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Juan Carlos Onetti y la novela rioplatenseEmir Rodríguez Monegal I El plan allí enunciado por Linacero fructificó no sólo en las 99 páginas de El pozo (novela que firmaba J. C. Onetti) sino, diez años más tarde, en una obra de mayores proporciones: La vida breve (también de J. C. Onetti). En esos diez años el arte lineal del primer memorialista maduró en la compleja estructura de vidas y sueños que recoge en un largo relato su legítimo descendiente, Juan María Brausen. Vale la pena examinar con este pretexto -y con la perspectiva de los diez años- el arte de su creador, Juan Carlos Onetti. (1). II Con elogiable economía, Onetti enfrenta desde esas primeras líneas a los dos mundos en que va a circular el protagonista de La vida breve. Los dos mundos que separa la débil, facilitadora pared del departamento, nunca llegarán a confundirse. Para saltar de uno a otro será necesario que Juan María Brausen asuma un nuevo nombre; que deje de ser Brausen y empiece a ser Juan María Arce. En algún momento ambos limados llegan a ser tangenciales pero nunca se solapan; están en distintos planos; distintas leyes los rigen y el juego del vivir no puede ser el mismo en ambos. El mundo de Juan María Brausen es el mundo de la responsabilidad y la rutina, del hastío y el sinsentido, del malentendido que llaman amor. En alguna parte resume Brausen su vida: "Gertrudis y el trabajo inmundo y el miedo de perderlo (...); las cuentas por pagar y la seguridad inolvidable de que no hay en ninguna parte una mujer, un amigo, una casa, un libro, ni siquiera un vicio, que puedan hacerme feliz." O, un poco más tarde y con más reconocible elocuencia: "A esta edad es cuando la vida empieza a ser una sonrisa torcida "(...) Y se descubre que la villa está hecha, desde muchos años atrás, de malentendidos, Gertrudis, mi trabajo, mi amistad con Stein, la sensación que tengo de mi mismo, malentendidos. Fuera de esto, nada; de vez en cuando, algunas oportunidades he vivido, algunos placeres, que llegan y pasan envenenados. Tal vez todo tipo de existencia que pueda imaginarme debe llegar a transformarse en un malentendido. Tal vez, poco importa. Entretanto, soy este hombre pequeño y tímido, incambiable, casado con la única mujer que seduje o me sedujo a mí, incapaz, no ya de ser otro, sino de la misma voluntad de ser otro. El hombrecito que disgusta en la medida que impone la lástima, hombrecito confundido en la legión de hombrecitos a los que fue prometido el reino de los cielos. Asceta, como se burla Stein por la imposibilidad de apasionarme y no por el aceptado absurdo de una convicción eventualmente mutilada. Este, yo en el taxímetro, inexistente, mera encarnación de la idea Juan María Brausen, símbolo bípedo de un puritanismo barato hecho de negativas -no al alcohol, no al tabaco, un no equivalente para las mujeres- nadie, en realidad." O, también, dicho en las palabras con que el protagonista comprende -al fin- lo que había estado sabiendo durante semanas, que "yo", "Juan María Brausen y mi vida, no eran otra cosa que moldes vacíos, meras representaciones de un viejo significado mantenido con indolencia, de un ser arrastrado sin fe entre personas, calles y horas de la ciudad, actos de rutina." Ese mundo puede resumirse en la imagen con que Onetti golpea al lector desde el comienzo, al empezar a comunicar Brausen su obsesión: el pecho recién cortado de su mujer. Las imágenes se acumulan, incesantes, crueles: "... pensé en la tarea de mirar sin disgusto la nueva cicatriz que iba a tener Gertrudis en el pecho, redonda y complicada, con nervaduras de un rojo o un rosa que el tiempo transformaría acaso en una confusión pálida, del color de la otra, delgada y sin relieve, ágil como una firma, que Gertrudis tenía en el vientre y que yo había reconocido tantas veces con la punta de la lengua"; "... pensaba en la mañana, unas diez horas atrás, cuando el médico fue cortando cuidadosamente, o de un solo tajo que no prescindía del cuidado, el pecho izquierdo de