De la literatura como una forma de urticaria

Entrevista a Juan Carlos Onetti por Carlos Alberto Montaner

Onetti es largo y flaco. Nervioso. Las palabras se le enredan en el acento pastoso del río La Plata; las manos, en la siempre despistada búsqueda de los cigarrillos. Tuve el raro privilegio -compartido por otros doscientos curiosos- de escuchar la única conferencia que ha pronunciado en su vida. Llegó y se fue lleno de pánico. Miraba de perfil, como con miedo. Confesó que se había drogado para el «encuentro», más o menos como los boxeadores. El caso era ganar la pelea, triunfar en el combate contra el micrófono, el público, los anfitriones y, por encima de todo, contra su implacable timidez. La liturgia del conferenciante se le negaba. A poco derrama el agua; se tragaba las palabras; trastrocaba las páginas.
En un rincón, yo me acordaba del orador de «Las sillas», de Ionesco. Terrible prueba. ¿Por qué invitar a hablar a los escritores? Tal vez sería mejor invitarlos a escribir (los gringos lo hacen: «writer in residence» se llama la bendita sinecura). Una especie de pecera, y adentro; el plumífero emborronando cuartillas. A ciertas horas, el público pudiera observar cómo el héroe se rasca o se mete los dedos en la nariz mientras escribe. O tal vez, abuchearlo cuando rasga una hoja lamentable, o aplaudirlo cuando concluye otra, entusiasmado. Pero eso de hablar-en-público es, a veces, una innecesaria crueldad. El peruano González Prada, que escribió los más fogosos discursos del siglo XIX, tenía un secretario que los leía en voz alta. Don Manuel había llegado a la conclusión de que su timidez y su voz de pito no congeniaban con el estruendo ideológico del anarquismo, y alquiló unas cuerdas vocales para burlar la contradicción. «El medio es el mensaje», pudo adelantar el patricio, arruinándole el hallazgo a McLuhan... Pero a pesar de sus terrores, el experimento de (con) Onetti salió bien: su humildad, su desamparo frente al micrófono y su sentido del humor salvaron la situación. Lo que contó de su vida resultó interesante. El público sintió una corriente de invencible simpatía hacia el novelista uruguayo. Estuvo presente el mismo fenómeno que induce a aplaudir al tenor cuando se le escapa un gallo, o a la soprano cuando vuelve a intentar la estratosférica nota. El respetable se hizo solidario. Su físico, su repertorio de ademanes, su sicología retraída han contribuido a la leyenda de Onetti. Onetti es un «raro» de las letras hispanoamericanas. Se habla de él, no sólo por lo que escribe, sino por sus excentricidades (en el mundo delirante de los prestigios literarios la -timidez es una excentricidad). De un tiempo a esta parte el gran público lo descubrió. Como Lezama Lima, llevaba treinta años escribiendo, pero hizo falta el trallazo del «boom» para sacarlo del centenar dc bibliotecas en que había montado su escondrijo. En 1939 publicó «El pozo»; en 1943, «Para esta noche»; en 1950, «La vida breve»; luego «Los adioses» (1954), «Una tumba sin nombre» (1959), «La cara de la desgracia» (1960), «El astillero» (1960). En 1967 aparecieron sus «Cuentos completos», antología que recoge «Jacob y el otro», narración premiada por la revista Life (hoy desaparecida) en un concurso internacional.
-Flaubert exclamaba: «Yo soy madame Bovary». Sus personajes, de «El pozo» a «El astillero», son todos derrotados y escépticos. ¿Hasta qué punto es ésa su visión de la existencia?
-Es difícil decir hasta qué punto es ésa mi visión, pero como resumen, como cosa definitiva, sí, es ésa mi visión de la existencia humana. Basta meditar un poco para llegar a esa conclusión. Generación va y generación viene, inútilmente. Entonces está el misterio ése de para qué vino uno al mundo. Yo no tengo fe. Yo, desgraciadamente, no tengo fe en nada ni en nadie. No creo en Dios, y en el momento de escribir estoy completamente desamparado.
