Gustavo San Román
En un momento de la última novela de Onetti, Cuando ya no importe, escrita en forma de diario, el narrador confiesa que un día se le cayeron todos los apuntes que componía, y que nunca sabrá si los ha recogido en el orden correcto (p.162). También dice varias veces que no recuerda exactamente cuándo sucedieron algunos de los episodios que relata, y que ha olvidado ciertos detalles. Es premisa del presente trabajo que la impresión general de ambigüedad y fragmentación de la novela, que las declaraciones del narrador parecen reforzar, se puede relacionar provechosamente con el tema del exilio. Hay dos factores que invitan a considerar este tema: en primer lugar, la cantidad inusual de referencias al Uruguay que pululan por la novela y que contrastan con su ausencia en general en la obra anterior de Onetti. En segundo lugar, está el hecho de que esta última novela fue publicada y, se supone, escrita en su mayor parte por lo menos, a casi dos décadas de la partida definitiva de Onetti del Río de la Plata, experiencia que debe de haber tenido algún efecto en su escritura.
Este capítulo comienza con un repaso de las alusiones en la novela a la ciudad natal de Onetti y con un breve resumen del itinerario del narrador. Seguidamente se trata un aspecto que parece claro indicio de la experiencia del exilio: el cuestionamiento que hace el narrador de la relación entre nombres y cosas. De esta tendencia general se notan en especial tres casos en que el narrador expresa dudas sobre su propia identidad. Finalmente se relacionan esas dudas con las experiencias amorosas que tiene el narrador con los diversos personajes femeninos de la novela.
El argumento parte del axioma de que el exilio, que es ruptura involuntaria entre el yo y su entorno original, puede implicar también una serie de otras rupturas dentro de la personalidad. En un estudio del tema, los psicoanalistas argentinos Rebeca y León Grinberg señalan la posible aparición en la experiencia del exilio de síntomas psicóticos, entre ellos el de “un ataque permanente sobre todos los enlaces”, que incluyen enlaces del yo con objetos y enlaces entre partes del yo. En lo que sigue he de considerar entonces algunos casos de ruptura de enlaces: entre nombre y cosa en general, entre nombre propio y yo, y entre el yo y los otros.
Los signos del exilio
Las referencias a Uruguay en Cuando ya no importe son de dos tipos: explícitas e implícitas. Entre las primeras se hallan las frecuentes menciones de Monte, transparente máscara de Montevideo; la cita de los famosos graffiti contradictorios del aeropuerto Carrasco durante la diáspora (“Que el último en irse apague la luz” y “No te vayas, hermano” [p.15]); la elección del faro del Río Negro como lugar apropiado para la meditación solitaria; el hecho, bienvenido por uno de los personajes secundarios y efímeros, de que el narrador sea “un che oriental” y no porteño; el recuerdo del imprevisto auge económico del Uruguay de posguerras mundiales, en boca del turco Abu: “la buena cosa les llegó de carambola” (p.90); en general, el que la base de la trama sea una sempiterna ocupación uruguaya, el contrabando.
Entre las alusiones implícitas está el apellido materno de Angélica Inés Petrus, Zabala, como el del fundador de Montevideo; el de la isla de contrabandistas, de Latorre (recordada en “Presencia”, de 1978, otro texto del exilio), igual que el del discutido dictador decimonónico; el respeto expresado por la fecha 18 de julio en el apunte de ese día; las pistas que llevan a dos favoritos literarios del narrador: Lloverá siempre (1953), novela corta de Carlos Denis Molina, que tuvo prólogo del amigo Onetti y que provee las dos últimas palabras de Cuando ya no importe, y Trajano (1962), novela de Sylvia Lago sobre el perrito epónimo y que inspira el nombre del can preferido y malogrado del narrador.
Estas referencias superficiales parecen ser signos de una preocupación más profunda con el exilio, que está presente desde el comienzo mismo de la novela, que dice así: “Hace una quincena o un mes que mi mujer de ahora eligió vivir en otro país. No hubo reproches ni quejas. Ella es dueña de su estómago y de su vagina. Cómo no comprenderla si ambos compartimos, casi exclusivamente, el hambre” (p.11). Este primer párrafo de la novela, al que hemos de retornar, señala una ausencia y una pérdida, consecuencias del exilio de la mujer del narrador. El resto del texto relata las aventuras del narrador, quien, por su parte, también abandona su país.
