Jorge Ruffinelli
“El Caso Onetti”, tal como fue conocido desde 1974, debió llamarse “El Caso Marra”, ya que el autor del cuento que llevó a ambos (y a otros más) a la cárcel y posteriormente al exilio, lo había escrito este escritor. Pero no nos adelantemos, revisemos el infausto caso que, como tantas otros hechos en la cultura uruguaya, ha sido entregado al olvido más que a la crónica o al análisis de los procesos autoritarios de la dictadura uruguaya (1973-1984). En su tiempo, la dictadura uruguaya quiso hacer de él, un caso “ejemplar”.
En su última novela publicada en el Río de la Plata (La muerte y la niña, 1973), Juan Carlos Onetti llevó a la exasperación sus temas y pareció clausurar su mundo literario en los téminos más radicales. La muerte y la niña es la novela de la ambigüedad absoluta, donde todo se disuelve en el enigma, por más cristalina que sea su escritura. Es un relato más radical porque más radical es su escepticismo sobre la posibilidad de encontrar respuestas. Ya no sólo las ventanas (que sirven para mirar al exterior, o hacia adentro) siguen siendo oscuras: ahora son negras. Y la pregunta que nunca se formula está constantemente planteada: ¿quién es el padre? ¿Dónde está nuestro origen? Es la novela de la paternidad extraviada, y no sólo en el caso de esa “niña” cuyo presunto padre niega, al final, serlo, sino que es el caso de todos los personajes (cuyo “padre” es Brausen) y de Brausen (cuyo “padre” es Onetti), y en última instancia del propio autor. Nunca antes Onetti había planteado tal inasibilidad de la experiencia, tanto absurdo encarnado en lo que llamamos vida.
Y lo curioso es que ese absurdo se vierte en formas bastante transparentes de la alusión política, como ocurría en sus primeras novelas (de El pozo a Para esta noche), acaso porque en los setentas, como en la década del cuarenta, el país perdió su origen y su sentido. Después de varios años en que Uruguay fue sacudido por la insurrección armada y la represión, un relato de Onetti hace alusión a ello: “Había gente joven, respetable, que se dejaba matar en los bosques escasos por la sed, insectos ignorados, fiebres que parecían bajar del trópico lejano, de las selvas verdaderas de Amazonas y Orinoco, resueltas y certeras. A veces, para humillación mayor, terminaban muertos por las metralletas de los del Cuerpo de Pundonorosos que, supuestamente, cumplían órdenes de Juan María Brausen.”
Es un ejemplo, sin duda, de ironía histórica, porque Onetti no sospechaba que otro Juan María, destinado por el momento a dirigir los destinos de su país, pronto lo sometería a la humillación de la cárcel y del sanatorio mental por un motivo tan absurdo como los motivos que orientan los destinos de los demás personajes en su literatura. La historia contingente pero real, absurda pero verdadera, terminó por suceder, y la vida copió al arte. El Cuerpo de Pundonorosos apareció en el panorama de la cultura uruguaya.
En enero de 1973 Onetti firmó un acta de fallo como jurado literario. Algunos meses antes, el semanario Marcha había convocado a un concurso de cuentos (y a otro de ensayos) y, efectivamente, trescientos cincuenta y dos originales fueron leídos por Onetti, Mercedes Rein y Jorge Ruffinelli (autor de estas líneas). El primer premio discernido fue para un joven narrador, Nelson Marra, autor entonces de tres libros: Los patios negros, Naturaleza muerta, Vietnam se divierte. Su cuento se tituló “El guardaespaldas”, había sido presentado como todos los otros bajo seudónomo (“Mr. Curtis”) y con un lenguaje de inusual tersura y violencia (menor violencia, sin embargo, que la empleada por James Joyce, Henry Miller, D. H. Lawrence, o el Marques de Sade en sus libros respectivos, o que la violencia sin valor artístico del cine pornográfico exhibido públicamente en las salas de Montevideo) narra la agonía de un delincuente-legal, uno de esos desdichados especímenes que abundan en América Latina. Entrevistado por Marcha sobre los propósitos del relato, Marra dijo haber querido componer “un personaje eminentemente antiheroico, presumiblemente rioplatense, lamentablemente latinoamericano, sospechosamente universal”. Y agregó: “Para aportarle una dimensión más o menos verosímil, lo tomé en su instancia límite —la muerte—y recompuse su infancia, sus instintos, sus hábitos, su imposibilidad de aferrarse a una vida que ya no le pertenecía. Y también rescatar lo incidental de su mundo y su lenguaje —y ahí está lo literario—, fragmentarlo y recomponerlo en una estructura que resulta bastante compleja porque lo literario me llevó a otro terreno, a otro lenguaje: el cinematográfico.” (1)Image
Aunque el extenso cuento iba a publicarse en forma de libro, con los demás mencionados por el Jurado, según las bases del concurso, el 8 de febrero el cuento apareció en el semanario Marcha y el escándalo estalló en las jerarquías policiales. Mejor dicho, el poder político encontró la mejor excusa para clausurar un medio de prensa opositor —uno de los últimos que quedaba— y usó a la policía y al ejército (Fuerzas Conjuntas) para ejecutar su voluntad. Desde junio del mismo año, el país vivía el golpe de estado del presidente Juan María Bordaberry apoyado por el ejército. (Posteriormente el presidente fue depuesto y los militares asumieron el poder de manera directa). El semanario Marcha fue clausurado, se detuvo al autor del cuento, Nelson Marra, y a Juan Carlos Onetti y Mercedes Rein, al famoso economista Carlos Quijano, director de Marcha, y a Hugo Alfaro, Redactor Responsable del semanario, mientras que, por motivos totalmente ajenos al episodio, el tercer jurado (Ruffinelli) radicaba entonces en México. La Justicia Militar libró una “orden de captura” contra él y lo consideró “prófugo” durante más de diez años.
¿El motivo aparente de todo esto? El Poder creyó reconocer en “El guardaespaldas” el retrato de un comisario muerto algunos años antes por un comando guerrillero del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros. Héctor Morán Charquero, en efecto, murió acribillado como el personaje de Marra, sin que esta circunstancia, ni otras, supusieran una identificación con el hombre real, o un propósito de ofensa a su memoria. (Como tantos otros jefes policiales, Morán Charquero fue un personaje siniestro en la vida real). La policia consideró el cuento “soez y pornográfico", señalaron los cables y el Círculo Policial declaró: “El mal Ilamado 'cuento' es producto de una mente enfermiza y vengativa. Iguales consideraciones caben a los integrantes del jurado que juzgaron tal escrito y a los responsables de la publicación que le dieron cabida en su seno.” (2) Pronto también: la Justicia Militar procesó al joven Marra por “asistencia a la asociación”, un delito tipificado comúnmente para sentenciar a los Tupamaros; liberados por el juez, los demás acusados sin embargo no fueron puestos en libertad. El Ejecutivo los distribuyó en una comisaría (a Mercedes Rein), en el ex-Cilindro Municipal (a Quijano y Alfaro) y en el hospital para enfermos mentales Hospital Echepare (a Onetti).
Obviamente, la intelligentsia mundial reclamó ante la dictadura uruguaya aquella prisión injustificada. Sin embargo, durante el mismo período el escritor ruso Alexander Solzhentisin fue detenido brevemente en la Unión Soviética y luego marchó al exilio. Su “caso” fue explotado mundialmente por grupos de intereses anti-comunistas y, como era esperable en esas circunstancias, desplazó al que comenzó a llamarse el “Caso Onetti”, como si el mundo no pudiera manejar simultáneamente dos situaciones como las referidas. Situaciones que a su vez tenían diferencias abismales, porque mientras Solzhenitsin sufría la humillación de ser detenido, Nelson Marra era torturado.
¿Contribuyó acaso Onetti, involuntariamente, a este episodio, aparte de padecerlo? El acta del fallo, publicada en Marcha, incluía una frase que le pertenecía sólo a él: “El jurado Juan C. Onetti hace constar que el cuento ganador, aún cuando es inequívocamente el mejor, contiene pasajes de violencia sexual desagradables e inútiles desde el punto de vista literario”. Aunque una aclaración tal es insólita en un fallo, los lectores no tenían que ir muy lejos para encontrar una explicación: la propia obra narrativa de Onetti se exime de emplear términos “fuertes” o crudos o referencias explícitas a la sexualidad, menos aún describe o alude a actos sexuales pese a que gran parte de ella ocurre en prostíbulos y su personaje central, Juncadáveres o Larsen, es un proxeneta. Esto plantea un problema interesante desde “el punto de vista literario” porque demuestra, por un lado, la facultad huidiza y resbaladiza del lenguaje narrativo, y por otra parte la conocida pudibundez literaria uruguaya.
La clausura de Marcha, la tortura y cuatro años de prisión para Marra, las condiciones inhumanas con que se trató a los detenidos (entre otras condiciones, con el “encapuchamiento”), no tenía nada que ver con la crítica literaria, así como José María Bordaberry, dictador real, no podía ser confundido con José María Brausen, personaje ficticio. Nadie tuvo nunca la menor duda de que los criterios moralistas de pronto despertados en el gobierno, o la ofensa experimentada en los círculos policiales porque “reconocieran” en un personaje “homosexual” a un Jefe policial, servían como fachada para la voluntad absolutista. Clausurar Marcha por motivos políticos resultaba inconveniente, encontrar una razón “moral” era ideal. Así es como una dictadura y sus brazos represivos de pronto se transformaron en cruzados de la Moral uruguaya.