-Es decir, ¿es correcto afirmar que usted proyecta sobre sus personajes ese
pesimismo?.
-Sí, pero no de una manera deliberada. Más bien «sale». Yo creo que todo escritor se revela en su obra. Se revela con «v». Quiera o no quiera. Si uno lee con atención, puede tener una sensación de la sicología del hombre que escribió. Yo siempre me acuerdo de una frase de Nietzsche que decía que «el arte es una larga confesión». Eso me parece correcto.

-En la novela eso es casi inevitable. Aun sin quererlo ocurre. . .
-Efectivamente, usted quiere escribir sobre un tema ajeno a usted, que le contaron, y sin embargo, ahí, por algún misterio, aparece uno.
-Esto se demuestra con el «test» de personalidad conocido por T. A. T., donde se muestra una serie de imágenes de significación ambigua y en torno a ellas el sujeto debe construir una historia.
-¿El Rorschach?
-No, no son manchas abstractas. Son escenas de la vida cotidiana, más o menos. Una mujer acostada en una cama y un hombre junto a ella. La personalidad, los fantasmas y otros temores se proyectan inconscientemente al construir una historia a propósito de la lámina. En rigor, se trata de un proceso literario. Literatura con pie forzado. Pero, en fin, ¿le gustaría no tener esa visión pesimista? ¿Le hubiera gustado no haber sido un escéptico?
-Sí, pero en realidad, cuando estoy en rueda de amigos, soy optimista, dicharachero y todo lo que quiera. El pesimismo, que es una constante literaria, o unas convicciones personales, no es algo que me amargue la vida.
-Si usted supiera, con absoluta certeza, que diez años después de su muerte dejaría de leérsele, ¿continuaría escribiendo?
-Sí, sin duda. Me acuerdo de una frase de Anatole France que decía, en una crónica teatral, que «la obra -se refería a un estreno en especial- sería juzgada por la posteridad; la cual, como sabemos, no existe». Después que esté muerto a mí qué me importa. Lo mismo que si no hubiera existido nunca.
-Luego, la inmortalidad es algo que no le preocupa.
-No, claro que no me interesa para nada. No creo en ella. Es algo de lo que no me voy a enterar, hijo. Es lo mismo que si me interesara por la historia de los esquimales. Si pudiera vivir todo lo que me diera la gana sería otra cosa.
-Durante muchos años usted fue un escritor casi «privado»; es decir, sólo un grupo de amigos conocía su obra. Pero a partir de cierto momento se ha convertido en escritor «público», utilizando la clasificación de Baroja. La sensación de fama y reconocimiento ha tenido algún efecto en su obra. ¿Se siente más responsable de lo que escribe?
-Bueno, el reconocimiento ha sido un motivo de alegría, pero también de desconcierto. Yo creo que a mí me arrastró el famoso «boom», sin ser yo de los primeros. Parece que se pusieron a rastrear entre los escritores de América Latina.
De pronto se me aparece una persona que tiene una agencia literaria aquí en España y me escribe pidiéndome autorizaci6n para representarme en el extranjero. Me escriben de Aguilar para editar mis obras completas. Y todo esto era sorpresivo para mí. No lo esperaba. Como siempre, he escrito por el puro placer de escribir. . . sin ningún propósito.
-¿Placer solamente? ¿No hay dolor en el acto creativo?
-Sí, pero siempre hay un placer, aunque éste sea doloroso.
-¿No teme usted sentarse a escribir?
-Sí, soy muy perezoso. Demoro mucho en arrancar, en resolverme. Me pongo a leer, busco coartadas, pero cuando el tema ya llega a convertirse en una obsesión, tengo que empezar, y una vez que empiezo me es fácil y sigo.
-¿Por qué escribe?
-No puedo responderle. No sé por qué escribo.
-Evidentemente, no es por la fama, y tampoco, desgraciadamente, por el dinero...