Conviene resumir el itinerario del narrador, según el diario. Durante poco más de un mes, se encuentra en Monte (pp.11-22). Primero se va su mujer y luego consigue el primer trabajo en una tolva de semillas. Insatisfecho en ese puesto, el narrador consigue un nuevo trabajo relacionado con el contrabando de marihuana o cocaína, para el que debe adquirir el nombre de “Carr” y pasar una primera temporada de por lo menos cuatro años en Santamaría, en lo que constituye la sección más larga de la novela (pp.23-143). En Santamaría vive cerca de una represa con una cocinera mestiza, Eufrasia, y durante un breve período, con tres técnicos norteamericanos que luego vuelven a su país. Eufrasia tiene una hija, Elvira, que pasa de ser niña de unos 3 años, límite más o menos firme de “ese encanto que se llama infancia” (p.75) a “[crecida] pero aún no era señorita” (p.112), digamos de 10 años. En esta época recibe una caja con sus pertenencias de parte de su mujer, conoce a Díaz Grey y a su esposa, Angélica Inés Petrus, adquiere su querido perro Trajano, y tiene una importante experiencia amorosa con Mirtha, a quien conoce en el sórdido bar Chamamé. En tercer lugar, el narrador pasa una temporada en una isla anónima, mientras se calma un altercado con la policía anticontrabando de Santamaría (pp.144-155). Vive allí un período de seis meses con la única compañía del islero que le cocina, y comienza su decadencia personal. De vuelta de la isla y una vez instalado en Santamaría, pasa un día en la punta Este de la frontera, donde come un asado con unos policías y conoce a una pobre niña prostituta en una carpa. Esta segunda estadía en Santamaría dura al menos cinco años, más los que se haya salteado el diario. Esta época, que ocupa la segunda sección del libro en extensión (pp.156-200), incluye la ruina y/o muerte de Díaz Grey, Eufrasia, el perro Tra, María Elvira y el propio Carr, quien pasa mucho tiempo borracho. Por fin, la última mudanza lo lleva de vuelta a Monte, durante dos meses (pp.201-205). Allí recibe una carta de Elvira, definitivamente convertida en puta, y Carr siente la premonición de su propia muerte. Como se ve por el resumen, el itinerario de Carr lo lleva desde Monte a Santamaría y luego a la isla, y de ahí de vuelta primero a Santamaría y por fin otra vez a Monte.
La inestabilidad de los nombres
Volvamos al primer párrafo de la novela: “mi mujer de ahora eligió vivir en otro país [...] Ella es dueña [...] Cómo no comprenderla si ambos compartimos, casi exclusivamente, el hambre” (p.11). Como vemos, no se dicen los nombres ni de la mujer ni del narrador, por lo que este comienzo también ilustra un tema que ha de recorrer la novela y que está relacionado con el exilio, a saber, la relación entre la cosa o el personaje y su nombre.
Ocurren dos fenómenos interesantes. Por un lado, hay una tendencia a la ausencia o postergación de los nombres; por otro, a la proliferación de sinónimos. El efecto en ambos casos es el debilitamiento del vínculo entre el nombre y su referente, como si se hubiera abierto una brecha entre los dos que a veces queda vacía y otras veces se llena, precariamente, con la excesiva variación. En definitiva las dos son maneras de expresar la fragilidad y fluidez de la identidad. Veamos algunos ejemplos.
No sabremos que la mujer del narrador se llama Aura hasta bastante entrada la trama, al leer la carta que envía desde Francia (p.84). Esta demora del bautismo afecta en diverso grado a casi todos los personajes. El narrador mismo no cita jamás su verdadero nombre, sino que adopta el que le otorga Paley, quien también usa un alias: “aunque no sean mi nombre ni título”, dice el profesor, y “También tengo otro nombre y profesión para usted” (p.21). Y hay que esperar hasta la página 49 para saber que ese nombre postizo que le han dado es “Carr”. En cuanto al nombre de pila, primero Eufrasia lo llama con un raro “don Chon” (p.60) que sólo queda iluminado como posible versión del inglés “John” cuando hacia el final Elvira lo llama “Juan” (p.180). Por otro lado, las únicas dos cartas que recibe, de Aura y de Elvira respectivamente, comienzan con un anónimo “Querido:” (pp.83 y 201).