Gertrudis. Había sentido vibrar el bisturí en la mano, sentido cómo el filo pasaba de una blandura de grasa a una seca, a una ceñida dureza después"; "... mientras no lograra olvidar aquel pecho cortado, sin forma ahora, aplastándose sobre la mesa de operaciones como una medusa, ofreciéndose como una copa. No era posible olvidarlo, aunque me empeñara en repetirme que había jugado a mamar de el, de aquello"; "... Ablación de mama. Una cicatriz puede ser imaginada como un corte irregular practicado en una copa de goma, de paredes gruesas que contenga una materia inmóvil, sonrosada, con burbujas en la superficie, y que de la impresión de ser líquida si hacemos oscilar la lámpara que la ilumina. También puede pensarse cómo será quince días, un mes después de la intervención, con una sombra de piel que se le estira encima, traslúcida, tan delgada que nadie se atrevería a detener mucho tiempo sus ojos en ella. Más adelante las arrugas comienzan a insinuarse, se forman y se alteran; ahora si es posible mirar la cicatriz a escondidas, sorprenderla desnuda alguna noche y pronosticar cuál rugosidad, cuáles dibujos, qué tonos sonrosados y blancos prevalecerán y se harán definitivos. Además, algún día Gertrudis volvería a reírse sin motivo bajo el aire de primavera o de verano del balean y me miraría con los ojos brillantes, con fijeza, un momento. Escondería enseguida los ojos, dejaría una sonrisa junto con un trazo retador en los extremos de la boca. Habría llegado entonces el momento de mi mano derecha, la hora de la farsa de apretar en el aire, exactamente, una forma y una resistencia que no estaban y que no habían sido olvidadas aún por mis dedos. Mi palma tendrá miedo de ahuecarse exageradamente, mis yemas tendrán que rozar la superficie áspera o resbaladiza, desconocida y sin promesa de intimidad de la cicatriz redonda" (2). La brutalidad de estas descripciones deja más al desnudo la sensibilidad herida del personaje. A través de ella busca el autor alcanzar la sensibilidad del lector. Todo el resto de la novela sólo puede agregar circunstancias, nombres, anécdotas. Si el lector ha asimilado el castigo, bastaría esa única imagen para poder deducir -en angustia, en pasión- todo el resto. Pero Onetti es un verdugo metódico y proyecta sus vicisitudes (para usar sus palabras) con precisión y frialdad. Nada queda omitido. Y pieza tras pieza, en lúcido, ordenado puzzle, se desarrolla ante el lector la historia de Juan María Brausen: su fracaso amoroso, la pérdida del empleo, la separación de Gertrudis, un nuevo fracaso al intentar (en qué términos tan equívocos) el rescate de la juventud vivida en Montevideo. (3) Mientras la existencia de Brausen se empobrece y adelgaza hasta llegar a las heces, la fascinación del mundo del otro lado de la pared, se ejerce con creciente energía. En un primer momento parece obvio su significado: es un escape, una huída de la realidad. Pero es también realidad e impone sus reglas. Un día Brausen aprovecha una ausencia de su vecina, La Queca, y visita el departamento vacío. "Empecé a moverme sobre el piso encerado (escribe), sin ruido ni inquietud, sintiendo el contacto con una pequeña alegría a cada paso lento. Calmándome y excitándome cada vez que mis pies tocaban el suelo, creyendo avanzar en el clima de una vida breve en la que el tiempo no podía bastar para comprometerme, arrepentirme o envejecer." Desde ese momento, Brausen empieza a concebir el desquite. No en su propia existencia ratonil, sino en el mundo de al lado. Al ingresar allí, es como si los valores morales (sus valores, en los que ya no cree) cambiaran de signo, aceleraran su metamorfosis: él, hombre de una sola mujer, podrá convertirse en el amante de una prostituta, en macró; él, temeroso de hacer sentir a su mujer la imparidad de sus pechos, descubrirá el placer de golpear a una mujer, de brutalizar y brutalizarse; él, aceptando como un capricho ("de primavera", se dice) la idea de matar a Gertrudis, arderá en deseos de vengar con el asesinato premeditado de La Queca "todos los agravios