-Quizás por la sensación. Más o menos por las mismas razones que fumo o me rasco. Porque hay que hacerlo. Porque me gusta.
-Se ha dicho que sus novelas son básicamente sicológicas, y que lo único que parece interesarle es esa dimensión íntima de la conciencia, y que concede poca o ninguna importancia al argumento, a la peripecia. ¿Son exactos sus críticos?
-Yo creo que, en líneas generales, sí.
-Luego es la intimidad del hombre lo que le preocupa. . .
-Yo creo que sí.
-Siguiendo el procedimiento de El Quijote, si tuviera que salvar media docena de novelas hispanoamericanas contemporáneas, ¿cuáles salvaría?
-Comprenda usted que. . . «No comments». Es imposible contestar a eso. Rehúyo es tipo de declaración.
-Sin embargo, en su conferencia usted se refirió a Borges en términos condenatorios. ¿Siente una especial animadversión contra Borges?
-No, es sólo por la posición política de Borges. Es la cosa más absurda que he visto. Contra los negros norteamericanos. ¡Las cosas que me ha contado a mí! ¡Demenciales! Recuerdo que en tiempos de Perón, a la caída de Perón, las contaba. ¡La cosa más absurda! Todo lo veía desde el punto de vista doméstico. Que la sirvienta se le había ido para trabajar en un club peronista, donde le pagaban menos de lo que su madre le pagaba, y ya no se podía vivir. ¡Tonterías! Algo increíble. Me acuerdo que iba a terminar la entrevista, yo me iba porque aquello no daba más, cuando, casi por casualidad, cayó la conversación en Henry James, y entonces el hombre comenzó a hablar, y aquello era tan maravilloso que me volví a sentar y escuché absorto todo el tiempo que me pudo dedicar. Es muy grande la erudición literaria de Borges.
-Volvamos a lo suyo. El crítico Zun Felde habla de una especie de sensualidad no erótica en sus novelas. ¿Qué peso específico tiene el sexo en sus personajes?
-Es muy difícil contestar esa pregunta mirando desde fuera a mis personajes. Para mí, el sexo tiene una gran importancia, y me imagino que esto lo transmito a mis personajes. A tal punto que yo no diría odio, pero sí desprecio la pornografía. Justamente por eso: por falta de respeto al sexo. Tome por caso a Henry Miller. Con el talento que tiene, en sus novelas, cada diez páginas, matemáticamente, tiene que haber una escena de amor físico, pero no hay ninguna de esas escenas en que una pareja esté ayuntada por amor, estando enamorada, cosa que para mí establece una gran diferencia. Creo que todo es distinto si los dos están enamorados.
-En su conferencia parecía usted sincero cuando afirmaba que de joven le aterrorizaba cierto maestro de inglés por su apariencia infeliz. Es decir, le aterrorizaba que su existencia fuera la de un oscuro burócrata. ¿Está usted, al cabo, satisfecho de su vida?
-Bueno, yo creo que me ha ido bastante bien. Nunca ha sido una vida brillante. Pasé necesidades y miseria a una edad en que era divertido pasarlas. Ahora ya no. Como todos los días, pago el alquiler. . .
-¿Y el éxito económico de las novelas?
-No, muy relativo el éxito económico. De vez en cuando me llega un cheque, pero nunca con regularidad. Yo no pudiera establecer mi vida sobre esto. De pronto, un día me sorprende un cheque por dos mil dólares, y luego pasan seis meses sin recibir un centavo. Casi todo de traducciones. En Estados Unidos tradujeron El astillero, muy mal traducido, espantosamente mal traducido. No sé. . . una cosa extraña: de Estados Unidos le mandaron los originales a una señorita que vivía en Londres, la cual hacía traducciones; ella mandaba las traducciones a Nueva York y de allí me las remitían a mí. Entonces, entre mi mujer y yo teníamos que volver a corregir, porque decía las mayores locuras. Además, daba la sensación de una solterona que tomaba el té a las «five o'c1ock». Me mutilaba las partes escabrosas. Más aún, le daba la vuelta a las más leves alusiones para transformarlas. Padecía una especie de pudor victoriano. Ahora están traduciendo en Estados Unidos La vida breve. Lo está haciendo una chica joven, con gran entusiasmo, para la editorial Grossman. La primera la publicó Scribner. Fue un fracaso absoluto. Merecido. No se podía comenzar en Estados Unidos con una novela inmóvil como El astillero. Esa es una obra de ambiente, y los norteamericanos necesitan movimiento. Si hubiera comenzado con otra tal vez podría, después, haber aparecido El astillero. Vamos a ver que pasa con La vida breve.
