Peter Turton
Lord Jim (1900) es una novela de Joseph Conrad que trata de un joven idealista inglés avergonzado por inglés romántico avergonzado por un acto de cobardía que ha cometido al ejercer el cargo de segundo de a bordo del barco Patna. Cuando el Patna parece a punto de zozobrar, Jim salta por la borda a un bote salvavidas, abandonando a su suerte a unos ochocientos peregrinos que están viajando hacia La Meca. Más tarde, sin embargo, el Patna llega a puerto, remolcado por un barco francés. Tras un proceso judicial, Jim pierde su licencia de oficial. Se ve obligado a buscar trabajos de puerto, de los que debe huir porque siempre aparece alguien que lo reconoce.
Su suerte cambia cuando conoce a un próspero comerciante alemán llamado Stein, que generosamente lo instala como su agente en Patusan (Sumatra). Allí Jim llega a distinguirse por su valor, honradez e inteligencia: los naturales del lugar lo conocen como “‘Tuan Jim”’ (“‘Lord Jim”’), prácticamente gobernador de la zona y amigo íntimo de Dain Waris, hijo del principal cacique nativo Doramin.
Un día, empero, llega un bote con una pandilla de criminales blancos encabezados por Gentleman Brown, los cuales son fugitivos de la Justicia y han hecho varias muertes. Jim decide expulsarlos, confiando en que saldrán tranquilamente, en parte porque se fía de Brown como hombre blanco y en parte porque éste despierta en Jim el recuerdo de su propia conducta culpable en el Patna. Al salir de Patusan, no obstante, la pandilla criminal mata a otros nativos, incluido Dain Waris. Jim queda horrorizado por lo que él ha permitido ocurrir y acepta que Doramin lo mate para vengar la muerte de su hijo. Al sacrificarse así, Jim cree estar cancelando su deuda de honor con los naturales del lugar. Mas Jewel, su mujer nativa, lo maldice como traidor a su amor, y el narrador Marlow comenta al final: “‘ Pero podemos verlo, oscuro conquistador de la fama, arrancándose a los brazos de un amor celoso a la señal, a la llamada de su egoísmo exaltado. Se aleja de una mujer enamorada para celebrar sus bodas despiadadas con el vago ideal de conducta.”’
La vida breve (1950), de Juan Carlos Onetti, narra la historia de Brausen, hombrecito apocado de unos treinta años que va a ser despedido de su empleo en una agencia publicitaria de Buenos Aires. Brausen está en plena crisis existencial y siente la vida como “‘una sonrisa torcida (...) hecha, desde muchos años atrás, de malentendidos”’; “‘soy este hombre pequeño y tímido, incambiable, casado con la única mujer que seduje o me sedujo a mí, incapaz, no ya de ser otro, sino de la misma voluntad de ser otro.”’ Recibe la ayuda de un amigo y colega, Julio Stein, que sugiere varias salidas de su crisis, entre ellas el escribir un guión de cine. Brausen sigue este consejo y también logra asumir otra personalidad paralela, la del matón Arce, quien inicia una relación sexual con una puta que vive en el apartamento contiguo. Brutaliza a esta mujer e incluso piensa asesinarla (finalmente la mata otro). Entonces Brausen se introduce en el mundo ficticio de su propio guión de cine. La novela termina en un escenario de carnaval, donde Brausen y sus personajes, vestidos de ropas estrafalarias, están siendo perseguidos por la policía por posesión de drogas.
Tanto el protagonista epónimo de Lord Jim como Brausen en La vida breve reciben la protección paternal de un personaje llamado Stein, que desempeña un papel importante en su novela. La coincidencia de nombre y función de estos Stein puede hacer sospechar una influencia directa de Conrad en Onetti, a la hora de escribirse La vida breve. Hay una foto, en la biografía crítica escrita por María Esther Gilio y Carlos M. Domínguez (Construcción de la noche, 1993), que muestra a Onetti leyendo un libro de Conrad cuyo título no vemos. También, en Cuando ya no importe (1993), encontramos una referencia críptica a Almayer, (de Almayer’s Folly, la primera novela de Conrad). Este personaje es un comerciante holandés de Borneo que se arruina económica y psicológicamente, comienza a tomar opio y muere prematuramente.
