Juan Carlos Onetti: Urbanista de la ciudad del mal

Santos Sanz Villanueva

La lectura de Juan Carlos Onetti es una experiencia angustiosa; una de las más desoladoras que se pueda conocer. Hay escritores duros, amargos y revulsivos, pero pocos producen el efecto demoledor de este gran narrador uruguayo, capaz de provocar la impresión vivaz de que vivimos en medio del mayor de los caos. Con sus personajes atormentados, sus escenarios misteriosos y sus anécdotas luctuosas, nos hace sentir que nuestro planeta es un completo error dentro de la creación y la naturaleza humana, algo incomprensible, absurdo y sin remedio.

Juan Carlos Onetti (1909-1994) fue construyendo esta destructiva visión del mundo como el urbanista que diseña la ciudad del mal, emblema de todas las ciudades del mundo. Dispone sobre una maqueta caminos que no conducen a ninguna parte y levanta casas que tienen carcoma. En ese escenario de ruina deja en relativa libertad a unos seres amargados y violentos, sombras oscuras que arrastran como una pesada cadena un sentimiento confuso y originario de culpa.

Onetti el urbanista fue poblando el lugar con personajes y ambientes que redundan en esa sensación de angustia y muerte y, por fin, le dio un nombre propio, Santa María, un poblacho o territorio rioplatense fuera del cual hay que dejar toda esperanza, como decía el Dante del infierno. Santa María pertenece a esos espacios imaginarios convertidos en una alegoría del mundo. Enlaza, hacia atrás, con la Yoknapatawpha del norteamericano Faulkner, una influencia visible en Onetti, y, hacia delante, con Región de Juan Benet o Celama de Luis Mateo Díez.

Onetti inventa Santa María para desarrollar su gran tema, la alienación urbana. Sus dos obras más conocidas, El astillero (1961) y Juntacadáveres (1964), que son dos de las grandes novelas hispánicas del siglo XX, aunque su exigencia les haya vetado la fama de otros títulos menos incómodos o difíciles, se desarrollan en ese espacio espectral, degradado, sin futuro, poblado por personajes abúlicos, tristes y derrotados, por pobres prostitutas....Es inútil el empeño de revitalizar el cercano astillero al que alude uno de los títulos; y el fracaso marca al patético Juntacadáveres, apodo de uno de los protagonistas.

En estas novelas colectivas, más desesperanzadas que la colmena madrileña de Cela, sintetiza Onetti todo el pesimismo que le inspiraba la naturaleza humana. Semejante visión del mundo está en sus escritos desde el comienzo y brota ya con una intensidad conmovedora en uno de sus textos mejores, El pozo. El pozo del título de esta impresionante novela corta de 1939 es la sima donde se hunde la existencia del protagonista, quien llega a confesar que la vida no vale nada. «Estamos ciegos en la noche», dice, y en esa imagen se condensa el implacable mensaje de este difícil y amargo escritor.