-¿Y en francés ?
-Al francés se tradujeron Juntacadáveres y El astillero. Al menos, en Francia fueron aceptablemente recibidas por la crítica. En Italia también.
-Y en Hispanoamérica, ¿va en auge o declive el interés por sus libros?
-En Hispanoamérica más bien se ha estabilizado. Donde hay un aumento notable es en España. Tengo varias buenas propuestas editoriales.
-Pensando en el ejemplo de Solzhenitsyn, Daniel y otros valientes intelectuales soviéticos, ¿cree usted que ese tipo de postura Corresponde al escritor? Es decir, el escritor, por el hecho de su oficio, debe jugar el papel de fiscal de su sociedad, sino en sus obras, en su vida, o en su vida y en sus obras.
-A mí me sería imposible ponerme a escribir una prosa con tesis; ahora, si la prosa sale sola, como en el caso de Balzac, por ejemplo... Pero temo que otro tipo de literatura se convierta en panfleto.
-Pero usted, Como escritor, ¿se considera más responsable que el abogado de enfrente o que el médico de los bajos de su casa?
-No, la responsabilidad es de todos por igual. O de ninguno. Es estrictamente un problema personal. Hay escritores que lo sienten y lo saben hacer; tal vez lo sienten porque lo saben hacer. El caso de Sartre, por ejemplo.
-También habría que pensar en el caso de Borges. Borges hace una literatura apolítica
-hasta donde eso es posible-, pero vive una vida intensamente Comprometida. Pero lo que me interesa saber es si usted suscribía el punto de vista de tantos escritores -Vargas Llosa, entre ellos- de que el oficio compromete al escritor a convertirse en fiscal.
-No, por supuesto; no creo eso.
-Bien, en sus novelas no parece primar el interés por lo formal. Es decir, hay un lenguaje muy cuidado, muy cuidadoso, sorprendentemente exacto y, claro, original; pero no hay esa preocupación formalista que existe en la literatura de la época.
-Claro, no la hay porque no la tengo. Y, a veces, esa preocupación formalista me hace rechazar muchas obras. Obras que se pierden en la estructura. Pero no es nueva la preocupación exagerada por las formas. En España, todo eso que llamamos casticismo me mata. Me enferma físicamente.
-Afortunadamente ya quedan pocos escritores casticistas. Son animales raros, casi siempre refugiados en la prensa más conservadora. Estos periódicos, ¿no cree usted?, son como museos del idioma.
-Efectivamente. Recuerdo una conferencia de Luis Calvo en que, tras reconocer los valores de la literatura hispanoamericana, pidió que no se olvidara a Galdós. ¡Figúrese usted, a Galdós! Eso sí: los españoles hablan bien...
-Sí, eso es innegable: los catedráticos, los porteros, los futbolistas son de una inagotable elocuencia. Baroja se quejaba de que a él, tímido, le hubiera tocado vivir en un país de «palabreros y memoriosos».
-En Andalucía se nota más. Se escucha más. En cierto sentido, es estupendo.
-Sin mencionar nombres, ¿tiene mucho o poco que ofrecer la novela española contemporánea a la hispanoamericana?
-Bueno, en realidad la novela española no se conoce en el Río La Plata. No llegan los libros. ¿A qué se debe esto?
