Abdón Ubidia
Por invitación de la Embajada de España y de la Cinemateca de la CCE, me veo "obligado" a compatir con ustedes un placer sadomasoquista: presentarles nada menos que al siniestro Onetti, el padre de ese sujeto poco recomendable que asoma en sus libros y con el cual quiere indentificarse siempre.
¿Quién es ese sujeto? Se trata de un individuo absolutamente gris, sombrío, solitario hasta el egoísmo, lo cual no quita que guste de las malas compañías: mujeres de la vida y colegas de conducta dudosa con quienes se reúne en antros enrarecido por el humo de tabaco y los aromas del alcohol.
Ni siquiera usa un solo nombre. A veces se llama Brausen; otras, las más, Larsen. Y otras, prefiere el claro anonimato de los personajes que narran sus historias al resguardo de su propio punto de vista. Sus oscuras empresas están condenadas al fracaso. Nunca logra ser fiel a nada ni nadie, ni siquiera a sí mismo. "La vida es lo que no puede hacerse en compañía de mujeres fieles ni hombres sensatos", dice. Digamos que la lealtad no es su principal objetivo. Trabaja en proyectos absurdos: un prostíbulo que sueña perfecto; un astillero en quiebra. Es capaz de guardar rencores profundos durante décadas, en espera de ejercitar venganzas torvas. Nunca hace feliz a mujer alguna, aunque se sienta culpable de sus desdichas y, a veces, se empecine en salvarlas, lo que no es mucho tampoco.
Si no fuese porque las mujeres con las que trata, para variar, pertenecen a su misma escuela existencial, uno podría acusarle de machista, sin que él entendiese el epíteto o le importase siquiera. Porque sabe ser frío y duro. A una mujer la llamó "histérica y literata"; a otra: "ingenuo perro de la dicha".
En el fondo, nada le importa mucho. Sus sueños son absurdos y destinados a la debacle por esa misma razón.
Nada más ni nada menos, o mucho más u mucho menos: este es el hombre que nos ha inventado Juan Carlos Onetti. Lo encontraremos en cualquiera de sus páginas, dejándose vivir, entre amagos perversos y mezquinos, tratando aquí y allá, de sacar provecho del prójimo, aunque sin resultados porque de muchos modos vive atado a la culpa.
A la manera de los grandes escritores -mejor: como el gran escritor que es- Onetti nos ha impuesto una poética reconocible. Y un personaje que da cuenta de ella.
Si Cortázar nos mostró al homo ludens de pura sangre -Oliveira y tantos más son eso: jugadores empedernidos de la vida-; si el hombre de Borges es el homo filosofiucus, el hombre reducido a su pensamiento, agobiado por él; si Miller y Keruac nos mostraron, en cambio, sus vagabundos cultos y patéticos y, antes, Cervantes su Quijote; Dostoyewski sus héroes alucinados, siempre a un paso de la santidad o el asesinato; Onetti ha sabido enrostrarnos, restregarnos en los ojos, al hombre sombrío, el hombre de las ternuras y sueños ya pasados, el hombre del fracaso y de la culpa.
Claro que este ser tiene antecesores y parientes reconocibles en los héroes que descubrió el existencialismo del siglo XX. Y si no que lo digan Celine, Sartre y Camus. Pero lo que es seguro es que ninguno de ellos llevó, como él, la angustia hasta el absoluto, allá, a las más desoladas regiones de la desesperanza. En ese sentido Onetti es implacable. Sus héroes están condenados. No hay salvación posible para ellos.