él.
Sólo fue a la inauguración del coloquio, sentado como un maniquí rosado entre el rector y el gobernador, sólo dijo tres palabras (“¡no, hablar no”!) cuando creyó que el gobernador se dirigía a él para instarlo a decir un discurso y no volvió más por el encuentro para general consternación y fastidio de los estudiantes y de los otros invitados, escritores y profesores, reunidos para homenajearle.
Inútiles fueron nuestros intentos para llevarlo a la Universidad o tratar de que se viera con los escritores mexicanos. [Carlos] Monsiváis, que hizo un excelente análisis de su obra, le remitió unos libros para que se los autografiara, dado que no pudo verlo. Y creo que Onetti, atendiendo nuestras referencias sobre él, hubiera querido verlo, pero concluía “no pudiendo”.
Encuentro con Ida y con Enrique Fierro y conversación fluida con ellos, apaciblemente. La relación distendida y cordial. Desde luego, los chicos como tema primero, pero también la vida profesional de ellos en México y su situación. Ella leyó un texto preciso interpretando la última novela de Onetti y él un poema conjugando Santa María-Montevideo, en la distancia.
(Fragmento del diario)