Estos dos detalles aparecen en 1993 y de por sí no prueban que Onetti hubiese leído a Conrad antes de publicar La vida breve. La foto, por su parte, podría pertenecer a una época posterior a 1950. Ahora bien: que hubo una influencia importante de Conrad en Onetti parece innegable; únicamente no sabemos a partir de qué época. Piénsese, por ejemplo, en el trasfondo schopenhaueriano de las obras de ambos: vivir es exponernos al fracaso, al sufrimiento y a la desilusión. Desde el punto de vista técnico, también, las coincidencias son legión: el perspectivismo narrativo; la incertidumbre respecto a la naturaleza de la vida, del hombre e incluso de los “‘acontecimientos”’ de una historia; el uso de la ironía, la ambivalencia y la paradoja, etc. Todo ello con la finalidad de ilustrar la pesimista Weltanschauung autorial. Por supuesto, puede que tales estratagemas narrativas las tomase Onetti de otros autores, como Faulkner, antes de leer a Conrad.
No obstante, la trayectoria vital semejante de los dos Stein refuerza la posibilidad de una influencia directa de Lord Jim en La vida breve. Ambos Stein (admirablemente retratados) son ejemplares del romántico desengañado que ha abandonado un pasado político revolucionario sin haber perdido todo idealismo. De ahí su bondad y generosidad para con su protegido, que mantiene íntegras a pesar de haber sufrido golpes duros en el transcurrir de su vida: el Stein de Conrad ha perdido a su mejor amigo en un asesinato y a su mujer e hija en una epidemia; el judío Julio Stein recuerda familiares enterrados en cementerios austríacos (posiblemente durante la época hitleriana) y es tuberculoso. Los dos saben que la existencia es complicada, injusta y cruel y que debe ser confrontada con ironía y buen humor. El Stein conradiano es un alemán nacido en 1826, el cual ha participado en la fracasada revolución bávara de 1848, de la que ha debido huir. El de Onetti (modelado en un amigo de éste) ha salido desengañado de una militancia comunista del Montevideo de los años 1930 para acabar en una agencia publicitaria de Buenos Aires dirigida por un viejo yanqui que le estafa las comisiones. Se consuela con unos recuerdos nostálgicos (e irónicos) de aquellos años que incluyen una aventura amorosa en París con una prostituta a quien sigue galanteando aunque se ha vuelto vieja y grotesca. El Stein de Conrad, por su parte, dedica su interés a una impresionante colección de mariposas y escarabajos, si bien despuésaunque después de la muerte de Jim parece renunciar hasta a ésa.
Hay que señalar que La vida breve adolece de un defecto grave en la concepción del desarrollo de Brausen. Simplemente no es creíble la transformación de este individuo tímido, “‘incapaz, no ya de ser otro, sino de la misma voluntad de ser otro”’, en el sádico Arce. Y si ello no fuese suficiente, luego este Brausen-Arce se disuelve en el anonimato incoloro del “‘yo”’ narrador de la parte final, donde se introduce, junto a los personajes del guión cinematográfico, en el absurdo escenario de carnaval. Esta coda grotesca echa a perder, finalmente, una magnífica novela psicológica de corte naturalista. Es un poco como si Flaubert hubiera decidido acabar con su madame Bovary no mediante el veneno de su suicidio sino mandándola a la luna en un cohete para que pudiese disfrutar con amables galanes marcianos. No es casualidad que las palabras finales de La vida breve evoquen más bien el fin mediocre de una película hollywoodiana cualquiera, en que la finalmente feliz pareja desaparece hacia el horizonte: “‘Puedo alejarme tranquilo, cruzo la plazoleta y usted [su amante, Elena Sala] camina a mi lado”’.
Es que Onetti sabe muy bien narrar vidas fracasadas, pero le falta, normalmente, la capacidad de idear conclusiones positivas. Y en La vida breve se nos antoja identificado de manera demasiado estrecha con su protagonista Brausen: lo que allí narra, inconscientemente, es el proceso de su propia ruptura de una vez por todas con un pasado de compromisos políticos para crearse un espacio para Onetti en cuanto autor, espectador, exclusivamente, de la humanidad. Recordamos que es en La vida breve donde nace el mundo imaginario de Santa María, salido de la cabeza de Brausen-Onetti.
Conrad, en cambio, ha visto claramente a Jim desde el principio, y aunque éste es un personaje algo enigmático -Marlow lo califica de “‘inescrutable en el fondo”’- el autor lo hace creíble porque desde el principio comunica al lector que las peculiares virtudes de Jim están edificadas sobre una grieta psicológica fatal.
Es en esta concepción de su protagonista que Conrad supera a Onetti, si se trata de cotejar Lord Jim con La vida breve. El lector tendrá que esperar hasta El astillero (1961), la novela cumbre y paradigma del uruguayo si quiere rastrear los frutos maduros de la influencia del maestro polaco en las novelas de éste.