Vania Vargas
Un cuarto estrecho, silencioso. En el centro, un hombre –recostado sobre su codo derecho- medita, inventa un mundo, a un hombre, como él, que a su vez medita, inventa una ciudad con nombre propio y gente a su semejanza; quienes a su vez, se pasan la vida creando paraísos mentales, tablas salvadoras dentro de un remolino de tiempo, de sinsentido; imaginando que existe otro lugar, otra época, otra suerte. Ángeles caídos que juegan a ser creadores, a justificar su existencia multiplicando su imperfección.
Uno de ellos es el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, quien este primero de julio estaría cumpliendo 99 años, demiurgo de uno de los universos literarios más fascinantes de la Literatura latinoamericana: Santa María, esa ciudad maldita inventada por su personaje, Juan María Brausen, como un lugar perfecto para escapar, y de donde, unos libros más tarde sería desterrado Larsen -otro de sus personajes- quien, cinco años más tarde, volverá para pasar allí los últimos días de su vida, entregado a la tarea inútil de administrar un astillero en ruinas, consciente de la necesidad de proteger esa farsa personal con el fin de sobrevivir.
El lector atento, un día, descubre su reflejo, y se da cuenta de que es uno más de los que ese día se levantó de la cama con ganas de vivir, de olvidar, de volver a empezar. Abre la puerta y se lanza al mundo que desde siempre lo ha esperado afuera, indiferente, y se deja llevar por esa extraña manía de parir entusiasmos fugaces, nombrar paraísos pasajeros, inventarse un sentido: llámesele amor, familia, trabajo, en fin, cualquier cosa que lo justifique, que distraiga por un momento al fracaso que ya merodea a distancia, que tarde o temprano tocará la puerta, y al que tendrá que recibir como un viejo conocido, non grato, insistente, pero, al fin y al cabo, familiar.
Yo misma, sola, en medio de un cuarto estrecho, silencioso, imagino mañana, este texto, un lector, su atención, su recorrido visual hasta este punto. Y así logro ver de frente un nuevo rostro para el fantasma de mi redención.