Otro ejemplo de proliferación que esconde la identidad es el del turco Abu, también exiliado, pero cuyo nombre y origen han quedado ocultos para sus conocidos: “—Yo no soy Abu ni Kalim, como también me dejo llamar por otra gente que conozco. Ni turco siquiera. Nací en lo que nombran Arabia Saudita. Ningún recuerdo” (p.105). Y un caso especial de anonimidad es el de los tres norteamericanos que trabajan con Carr, cuyos nombres resultan, en definitiva, no ser tales: “Tom, Dick y Harry” en inglés quiere decir “Fulano, Mengano y Sultano”, o sea: cualquiera o nadie. De acuerdo con esta anonimidad disfrazada, las personalidades de los tres se presentan siempre unidas como si fueran un solo estereotipado personaje.
Algo parecido ocurre con el nombre de Santamaría, que además de cambiar de dos palabras en la obra anterior de Onetti, a una sola en esta novela, aparece seccionada en Vieja, Nueva y Este. Pero también aquí notamos que la nueva proliferación de nombres lleva no a una más precisa percepción de la geografía por parte del lector sino que más bien la torna confusa. De ahí la ironía del narrador al decir: “Pienso que con lo escrito cualquier lector puede dibujar un mapa de aquella región de Santamaría” (p.24).
Como resultado de este debilitamiento del sistema onomástico, la identidad de las cosas y de las personas se convierte en algo fluido e inestable. Esta situación, que es consistente con la condición de exiliado, preocupa al narrador, como se nota en varios momentos. En ocasiones se trata de un simple comentario que no invita de por sí mayor reflexión de nuestra parte. Así, por ejemplo, le resulta de interés a Carr que la hija de Eufrasia deba responder a varios nombres (“Elvira, a la que su madre llamaba Vira, Virita o criatura de mierda según los humores” [p.63]) y le parece raro que el bar que antes se llamaba Berna sea ahora el Brausen: “Se me ocurrió que los sanmarianos andaban escasos de apellidos” (p.103).
El yo cuestionado
Pero la precariedad del nombre asume en otros casos mayor trascendencia y demuestra en el narrador una inclinación a fijar las cosas con una identidad más firme. Así, Carr insiste, contra las quejas de Eufrasia, en mantener el nombre que eligió, por explícitas razones sentimentales, para su perro: “—El perro es mío y lo nombro yo. Se llama Trajano” (p.74). Le preocupa también que el nombre de Mirtha sea falso, como lo demuestra el que haya visitado el (también rebautizado) hotel Victoria para buscar más datos sobre ella. Y es ejemplo claro de ansiedad de estabilidad semántica el apunte del 18 de julio, “fecha que me gustaría tenerla inmóvil durante la farsa de los días que se acumulan y reclaman su lugar y desean sustituir y ocupar vacíos el sitio que encabezan estos apuntes” (p.138). Aunque no lo dice explícitamente, esta fecha es no sólo el nombre de la calle principal de Montevideo/Monte, y por lo tanto referencia al lugar que abandonó por el exilio, sino también la del origen oficial del Uruguay como nación independiente.
Esta entrada de diario es también interesante porque en ella se hace mención cariñosa de Lanza, imagen del emigrante intelectual que se exilió por razones políticas, “condenado a morir por la enorme tristeza que le imponía la ocupación de su patria por militares, curas y estraperlistas [...], hombre inmortal que en realidad se llamaba España Peregrina” (p.138). Es significativo entonces que sea justamente la fecha que marca la independencia de su país cuando se exprese la apreciación del otro, del inmigrante: “La fecha señala el día en que creí haberme aproximado a la verdad íntima, casi total, de otro ser humano” (p.139). Es como si la apreciación debida del otro sólo pudiera ocurrir desde la seguridad de la propia identidad.
Pero el deseo de Carr de establecer un vínculo seguro entre el nombre y la cosa es, en general, infructuoso. Esto lo demuestran en particular las tres experiencias de autocuestionamiento que sufre el narrador y que se describen expresamente como colapsos en la relación entre su yo y su nombre. La primera vez ocurre hacia el final de la estadía inicial en Santamaría y está relacionada con una profunda sensación de aislamiento psicológico: “Pienso que el ataque de anoche no sólo fue causado por haber quedado sin compañía en la casona” (p.129). Y agrega luego que extraña noticias de Aura, a quien confiesa querer: “Hacía tantos meses que nada me llegaba de Aura, nombre que en otros tiempos expresaba nuestro cariño. Nunca sabrá cuánto la sigo queriendo” (p.129). Después se acuesta, “en la cama grande”, y observa el sol “lamiendo la reproducción de la cortesana” que le había enviado Aura en la caja que contenía sus pertenencias. Entonces nota que la reproducción está “gastada por el tiempo y sus mudanzas”, como ya había previsto desde el día que la recibió (pp.129-30).