El episodio merecía ser cómico si no hubiese sido trágico por las consecuencias individuales en los detenidos, o sociales respecto al silenciamiento de un órgano de prensa. Porque, vestidos de Cruzados, el presidente-dictador y sus funcionarios pretendieron incluso llevar la campaña a terrenos internacionales. Incómodos por el alud de cables de protesta que recibía el gobierno, así como por las denuncias a la represión por los medios periodístico internacionales, la gota que colmó el vaso debió ser el artículo “Leading Writer Held in Uruguay”(3). Dos semanas más tarde, el New York Times volvía a martillar con un artículo firmado por Jonathan Kandell: “Uruguay, in Decline, Awaits Full Military Take-Over”. (4) En este artículo se señalaba precisamente: “The country’s best writers are in jail —including Juan Carlos Onetti, widely considered among the continent’s leading novelists. He incurred the wrath of the armed forces by sitting on a literary jury that awarded first prize to a short story subsequently declared pornographic and subversive by the authorities. [He was recently transferred from jail to a psychiatric clinic]”.
Las “estrategias” de la prensa uruguaya para tratar el tema de la clausura de Marcha y la detención de los escritores y periodistas mencionados fue vil. No sólo esa prensa faltó a su obligación de reclamarle al gobierno la liberación de los detenidos, o de difundir las protestas del periodismo mundial (lo cual podría explicarse por enmarcarse en un “régimen de fuerza”) sino que pareció encontrar solaz en la situación, y en sus secciones amarillistas o policiales conjuntaron hechos diferentes con la clara voluntad de identificarlos. Así El País, en la página seis de su edición del 12 de febrero de 1974, encabezó la sección con estos dos titulares: “Fue detenido un maniaco sexual en la zona del Prado / Publicación Pornográfica: Cinco detenidos. Un Profesor de Secundaria es el Autor de un Cuento Anegado en Procacidades”. Las dos “noticias” no tenían relación alguna entre sí. A su vez El Diario, en su edición del 6 de marzo de 1974, dio tres noticias (una era sobre el traslado de los detenidos de Marcha ante el juez civil) bajo el título general: “Otro punguista [ladrón] cayó con las manos en la billetera”.
Sin embargo, la situación comenzó a inquietar a la dictadura cuando los ojos del “imperio” comenzaron a atender este caso, y los artículos referidos aparecieron en el New York Times. La reacción uruguaya fue insólita y sin precedentes. A través de la Cancillería, el Ejecutivo “emplazó” al periódico norteamericano a publicar el cuento condenado. La noticia, registrada (s/f) por el diario argentino La Opinión(5) subraya los visos de ridiculez de la actitud gubernamental:
“Insólito emplazamiento uruguayo al New York Times / Bordaberry rechaza las críticas que provocó en EEUU la clausura del semanario MarchaImage
“El gobierno del presidente Juan María Bordaberry emplazó ayer al diario norteamericano New York Times a publicar el cuento que provocó la reciente clausura del semanario Marcha y la prisión de varios intelectuales, medidas que fueron duramente criticadas por el periódico estadunidense. La cancillería uruguaya ordenó al embajador en Estados Unidos, doctor Héctor Luisi, que requiriera públicamente al diario la edición completa del relato `a fin de que el público norteamericano juzgue las razones que abonaron las medidas adoptadas en Uruguay’.
“En reciente edición, el New York Times calificó de arbitraria la decisión del presidente Bordaberry de prohibir la difusión del cuento El guardaespaldas y encarcelar a su autor Nelson Marra junto con Juan Carlos Onetti, Mercedes Rein, Carlos Quijano y Hugo Alfaro, todos vinculados al semanario Marcha. Esta publicación, por otra parte, fue clausurada por el término de diez ediciones.”
“El guardaespaldas fue premiado en el certamen que todos los años organiza el semanario Marcha y su protagonista principal es un policía que muere a manos de los guerrilleros tupamaros. El lenguaje es crudo y el personaje cae bajo las balas tal como en la vida real sucedió hace cuatro años con el oficial Héctor Morán Charquero. Las autoridades uruguayas, además de acusar al relato de ser agraviante para la institución policial, lo tildaron de pornográfico.
“Nelson Marra fue procesado mientras continúan a disposición de la justicia militar los demás detenidos. A la vez se libró orden de captura contra Jorge Ruffinelli quien junto con Onetti y Rein integró el jurado de Marcha. Esta medida no pudo ser concretada por encontrarse Ruffinelli fuera del Uruguay.”
“La detención de Juan Carlos Onetti causó estupor en todo el mundo ya que es una de las figuras más prestigiadas de la literatura latinoamericana contemporánea. El autor de La vida breve y El astillero tiene 66 años de edad y su salud es precaria. Igualmente, numerosas voces de protesta se levantaron por la clausura de Marcha, semanario que es considerado como un verdadero baluarte de la prensa latinoamericana. En sus páginas colaboraron intelectuales del calibre de Sartre, Marcuse, Vargas Llosa, Cortázar, Bertrand Russell y muchos más.”
“Según trascendidos, en un aparte de la reunión entre representantes de América Latina y de la Comunidad Europea celebrada recientemente en Punta del Este, al ser interpelado por numerosos corresponsales sobre el futuro de Marcha y de su director Carlos Quijano, el canciller uruguayo Juan Carlos Blanco les respondió: `Lean el cuento y lo sabrán. Me parece difícil que salga de la prisión, pero eso le pasó a Quijano porque a su edad no debería estar haciendo esas cosas’. Al retirarse de la reunión el canciller Blanco, que tiene 35 años de edad, un corresponsal acotó que `quien en realidad no tiene edad para hacer las cosas que hace es el joven ministro uruguayo’”.
La clausura de Marcha fue levantada luego de las diez semanas de castigo, pero ya estaba condenada.
La carátula de la edición 1672 de Marcha (24 de mayo de 1974) contiene estas cinco palabras: “Tres meses y medio después”. En su editorial Quijano dedicó dos nutridas páginas a comentar la clausura del periódico y el encarcelamiento de las víctimas, incluyendo completa la “Vista Fiscal y Resolución Judicial”, que exoneraba a Marcha y a los periodistas de “ilícito penal alguno”. Fue un fiasco para el gobierno pero éste, de todos modos, había ya sentenciado a Nelson Marra con el concurso de la “justicia” militar. Al salir de la cárcel, cuatro años después, Marra decidió, como tantos otros miles de uruguayos —por su propia seguridad— irse del país al exilio.
Una vez libre y de regreso a su mesa de trabajo, Quijano se convenció a sí mismo de que aún había espacios para luchar dentro del país. Poco tiempo más tarde Marcha sería clausurada de manera definitiva, (6) y el propio Quijano y su familia se marcharían al exilio en México. La farsa “moralista” dejaría caer su careta y mostraría su verdadera intención: clausurar una de las últimas voces de independencia crítica que existía en el Uruguay. Todavía a fines de mayo de 1974, la escritura inconfundible de Quijano intentaba darnos una vez más la lección de optimismo por encima de las contrariedades, la lección de lucha por encima de derrotas pasajeras.
“...Y éste es el relato de nuestra modesta peripecia y de nuestra exigua penitencia, en este mundo convulsionado y en este desorientado país. Nada significa frente al dolor y la angustia de tantos y tantos que han sufrido y sufren. Apenas un episodio. Estamos de nuevo frente a nuestra mesa de trabajo para hacer lo que debemos hacer. Es sencillo y no hay que alzar la voz. No estamos muertos, ni cansados. O como decía Quevedo, con cuya deslumbrante lectura nos deleitamos en el Cilindro, gracias al incomparable Alfaro: `Antes muerto estaré que arrepentido’. Todo oficio tiene sus gajes, molestias y perjuicios. Ejercerlos es exponerse. Es la ley: vivir es arriesgar. Y todavía vivimos. Aunque, según tenemos oído, Santo Tomás decía que el mayor pecado es la imprudencia.
“Algo, no obstante, traspasa los límites de la experiencia cumplida. La trasciende.
“Y es la jubilosa fraternidad, que tanto nos ensennó, de los camaradas del Cilindro. Los compañeros. Con ellos compartimos el pan, como la palabra enseña. Y la esperanza. La callada e inalterable certeza de tiempos mejores para esta tierra entrañablemente nuestra. La prisión hermana y aunque parezca incongruente, ayuda a liberarse. Todos pensaban más en los otros que en ellos mismos.
“Y es también la conmovedora solidaridad de cuantos, muchos —al punto de sorprendernos— nos tendieron su mano o nos hicieron llegar su palabra. Aquí o desde lejos. Ahora, más que nunca, no nos está permitido ni desertar, ni defraudar, ni traicionar.