que me era posible recordar". Una fuerte escena marca el acceso al mundo de al lado. En su primera tentativa de entrar en contacto con La Queca, Brausen (vacilante, improvisado) es echado a patadas por uno de sus amantes, Ernesto. Mientras se levanta y se limpia la ropa maculada, Brausen comprende que ha sido aceptado, que ahora empieza a ser también Juan María Arce. La violencia parece ser la regla de este otro juego. Pero no es su tónica. Poco a poco, Arce descubre el verdadero sentido de este mundo, eufóricamente anticipado en la visita al departamento vacío. En un segundo intento de aproximación (esta vez sin el torvo Ernesto) Arce consigue a La Queca; puede contemplarse vivir: "ahora yo también, estoy dentro del escándalo, dejando caer ceniza de tabaco por todas partes, aunque no fume: usando copas, moviéndome con, ardor entre los muebles y objetos que empujo, arrastro, cambio de lugar; inmóvil, cumplo mi tímida iniciación, ayudo a construir la fisonomía del desorden, borro mis huellas a cada paso, descubro que cada minuto salta, brilla y desaparece como una moneda recién acuñada, comprendo que ella me estuvo diciendo, a través de la pared que es posible vivir sin memoria ni previsión". Con La Queca, la rutina del sexo se convierte en otra cosa: "si la olvido (piensa mientras la mira caminar por la pieza), podría desearla, obligarla a quedarse y contagiarme su silenciosa alegría. Aplastar mi cuerpo contra el suyo, saltar después de la cama para sentirme y mirarme desnudo, armonioso y brillante como una estatua, efebo por la juventud trasmitida a través de epidermis y de mucosas, desbordante de mi vigor de tercera mano". De estas experiencias, un nuevo hombre (no sólo un nuevo nombre) emerge. Cuando acepta irse a Montevideo con La Queca, en viaje financiado por un viejo amante de ella, la nueva etapa de la degradación le permite mirarse desde la altura de Brausen y sentirse "irresponsable de lo que él (Arce) pensara o hiciera"; se ve "descender con lentitud hasta un total cinismo, hasta un fondo invencible de vileza del que (Arce) estaría obligado a levantarse para actuar por mí". Una nueva verdad suplanta a los valores destruidos por Brausen. Tendido en la cama de la prostituta (en la que se complace en "descubrir antiguas presencias mezcladas, contradictorias"} y mientras se distrae pensando en su pasado como si fuera ajeno, "algunos anticipos de Arce y de la verdad iban cayendo sobre mi pereza: supe que no es el recto, sino todo lo que se da por añadidura; que lo que lograra obtener por mi esfuerzo nacería muerto y hediondo; que una forma cualquiera de Dios es indispensable a los hombres de buena voluntad, que basta ser despiadadamente leal con uno mismo para que la vida vaya encajando, el momento oportuno, los hechos oportunos. Libre de la ansiedad, renunciando a toda búsqueda, abandonado a mi mismo y al azar, iba preservando de un indefinido envilecimiento al Brausen de toda la vida, lo dejaba concluir para salvarlo, me disolvió, para permitir el nacimiento de Arce. Sudando en ambas camas, me despedía del hombre prudente, responsable, empeñado en construirse un rostro por medio de las limitaciones que le arrimaban los demás, los que lo habían precedido, los que aun no estaban, él mismo. Me despedía del Brausen que recibió en una solitaria casa de Pocitos, Montevideo, junto con la visión y la dádiva del cuerpo desnudo de Gertrudis, el mandato absurdo de hacerse cargo de su dicha." Para poder ingresar totalmente a este mundo de verdad (ese mundo de Arce) el personaje necesita purificarse matando a La Queca; bastarían entonces pocos minutos para aliviarse de todo lo que puede ser dicho a una persona, "para quedarme vacío de todo lo que había tenido que tragarme desde la adolescencia, de todas las palabras ahogadas por pereza, por falta de fe, por el sentimiento de inutilidad de hablar". Cuando llega al departamento a matar a La Queca, descubre que ésta acaba de ser asesinada por Ernesto. "Sentí que despertaba (comenta luego) no de este sueño, sino de otro incomparablemente