Es en ese preciso momento, habiendo pensado en Aura y concentrándose en la foto que describe el decaimiento de una imagen que tanto le atrajo en el pasado y que tiene clara relación con su ex-mujer, cuando “de pronto empezó” la extraña experiencia:
En el comienzo yo pensaba mi nombre completo y lo repetía sin hablar, miles de veces, hasta que ya no era mi nombre, nada significaba. Pero como yo seguía siendo yo, tenía fatalmente que preguntarme quién es yo, porque yo soy yo y definitivamente no otro. Y la imposibilidad de pensarme, sentirme otro. (p.130)
Acto seguido dice que la experiencia es una catarsis, pero no queda claro por qué entonces requiere una nueva forma de desahogo mediante el alcohol: “sería la madrugada cuando tomé algunas copas de caña aunque varias veces había dicho nunca más” (p.130).
Lo que sucede en realidad es que esta preocupación por la frontera entre su yo y los otros no ha quedado resuelta. No es casual entonces que la única experiencia que se ha acercado a la compenetración del amor desde que lo abandonara su mujer, la que compartió con Mirtha, vuelva a ocupar su atención en la siguiente entrada del diario. Parece claro a partir de esta primera experiencia que la relación entre el yo y los otros es fundamental para mantener la propia identidad del narrador.
Ocurren otras dos experiencias de autocuestionamiento cuando Carr se encuentra en el punto más lejano de su itinerario, la isla anónima. En esta segunda ocasión, la fragilidad de su identidad queda asociada no a su verdadero nombre sino a sus falsos documentos, que teme puedan ser robados: “no era imposible que el islero hubiera robado mis documentos. Sin los papeles yo dejaba de ser Carr y si no era Carr no era nadie” (p.150). Por fin, cuando los encuentra dentro de una carpeta, comprueba “con alivio que tres documentos confirmaban la existencia de Carr con mi cara inconfundible en las fotos” (p.150).
En este episodio hay una especie de lapsus físico del narrador que resulta bastante interesante, pues ilumina la función del diario como instrumento que crea o mantiene su identidad. Sucede cuando, al descubrir los documentos falsos, se le caen los apuntes del diario. El hecho de que las dos acciones sean simultáneas parece indicar que cuando Carr siente que su identidad está segura, no le hace falta escribir: “Pero, acaso por la alegría de no haber sido exiliado a la noche oscura de la nada, aflojé los dedos y los apuntes se desparramaron por el suelo” (p.150). Este es además uno de los momentos más íntimos del diario, donde parece oírse la voz de Onetti: “Vi que casi la totalidad de los asuntos [del diario] refiere a Santamaría y sus aconteceres. Y cómo, misteriosamente y sin ganas de confesarlo, lo único que verdaderamente me importa es esa ciudad, villa o pueblucho. Así que para qué seguir con estos apuntes hechos incongruentes al entreverarse” (p.150).
Este pasaje ilustra dos aspectos interesantes. Por un lado, el fuerte sentimiento de exilio que inspira su estadía en la isla, un lugar que, por lo que dice durante la breve sección de diario que lo describe, es sin duda poco feliz. Por otro lado, indica también que Santamaría ha usurpado el puesto de Monte como lugar deseado y que su ciudad natal ha perdido al dejar de alimentarlo. El fragmento también se parece mucho al momento en Santamaría, cuando al recibir la caja enviada por su mujer, se siente exiliado en Santamaría y recuerda con nostalgia su infancia, en Monte (pp.65-66). Lo que este paralelo demuestra es que el exilio es relativo y que no está asociado con ningún lugar en especial: Santamaría inspira nostalgia del Monte de la infancia; la isla inspira nostalgia de Santamaría. Es como si el narrador se hubiera convertido en un exiliado crónico, y de ahí sus dudas sobre la identidad.