“MARCHA está atada a su destino”.2. LAS VIDAS DESPUES DE “EL GUARDAESPLADAS”: NELSON MARRA Y JORGE RUFFINELLI SE ENCUENTRAN EN MADRID
A fines de los ochentas, Nelson Marra y yo nos reencontramos en Madrid. Era la primera vez que nos veíamos desde 1974. Para el segundo encuentro, unos días después, nos propusimos intercambiar nuestras respectivas versiones de aquella experiencia, que tan importante había sido para silenciar la crítica y la oposición a la dictadura. También consideramos que un diálogo cruzado podía ser interesante y hasta útil para el eventual debate que los uruguayos aún nos debíamos en torno al periodo siniestro de la dictadura militar. Los análisis y crónicas sobre aquella época, si no desconocen enteramente, al menos no valoran la “ejemplaridad” que pretendió y logró la represión, y que fue, entre otras cosas, el punto de origen del silencio que sólo empezó a romperse en los ochentas y no con la literatura sino con la canción popular. Este diálogo permaneció inédito hasta hoy. El debate aludido jamás tuvo lugar.
Ruffinelli: Uno dialoga con la gente, a lo largo del tiempo, en la vida cotidiana tanto como en los sueños. Mientras viví en México me soñé muchas veces caminando “clandestinamente” por calles de Montevideo, llegaba a un sitio y empezaba a conversar con los amigos que habían quedado allá. Entonces despertaba. Después de aquel episodio que cambió tanto nuestras vidas, no en sueños sino en la vigilia hablé con tres protagonistas y víctimas: Carlos Quijano, Juan Carlos Onetti y Mercedes Rein. Hasta hoy, casi veinte años más tarde, tú y yo no nos habíamos visto, y esta es la primera vez que conversamos sobre esta historia que nos une. Ahora bien, el planteo es éste: tú y yo nos conocíamos desde antes del año 1973, pero no creo que fuéramos amigos sino conocidos.
Marra: Claro. Y yo además era un colaborador de Marcha.
Ruffinelli: En el año 1974 sucedió lo que sabemos, lo que hemos sufrido de diferentes maneras. Yo fui quien sufrió menos ya que estaba fuera del país y evité la represión y la cárcel, aunque no así el exilio. Todos los nombrados fuimos víctimas.
Marra: Yo diría todo el grupo de Marcha, ¿no?
Ruffinelli: Nosotros nos conocíamos antes de 1973, pero debido al concurso de cuentos, del cual yo era miembro del Jurado junto con Onetti y Rein, y al cual tú presentaste un cuento, como los demás, bajo seudónimo, volvimos a coincidir. Por ahí encontré una vez la lista de los cuentos, con los seudónimos respectivos, pero ahora no recuerdo el tuyo.
Marra: El seudónimo era “Mister Curtis.” Y te explico por qué. Yo soy muy aficionado a los caballos de carreras: junto con el fútbol, es uno de los deportes que me gustan más. Había un caballo que me gustaba mucho y se llamaba así. Utilicé como seudónimo el nombre del caballo. Eso para el anecdotario.
Ruffinelli: Cuando decidimos premiar tu cuento “El guardaespaldas” fue porque lo consideramos el mejor. Como debe y suele suceder en los concursos, ¿no?: el mejor cuento obtiene el premio. Y se iba a publicar como estaba previsto y las bases indicaban, en un libro, junto con los otros cuentos que obtuvieron el segundo y tercer premios y las menciones.
Marra: Yo creo que era el tercer o cuarto concurso que hacía Marcha.
Ruffinelli: Sí.
Marra: O sea ya había una...
Ruffinelli: ...había una tradición en ese sentido. También teníamos un concurso de ensayo, en esa época.
Marra: Sí, es cierto.
Ruffinelli: Desde junio de 1973 vivíamos en plena dictadura.
Marra: El episodio este fue en febrero de 1974.
Ruffinelli: Claro, pero el concurso falló en los últimos meses de 1973.
Marra: Noviembre o diciembre, algo así.
Ruffinelli: Esto lo recuerdo, porque yo en diciembre partí a México, donde me habían invitado. E hice un poco como esos personajes de Horacio Quiroga, que se fueron a Misiones por unos meses y se quedaron años. Yo me fui a México por un año, y me quedé doce.
Nuestras vidas se cruzaron en las circunstancias que estamos recordando, a fines del 73 y luego en el 74, cuando se da a conocer el resultado del concurso, y por un azar se publica tu cuento no en libro sino en el periódico Marcha. Todo esto tú sabes que a mí me interesa recalcarlo, porque quedaron muchos mitos, por ahí, flotando.
Marra: Sí, es cierto, eso también me interesa recalcarlo.
Ruffinelli: En 1975 yo le aclaré varias cosas a Quijano, cuando nos vimos en un café en Buenos Aires.
Marra: Y yo hice una cantidad de indagaciones en torno al tema. A ver, qué te dijo Quijano. Yo hablé algo con él sobre este tema.
Ruffinelli: La idea de Quijano, en el año 75, cuando lo volví a ver en Buenos Aires, era que yo había dejado ese cuento para que se publicara en el semanario. El le daba importancia a eso porque parecía un acto de irresponsabilidad de mi parte no haberle avisado sobre las connotaciones políticas del cuento. Yo le recordé a Quijano que no, que los originales de tu cuento los había dejado junto con los otros, para que apareciera en libro, en la editorial “Biblioteca de Marcha”, y que su yerno Ulises Beisso, quien administraba la editorial (yo también trabajé en la editorial), tenía todos aquellos materiales. De qué manera se llegó a publicar en el semanario y no en libro, lo sabés. Aquella semana fatídica el semanario consiguió más anuncios publicitarios, lo cual les permitía (y hasta exigía) ampliar las páginas, pero no podían hacerlo con dos o tres, el mínimo eran ocho. No tenían material y recordaron que estaba tu cuento. Beisso les dio los originales.
Marra: Te entiendo. Y Quijano no lo leyó, me parece.
Ruffinelli: Nadie lo leyó. En todo caso, la “irresponsabilidad” fue general. Tiempo después Quijano citaría a Santo Tomás: “El mayor pecado es la imprudencia”.
Marra: Eso fue una de las cosas más increíbles.
Ruffinelli: Parece que el único que tuvo dudas fuiste tú. Me lo dijo Alfaro.
Marra: Sí. Ahora te quiero contar lo que me pasó a mí.
Ruffinelli: Déjame terminar esto y luego pasamos a tus recuerdos.
Marra: Sí, porque se interponen las historias.
Ruffinelli: Entonces, en el 75 Quijano lo entendió. Era importante saber que no había sido una circunstancia planificada, de decir: “Voy a dejar este cuento para que se publique tal o cual semana”. Por otro lado, yo estaba en México y se supone que otra persona estaría encargándose de la sección literaria.
Marra: Sí, fue la ampliación de las páginas lo que dio lugar a que hubiera que meter más cosas, dio pie al hecho.
Ruffinelli: Después se añadió otra historia, otro mito, diríamos, que también me lo contó Quijano. Me dice: “Es que Onetti le dijo a usted que me comunicara a mí, que el cuento era peligroso”. No sé si usó ésa u otra palabra por el estilo. Es decir, una advertencia. Yo le dije: “No es verdad. Lo que señaló Onetti fue su prevención sobre el lenguaje crudo del cuento, lo cual quedó asentado en el acta que se publicó.” Es cierto que Onetti estaba preocupado en hacerle llegar a Quijano esa prevención sobre el lenguaje, porque Quijano ejercía censura cuando en un poema o en un cuento existía alguna referencia sexual. Era conocido el puritanismo de Marcha en cuanto al lenguaje. Puritanismo que Onetti compartía con Quijano. Onetti me dijo algo al respecto, no sobre algún riesgo político, sino a la previsible reacción de Quijano cuando leyera el cuento. Ninguno de nosotros vio, diríamos, la supuesta peligrosidad política del asunto.
Marra: Claro.
Ruffinelli: Ninguno la vio, y yo no sé si la hubieran visto con anticipación en el caso de haberlo leído. Porque a posteriori todos somos genios, todos la tenemos clara. A posteriori todos decimos: “Pero cómo fuimos a publicar ese cuento”. Yo lo habría publicado en libro, entre otras cosas por la extensión: eran treinta y algo de páginas. Y el libro no habría sufrido las consecuencias de la censura. Para los militares Marcha era lo “peligroso”, no tu cuento. Se aferraron a tu cuento para clausurar Marcha. Qué curioso: nunca adujeron causas políticas, sino “obscenidad”. Marcha llegaba a una cantidad grande de gente, y era uno de los últimos periódicos...
