Juan Carlos Onetti: Los adioses

Emir Rodríguez Monegal

Toda la historia está contada por un testigo: un almacenero, ex tuberculoso para quien el mundo está dominado por una triste y frustrada obscenidad. A través de su visión, morosa, canallesca, se desarrolla una doble historia de amor (un hombre entre su mujer y una muchacha) que culmina en la destrucción y en la muerte. Las figuras centrales del relato no son dadas nunca directamente; ni siquiera cuando se las muestra solas o cuando se evoca algún momento del pasado, se logra con ellas un contacto directo: todo lo que hacen o sienten, lo que piensan o proyectan, es obra del relator que contamina sus actos y motivos con la espesa sospecha de un alma para la que toda relación humana parte del sexo. El relator es tan omnipotente como el creador novelesco: es el creador, e impone su visión retorcida a los personajes y al lector.

Pero dentro de esta historia, Onetti ha interpolado otra, que desmiente las suposiciones del testigo y que devuelve su pureza al amor. Esta historia se revela súbitamente al final y obliga al lector a un cambio absoluto de perspectiva: es una conversión, en el sentido más literal de la palabra, y obliga a una reconsideración completa de la novela. En el repaso, se advierte que lo que se había tomado por verdad (la interpretación obscena del testigo) era una hipótesis posible; que ningún hecho la confirmaba (aunque tampoco la negaba); que sobre la dominante era posible superponer otra versión, más pura, más limpia.

La crítica (y yo mismo en Marcha, diciembre 10, 1954) ha hablado del punto de vista jamesiano y de la ambigüedad visible de un relato que soporta más de una interpretación coherente. Sin duda, Onetti ha buscado dar la historia desde el punto de vista del testigo para poder invertir luego los términos sin necesidad de cambiar el relato de los hechos; sin duda, hay uso y hasta tal vez abuso de la ambigüedad. Pero, por qué. La respuesta ya también ensayada, es que al contar la relación entre el hombre y la muchacha como si fuera una relación sexual, Onetti ha enfatizado la intimidad profunda y secreta de esa relación de un modo más eficaz que si hubiera revelado en la primera línea su verdadera naturaleza. Al fin y al cabo, aunque la muchacha no sea amante del hombre es, en el juego que lo separa de su legítima mujer, otra mujer. Y esto es lo que realmente quiere enfatizar la narración doble y ambigua.

Tantos planos de lectura (hay alguno más que omito ahora y traté in extenso en el artículo citado) indican claramente la naturaleza deliberada de esta nouvelle. Lo que esta consideración no parece revelar es la cualidad eminentemente legible de sus páginas. En ningún momento se siente la tensión de tantos planos encontrados. La historia fascina en su apariencia y recién al borde mismo de la conversión se advierte que lo que parecía obscenidad (trágica y sombría historia de sexo) se convierte en historia de amor, con una desolada perspectiva de chisme y corrupción general. Para el lector que sólo busca el deleite de la lectura, la nouvelle ofrece seguro premio. Porque la gran habilidad del autor consiste en escamotear la cuidadosa estructura narrativa de tal modo que sólo es perceptible a un cuidadoso análisis. El andamiaje técnico no es aparente y sólo existe para los técnicos.

Una palabra sobre el estilo. Onetti ha creado ya una manera. Se ha dicho y con razón que el testigo-relator escribe como Onetti, con la misma morosidad, la misma observación minuciosa del detalle significativo (pero que a fuerza de ser subrayado empieza a gastar su significación), la misma tendencia a destruir el mundo en pequeños fragmentos yuxtapuestos. Esto no importa. La coherencia y monotonía del estilo operan un efecto que es más grave: un efecto casi hipnótico sobre el lector. Sirven para comunicar sin fisuras una visión sórdida y obscena del mundo: la visión del testigo, curiosamente limitada y a través de la cual se alcanza como por transparencia otro mundo, más luminoso y entero, en el que viven realmente los personajes, los amantes. Ésa es también obra de estilo, de un estilo profundo y capaz de trascender la superficie amanerada.