Este apunte, como el que describe la primera experiencia de duda existencial, termina haciendo referencia al alcohol, por lo que tampoco parece haberse resuelto el problema de fondo: “Además, tengo aseguradas las borracheras que inicio suavemente al atardecer, a la hora en que los mosquitos pican enfurecidos. Dijo un amigo que sólo hay dos dioses, llamados ignorancia y olvido” (p.151). La experiencia de duda, como el alcohol, no llevan a la actividad correctora sino a la negación y la introspección. Esta segunda experiencia también incluye otro aspecto típico del autocuestionamiento: el incidente ocurre cuando el narrador está pensando en relaciones sexuales del pasado: “Anoto un pequeño incidente que me ocurrió ayer [...] El dinero estaba seguro, lo sentía apoyado en mí recordándome con burla antiguas presiones de nalgas de mujer; pero no era imposible que el islero hubiera robado mis documentos [...] Me arranqué de la siesta que ya era torpeza y busqué la carpeta de apuntes” (p.150). Una vez más, entonces, la experiencia se relaciona con una profunda soledad.
La tercera ocasión en que el narrador cuestiona su propia identidad es eco de la primera:
Estaba en mitad del cuarto hojeando un libro [...] cuando la maldita cosa me atrapó a traición. [...] Pude echarme en la hamaca y boca arriba, recuerdo, me asaltaron las preguntas que nunca supe quién las hacía. Comencé interrogando quién soy, porque no soy otro y estuve repitiendo mentalmente un número infinito de veces mi nombre verdadero, hasta que perdió sentido y lo siguió un gran vacío blanco en el que me instalé sin violencia y era el ser y el no ser. (p.153)
Como en Santamaría, la experiencia ocurre cuando el contexto del narrador le inspira ideas de relaciones con una mujer. Mientras que antes se trató del cuadro de la cortesana o del recuerdo de las nalgas de mujeres, en este caso se trata de las aventuras que se cuentan en los libros de la biblioteca de su cabaña: “Y qué felicidad divertida cuando leo esas obras de fin de siglo con pretensiones eróticas [...].” Esta vez también termina por emborracharse, y con la decisión de “burlarme de mí mismo” (p.153).
Vemos entonces que los tres casos de autocuestionamiento presentan ciertos factores comunes: (i) el yo se ve separado del nombre; (ii) se hace referencia a una relación pasada o posible con una mujer; (iii) aunque considera el fenómeno como positivo, el narrador se pone a beber con miras a emborracharse. Estos hechos invitan la siguiente reflexión: el yo se cuestiona cuando carece de la compañía sentimental y sexual que necesita, situación que se hace más aguda en el exilio. Hay un texto anterior, de los primeros escritos en el exilio madrileño de Onetti, “Presencia”, donde esta experiencia está prefigurada:
A veces pasaba hambre o pereza de moverme para comer; a veces dejaba pasar las horas, desde el ajetreo sin sentido de las madrugadas hasta la noche, tirado en mi cama, repitiendo mi nombre sílaba a sílaba, mirando el retrato de María José que pasaba regular de un bolsillo a la mesa de noche y regresaba por las mañanas. Sólo en los insomnios me permitía saber que no era feliz y extrañaba. En mi planisferio veinte centímetros separaban Santa María de Madrid.
El yo y las otras
Los psicólogos observan que el yo no puede existir de manera estable sin una feliz relación con el otro. “La idea de que el sentido de identidad propia se desarrolla a través de la conexión con otros, es fundamental”, dicen los Grinberg (p.130). Es significativo entonces que dos de las experiencias hayan ocurrido en la isla, donde la vivencia de la soledad se hace más fuerte por la parca y sospechosa compañía del isleño. La pretensión del narrador de “burlarse” cuando termina cada experiencia queda negada por el deseo de emborracharse, que implica olvidar el verdadero problema: la falta de una relación satisfactoria con el otro, que en esta novela suele ser una mujer. Este tema, como se sabe, abarca la obra entera de Onetti, donde la mujer es siempre figura problemática. En el caso de Cuando ya no importe, las relaciones con mujeres también quedan afectadas por el exilio.
Recordemos una vez más el comienzo de la novela. La oración que me interesa ahora sobre la partida de Aura es: “Ella es dueña de su estómago y de su vagina.” A la luz de esta frase se puede entender el valor simbólico de los dos trabajos que consigue el narrador una vez que lo abandona su mujer, ya que éstos se relacionan respectivamente con los dos órganos perdidos. El primer puesto, con la empresa de semillas S.O.S., representa la alimentación del estómago: “fui sabiendo que el agujero redondo se llamaba tolva, que era necesario alimentarlo con el trigo” (p.16); “vigilando [...] la boca angurrienta de la tolva” (p.17). Pero el trabajo no satisface al narrador completamente y decide buscar otro. Aunque no se den razones que expliquen el deseo de cambiar de ocupación, es interesante notar que el próximo trabajo tiene connotaciones vaginales. Estas connotaciones, como mucho de lo que ha de ocurrir en esta trama del exilio, son mezcla de aspectos positivos y negativos que, en el mundo onettiano, están asociados respectivamente con muchachas y prostitutas.