más largo, otro que incluía a éste y en el que yo había soñado que soñaba este sueño." Brausen (es claro) no deja nunca de ser Brausen. Ni aún cuando se libera de compromisos (el empleo, Gertrudis, la amistad; ni aun cuando entierra, con Raquel, la nostalgia de la juventud en Montevideo; ni aún cuando vive, tantos meses, como Arce. Rechaza, es cierto, las reglas del juego en que vivía, cambia de mundo, pero subsiste profundamente como Brausen. La reacción frente al asesinato de La Queca lo demuestra. Ante la realidad brutal (no imaginaria) del crimen, Arce se desvanece -el nuevo juego (su juego) exigía que matara a Ernesto- y es un renovado Brausen el que protege al asesino, el que intenta salvarlo creándole una vida nueva. (Quizá ya Brausen sienta que Ernesto ha matado por él, aunque sólo más tarde llegue a formulárselo tan claramente, llegue a sentirse solidario y a escribir: "no es más que una parte mía; él y todos los demás han perdido su individualidad, son partes mías"). En su desesperada intentona de evasión, ambos llegan a Santa María y acaban por ser detenidos, lo que de golpe entrega a Brausen la libertad, la verdadera: "esto era lo que yo buscaba desde el principio (se dice), desde la muerte del hombre que vivió cinco años con Gertrudis; ser libre, ser irresponsable ante los demás, conquistarme sin esfuerzo una verdadera soledad". Entre tanto, su huída también lo ha llevado a interpolarse en un tercer mundo, del que no he hablado todavía pero que es tan antiguo como la novela. III En esta tercera existencia de Brausen, Onetti abandona, es claro, toda pretensión de realismo. Me refiero al de las esencias. La superficie sigue siendo de sórdido, minucioso naturalismo (4). Pero las coordenadas de tiempo y espacio, las identidades de sus personajes, son susceptibles de modificación y un retoque de la voluntad o un capricho del creador, pueden alterar o petrificar la faz del mundo, sus valores. Así como Arce se disuelve al final de su aventura en Brausen -y el policía que lo detiene como encubridor de Ernesto lo identifica, (ante el asombro del lector): "usted es el otro... Entonces, usted es Brausen"-, Díaz Grey cierra la novela, conquistada ya del todo su objetividad por haberse asimilado a Brausen. El mundo real de Brausen se interpola verdaderamente en la ficción de Díaz Grey, se hace ficción y la palabra Fin en la página 390 demuestra que, en efecto, la única verdad es la de la fábula. Se comprende recién entonces la lealtad de esta advertencia (ya citada): "Sentí que despertaba (dice el protagonista) no de este sueño, sino de otro incomparablemente más largo, otro que incluía a éste y en el que yo había soñado que soñaba este sueño." IV Toda la novela entonces adquiere profundidad en el tiempo y en el espacio. En vez de contar tres historias más o menos novelescas (que se yuxtaponen en universos incomunicados y regidos por sus propias leyes) el libro ordena en un mismo cuadro espacial y temporal sus anécdotas; ese territorio común de las tres historias es la creación narrativa: el tema esencial que permite su existencia simultánea. Cada vez que Brausen piensa a Díaz Grey, lo va creando. Esa repetición insomne, ese obstinado rigor en el deseo, va haciendo viable a Díaz Grey; lo hace salir de la costilla de este Adán. En sus primeras tentativas de vida la criatura está demasiado adherida a Brausen, y su mundo sólo logra trasponer -en cifra melodramática y concisa- la dolorosa rutina. Pero la renovada invención permite que se acentúen los riesgos y se empiece a advertir que en Díaz Grey se realiza el milagro del desquite de esta vida primera. La originalidad e independencia de lo creado empieza luego a hacerse evidente. En el capitulo XIII, emerge un tercer agonista, el marido de Elena Sala, ente totalmente de ficción aunque engendrado por la pasada desdicha y los vientres de Gertrudis y La Queca (como el mismo Brausen se dice), con el ingreso de este personaje el relato adquiero por vez primera realidad objetiva; nada en el largo capítulo traiciona la