A propósito del XXIII Congreso de Literatura Iberoamericana en Madrid

Emir Rodríguez Monegal

Al hacer el balance final comprendo que el gran ausente de este Congreso fue Juan Carlos Onetti, que reside en España desde que a los beneméritos militares uruguayos se les ocurrió perseguirlo (junto a otros colegas de Marcha} por pornografía política. Aunque Onetti aceptó ser uno de los Presidentes de honor, estaba demasiado enfermo para asistir a este tipo de reuniones. Ya que la montaña no vino a Mahoma, fui a visitar al Maestro acompañado por Hugo Verani (especialista en Onetti que trabaja hace años en California). Introducidos cariñosamente por Dolly a la augusta presencia, encontramos a Onetti en la cama, semicubierto por un pijama que le quedaba chico (el calor de ese junio madrileño es para contado): protestando porque no tenía energía para salir a la calle y dar unos pasos hasta el oculista vecino para que le revisase la vista claudicante: haciendo con fervor el papel de uno de esos budas equívocos que suelen aparecer en las películas de Star Wars.

En el fondo (en el fondo), Onetti estaba muy contento de no tener que gastar fuerzas en locomoverse para concentrarlas todas en la conversación (cómica, cachadora, ocasionalmente impiedosa) y en la redacción de unas notas periodísticas sobre todas las cosas y algunas más, que una agencia literaria española distribuye por todo el orbe hispánico. Está, nos dijo, escribiendo una novela pero no quiso hablar de ella sino de tópicos uruguayos del momento. La llegada espontánea de Mario Benedetti completó el cuarteto de exilados (que confirmó la sospecha ya adelantada en estas páginas) de que los uruguayos aunque pocos, se juntan por todas partes. Fue una fiesta ver a Onetti en carne y hueso después de haber oído toda clase de rumores sobre su retiro de la vida pública. Pero una breve conversación con Dolly, al despedirme, me confirmó que está realmente enfermo y que su negativa a salir de la cama es algo más que el producto de la fantasía de un Eladio Linacero (el protagonista de El pozo, 1939) o de Junta Larsen (el del El astillero, 1963). Al despedirme, lo único que se me ocurrió decirle a Dolly, y repetírselo al propio Onetti, al abrazarlo, es que si no quiere salir más de la cama que se hacía masajear minuciosamente en ella, aunque sea por una hermosa si que vigorosa hija del Imperio del Sol Naciente. Detrás de los truculentos anteojos de gruesa montura, los ojos algo bovinos de Onetti se encienden con una luz maliciosa, y esa bocaza que tiene se le estira en una sonrisa. La japonesa no le parece mal.

Onetti encerrado en su torre madrileña de papel, anclado hace años en aquella meseta de la piel de toro, nuevo náufrago de unas Soledades nada gongorinas: su ausencia en el Congreso fue simbólica del paso del tiempo. En el Congreso de 1975, él fue la estrella indiscutida. Todavía salía a la calle, todavía practicaba con fruición el terrorismo verbal y amedrentaba a los críticos. En casi diez años, Onetti se ha ido borrando para dejar el hueco vivo de su ausencia. Felizmente, como lo ha probado reiteradamente este mismo Congreso, críticos y académicos jóvenes se han unido a algunos veteranos de ambos lados del Atlántico para demostrar que el estudio de las letras iberoamericanas (a pesar de los pesares) goza aún de buena salud. Nadie representó mejor y más minuciosamente esa vitalidad que el Director Ejecutivo, incansable en su vocación ecuménica. Con esta imagen, tan fuertemente perfilada prefiero terminar esta crónica."

(Trabajo inédito, cedido especialmente para el Nº 236 de la "Revista Nacional". Iberoamérica en la España Nueva : a propósito del XXIII Congreso de Literatura Iberoamericana en Madrid", En Revista Nacional, dic. 1986, p. 47-59