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El gabinete de Ossian: Onetti y el Uruguay peregrinoGustavo San Román La Embajada de Uruguay en Londres ha enviado dos comunicaciones casi simultáneas. Una trata sobre el programa En tránsito, del Canal 12, que busca información sobre los relativamente pocos compatriotas trasterrados en la Gran Bretaña, quienes aunque no pasarán mucho del ciento, contando los que hace unos años un funcionario denominó "los anglos", mantienen una Sociedad Uruguayo-Británica que organiza un asado anual y publica la revista El Hornero. La segunda carta habla de una reunión de uruguayos emigrados "altamente calificados" a realizarse en Montevideo, organizada por el Ministerio de Relaciones Exteriores y apoyada por la Organización Internacional para las Migraciones. La simultaneidad de las comunicaciones hace resaltar su otra calidad esencial: la de excepcionales. Ambas cartas reflejan un interés en los uruguayos trasterrados a dos niveles, el popular y el oficial. Sean bienvenidos ambos. El número de compatriotas desperdigados por el mundo debe ser significativo, y quizás haya estadísticas oficiales que hasta cubran profesiones de impacto en distintos campos; en todo caso, estos datos saldrán de los proyectos nombrados. Qué excepcional ha sido este período de las últimas tres décadas, en que la emigración económica, política o cultural sacó fuera a tanta gente, en un vuelco desaforado del Uruguay de las vacas gordas. El período de diáspora sigue en curso, como lo demuestra una significativa presencia de uruguayos que empezaban una nueva vida en Europa en el vuelo de pluna-Varig que salió de Montevideo para San Pablo el 7 de diciembre. En un grupo de cuarenta y pocos pasajeros, en su mayoría nativos ya establecidos fuera, había varios principiantes: una pareja con un bebito camino a Valencia, una esposa con hija adolescente camino a reunirse con su marido ya establecido en París, y una mujer joven también camino al encuentro con su compañero. No conviene decir el destino de esta última porque en este caso no había, como en los otros, pasaportes de la Unión Europea, ahora característica usual de esta última fase del destierro voluntario o de retorno de los genes al viejo mundo. Un viejo mundo justamente cada vez más viejo, con una tasa de natalidad en decaimiento y con una necesidad de trabajadores jóvenes para esos puestos que los europeos no quieren ocupar y para contribuir a las jubilaciones que cada vez son más numerosas y más duraderas; pero el viejo mundo sigue siendo xenófobo y controlador de sus fronteras. Una Santa María peregrina. Juan Carlos Onetti llamó a Lanza, el emigrado español que trabajaba en El Liberal de Santa María, "la España peregrina", y lo hizo cuando no pensaba que él mismo terminaría haciendo de Lanza al revés. Durante dos días del diciembre pasado se reunió un pedacito del Uruguay peregrino para discutir la obra de Onetti en París. La organización del coloquio estuvo a cargo del Centro para el Estudio de las Literaturas y Civilizaciones del Río de la Plata, institución creada por hispanistas franceses y rioplatenses radicados en Francia. Hace cuatro años la gente del Celcirp organizó también en París un coloquio sobre Felisberto Hernández, y en 1999 en Nueva York otro inspirado por Rodó y Ariel; en agosto de 2002 se dedicarán, en Montevideo, a la cultura uruguaya de la década del 60. Las actas de estos coloquios son publicadas en la revista de la institución, Río de la Plata, que, como otros trabajos sobre la cultura uruguaya creados fuera, no es fácil conseguir en Montevideo (hay aquí una tarea para algún librero atrevido). Hablaron en París seis argentinos, dos estadounidenses, una italiana, un holandés y una francesa. Los uruguayos fueron ocho, todos ellos peregrinos. El tema del coloquio fue "Nuevas lecturas críticas", y entre ellas se destacaron tres sobre la relación entre la literatura onettiana y la pintura (a partir de indicios como el falso Picasso de la primera edición de El pozo, y la última encarnación del comisario Medina como artista), una sobre la función de la naturaleza y otra sobre el léxico del dinero en Dejemos hablar al viento. Invitada especial, Dolly Onetti escuchó todas las ponencias, hizo preguntas estimulantes e incontestables a los críticos y dio aportes de interés (como que la inspiración de "La cara de la desgracia" fue una película francesa en la que un hombre quiere conocer la cara del amante de su mujer). Las ponencias incitaron el debate entre aficionados de Onetti que conocían su obra al dedillo: rara ocasión para los miembros de ese club minoritario de los infectados por el bichito de Santa María. Entre los ponentes o el público hubo también escritores reconocedores del maestro: Juan José Saer, Jorge Musto, Híber Conteris, Fernando Aínsa. Para el uruguayo peregrino hay en París signos reales e imaginarios de la patria. Puede quedarse en el Grand Hotel de l'Avenue, en la rue Rampon, establecimiento bueno, bonito y barato donde quieren a sus paisanos; puede almorzar en el tradicional y pintoresco restaurante Chartier, de la rue Faubourg Montmartre, donde al entrar en el patio, a mano izquierda, se lee en una placa el siguiente mensaje que marca el lugar del velatorio de un pionero trasterrado oriental: "Qui ouvre la porte de ma chambre funéraire? J'avais dit que personne n'entrât. Qui que vous soyez, eloignez vous". Firmado: Comte de Lautréamont. En estos días un graffiti agrega: "Isidore Ducasse n'est pas mort". Después de comer en el Chartier, el peregrino puede ver una exposición de Iturria en la Rue des Beaux Arts y asombrarse con la cotización del respetado artista compatriota. Para terminar la jornada, puede comer carne uruguaya o argentina, tomar vino ídem y escuchar tangos y canciones de George Brassens y Edith Piaf en la parrillada del número 21 de la rue Voltaire, sede de la Association Amitiés France-Uruguay. Inicie sesión o regístrese para comentar | Enviar página | Fuente | Versión para imprimir | 225 lecturas
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