La ambigüedad se nota en la conversación telefónica que sigue al aviso del trabajo en el periódico (p.19). Por un lado, la voz que atiende el teléfono es “blanda, húmeda, acariciante”, lo que la asocia positivamente con la vagina perdida y que el narrador desea recuperar; pero el que el hombre insista “sin violencia en la oferta de algo obsceno y apenas peligroso”, y el que acompañe “la frase con una risita más amable que burlona” sugieren la sordidez del mundo de las putas. Esta impresión equívoca se confirma durante la visita a la oficina, que queda “en un edificio ruinoso de la ciudad vieja” con una fachada cubierta de chapas anunciando “cualquier profesión, brujerías o callicidas” y que por dentro tiene “una tristeza polvorienta.” Estos datos, que le otorgan un aire prostibulario al lugar, contrastan con el etéreo y femenino aspecto del entrevistador, “que nada tenía que ver con el ambiente”, “que nada tenía que ver con nada. Pero la cara sí tenía que ver con la voz.” La cara era “muy blanca”, los dedos “manicurados” y los labios “se adelantaban para formar un círculo perfecto.” La ambigüedad de las asociaciones del nuevo trabajo se confirma cuando el narrador conoce a los tres estadounidenses, Tom, Dick y Harry, a quienes también relaciona con la vagina, pero de manera negativa: “Era un coro, y por caso de cerebración inconsciente, pensé en el título que un amigo muy querido prometió poner a un libro pornográfico que jamás llegó a escribir: La unanimidad de las cotorras. Nada que ver, pero se me ocurrió sin culpa” (p.25) (“Cotorra” significa “vagina” en el argot rioplatense). Es evidente que no se trata de un caso de “nada que ver”, sino más bien de que la vagina ocupa en la imaginación del personaje un doble espacio de idealización y repulsión.
Las aventuras de Carr a partir de ahora van a incluir relaciones negativas y positivas con la vagina, como ilustran sus encuentros con diversas mujeres, y que se pueden clasificar de acuerdo con el interés emocional del narrador en cada caso. La relación es positiva si implica un verdadero enlace; negativa si tras ella el narrador continúa experimentando la soledad (en un fenómeno que recuerda el caso de Ribero en Beba).
Entre los encuentros negativos están los actos sexuales con Angélica Inés y Eufrasia. En el primero, la hija de Petrus le pide que la masturbe (p.55). Esta experiencia no inspira al narrador, quien actúa “sin deseo y sonámbulo” y “por instinto”, se siente “ridículo, avergonzado” y repite dos veces que no sabe si lo que está haciendo es lo que desea Angélica Inés. El acto, que por su falta de mutualidad coloca al narrador en la posición de una prostituta no involucrada emocionalmente, no conlleva las connotaciones positivas asociadas con la mujer que echa de menos.
Algo parecido sucede en la segunda experiencia sexual, con su cocinera Eufrasia. En este caso el foco de atención del narrador no es la vagina, sino las nalgas, a las que hay varias referencias: “La cara de la mujer seguía siendo inadmisible pero las nalgas podían competir ventajosamente con las de cualquier muchacha africana” {p.71); “—Eufrasia; usted tiene un hermoso culo”; “yo la seguía, ligado al imán de su trasero” (p.96). El acto con Eufrasia está relacionado firmemente con circunstancias extremas de aislamiento, como lo confirma la descripción de la segunda vez que ocurre: “un sol furioso que parecía vengarse del tiempo de las lluvias [...] el jeep se negaba a funcionar [...] mi inquietud, mi nostalgia por el Chamamé. [...] No creo que yo haya tenido la culpa de lo que provoqué. Mi movimiento fue más instintivo que consciente” (p.97). La falta de interés emocional por parte del narrador es reforzada por el acto mismo, que parece haber sido coito anal. Esto disminuye la relación de mutualidad con la mujer y por lo tanto el valor de este acto como reemplazo de la vagina perdida del comienzo. Un posible traslado por asociación de la vagina hacia la cara confirma la ausencia de aquélla, ya que durante el acto sexual el narrador le cubre el rostro a Eufrasia.