existencia de un creador que mueve los hilos; los muñecos actúan como si fueran mortales. (Apenas algún juego del omnisciente e invisible relator, en que a la manera de Citizen Kane se salta el tiempo entre un apretón de manos de despedida, y el mismo apretón de saludo, traiciona una impaciencia técnica, al paso que denuncia una conciencia que vigila.) Puede creerse entonces que Díaz Grey ha logrado su plenitud de cosa creada, su eternidad en el papel. El proceso empieza entonces a revertirse: la creatura empieza a inventar a su creador. O mejor, a presentirlo. Brausen cuenta: "Abandonado en el aire libre al cansancio, al frío, a las olas de sueños que a veces lo arrastraban para devolverlo en seguida (Díaz Grey) contemplaba la mancha negra del pequeño fondeadero, trataba de distraerse evocando las formas y los colores de las pequeñas embarcaciones, llegaba a intuir mi existencia, a murmurar 'Brausen mío' con fastidio." La invención de un creador acentúa, paradójicamente, la condición de ente real que no tiene (que no puede tener) Díaz Grey. Otra operación que emprende luego confirma el engaño, aumenta la confianza de sus movimientos. Díaz Grey (¿por qué no?) se improvisa un pasado. Para escapar a la extorsión de Elena Sala -que se ofrece pero con asco, profesionalmente- el médico la recrea en la imaginación. Parece ridículo o meramente patético. Sacado de la nada. inventado por la urgencia de otro a los 40 años, pequeño y rubio, contra una ventana sobre el río, cómo atreverse a tener un pasado en un taxi con una muchacha recién poseída, que es también la imposible Elena. Díaz Grey lo hace y asegura -demuestra- así su realidad. La posesión "real" de Elena Sala, antes del suicidio, no mata más que la comezón de la carne. El deseo ("hijo del cuerpo, pero éste ya no bastaba para aplacarlo") sólo podrá ser satisfecho cuando encuentre a la muchacha violinista y huya con ella hacia el triunfo total sobre el desastre, cuando, igual que Brausen, cercado por la policía, alcance la paz sobre las serpentinas muertas del alba como ha escrito Borges en otro conteste. Y es entonces (terminada ya la novela en la descripción objetiva de esa fuga y esa victoria) cuando el lector comprende que la verdad es que Díaz Grey acaba inventando a su Brausen, acaba siendo más Brausen que el otro. Porque cuando Brausen, que ha enterrado dentro de si a Arce, huye con Ernesto hacia la imaginada Santa María descubre allí la realidad de su creación; descubre la vida del pueblo y los seres por él inventados; descubre, también, que la aventura de Díaz Grey ocurrió allí mismo pero en otro tiempo, hace ya muchos años; que esa aventura lo ha anticipado, que fue. Y en vez de interpolar su ficción (Díaz Grey, inventado por él) en la actualidad de la policía que acecha y de Ernesto que golpea a un hombre para escaparse, acaba rindiéndose a la ficción, entregándose a ella, libre e irresponsable. Vale decir: acaba por renunciar y aceptar también su condición de ente ficticio, de creatura creada por otro: Díaz Grey u Onetti (5). V Además (y esto solo ya sería mucho), con tal procedimiento consigue dar un contenido profundo al mensaje evidente de la obra. No sólo es cierto que la liberación de la rutina y de la desvalorización del alma sólo llega cuando nos encontramos con la verdad de nosotros mismos, nos despojamos de inhibiciones y compromisos, aventamos malentendidos (Brausen al despertar del sueño después de haberse purificado en Arce); la liberación puede llegarnos por la creación, por las fuerzas que desata el creador al rehacer el mundo, al descubrir con asombro su poder y la riqueza de la vida. Por eso, el protagonista consigue develar -en uno de sus numerosos ensoñares- la verdadera ambición de este artista y de esta obra, el último mensaje. Dice así: "A veces se escribía y otras imaginaba las aventuras de Díaz Grey, aproximado a Santa María por el follaje de la plaza y los techos de las construcciones junto al río, extrañado de la creciente tendencia del médico a revolcarse una y otra vez en el mismo