-El secreto está en que la mayoría de los libreros hispanoamericanos o pagan mal o no pagan. Tienen dificultades para obtener divisas, o sencillamente no pagan. Entonces el distribuidor no manda los libros. (Pausa para la intensa búsqueda -vivo o muerto- de un cigarrillo. Onetti se las ha ingeniado para mojar sus cigarrillos y extrae de la cajetilla unos penosos, amarillentos y retorcidos pitillos. Su mujer le indica un recoveco de la habitación donde podrá encontrar tabaco seco y presentablemente cancerígeno. Onetti fuma infatigablemente. El alquitrán -o lo que sea- ha ido marcando sus dientes. Me habla ahora del insomnio. No puede dormir y toma somníferos. Por el día se siente atontado. «Es una pesadilla esto de no poder dormir», me dice sin percatarse de la paradoja. Luego confiesa que el círculo vicioso «insomnio-somnífero» de alguna forma le obstaculiza escribir, y que sólo puede hacerlo a impulsos. Regresamos al grano.)
-Tengo una larga novela que pienso publicar en España. Está prácticamente terminada. Sólo tengo que «ensamblarla». Está escrita en blocks, trocitos de papel, libretas, etc.
-¿Es esta novela que menciona su gran obra? ¿Ya ha hecho usted su gran obra o está por hacerla?
-No, no, yo creo que mi obra ya está hecha.
-Esta de que ahora me habla, ¿se desarrolla en el mismo mundo de sus novelas más recientes?
-Sí, creo que en ese mundillo me quedaré por el resto de mi obra.
-¿Y la técnica?
-Quizás la de La vida breve, pero temo hablar fríamente de técnica. En esto soy más intuitivo. El terna me dicta la técnica.
-¿Cómo se llamará?
-Todavía no tiene nombre. En familia la llamamos «La policía», porque hay un asesinato.
-¿Quién es el mejor de sus críticos?
-Hay varios: Monegal, Rama, etc.
-¿Ha obtenido en su medio, o mejor, en la Argentina, el mismo reconocimiento?
-Sí, no me puedo quejar, pero entre argentinos y uruguayos hay siempre una rivalidad. Rivalidad que emana del fútbol de la historia, o de ambos. A los argentinos, justamente porque los uruguayos estamos al lado, les cuesta más trabajo reconocernos mérito. Hay también ciertos matices diferenciadores. No sé hoy, pero antes el montevideano era un tipo acogedor y amable, muy abierto. Parecido a los españoles. Esto lo he encontrado, y me ha sorprendido, en España. Lo amable que es el pueblo. Lo cordial y conservador. Este encuentro con el de España ha sido muy halagüeño. Me llevo una grata impresión de España. Gente muy amistosa.
-¿Piensa regresar?
-Tengo una invitación de Su Alteza en ese sentido.
-¿De cuál de las Altezas?
-Del Duque de Cádiz, el joven que preside el Instituto de Cultura Hispánica. (La entrevista se debilita. Comienzo a hacer comentarios y preguntas sosas que obtienen respuestas ídem. Me figuro que siempre es igual. Uno no está muy seguro de por dónde empezar, y al cabo no tenemos idea de cómo terminar. Como el bombero de Ionesco, que intempestivamente preguntaba si había algún fuego que apagar, le espeto:
-¿Por qué no ha intentado otros géneros además de la novela? La poesía, por ejemplo...
-Pues no sé. Supongo que porque no sabría hacerlo bien. Escribí poesías en mi más remota juventud, algo más hormonal que lírico. Leo poesía, pero tiene que gustarme profundamente.
-Claro, es el género en el que es más fácil dar gato por liebre.
-Hasta que se descubre, y entonces uno reacciona con desdén.
-Usted fue, muchos años, periodista, entrevistador, ¿cómo vencía su timidez?
-Bueno, entonces era yo el que agredía. Así es más fácil.
-Mi agresión ha terminado, Onetti. Le devuelvo su neurosis.