Hay otras dos relaciones negativas para el narrador. La primera es con la niña puta en la carpa de la frontera, que parece no haberse consumado (“Imposible desearla” [p.158]) por razones relacionadas con la percepción de los niños en la novela como representantes de la inocencia. El caso más importante de inocencia, Elvira, por su parte termina primero haciéndose objeto deseado pero no alcanzado de Carr, y luego convirtiéndose en su opuesto, la prostituta. Aunque hay varias referencias a la vagina de Elvira, ésta se mantiene fuera del alcance del narrador: “miro con disimulo las botinas donde las piernas nacen y van creciendo hasta unirse con esa fuente de mi pena de hoy, mi leve desespero” (p.167); “No había sostén, creí ver el triángulo oscuro de la ropa interior”; “de espaldas al sol que hacía traslúcida su falda y denunciaba el breve triángulo celeste [...] que en horas de soledad, deseo y celos yo había olfateado y lamido” (p.178); “las manos con las esposas apoyadas en el pubis. En aquello que yo hubiera besado hasta morir y que continuaba ajeno e imposible” (p.180). El hecho de que Elvira termine de prostituta al final de la novela por elección propia y no por necesidad, refuerza el rechazo a Carr: “—Esto es mío y de nadie más y con mi cosa hago lo que quiero” (p.172).
El único caso de vagina recobrada de toda la novela lo ofrece Mirtha, pseudo-puta del Chamamé, en quien quiero concentrarme para terminar. La experiencia con Mirtha repara el desequilibrio de las anteriores con Angélica Inés y Eufrasia. Al conocerla, Carr percibe un interés recíproco: “vi la sonrisa [...] los ojos vigilando la felicidad dolorosa de mi cara” (p.111). Esto se confirma durante la relación sexual, cuando “era indudable que ella gozaba”, y que se describe como “batalla que llaman amor” (p.131, subrayado añadido), sentimiento que se aplica además solamente a Aura (p.129) y a Elvira (p.182), las dos mujeres que abandonan al narrador. La diferencia entre la experiencia con Mirtha y las dos anteriores que hemos visto queda simbolizada por la progresión de calidad de los lugares en que ocurre el acto sexual. Por contraste con el garage de Angélica Inés y la covacha de Eufrasia, el encuentro con Mirtha tiene lugar en una pieza especial de pensión, “una de las habitaciones aue llamaban lujosas” (p.110).
Pero la importancia de la aventura con Mirtha disminuye cuando se considera, primero, que es efímera, pues Mirtha desaparece al otro día para no volver, y segundo, que la experiencia tiene ciertos rasgos que la convierten en una irrealidad. Como lo indican varios detalles del encuentro, parece tratarse de una fantasía del narrador. Resulta que Mirtha es tan diferente de las putas del Chamamé como lo exige el deseo de compañía del narrador.
Desde el principio Mirtha está rodeada de misterio, entre humo de droga alucinante, como si se tratara de un sueño del narrador: “Estaba sentada a una mesa lejana, y el humo del tabaco o de la marihuana parecía moverse como una cortina indecisa, mostrándola a veces. Visto y no visto” (p.109). Más tarde, al salir del bar, Mirtha está en un lugar donde “la luz allí era muy débil y favorecía desengaños” (p.109). Su belleza también existe en un mundo intermedio (“Era tan linda en la penumbra”) y su improbable aseo la distingue del sórdido contexto material en que se encuentra (“me desconcertaba aquella mujer [...] porque en la noche cálida sus brazos, cuello y cara conservaban la frescura de recién salidos de la ducha” [p.110]). Además. la habitación “lujosa” de la pensión contiene no sólo una cama, sino también un espacio que el narrador compara, significativamente, a un país ideal: “el amable rinconcito pertenecía a un país alejado por tiempo y distancia de la gran cama obscena y nunca vista” (p.111).