Marra: ...que todavía se podían leer. Y que decía cosas. Ahora yo te cuento. Siguiendo el hilo de tu tema, también me intereso por saber. Pero primero te cuento los hechos como ocurrieron, y luego, las indagaciones sobre lo que había detrás de aquello. Yo recuerdo que a fin del año 73 tú ya no estabas en Uruguay. Fui a Marcha a hablar con Alfaro. Simplemente para preguntar cuándo salía el cuento, cuándo lo publicaban en libro o en el periódico. Lo primero que hizo Alfaro fue darme un abrazo, felicitarme porque hacía mucho tiempo que no nos veíamos, “Te felicito por el cuento, tal y cual.” Y entonces le pregunté. Me contesta: “Mira, no lo tenemos previsto todavía”. Creo que había problemas económicos en Marcha. “No tenemos previsto cuándo sacarlo, cuándo publicarlo en Marcha, y mucho menos en libro, va a demorar un poquito más, pero quédate tranquilo que va a salir sin ningún problema, tanto en el medio periodístico como en el libro. Y dentro de un mes, una cosa así, te vamos a pagar”. No me acuerdo qué cantidad de dinero era el premio. Y entonces me acuerdo que me despedí, y le dije: “Una cosa que te quiero decir, Hugo, y es importante, es que el cuento es fuerte.” Yo había escrito el cuento mucho tiempo antes del concurso, y lo había perdido de vista, pero recordaba que era fuerte. Entonces le dije, “Yo lo que te quiero decir, Hugo, es que antes de publicarlo en el periódico, por favor me llames”.
Esto, naturalmente, porque uno era el escritor. “El guardaespaldas”, que Alfaro tampoco había leído, tiene ciertas connotaciones políticas, y cuando lo escribí podía ser publicado, pero no sabía lo que pasaría en ese momento.
Le digo: “Tengo un poquito de miedo y quisiera verlo”. “No, no hay problema, yo te aviso”. Y así pasó.
No me acuerdo, sinceramente no me acuerdo de todas las circunstancias, no sé si es un bloqueo, pero en determinado momento me entero de que el cuento iba a salir la siguiente semana. No me acuerdo de cómo me enteré, pero sí que en ese momento estaba dando clases, era profesor en el Liceo Larrañaga. Y cuando lo supe me quedé bastante preocupado. Era febrero, no había casi nadie, tú no estabas, entonces llamé a una persona a quien casi no conocía, Gerardo Fernández, Secretario de Redacción de Marcha. Y le dije: “Me han comentado que esta semana se va a publicar el cuento”. Y me dice Gerardo: “Sí, lo vamos a publicar”. “Por favor, Gerardo, yo hablé con Alfaro.” Y él me explicó entonces lo de la ampliación de páginas, que ocurre esto y lo otro, y: “Tengo la orden de publicarlo.” Le digo: “Pero, ¿vos leíste el cuento.?” Me contesta: “No, no, yo no lo leí, pero yo lo tengo que publicar”. Le estoy hablando desde un teléfono público del bar La Teja. Le digo: “Mira, yo hablé con Alfaro.” Me dice: “Alfaro no está”. Le aclaro: “A Alfaro le dije especialmente que no se publicara porque era un cuento...” Gerardo me contesta: “Bueno, vení a hacer las correcciones.” Le digo: “No es un problema de hacer las correcciones”. Creo que era un martes o un miércoles, y el periódico salía el viernes. Lo último que le digo es que lea el cuento, porque una vez leído lo va a levantar. Yo no fui a corregir ese día. Y así quedó todo.
Y bueno, ese viernes me entero cuando compro Marcha, que el cuento había salido. Me pasó un poco lo que tú decías, que ya salido el cuento no tuve conciencia de la gravedad que podía tener, y pasaron las horas de la mañana, y me dije: “Me voy el fin de semana a Solimar”. Me fui a Solimar, pasé el día y la noche tranquilo. “A lo sumo, lo que podrá haber aquí es que de repente cierren Marcha por una semana, me llamen a mí a declarar, y arreglo todo”.
Y en la madrugada apareció la policía.
Ruffinelli: Esa es la versión que conozco, sí. Luego yo, de todo este tema, con quien más he hablado ha sido con Quijano, primero en Buenos Aires, y después, alguna vez más a lo largo de los años de México, cuando Quijano me propuso que escribiera para “Cuadernos de Marcha” en su edición mexicana, y lo visité algunas veces en su departamento en el sur de Ciudad de México. De todos modos, yo no le encontraba mayor explicación a las circunstancias, y lo atribuía a una acumulación de errores, de azares, de casualidades. Y la consecuencia inmediata de la publicación fue terrible.
Marra: Sí, fue terrible. Creo que estuvieron todos ellos presos, Mercedes, Quijano y Onetti, entre cinco o seis meses. Y yo en principio creí que iba a suceder lo mismo conmigo, pero me llevaron al juez militar, y ahí vino un procesamiento. Me dieron una figura rarísima, que se llamaba Asistencia en Asociación Subversiva, porque consideraban que con la lectura de ese cuento yo estaba estimulando la subversión, es decir, buscaron la manera de darle un sentido punitivo fuerte a la cosa, y no suficiente con eso, me llevaron al juez de lo civil para determinar si había pornografía, y ahí tanto el fiscal como el juez, en una época tan dura como aquélla, se portaron muy bien, y valoraron que no había pornografía, y se opusieron a las apreciaciones del fiscal y los jueces militares. De todas maneras lo civil no contaba para nada, y lo que los militares querían era, por un lado, un castigo ejemplarizante contra mí, y por otro lado, un buen pretexto para darle el palo definitivo a Marcha, pues desde hacía tiempo buscaban dárselo.
Ya sabemos lo que ha sido en Argentina, en Chile, y en definitiva fui un priviligiado, porque en última instancia no fueron más de,cinco, seis días de tortura, y lo que ellos buscaban era comprometer a Marcha, y que yo firmara una declaración de que Marcha era como una especie de cantón. No se trataba de denunciar a nadie en particular sino a Marcha como concepto. Con mi negativa, a partir de ese momento yo me podía mirar al espejo todas la mañanas con tranquilidad, porque había actuado honestamente, y creo que de alguna manera, no digo que le “salvé” la vida a mucha gente, pero ayudé a gente que no tenía ningún compromiso con los Tupamaros, a que no cayeran en aquello. Porque eso era lo que les interesaba, en definitiva; el cuento era un pretexto para llegar a eso.
Y otra de las anécdotas que vale la pena contar es que en los interrogatorios —naturalmente yo estaba encapuchado, o sea, no veía a quién me interrogaba—, siempre había dos o tres personas, sin duda comisarios, por el nivel de lenguaje y por lo que decían. Uno en especial era un individuo de mucha cultura, lo cual me hizo pensar que había gente que veíamos por la calle sin saberlo, y que estaba comprometida con la policía, ¿no?
Ruffinelli: Y que indudablemente no eran militares.
Marra: No, probablemente eran civiles, porque incluso yo recuerdo que hablamos de Ingmar Bergman, y hablamos, me acuerdo, de La Naranja Mecánica, una película basada en una novela de Anthony Burgess, que se estaba exhibiendo en aquel momento, y el individuo, estando yo encapuchado, hablaba como podríamos estar conversando ahora tú y yo. Tenía un nivel que seguramente no era propio de un policía ni de un militar, era un civil que estaba apoyando la represión y que —a veces esto indigna—, no daba su cara. Y hasta no me extrañaría que fuera profesor de literatura. Yo lo comenté con mucha gente y surgieron nombres, pero acusar sin pruebas me parece infame.
Y después vinieron los cuatro años de cárcel, y eso sí que me pareció mentira, porque realmente siempre esperaba que fueran seis meses, un año. La justicia militar es deliberadamente lenta, y fue prolongando aquello que se hacía kafkiano. Además las noticias que yo tenía del exterior eran muy pocas. Y no sabía si se estaba haciendo algo por mí. Por la que era mi mujer en aquel momento, me enteré que se movían, tanto en México como en Francia, en Venezuela, en Italia, pero no me llegaba absolutamente nada. Y así pasaron los cuatro años, que fueron mucho más que eso, pero tampoco quiero hablar de ello.
Ruffinelli: No sé si leíste los libros de Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro, Memorias del calabozo. Si lo hiciste, ¿podrías comparar con las de ellos las condiciones de tu encarcelamiento?
Marra: Las mías se puede decir que fueron condiciones “de lujo”, porque yo estaba en [la cárcel de] Punta Carretas, que era el penal “privilegiado”, si se puede llamar a cualquier penal privilegiado. No era el de “Libertad”, con su aislamiento, la distancia, la incomunicación. Si bien es cierto que Punta Carretas era “privilegiado”, yo también sufría aislamiento. La comunicación era muy difícil, y como te dije, no se sabía lo que pasaba afuera, ni hasta cuándo podía durar todo aquello, o si el gobierno militar iba a consolidarse, o un día alguien iba a entrar y pegarte un tiro. Porque ahí no iban a estar preguntando por qué causa estaba cada uno. Todos los que estaban ahí estábamos en la misma bolsa.
Ruffinelli: ¿Tenías comunicación con otros detenidos?
Marra: Sí, además las celdas se compartían. Al principio éramos dos, tres, llegamos a ser hasta cinco en una celda, cuando aquello se empezó a abarrotar. Te llevaban preso por una pintada en la pared y te metían dos años.
Al final, cuando yo me decía, “Pero qué injusticia, estar preso por este cuento”, sin embargo casi se me hacía normal porque veía de repente que a un chico de 18 años, por pintar, qué sé yo, “Viva la no sé” —el sindicato tal o cual—, lo metían a la cárcel por dos años. Era tremendo.
