La brújula de los fracasos

Raúl Rivero

Su relación con la ciudad que le vio nacer en 1909 fue de indiferencia. Sin embargo, desde la cama donde pasó, en Madrid, los últimos años de su vida evocaba imágenes de Montevideo.

Las relaciones de algunos escritores y las ciudades donde nacieron no tienen que ser siempre amorosas. Ni de odio. Pueden establecerse en un cuadro de fiera indiferencia. Esa debe ser la geografía insustancial que eligió Juan Carlos Onetti para entenderse con el sitio donde nació el 1 de julio de 1909, en la calle de San Salvador, Barrio Sur, ciudad de Montevideo.

Tuvo, según escribió alguna vez, una infancia feliz. Así nada más, sin detalles, sin un juguete, ni un árbol, ni uno de esos noviazgos puros con niñas silenciosas y dulces que antes iban a los bosques umbríos a que muchachos que iban a ser escritores se enamoraran de ellas.

Un niño normal y solitario que se asomaba al Río de la Plata y se veía a sí mismo. Un chiquillo de barrio inscrito en los registros de ciudadanía de la municipalidad como Juan Carlos Onetti Borges, hijo de Carlos, un funcionario de aduanas, y de la señora Honoria. Hermano de Raúl y de Raquel, la mujer que -muy lejos de allí, tan lejos como en Madrid, la capital de España- lo acompañó cuando la muerte le pidió el santo y seña en mayo de 1994.

He dicho que Onetti tuvo con su ciudad natal una relación de cierta indiferencia y es que ése fue un rasgo muy fuerte de su personalidad. El se lo contó de forma despiadada a Magela Prego en una entrevista. Le dijo: «A mis personajes se les podría calificar de existencialistas antes de Sartre. Mucha gente piensa, o lo dice, que soy una buena persona, un buen tipo. Y en realidad, lo que soy es un indiferente. Yo no puedo, por ejemplo, hacerle daño a alguien, porque no me interesa. No puedo tratar de trepar con los codos porque no me interesa».

Con esa misma filosofía asumió los estudios y poco después de terminar la enseñanza primaria recorrió la ciudad a caballo en la recogida de datos para un censo, vendió entradas para el estadium Centenario, fue vigilante, mozo, cantinero y portero. A finales de la década del 20 colaboró con una revista llamada La Tijera. Y en 1930 abandonó por primera vez Montevideo porque se casó con su prima María Amalia Onetti y se fue a Buenos Aires a tratar de sobrevivir como vendedor oficial de máquinas sumadoras.

Por esa epoca terminó la primera versión de su novela El pozo y se le extravió en un cambio de casa. En 1934 se divorció y regresó a Montevideo a continuar la tradición de casarse con sus primas. Esta lo vez lo hizo con María Julia, la hermana de su primera mujer.

En 1939 entra a trabajar como secretario de redacción del semanario Marcha y ya esa simple labor le habría permitido ganarse sus medallas como un ciudadano honorable si se atiende la trascendencia de esa publicación para el periodismo de Hispanoamérica. Allí firma con seudónimos tan extravagantes como Periquito el Aguador y Groucho Marx. Ese mismo año, en esa ciudad que le produce tantos resabios y olvidos, publica -es verdad que en una edición pobrísima de papel estraza y 500 ejemplares- su novela El pozo.

Después de 1941 se quedó a vivir en la capital argentina aunque hacía pequeños viajes a Montevideo, la capital más joven de las Américas. Regresó otra vez en 1957 para instalarse como director de las Bibliotecas Municipales y como funcionario de la directiva de la Comedia Nacional.

En los 60 vivió una etapa de trabajo sin tregua, publicó libros muy importantes y su obra, adelantada al boom de autores de esa región del mundo, lo convirtió en un maestro de la prosa en castellano. Su nombre se dio a conocer en todo el continente americano y en España y comenzó a traducirse a otros idiomas.