El profundo efecto que tiene Mirtha en el narrador se nota en el hecho de que, como un sueño recurrente, vuelve a ocupar el diario dos veces más. Es probable también que la desaparición de Mirtha haya inspirado la predilección del narrador por la historia de “La novia robada” entre las anécdotas de Santamaría que escucha de Díaz Grey (p.143). La función psicológica reparadora de Mirtha queda anticipada además por la referencia al principio de la entrada de diario que relata su encuentro, cuando el narrador compara a Santamaría con el pueblo de su nacimiento, y específicamente con una experiencia amorosa de su niñez, que terminó también en una ausencia: Santamaría era “para mí, un pueblo provinciano, ni mayor ni menor que el tan lejano en que había nacido, jugado, sufrido por el desdén de mi primer amor hecho de palabras sucias de colegial” (p.108). Luego Mirtha le hace recordar “a las amigas de mi hermana, allá lejos, revoloteando en tiempos de exámenes” (p.110). Es más, el encuentro tiene lugar no en la época en que el narrador visitaba el Chamamé con sus compañeros de trabajo, sino un día en que se encuentra sin amigos, jugando una “partida solitaria” (p.108).
En realidad se trata, entonces, de una fantasía invitada por el exilio, lo que queda confirmado por otro factor revelador: Mirtha es un doble del narrador. Esto lo sugieren dos de sus características esenciales: es extranjera, y usa un nombre falso. Ya hemos visto las asociaciones que surgen de los nombres inestables. En cuando a su otra condición, el primer rasgo que la atrae a Carr es su diferencia de las demás prostitutas: “Era distinta, extranjera, y me era imposible suponer, con probabilidad de acierto, qué estaba haciendo en aquel lugar mierdoso, a quién estaría esperando” (p.109); “Nada tenía que ver con el hembraje del Chamamé” (p.110).
Esta cualidad la emparenta firmemente con el narrador, a quien se le otorga el título de extranjero en varias ocasiones. En Santamaría así lo llama Antonio, la primera persona que conoce en el pueblo (p.38), y luego el doctor Díaz Grey lo tilda de yanqui y gringo (pp.47, 64). Pero ya desde el principio de la novela se siente extranjero entre sus compañeros de la tolva, en su mayoría gallegos, quienes lo observan sospechosos al llegar: “Nadie hablaba. Yo era el extranjero y ellos se obligaban a odiarme resueltos a expulsarme más allá de sus fronteras” (p.16). Esta escena se repite con Mirtha y las putas del Chamamé, que a la salida la observan “con silencio y amenaza” (p.109).
Conclusión
Mark Millington, inspirado por Lacan, ha dicho recientemente que en la obra de Onetti algunas mujeres tienen la función, efímera siempre, de materializar un ideal pre-simbólico de la unidad del yo de los protagonistas masculinos. Son, especialmente las muchachas, intentos de recuperar el mundo que el yo ha debido abandonar al asumir las estructuras que impone la realidad. Mirtha me parece que cumple una semejante función reparadora en Cuando ya no importe, en este caso estrechamente relacionada con la pérdida que para el narrador conlleva el exilio. Mirtha es una fantasía compensadora de la ausencia de Aura.
En un aspecto, sin embargo, Cuando ya no importe, historia de una serie de rupturas, implica un enlace: la novela comparte el mensaje filosófico de la obra anterior. Esto se nota en algunos ecos de otros textos de Onetti, especialmente El astillero. El nuevo narrador, como Larsen, vive en las afueras de Santamaría, lo que refuerza su posición marginal de extranjero. Los dos hombres también comparten la esperanza en una ilusión (el astillero; Mirtha o Elvira) que no llegan a alcanzar. Hay además otros dos paralelos más específicos entre ellos. El primero es la repetición de un pasaje de la nueva novela, describiendo el primer encuentro con Angélica Inés, que está tomado literalmente de El astillero, lo que hace dobles a los respectivos protagonistas. El segundo es que los dos apellidos tienen una cierta una asociación etimológica: “Carr” puede venir del nórdico antiguo, lo que le da a “Carr” las mismas raíces escandinavas que a “Larsen”, o ser, según otras fuentes, forma inglesa de palabra irlandesa, sin duda para felicidad de Juan Carrlos Onetti, ex-O'Nety. Un Onetti, en fin, que también vivió los efectos del exilio en carne propia, como confiesa en términos muy parecidos a los de Carr: “Me resulta difícil explicar cómo me sentí durante esa larga temporada en que no podía escribir [...] no sé si puede entenderse cabalmente qué sentía en esos momentos. Creo que había perdido, en parte, la conciencia de quién era yo. ¿Es raro, no?” (Gilio y Domínguez, p.305).
Fuente:
Amor y nación. Montevideo: Linardi y Risso, 1997, pp. 135-156. ISBN 9974559111.