Creo que Uruguay fue el país que tuvo menos muertos y más presos. A mucha gente la llevaban a “Libertad”, pero yo por suerte siempre me quedé, y fueron cuatro años, de alguna manera terribles, que aproveché en lo que pude para leer, escribir poemas. Lo que se podía hacer en el escritorio era muy poco, porque todo lo censuraban.
Fue una etapa muy dura, y lo que a veces me dolió —ya casi ni me duele pero a veces lo recuerdo—, es que el tema no tuvo la resonancia que podía haber tenido. Cuando, ya viviendo en Europa, veía yo reclamar a Goytisolo, a Semprún, a todos estos, por la libertad de Valladares en Cuba, me preguntaba: ¿Qué obra hizo Valladares, y por qué razón está preso? Yo no había estado preso por poner una bomba en una escuela, ni en un edificio, yo estaba preso por escribir un cuento y tenía tres o cuatro libros publicados, realmente era un escritor detenido por motivos políticos relacionados con la literatura, y evidentemente no se hizo el escándalo que pudo haberse hecho si yo hubiera sido un escritor de derecha en cárceles cubanas. Eso fueron cosas que me dolieron. Luego, ya viendo el exilio, y las dificultades que existen, me empecé a dar cuenta de que la gente tampoco se puede pasar pensando en uno.
Ruffinelli: Sí, pero no se trata sólo de las “dificultades” del exilio. Estoy de acuerdo contigo en cuanto a la diferencia de reacciones. Yo estaba en México en esa época, y visité a Octavio Paz para pedirle su apoyo, y Paz me comentó que él no firmaría por Onetti, o por ti, hasta que Carlos Monsiváis no firmara reclamando por la libertad de Solzhenitsin. Y es que coincidió el “caso Solzhenitsin” con el de ustedes. El de Solzhenitsin era un “caso” grande porque tenía detrás el aparato de propaganda anti-comunista norteamericano, y la mala conciencia de los intelectuales occidentales. Solzhenitsin luego acabó millonario en una granja en Estados Unidos, y suerte por él. Quiero decir que el ruido benefició a Solzhenitsin, en última instancia, y le dio una fama internacional que su propia obra literaria nunca le hubiera conseguido.
Marra: Era un escritor bastante mediocre. Un escritor del siglo XIX. Un realista que no corresponde a este siglo, católico además.
Ruffinelli: Pero coincidió. Y eso obnubiló, por un lado, a mucha gente, debido a todos esos otros intereses extra literarios. O extra “derechos humanos”. En el caso de Solzhenitsin se trataba de una expulsión. En el caso de ustedes era la cárcel, la tortura. Era mucho peor. Y siempre recuerdo aquella reacción de Paz, que tenía mucho más que ver con polémicas internas entre intelectuales mexicanos que con escritores detenidos, torturados o expulsados.
Finalmente algo se publicó en Plural, la revista de Paz, en defensa de ustedes, pero nunca, como tú bien señalas, hubo el ruido que finalmente pudo haber por Valladares, donde incluso se mintió a sabiendas. Indigna pensar que se decía que, por la tortura sufrida en cárceles cubanas, Valladares estaba paralítico y andaba en silla de ruedas. Cuando lo van a buscar al aeropuerto y sale caminando, se descubre que eran mentiras, propaganda.
Marra: Hubo gente, tengo entendido, que, a pesar de sus posiciones ideológicas, firmaron y se movieron por mí, como por ejemplo Mario Vargas Llosa y Emir Rodríguez Monegal. Me comentó Georgina, la hija de Emir, que su padre se había movido. No sé, yo estaba muy incomunicado.
Ruffinelli: El nombre de Vargas Llosa me recuerda otra historia para el anecdotario. En 1975 participé en un simposio en Cali, y estando allá organizaron de improviso una conferencia mía sobre lo que estaba sucediendo en Uruguay. Yo llevaba un editorial de dos páginas, escrito por Carlos Quijano sobre el “caso” desde el punto de vista jurídico, y reproducía buena parte de la actuación judicial. Entonces mi conferencia fue muy detallada sobre el caso de ustedes, y entre el público, escuchando, estaba Mario Vargas Llosa. Terminada la conferencia él participó, hizo comentarios.
Marra: Eso en Colombia.
Ruffinelli: Eso en Cali, Colombia. Lo que quiero decirte es que había un interés palpitante, luego me hicieron entrevistas en los periódicos locales y todo era sobre esta situación, no para preguntarme de literatura, sino sobre esta situación.
Marra: Una de las cosas bonitas que me ocurrieron cuando salí y empecé a recopilar cosas que se habían escrito sobre el tema, se relaciona con Cuba. Yo me exilié en Suecia, y lo primero que recibí fue una invitación de Casa de las Américas, y entonces, cuando llegué a Cuba, no me acuerdo ahora el nombre de la chica rubia, muy simpática, que fue luego embajadora en Brasil.
Ruffinelli: Trinidad Pérez.
Marra: Trinidad me comentó, así, a nivel personal, que en Casa de la Américas habían hecho el compromiso de que cuando saliera en libertad me iban a invitar de inmediato. En su biblioteca pude encontrar muchos materiales. Y también en Europa, y en México. Y vi ediciones clandestinas del cuento, estupendas. Vi una de Venezuela, otra de México, otra en inglés, pues se tradujo en Estados Unidos o en Canadá. Vi también algo que salió en Italia. Entonces realmente me emocioné, fue como una especie de revival, de flashback, de volver atrás, y aquella incomunicación, aquel decirme “Nadie se acuerda de mí”, advertí que no era cierto, que se había acordado mucha gente.
De “El guardaespaldas” tengo muchísimas ediciones clandestinas. A veces compuestas pobremente desde el punto de vista tipográfico, pero lo bonito era que aquello había sido como una especie de bandera de lucha.
No sé si ahora querés entrar un poco en el presente, en el Uruguay.
Ruffinelli: Un aspecto más: ¿cómo pasaste de la cárcel a Suecia? ¿Cuál fue la dinámica?
Marra: De la cárcel a Suecia pasé como casi todos los que nos fuimos, y ahora sí se puede decir, porque no creo que se vuelva a repetir, por lo menos esta historia. Al salir de la cárcel, no me interesaba irme del Uruguay pero a la vez vi que era absolutamente imposible realizarme como nada. Mi nombre estaba prohibido, y no sólo el mío: el de Hugo Alfaro estaba prohibido. Me acuerdo que un día nos encontramos Alfaro y yo, y tomamos café en un bar en la esquina de Julio Herrera y 18 de Julio, y entonces me dijo: “Yo escribo críticas de cine para leerlas yo mismo, para no perder el training”. Estaba absolutamente prohibido. Fíjate que su caso no era tan grave como el mío. O sea que yo, escribir, en lo absoluto, yo dar clases, en lo absoluto, yo moverme en el medio intelectual —aparte de que el medio intelectual no existía—, en lo absoluto. Tampoco había un ambiente, y el que había era chato, mediocrón, todavía no había surgido lo que después se genera —según dicen—, con una nueva cultura, la canción de protesta y toda esta historia de los nuevos. Y me sentía perdido. Y luego otra cosa, y es que vi que al principio, durante el primer mes luego de salir de la cárcel, eran todas fiestas y reuniones, pero luego la vida continúa, cada cual en su mundo. Aparte, la gente tenía miedo. Recuerdo gente que se ha portado maravillosamente, y que no tenía ningún problema en salir a la calle conmigo, pero también recuerdo a algunos, cuyos nombres no voy a referir, que tenían miedo de ser vistos conmigo, y me evitaban, y aunque lo intentaban hacer de una manera elegante, no dejaba de ser una forma de marginarme. Y yo entiendo el miedo, porque creo que todos los seres humanos tenemos miedo en diversas circunstancias, y entonces, lógicamente, lo único que podía hacer era irme.
Por otra parte, yo estaba obligado a “firmar” en la Jefatura y en la presidencia, la típica rutina policial y militar de las dictaduras. Y me puse a analizar mi situación. Me conecté con la embajada sueca a través de un amigo que se portó estupendamente bien, y me arreglaron ellos todos los papeles. Pasaron un fax a su embajada en Río de Janeiro, y a la ACNUR, que era una oficina de las Naciones Unidas, y entonces me dejaron toda la infraestructura lista para salir. Yo sabía que el que tenía que jugárselas era yo, pero todo el mundo salía y no pasaba nada grave, en general, por lo menos que yo supiera. Y así fue que, planificadamente, en cosa de un mes, “firmé” en la Jefatura de Policía una mañana y esa misma noche me tomé un autobús y me fui directamente a Río de Janeiro, por tierra. Me bajé en Rivera, crucé la frontera caminando, y luego tomé un autobús, allí en la frontera con Livramento, fuimos hasta Sao Pablo, y luego Rio, y ya en Rio fui a la oficina de ACNUR y a la embajada sueca. Estuve diez días, después volé a Suecia. Esa fue la mano que me estaba echando el gobierno de Suecia, que fue muy solidario con los perjudicados —por llamarlos de alguna manera—, o los afectados, por la dictadura.