suceso, a la necesidad -que me contagiaba- de suprimir palabras y situaciones, de obtener un solo momento que lo expresara todo: a Díaz Grey y a mí, al mundo entero, en consecuencia." VI No es casual la mención en las páginas precedentes de algunos nombres (Céline o Sartre, Dos Passos o Faulkner) que constituyen los mejores representantes de una literatura que sin dejar de ser arte, es también testimonio y agonía. Onetti supo ver y denunciar en la superficie falsa y vacía del mundo rioplatense lo que esa superficie encerraba; supo encontrar las imágenes que en un solo Biotnento lo expresaran todo. En este sentido, Tierra de nadie ha hecho por Buenos Aires lo que Manhattan Transfer, por Nueva York (7). La aproximación no es caprichosa, parte de la técnica de Dos Passos -luego aprovechado por Orson Welles para filmar su Citizen Kane, y por Sartre para Les chemins de la liberté-, ha servido de clara inspiración a Onetti. Pero la modalidad técnica no constituye el valor principal de su novela, agria e imperfecta en este sentido. Su importancia esencial consiste en la ardida descripción de un mundo sin valores, poblado de indiferentes morales, de espaldas a su destino: un mundo en que el arte o el sexo, la política o el intelecto, se ejercen en el vacío, como formas desprovistas de contenido y sin sangre. (El pozo fue el borrador montevideano de este universo total) (8). Que Onetti no solo supo ver la superficie sino que caló hasta el fondo lo demuestra mejor ahora que nunca esta fantasía de una ciudad sitiada que se tituló Para esta noche. La imaginaria ciudad, gobernada por la delación, el terror y la brutalidad, fue en 1943 el anticipo de mi Buenos Aires, actual, menos melodramático pero no menos irrespirable. Y lo que entonces pareció un ejercicio en imaginación, escrito (según confesaba el autor) "por la necesidad satisfecha en forma mezquina y no comprometedora -de participar en dolores, angustias y heroísmos ajenos", y capaz por lo tanto de ser emparentado con la amanerada reconstrucción del asesinato de García Lorca en Fiesta en Noviembre de Mallea, se convirtió en duro, en apasionado testimonio del futuro. La vida breve cierra en cierto sentido ese ciclo documental abierto hace diez años por El pozo. Pero abre nuevas perspectivas. Sobre todo, porque excava en la misma realidad un territorio fantástico no menos sugestivo que el real: además porque desde el punto de vista del realismo documental significa el cierre de una etapa. La generación perdida que empezó a examinarse en El pozo, cuyo despiadado censo levantó Tierra de nadie, la que anticipó en pesadilla su destrucción en Para esta noche, encuentra su definitiva metáfora, su cabal resumen, en La vida breve. Pero ya no es más. Las fuerzas imaginarias de Para esta noche están operando hace más de un lustro sobre la realidad, y el mundo de aquella generación pertenece ya al pasado. Quizá sea hora para el novelista de inaugurar la verídica pintura de este nuevo universo." (1951) (1) Cuatro novelas componen la obra visible de este narrador uruguayo (nacido en 1909): El pozo (Montevideo, Ediciones Signo, 1939, 99 págs.); Tierra de nadie (Buenos Aires, Editorial Losada, 1941, 253 págs.); Para esta noche (Buenos Aires, Editorial Poseidón, 1943, 211 págs.); La vida breve (Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1950, 389 págs.). Algunas otras novelas yacen sumergidas; sus fragmentos pueden rastrearse en las páginas literarias de Marcha (Tiempo de abrazar, por ejemplo, o Nueve de Julio, Onetti ha publicado también algunos cuentos. (Posteriormente a la redacción de este trabajo, se han editado: Un sueño realizado y otros cuentos, Montevideo, Ediciones NUMERO, 1951, 66 págs., Los adioses, Buenos Aires, Editorial Sur, 1954, 88 págs., Una tumba sin nombre, Montevideo, Marcha, 1959, 82 págs.; La cara de la desgracia, Montevideo, Editorial Alfa, 1960, 49 págs. y El astillero, Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1961, 218 páginas.) Texto extraído de: |
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