Ya para esos tiempos Montevideo es una realidad desdibujada que él encaja como le da la gana, junto a sectores de Buenos Aires y otros pedazos de ciudades del Río la Plata, en una ciudad inventada, Santa María. Ese es el sitio ideal donde vivirán y actuarán sus personajes. Alguno de ellos con muchos puntos de contacto con el ser humano que fue el escritor.

Ese territorio fundado por Onetti tiene fronteras con Yoknapatawpha, la invención de William Faulkner, uno de sus más claros referentes. Y las dos aldeas pueden verse en un panorama general donde aparecen también en círculos cercanos, unidas por ríos o senderos, otras urbanizaciones gaseosas como Macondo, Comala y una, Albany, que flota por encima de la real en los libros y en el humo de la chimenea de la casa de William Kennedy.

Consagrado y lejano, Onetti le habla a Jorge Rufinelli de un Montevideo perdido y remoto, pero presente, que batalla con Buenos Aires en la regata de las nostalgias y en la composición de la arquitectura de Santa María: «En los últimos tiempos sueño mucho y casi exclusivamente con Montevideo y personajes montevideanos, gentes y lugares: bares donde tenía reuniones con damas, calles. Y tengo la ventaja de que a los pocos segundos de despertarme, el sueño se borra aunque me queda en el recuerdo que sí, soñé. Sí, tengo más sueños de Montevideo que de Buenos Aires. Ahora, claro, la última etapa de mi vida fue Montevideo ¿no? De todos modos, tengo una gran nostalgia por Buenos Aires, por una época de mi vida que fue más aventurera, más libre, más entreverada, con más complicaciones nocturnas».

La indiferencia con que se anunció su relación con la ciudad perdida en lo hondo del Cono Sur se atenúa en la medida que van apareciendo declaraciones que Onetti hace con espontaneidad, olvidado del personaje duro y cínico que tiene montado para ocultar su timidez. Un hombre desesperanzado que dice vivir con el propósito de conquistar el fracaso.

Así es que antes de establecerse en España en 1975, al término de una conferencia que dictó en Madrid un joven periodista cubano lo abordó para preguntarle sobre la recepción de su trabajo en el publico argentino.

El autor de Juntacadáveres y El astillero le dio esta respuesta a Carlos Alberto Montaner: «A los argentinos, justamente porque los uruguayos estamos al lado, les cuesta más trabajo reconocernos mérito. Hay también ciertos matices diferenciadores. No sé hoy, pero antes el montevideano era un tipo acogedor y amable, muy abierto. Parecido a los españoles».

Es una mirada compasiva sobre la gente de su ciudad, una valoración humana que lo pone por encima de las dificultades, las persecuciones, la incomprensión que puede haber recibido como montevideano.

Su última mujer, la violinista argentina Dorotea Muhr, que vivió con Onetti los 40 años finales del escritor, asegura que su marido no volvió jamás a Montevideo porque la ciudad lo hacía sentirse muy viejo. Se enteraba de que morían amigos de su misma edad y él hacía muchos años que ni siquiera se miraba en el espejo.

La artista ha dicho: «A mí me duele que la gente crea que no volvió por desamor. No, fue por amor».

Ni siquiera la señora Muhr podía hallar el trazo de las calles de Montevideo en las fronteras de la cama donde Juan Carlos Onetti pasó acostado los últimos años en Madrid. Pero es seguro que tenía, entre esas sábanas, con indiferencia y todo, fragmentos de la ciudad y su río. El olor de los bares y el recuerdo de las adolescentes. Y muy cerca de su cansancio congénito imágenes de la infancia y de la juventud agotada. Esa obsesión disimulada con whisky y tabaco que lo llevó a afirmar que el hombre que no conservara algo de su infancia nunca podría ser totalmente su amigo.

Rafael Humberto Moreno Durán, el desaparecido escritor colombiano, dijo que Onetti es el fundador de un largo linaje de outsiders que decididamente apuestan por encontrar una razón de ser en el lado oscuro de la vida. El montevideano Juan Carlos Onetti era miembro de honor de esa familia.