Y entonces ahí paso una estancia en Suecia, ya casi de remanso, de reposo, en principio, porque uno sentía afortunadamente la pérdida de la cárcel, pero también, con menos fortuna, la pérdida del país. Se amalgamaban dos sentimientos. En Suecia hice muy buenos amigos, también publiqué con la editorial [uruguaya y exiliada] “Comunidad del Sur”, una versión en sueco y una versión en castellano, del cuento “El guardaespaldas” y varios cuentos más, que en eso, también hay que decirlo, la solidaridad se portó muy bien. Esa es la historia, muy resumida.
Ruffinelli: Suecia, a la vez, representaba un tipo de cultura, llamémosla “nórdica”, muy diferente a la nuestra. Demasiado.
Marra: Sobre todo a mí me afectaba mucho el clima. Y también, claro, el ambiente cultural, a pesar de que te daban muchas facilidades. Por ejemplo pude dar clases de historia del teatro, para un grupo de argentinos y chilenos, pagado por el gobierno sueco. O sea que cobraba por eso, preparaba guiones para la radio —que ellos traducían al sueco—, hablé de literatura uruguaya, di conferencias. En ese sentido, te diría que, paradójicamente, a pesar del tema de la lengua, en comparación con España, que tiene nuestra misma lengua y muchos otros vínculos, los suecos se portaron infinitamente mejor. Ya te digo: conferencias, charlas, traducciones, guiones para radio, clases de teatro, todo ello en un marco que no era el mío, evidentemente, pero de todos modos podía haber seguido viviendo ahí.
Ruffinelli: Y ahora, en España, te estás encontrando.
Marra: A mí me pasó un poco al revés tuyo, yo creo que tú al principio eras periodista y ahora eres profesor, yo al principio era profesor y ahora soy periodista. En Uruguay no ejercí nunca el periodismo regularmente, sino que era un colaborador de revistas y semanarios, y lo que tengo que agradecerle a España es haberme dado la oportunidad de trabajar en la prensa y haber aprendido. Siento que a nivel periodístico he aprendido y por eso tengo gratitud y me siento cómodo. Por otra parte las dificultades para publicar libros son grandes, no solamente para mí sino para los latinoamericanos, sobre todo después de que se produce el ingreso de España a la Comunidad Europea y cambia su mentalidad, y hay toda una publicidad hacia el eurocentrismo, que es lo que está viviendo España en este momento. Ahí hay una necesidad de crear una generación de autores españoles, y por otra parte hay una especie de, si no desdén, enfriamiento de las relaciones con los escritores latinoamericanos.
Creo que además los escritores latinoamericanos aquí tuvieron su cuarto de hora, porque se lo merecían, y aportaron mucho, pero en España están cansados de ese tema y prefieren crear su propia cultura. Su propia escritura, quiero decir. Y que esa escritura se emparente más con la escritura europea que con la latinoamericana. A veces leo novelas españolas que no me gustan absolutamente nada, pues parecen traducciones del alemán. Las entendería si fueran escritas por un alemán, pero no las entiendo escritas por un español, porque son falsas. Y eso es la literatura de aquí. Además, el Ministerio de Cultura da ayudas económicas a las editoriales siempre y cuando seas español. Me acuerdo de la ultima tentativa que hice de publicar. El editor me dijo: “¿Tú te has nacionalizado español?”. “No”, le contesto. “Qué pena”, dice. Hay una marginación en ese sentido.
Ruffinelli: Me gustaría volver un poco atrás. En los primeros seis meses estuvieron detenidos todos. ¿Había alguna comunicación entre tú y Carlos Quijano, Juan Carlos Onetti, Mercedes Rein?
Marra: No, porque yo inmediatamente pasé a la cárcel, y ellos estuvieron en el Cilindro. Creo que Onetti estuvo recluido en un hospital siquiátrico por un tiempo, y luego fue al Cilindro. De modo que Alfaro, y todos ellos, estuvieron en el Cilindro, incomunicados, y yo ya estaba procesado. Perdí la comunicación después de que salimos del juzgado militar, y desde entonces ya no los vi nunca más. Bueno, a Onetti lo vi luego aquí en Madrid, y a Quijano lo vi en México.
Ruffinelli: Aquí introduzco un nuevo tema, que es parte de la mitología que se produjo en torno al hecho. Un cierto tiempo después, pero antes de que Carlos Martínez Moreno se fuera a radicar a México, también exiliado, me envió una carta y me explicaba algo así: “Mire, nunca lo vaya a tomar a mal, pero usted estaba afuera, entonces lo abogados tratamos de utilizar esa circunstancia, y dado que no podían hacerle nada a usted, le cargaríamos parte de la culpa para aliviársela a los demás.” No sé si él fue abogado defensor de uno de ustedes en particular, hablaba en términos de abogado.
Marra: Creo que fue el abogado defensor de Quijano o de Onetti. O de ambos. Pero trabajaban juntos con un equipo – es decir el mío. No, creo que el abogado de Onetti era otro. Martínez Moreno era creo que de Alfaro y de Quijano y de Marcha, Onetti tenía otro y yo tenía una abogada joven, y ellos trabajaban comunicándose, se coordinaban.
Ruffinelli: No sé hasta qué punto, pero de acuerdo a lo que me explicaba Martínez Moreno, el recurso era hacer de mí una especia de “autor intelectual” del cuento, de ti un “ghost writer”, y añadir que yo había “presionado” a Onetti para que votara en favor de tu cuento. Hasta había “testigos” en ese sentido: la mujer de un escritor que tú conoces sirvió a ese propósito.
Marra: ¿Pero era a nivel judicial, con testigos?
Ruffinelli: Sí. Y lo que ayudaba a crear esa historiaera que el Jurado del concurso de cuentos nunca se reunió para dictaminar. Onetti estaba de veraneo en Las Toscas, y Mercedes Rein estaba recién operada en Montevideo. Yo los visité a ambos, pero nunca coincidimos los tres. Esa irregularidad es cierta, de modo que existía un espacio “gris” útil para crear esa versión fantasiosa. Según esa versión, yo te había dado el tema a escribir, y que te había “asegurado” que ganarías el premio.
Marra: Eso todo creado por Martinez Moreno.
Ruffinelli: No. Martínez Moreno me decía que era una estrategia de los abogados.
Marra: Pero todo eso te lo dijo él.
Ruffinelli: Sí.
Marra: Que la estrategia de los abogados se montaba a esas tres ficciones.
Ruffinelli: Claro, para beneficiarte a ti, a Onetti, a Quijano, a Mercedes, a Alfaro. Lo cual estaba bien, hubiera contado con mi bendición de habérseme consultado antes. Me habría satisfecho funcionar como un colchón amortiguante en esa situación tan dramática, y hasta engañar a los militares. Yo estaba en México, en un clima de incertidumbre, y el día en que fui a renovar mi pasaporte, me dijeron que el consulado debía esperar indicaciones de la Cancillería. Esas indicaciones llegaron unas semanas después, sin explicaciones de ninguna clase: “A Fulano y Mengano, renovarle el pasaporte; a Ruffinelli, no”. Punto. ¿A quién ibas a reclamarle?
Marra: Yo, eso, así como me lo contás, con esos datos que te contó Martínez Moreno, la verdad es que no lo sabía. Oí luego cosas que ahora te voy decir.
Primero te quería aclarar un punto. El expediente era uno solo, que se llamaba “Quijano y otros”, por lo cual, si bien eran tres abogados distintos, ellos actuaban coordinadamente. El expediente se desprende cuando ellos quedan liberados, seis meses después, y yo soy procesado. O al revés: yo soy procesado y ellos liberados. Yo tuve la suerte —no, la obligación— de leer toda la defensa de mi abogada, que luego tuvo que ampliar ante la justicia militar, y en ningún momento, por lo menos en mi caso, muestra ninguna vinculación contigo de nada de esa índole. Ahora, luego sí, saliendo al extranjero oí, en distintos sitios, que la gente —y gente que no tiene nada que ver con la literatura, ni con la cultura, pero conocía el episodio— comentaba: “Pero al final el caso tuyo fue una presión de Ruffinelli a Onetti”. Bueno, yo eso no lo puedo saber, ni creo que Onetti se dejara presionar. Y también me comentaron algo como que... “Ah, pero tú tienes un acuerdo.” Ahí directamente los mandaba al diablo, porque me parecía hasta una tomadura de pelo.
Quiero decir que posiblemente sea cierto que lo hayan manejado como táctica, y luego salió de los juzgados. ¿Te das cuenta de lo que te quiero decir? Y eso se fue corriendo, y entre ese mar de confusiones, todos los gatos son pardos.
Por otra parte, había exabruptos —lo que tú dices de la falta de inteligencia policial o militar. Hay dos anécdotas, que son dos pequeñas joyas. Una, del principio, que tal vez conoces, y otra del final. La del principio aparece en el prólogo del libro que se publicó en Suecia, y es cuando yo voy al juzgado, ya pasada la tortura, y el juez —un pobre desgraciado, un viejo que no tenía idea de nada—, después de hacer las preguntas típicas y de decirme, “Usted tiene hijos?”, y yocontestarle: “No. Tengo sobrinos”, añade: “¿Y usted dejaría leer a sus sobrinos ese cuento?”
A esos niveles era la justicia. Y entonces se quiere poner en Sherlock Holmes, y pregunta: “¿A usted quién le inspiró el cuento?” Yo le digo que de alguna manera Mario Vargas Llosa me inspiró con su Conversación en la Catedral. En ese momento el Juez se pone de pie y le dice a su escribiente: “Requiérame inmediatamente a ese Vargas Llosa.” Me imagino que conocías ese episodio.
La otra historia es de cuando salgo de Punta Carretas y nos llevan a Jefatura dos o tres días, de “congelador” y de reconocimiento. Un día nos llevan a 20 ó 25 de los que habíamos salido, y nos meten en una sala de espejos —de ésos en que te pueden ver ellos desde el otro lado, pero tú no los ves a ellos. Lo hacían para instruir a los policías sobre quiénes éramos. Entonces íbamos pasando, “Fulanito, miembro de tal o cual cosa”. Y yo me preguntaba: “¿Qué dirá de mí?” Cuando paso, dicen: “Nelson Marra, miembro de la Juventud Comunista”.
Fíjate: yo nunca había estado afiliado ni a la Juventud Comunista ni al Partido Comunista, pero ellos me atribuían que yo había caído preso por ser miembro de la Juventud Comunista. Hasta qué punto un mar de confusiones puede seguirse armando.
Ojalá dijeran eso ahora de nosotros. Sobre todo, por lo de la “juventud”. Yo quedé alucinado. Y luego había también las aspirantes a psicoanalistas, que en noches de reposo y con mucha ternura, me decían: “Ese fue un acto autodestructivo tuyo. Tú lo que querías era pagar una culpa”. Así que eso podemos meterlo también en el anecdotario. A lo mejor fue un acto autodestructivo mío. En fin, yo creo que habré oído muchas más interpretaciones, pero todas bastante descabelladas.
Ruffinelli: Creo que coincidimos en interpretar que el episodio entero, la clausura de Marcha, el encarcelamiento de ustedes, fue o sirvió —tal vez ellos no lo tenían en la cabeza, pero luego les sirvió— como amedrentamiento dirigido a los intelectuales y políticos uruguayos. Fue una detente. Un tapabocas poderoso.
Marra: A todo lo que iba quedando.
Ruffinelli: Claro. Un acto ejemplar, ellos buscaban un acto ejemplar. Y qué mejor que ejemplarizar con el más respetado de los periodistas, Carlos Quijano; con el escritor más prestigioso, Onetti; con un novelista, poeta y ensayista joven, tú; con una mujer escritora y traductora muy respetada, Mercedes Rein.
Marra: Lo de Brecht: Ahora le toca a los intelectuales.
Ruffinelli: Hasta ese momento todavía existía un margen para la crítica. De ahí que Marcha haya sufrido tantas clausuras parciales. Pero después de este episodio ya no se pudo hablar más. Fue el silencio absoluto.
Lo singular después, cuando comienza a restaurarse la democracia, viene el plebiscito y un nuevo gobierno civil, con amnistía, y el regreso de los exiliados, tampoco habrá ya el espacio para el debate. Este episodio queda enterrado en los anales del olvido uruguayo.
Marra: Coincido totalmente contigo. Y en estos últimos tiempos he pensado mucho en por qué ese silenciamiento sobre un hecho que fue importante. Y no fue “importante” por “mi” prisión —porque presos ha habido muchos y en peores condiciones— sino por todo lo que se connotaba: el semanario Marcha, Quijano, Onetti. Fue muy grande como para ser olvidado. Y yo me pregunto por qué. Una de mis lecturas es que ese silencio está vinculado con el puritanismo uruguayo. Del cuento yo escuché críticas de gente de izquierda, del Partido Comunista, en la cárcel, en Suecia, en México, en España, en Uruguay. Me decían “No es lo mejor que has escrito”, o que era un cuento “pro-Tupa” —y recordás que había diferencias profundas entre Comunistas y Tupamaros. Era casi lo mismo que me podía decir un militar —claro que no con la misma carga, ni con la intención de torturarme—, pero la misma pacatería de ese señor que me preguntaba si me sonrojaría si mi sobrina leyera el cuento. Con esa misma mentalidad provinciana o parroquial. Y, en general, más allá de las pugnas políticas, existía la pacatería y la doble moral uruguaya, conocida desde siempre.
Otra causa ya no me toca a mí solamente, y es que se creó una especie de muro entre los escritores que quedaron dentro y los que quedamos fuera. Una suerte de resentimiento. Claro que todas las cosas generales tienen sus grandes excepciones, extraordinarias excepciones, pero creo que existe un resentimiento contra quienes nos fuimos. Tú, si volvías, era para que te llevaran directamente al penal de Libertad. Yo, si me quedaba, era para destruirme o para que me volvieran a meter adentro. Y como sabés, muchos nos fuimos, incluyendo a Quijano y a Onetti. Se creó un resentimiento, y yo creo que en este momento, por lo que tengo entendido, hasta el propio Mario Benedetti es cuestionado, hasta el propio Eduardo Galeano es cuestionado, y eso que ellos viven allí, o viven mucho tiempo más allí, de lo que vivimos nosotros.
Habría otra interpretación más para ese silencio, que está vinculada con el tema del olvido. Hay una necesidad de olvidar. Eso mismo pasó en España con el Franquismo, y posiblemente pase también en América Latina. No conozco a fondo el problema en el Uruguay, pero creo que se trata de olvidar ese tipo de cosas. Es raro, por otra parte, que esto suceda en un país tan pródigo en libros de ensayo, y como dices tú, de politólogos y sociólogos, y tal y cual. No deja de ser extraño.
Apunto esas explicaciones, y podrá haber otras, y quizás ninguna sea la acertada, pero tal vez formen un conjunto. No sé qué opinas tú de este tema.
Ruffinelli: Todo lo que dijiste es posible, verosímil, y has tocado aspectos interesantes, porque van también más allá de ti y de mí. Van a los exiliados que hemos estado fuera, y que luego regresamos, sea por un tiempo limitado o a residir, y hay una cierta invisibilidad y un absoluto desinterés por las experiencias asumidas afuera. Creo que una de las pocas escritoras que no ha sufrido la invisibilidad es Cristina Peri Rosi.
Marra:¿En qué sentido?
Ruffinelli: En que está publicando libros y se leen en el país. Viajó varias veces a Montevideo, dio conferencias, tuvo mucho público, etc.
Marra: Pasa que ella se fue antes de la guerra, digamos.
Ruffinelli: Tampoco se ha analizado en Uruguay el silencio cultural interno durante la dictadura. La época en que se pudo hacer algún tipo de “resistencia” y la época en que no hubo ninguna posibilidad de resistencia —los años del terror. En cuanto a la resistencia, existe por ahí la hipótesis de que el “silencio” fue una forma de expresarla. No escribir, no hablar. O buscar lenguajes y estilos nuevos, como en las muy buenas novelas de Mercedes Rein que hablan de la dictadura sin hablar de la dictadura. O en la poesía, como lo ha estudiado Mabel Moraña. Sin embargo nadie quiere tocar este tema en Uruguay. Y parecería que tampoco a los que estábamos afuera les corresponde hacerlo, o al menos tirar las primeras cartas.
Marra: De todas maneras —y lo digo un poco como mérito, como algo admirable de los intelectuales que quedaron en Uruguay—, no hubo evidentes “colaboradores”, como en Argentina o en Chile. Aunque tampoco pueden dejar de aludirse un par de excepciones, cuyos nombres nos abstendremos de decir.
Ruffinelli: Claro. Al menos, públicamente, nadie de importancia salió a ponerle el hombro a los militares desde posiciones oficiales, y menos aún estuvo directamente comprometido en el hecho, me parece.
Marra: Digamos, en la represión de la cultura.
Ruffinelli: Muchos escritores, profesionales, intelectuales se marcharon, primero a Argentina y, en plena dictadura, a otros países. Se clausura Marcha, y cuando se restaura la democracia se funda Brecha como una “continuación”. Pero no lo es. Existe la sensación equivocada de que no ha pasado nada entremedio, o bien que hay que olvidar lo que pasó. En literatura hubo un renacimiento testimonial, relacionado con quienes padecieron cárcel (Rosencoff a la cabeza, con varios libros), pero es insólito que ni siquiera hay un buen documental sobre la guerrilla Tupamara, así como los argentinos lo hicieron con Montoneros. No es que falte talento, sino que sobra desidia.
Marra: Y ahora habría sido la oportunidad de hablar libremente, de conversar el pasado como lo estamos haciendo nosotros.
Ruffinelli: Tal vez falte tiempo y perspectiva, y vendrá otra generación que investigue y explique. Siempre tuvimos una tradición de jóvenes historiadores destacados. Hay que seguir regando las macetas. Y mientras tanto, te preguntaría: ¿volverías a vivir en Uruguay?
Marra: Sí. Tengo ganas de volver. A pesar de todo lo que dije. O tal vez por todo lo que dije. Sí, porque todo depende del plan de vida que quieras hacer. El plan de mi vida de regreso no sería para vivir del Uruguay, sino vivir en Uruguay, aclaro esto porque es importante. No volver como competidor, que es una de las cosas que provocan el resentimiento. No bien anuncias la idea de quedarte, en seguida te ven como un competidor. Quiero vivir en Uruguay porque creo que es mi hábitat, mi lugar preferido, el lugar donde me siento cómodo. Por otra parte, dentro de las desdichas que he padecido, tenía también el privilegio de haber viajado mucho, cosa que yo no hubiera hecho tal vez si no me hubiera pasado lo que me pasó. Y conocer otros mundos, otras culturas, otros ambientes. Además, necesito descansar un poco, y Uruguay en un lugar de descanso ideal. Miraría un poquito como el personaje de Julio Cortázar en el cuento del axólotl, todo ese mundo detrás de una especie de vitrina, y no lo digo con petulancia alguna, ni con ningún sentido torremarfilista. Me gustaría volver como un observador y a la vez viviendo como todos, pero evitando que me contaminen ciertas cosas.
Ruffinelli: Comparto lo que has dicho. Y creo que también incurrimos en contradicciones. Lo que me confirma la idea de que ya no es posible “volver a casa”.
Marra: ¿Te parece?
Ruffinelli: En el sentido de que los que volveríamos ya no seríamos los mismos, no sólo porque el tiempo ha pasado, o porque uno ha visto más mundo —ésa sería la petulancia que mencionabas— sino porque Uruguay ya no es el mismo. Las veces en que he regresado, y ante todo al comienzo, yo trataba de recuperar los olores de Montevideo (tan diferentes a los de México, o a los de Nueva York), es decir que estaba en un proceso de retroceso a la infancia, sostenido por Proust, pero como diría Thomas Wolfe, no volveríamos a casa sino a otro país.
Marra: Lo que pasa es que entonces tenemos que llegar a la conclusión de que ya no hay casa. Blas Braidot, estando en México después de viajar a Cuba, me comentaba: “Lo he pasado fenomenal en Cuba, pero ahora vuelvo a México, y me siento realmente como volviendo a casa.” Y yo no lo podía decir. Entonces vivía en Suecia y ahora vivo en España. Y siento que si ahora me voy de viaje a París o a China o a Rusia, como en realidad lo he hecho, cuando vuelvo a España no me siento “volviendo a casa”. Y tal vez al Uruguay no me sienta “volviendo a casa”. O sea que se da un poco lo del “ladrillo” de Mario Benedetti ¿no?, La casa y el ladrillo: la casa somos nosotros mismos, porque lo que tú dices es verdad. A lo mejor estoy montando una serie de fantasías del retorno, pero al menos con esas fantasías vivo. Tal vez forman parte de mi presente.
De todos modos, creo que el tema sensorial que mencionabas, de los olores, de las luces, del sonido, del habla, en fin, de ciertas cosas de las que uno no se puede desprender, todas ellas están presentes. Ahora el tema de cómo vivir, de la parte económica, eso es un problema personal, pero partiendo de la base de que eso estuviera superado, sin afectar la renta uruguaya —por ejemplo, ser jubilado en lo laboral y seguir creando en lo intelectual—, puede ser hasta una vida bonita. Yo me la quiero imaginar así, todos los días pienso que tiene que ser mi vida bonita. Porque, si no, llevaría un contencioso con la vida presente demasiado extremo.
Te cuento una anécdota que es muy ilustrativa de lo que te decía con respecto al tema del miedo al pasado, o mejor dicho te voy a contar dos anécdotas. Una tiene quie ver con Onetti y otra con Mercedes Rein.
Fíjate, los dos fueron jurados en aquel concurso. Yo llegué a España en el año 1981, y mi mujer era bastante amiga de Onetti. Un día fui a visitarlo y estuve hablando con él, fui dos o tres veces, y cuando viajé a México él me encargó un libro de Carlos Martínez Moreno. Yo lo veía bien conmigo, muy cariñoso, muy cálido, y sin embargo había una extraña distancia que, viniendo de Onetti, no me sorprendía, porque era “normal” en él. Pero un día me ocurrió esta anécdota. Resulta que yo estaba en una revista, en la cual —de esto hace muchos años—, “condicionaban” mi asentamiento en ella a que consiguiera una entrevista con Onetti. Me dije que era una idea estupenda. Lo llamé y me atendió él —quien normalmente nunca atendía el teléfono—, le expliqué el tema, y entonces me contestó con monosílabos, y al principio no me contestaba, y luego creí que incluso se había cortado la comunicación, y después empezó otra vez con monosílabos, y que “no sabía”. Le digo: “Juan Carlos, fíjate que esto es una cosa muy importante para mí.” “Sí, te entiendo, entiendo lo duro que es el trabajo, aquí, que esto y lo otro”. Y antes de responder con un sí, me dice: “Llamame mañana”.
Lo llamo al otro día y hablo con Dolly, su mujer, y le explico. Me dice: “Mira, Juan Carlos está en la cama, dice que lo disculpes, que no sé qué, que en fin, va a hacer lo posible, quedate tranquilo, hoy es jueves, llámalo el lunes.” Le digo, “Mira que me están poniendo un poco de prisa, aquí.” Dolly me contesta: “Dice que lo llames el sábado”.
Entonces lo llamo el sábado y vuelve a atender Onetti. Ya más seguro de sí mismo, me dice: “Mira, no te voy a dar la entrevista”. “Pero Juan Carlos, estás loco. Tampoco te voy a molestar tanto, nos conocemos.” “No”, me dice Onetti, “a mí me preocupa por lo de tu trabajo, siento que te estoy haciendo daño, pero es que...” —y así acabó la conversación— “...yo te veo y se me aparece la esquina de San José y Yí” [la Central de Policía]. Yo me quedé sin palabras. Le digo, “Bueno, si es así no te voy a insistir.”
Después de ese episodio no lo vi nunca más. Me quedé con rabia con él, porque en aquel momento se trataba de un trabajo, es decir que había una cosa humana y a la vez económica importante, y su actitud me pareció respetable pero, a la vez, que no engranaba con la situación.
Lo de Mercedes fue mucho menos importante, pero en la misma dirección y más breve. Estando en Uruguay en el 87, fui con unos amigos al Teatro Circular a ver una obra, y estábamos ahí en la sala saludando a conocidos, y de repente la distingo a ella. Mercedes estaba de espaldas, me acerqué y le toqué el hombro, se dio vuelta y entonces hizo un gesto de horror, así se le agrandaron los ojos, como si hubiera visto a Drácula. “Mercedes, no es para tanto”, le digo. “No, pero es que no te imaginaba aquí”. Entonces me abrazó muy fuerte y me volvió a mirar con menos horror, pero siempre con horror, y le digo: “¿Cómo estás? “Bien”. Se quedó como ahogada, así que le turbé seguramente la función, y muchos días más. Eso creo que es sintomático, y que te puede servir como instrumento para un “psicoanálisis sociológico” de lo que pasó.
Con Mercedes no hubo problema, fue sólo la sorpresa. Sobre todo lo de Onetti me dolió mucho, porque él me veía a mí como la representación de una esquina, con esas imágenes tan literarias, tan de sus novelas, yo era la esquina de San José y Yí. También yo podría decir que él era la esquina de San José y Yí para mí. ¿Te das cuenta? Todos éramos San José y Yí. Eso me hizo sentir en aquel momento como culpable. ¿Te das cuenta de lo que te quiero decir? Yo culpable de Onetti, yo culpable de Ruffinelli, yo culpable de Quijano y yo culpable de Alfaro. Y de todos los trabajadores de la imprenta de Marcha. Porque esa fue una forma de hacerme sentir culpable. O sea que él no hubiera estado en San José y Yí si no hubiera existido yo, bueno, yo tampoco hubiera estado en San José y Yí si él no hubiera votado por el cuento. Te lo digo con el respeto profundo que siempre sentí por él y por su obra.
También lo atribuyo a su estructura mental, todo en él es diferente a los otros casos que te citaba. Por ejemplo, la recepción de Quijano fue totalmente distinta. Fue la recepción de un hombre maduro, un político, un periodista, un viejo noble y profundo, y fue cálida y cariñosa, y ahí no había trauma alguno. Incluso me dijo: “Algún día nos reuniremos todos, y entre todos aclararemos la verdad”. Yo creo que en homenaje a Quijano tendríamos que llevar adelante un poco todo esto. Aunque la verdad se la van a quedar otros. Nosotros vamos a dar las pistas.
Ruffinelli: Probablemente la verdad está tan a flor de piel que no la vemos. No hay ni por qué buscarla, sino entenderla, simplemente.
(1)Citado por Carlos Quijano: “Tres meses después”, Marcha, 24 de mayo de 1974, p. 4.
(2)El Diario, 15 de febrero de 1974.
(3)The New York Times, 26 de febrero de 1974, p. 7, sin firma.
(4)The New York Times, 13 de marzo de 1974.
(5)La Opinión, 8 de marzo de 1974.
(6)El último número de Marcha apareció el 22 de noviembre de 1974. A lo largo de 20 años se publicaron 1676 ediciones. Luis Peirano Basso: Marcha de Montevideo. Buenos Aires: Javier Vergara Editor, 2001, pp. 47-48.